jueves, 25 de agosto de 2011

LA INVESTIGACIÓN, SUBORDINADA AL MERCADO.

La investigación, subordinada al mercado

Por Carlos Martínez Alonso y Javier López Facal, profesores del CSIC (EL PAÍS, 24/08/11):


Durante los primeros siglos de la ciencia moderna, su cultivo solía corresponder a caballeros de posibles, bien por su patrimonio familiar o por algún generoso mecenazgo. Ocurría también que el sabio podía obtener alguna sinecura regia, que le permitía dedicarse a su pasión secreta de escudriñar lo desconocido e inexplicado.

A medida que la ciencia se fue desarrollando y empezó a descubrir fenómenos y objetos que podían reportar alguna utilidad e incluso algún beneficio económico, la actividad de los sabios dejó de ser una ocupación de excéntricos visionarios para convertirse en una posible fuente de soluciones a problemas reales y en una herramienta útil a la sociedad y al poder.

Cuando Galileo presentó su recién construido telescopio al senado de la república de Venecia, en 1609, a los senadores les impresionó tanto que desde el campanile de San Marcos se pudiera ver Murano como si estuviese al lado, que lo hicieron fijo en su cátedra de Padua y le doblaron el sueldo. No es que a las autoridades venecianas les interesase mucho el estudio de los planetas del sistema solar, pero aquel artilugio tenía un evidente interés militar para la defensa de la República Serenísima.

Obviamente, el interés de las autoridades fue a más durante aquel siglo, que vio nacer las primeras academias y sociedades científicas, y se fue incrementando a lo largo del siglo XVIII, cuando prácticamente todos los monarcas ilustrados crearon reales gabinetes, jardines botánicos y museos, financiaron expediciones científicas, fundaron academias, observatorios astronómicos y centros de estudios superiores especializados.

Así, cuando Wilhelm von Humboldt creó la Universidad de Berlín en 1810, en un palacio donado por el rey Federico Guillermo III de Prusia, le propuso ya la doble misión de la enseñanza superior y la investigación, e introdujo en el currículo académico materias como la química, la física, las matemáticas o la medicina, además de las materias clásicas, habituales en todas las universidades. Esta universidad habría de servir de modelo a todas las que se irían creando en Europa y en América durante el siglo XIX, y de su eficacia como institución de enseñanza superior e investigación puede dar cuenta el hecho de que entre sus alumnos se encuentran 29 premios Nobel, entre ellos Albert Einstein o Max Planck. El siglo XIX, así pues, vio cómo la actividad de los científicos se convirtió en un asunto de interés general, para los gobernantes y los empresarios, que constataban que de su cultivo se podían obtener ventajas competitivas y negocios saneados.

En ese siglo, la ciencia empezó a llegar incluso al gran público y a los escritores, que crearon un género nuevo, la ciencia ficción. Cuando Mary Shelley publicó en 1818 su Frankenstein o el moderno Prometeo, no solo estaba inaugurando un género literario, sino también sentando las bases para la concepción popular, todavía ampliamente extendida, del científico como persona desequilibrada y potencialmente peligrosa para la sociedad.

El siglo XIX fue testigo de cómo la investigación científica se convertía en una actividad de interés público y, por lo tanto, en una cuestión política. En 1899 escribía Cajal, aludiendo a la derrota española en la guerra de Cuba frente a EE UU: “Bien ajenos estábamos al publicar las páginas precedentes [el opúsculo Reglas y consejos sobre investigación científica], donde nos lamentábamos de nuestro desdén por la ciencia, que habíamos de recoger muy pronto el fruto de nuestra incultura. Una nación rica y poderosa, gracias a su ciencia y laboriosidad, nos ha rendido casi sin combatir… Por ignorar, ignorábamos hasta la fuerza incontrastable del adversario: la ciencia de sus ingenieros y de sus químicos (inventores de bombas incendiarias que barrían la cubierta de nuestros buques e imposibilitaban toda defensa), la superioridad de sus barcos y corazas…”.

Estaba, pues, naciendo la política científica que unos años después, ya iniciado el siglo XX, el mismo Cajal formula por primera vez en español: “La posteridad duradera de las naciones es obra de la ciencia y de sus múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los intereses materiales. De esta indiscutible verdad síguese la obligación inexcusable del Estado de estimular y promover la cultura, desarrollando una política científica, encaminada a generalizar la instrucción y a beneficiar en provecho común todos los talentos útiles y fecundos brotados en el seno de la raza”.

En tres siglos, la ciencia había pasado de ser una ocupación de caballeros curiosos a un deber inexcusable de los Estados;de afición privada se había convertido en política pública.

En el curso del turbulento siglo XX el cultivo de la ciencia se fue institucionalizando mediante la creación de organismos públicos de investigación. Además, las sucesivas y urgentes demandas de la industria de la guerra conducirían a la puesta en marcha de ambiciosos programas, a los que serían incorporados científicos e ingenieros que trabajaban en la consecución de unos objetivos prefijados. El proyecto Manhattan para producir la bomba atómica que desarrollaron EE UU, Canadá y Reino Unido es el ejemplo arquetípico, pero ni mucho menos el único. Terminada la guerra, se decidió no perder aquella experiencia de trabajo y se empezaron a crear fundaciones nacionales de la ciencia, consejos de investigación y organismos similares, encargados de fomentar y financiar actividades recién definidas como I+D, es decir, investigación más desarrollo, binomio recién inventado, en un principio con modestos fines estadísticos.

El éxito de aquel binomio en las políticas de los países de la OCDE hizo que quienes no habían desarrollado todavía una nueva vía de utilización de los fondos públicos de I+D la incorporaran, con lo que el binomio fue creciendo de varias maneras, siendo la de I+D+i, con la i de innovación, la que acabaría llevándose el gato al agua.

En los años ochenta del siglo la confluencia, esa sí planetaria, del presidente Reagan y la primera ministra Thatcher acabaron imponiendo unos modelos ideológicos y económicos (reaganomics, thatcherismo) que tendrían consecuencias duraderas en las políticas públicas y, por lo tanto, también en las políticas dedicadas a la ciencia: las bajadas de impuestos, los recortes en el gasto público y las desregulaciones – aderezados con dosis de un populismo antiintelectual de los que hace gala, por ejemplo, su digna heredera Sarah Palin- llevaron a cuestionarse la legitimidad de apoyar la investigación científica de carácter básico o fundamental y a considerar aceptable solo la investigación aplicada a las necesidades nacionales, es decir, la investigación considerada inmediatamente útil por los políticos profesionales.

La UE adoptó también este paradigma conservador con la fe del converso. La verdad revelada por la que se rigen los políticos europeos, y fuera de la cual no existiría salvación, se puede formular así: hagamos todos los sacrificios necesarios para aplacar a los mercados, porque ello nos dispensará como recompensa un mayor crecimiento económico que, a su vez, permitirá una mayor riqueza, de la que se deducirá un mayor bienestar. Pues bien, de la misma forma que no le faltaba razón a Borges cuando decía aquello de que “la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante”, la ciencia tampoco tiene por qué ser inmediatamente útil; a lo que está obligada es a ensanchar de manera honesta e inteligente el campo del conocimiento humano con lo que, además y en no pocas ocasiones, da pie a que se produzcan notables artilugios y admirables innovaciones, como las vacunas, los antibióticos, el láser, el desarrollo de las comunicaciones o Internet. Lo curioso es que se acepta como única política pública un modelo conservador, de entre los varios modelos posibles que nos ofrece el mercado de las ideologías: la formación, el aprendizaje, la equidad, la transparencia, la capacidad crítica o la mejor distribución de los beneficios de la generación del conocimiento se han perdido por el camino, porque los Gobiernos han abrazado acríticamente el credo conservador.

La ciencia, que desencadenó el proceso de la Modernidad y la Ilustración, ha sido utilizada como coartada y ha acabado siendo instrumentalizada, hasta el punto de que el telescopio de Galileo ya se justifica solo porque sirve para vigilar el movimiento de los barcos en el puerto de Murano.

sábado, 27 de noviembre de 2010

ENTREVISTA A ZYGMUT BAUMAN

A sus 85 años Zygmut Bauman (Poznan, 1925) ha atravesado el siglo XX sin perder pie en sus más oscuros recovecos para alcanzar el XXI pleno de experiencia y lucidez. Residente en Gran Bretaña desde los 70, tras huir sucesivamente de los nazis alemanes y los comunistas polacos, antisemitas todos, a sus estudios sobre el Holocausto siguieron los fundamentales análisis sociológicos de la contemporaneidad que le han dado fama mundial.

Alain Touraine y Zygmunt Bauman recogen este año el premio de Comunicación y Humanidades por crear ‘instrumentos conceptuales singularmente valiosos para entender el cambiante y acelerado mundo en el que vivimos’.


¿Cómo no sentirse interpelado por sus advertencias acerca de la disolución de las seguridades de la sociedad del bienestar, del auge de la incertidumbre, el miedo y el olvido?

- ¿La crisis acelera la tendencia que usted señala hacia la modernidad líquida y las identidades flexibles?

Las generaciones más jóvenes que entran ahora en el mercado de trabajo se enfrentan a una fragilidad social que la mayoría de sus padres pudo evitar: los horrores del empleo a corto plazo y su debilidad, y asumir la necesidad de aceptar la degradación social y el drástico recorte de las ambiciones personales. Incluso la perspectiva de la humillación personal y el rechazo de la valía y la dignidad, esas pruebas del destino tan potencialmente dolorosas para la autoestima humana...

- ¿Y la felicidad?

La seguridad se está desplazando, despacio aunque de manera constante, hacia el lugar que hasta hace poco ocupaba la libertad: “Asegurémonos de que nadie nos quita lo que ya hemos conseguido, más que preocuparnos de conseguir más” se convierte en el lema del día. La “seguridad” se eleva a valor supremo. Los Gobiernos buscan legitimar su poder a través de la demostración de su dureza con la criminalidad, la inmigración o el terrorismo.

¿Por qué afirma que la izquierda ha olvidado su compromiso de defender a los pobres?

- Bien, una de las razones es porque es verdad, más allá de toda duda razonable. Los partidos de izquierdas han abandonado en general -en el ejercicio de su gobierno, pero, cada vez más, también en sus declaraciones- la causa del más débil: de los pobres, de los humillados, de los abandonados o los discriminados. Olvidaron e incluso rechazaron abiertamente los dos principios axiomáticos en los que se basa la crítica izquierdista del statu quo: primero, que la comunidad tiene el deber de asegurar a cualquiera de sus miembros frente a un infortunio individual, y segundo, que la calidad de la sociedad debería medirse, no en función del bienestar medio de sus miembros, sino del de sus partes más débiles. En su lugar, compiten con la derecha política por allanar el camino al gobierno de los mercados y de la filosofía que fomentan con hechos y palabras, a pesar de la creciente injusticia, la desigualdad y el sufrimiento que ello conlleva. Mientras, la extrema derecha y los movimientos populistas recogen los postulados que la izquierda abandonó pretendiendo ser sus engañosos defensores, mientras desvían a la gente del verdadero origen de su desgracia.

- Sus tesis seducen a los antiglobalizadores.

- ¿No observa una globalización positiva?

- Hasta ahora, sólo hemos presenciado la globalización negativa, es decir, la globalización de fuerzas como las finanzas, el comercio de materias primas, la información, la criminalidad, el terrorismo, las drogas y el tráfico de armas que son fuerzas que, a pesar de sus profundas diferencias, están unidas por su costumbre y su intención de “violar las fronteras”: por su resistencia, su rechazo y su inobservancia de las leyes locales, los valores, las costumbres y los intereses y por el incumplimiento de la voluntad de los “nativos”. Todavía no hemos empezado en serio la globalización positiva: la ardua lucha para diseñar, construir y poner en marcha unas verdaderas instituciones políticas y judiciales globales y con iniciativa, con el derecho y la capacidad de controlar y supervisar las actividades de todas esas fuerzas actualmente desenfrenadas y de adelantarse a las consecuencias destructivas y catastróficas de sus promesas.

La tierra de Cervantes

- ¿Qué valor tiene para usted el premio Príncipe de Asturias?

- El Príncipe de Asturias es más importante para mí que cualquier otro galardón porque viene de España, la tierra de Miguel de Cervantes el autor de la mejor novela que jamás se ha escrito y el padre fundador de las humanidades. Cervantes fue el primero en lograr lo que todos los que trabajamos en las Humanidades tratamos de hacer con un éxito dispar. Como dijo otro novelista, Milan Kundera, Cervantes envió a Don Quijote a rasgar los telones cosidos entre sí con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos y prejuicios, cortinas que cubren firmemente el mundo en el que vivimos y que nos esforzamos en comprender. Pero estamos destinados a luchar en vano mientras el telón no se alce o no se rasgue. Don Quijote no era un conquistador, fue conquistado. Pero en su derrota demostró que todo lo que podemos hacer frente a esa ineluctable derrota llamada vida es tratar de comprenderla.


Autor: Daniel Arjona entrevista a Zygmunt Bauman- Fecha: 2010-11-25

domingo, 21 de noviembre de 2010

FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN DE LA HUMANIDAD

Filosofía y educación de la humanidad

VÍCTOR GÓMEZ PIN 17/11/2010

Fuente: El país.

Hace cinco años la Conferencia General de la Unesco instituyó el día mundial de la filosofía, y este año, en la sede parisiense de la organización, los actos arrancan mañana con un debate en el que se reivindica la potencialidad de esta disciplina, concretamente en el combate por hacer compatible la diversidad de las culturas con irrenunciables exigencias de universalidad. La Unesco viene desde hace años instando a otorgar a la filosofía un papel en la formación general de la ciudadanía, empezando por conferirle un mayor peso en la enseñanza secundaria y hasta primaria.

Y alguno se preguntará: ¿en razón de qué la filosofía? La carencia en los programas educativos afecta a múltiples disciplinas científicas o humanísticas, y la propia filosofía está interesada en denunciarla. Interesada, por ejemplo, en que se fortalezca la enseñanza de la matemática pura o de la música, materias vinculadas a la filosofía desde el origen y de las que nunca puede prescindir. Y, sin embargo, la filosofía reivindica una singularidad en el seno de las disciplinas del espíritu, en razón de que, aunque tenga sus dominios de especialización, la filosofía no apunta a alcanzar un sector específico del saber, sino un saber de cuya ausencia se queja implícita o explícitamente todo ser humano, un saber que a todos concierne.

La filosofía tiene emblema en la declaración con la que Aristó-teles abre su Metafísica, según la cual se da en todos los seres humanos un deseo desinteresado de conocimiento. Y ello en razón de que la facultad de lenguaje y la capacidad de razonar constituyen la expresión mayor de nuestra especificidad en el seno del mundo animal. La tendencia a fertilizar estas capacidades es, pues, la forma que adopta en nosotros la pulsión de todo animal a realizar plenamente su naturaleza específica, siendo tal tendencia lo que cabalmente recibe el nombre de filosofía, disposición emparentada a la que lleva al arte y a la ciencia, en los que la filosofía reconoce común origen, y en los que encuentra fundamental alimento.

Que Aristóteles tenga o no razón, que quepa o no atribuir a la naturaleza humana como tal una predisposición a la lucidez, se convierte entonces en una cuestión central que concierne, entre otras cosas, a la educación, lo que llevó hace 10 años en Boston a dar al cíclico congreso mundial el título de La filosofía educadora de la humanidad. Afirmar o negar la universalidad de la filosofía es casi una cuestión de confianza en una común disposición de los seres de razón, disposición que sería consecuencia de la riqueza esencial del lenguaje, más allá de las diferencias contingentes que separan a pueblos, culturas y civilizaciones. Incluso más allá de la diferencia entre adultos y niños. Esta pretensión de universalidad plantea obviamente el problema del lugar institucional en el que ha de enmarcarse la filosofía.

Es muy antiguo el debate sobre si la filosofía ha de practicarse allí mismo donde se realiza el trabajo científico o artístico, o debe seguir teniendo anclaje en una facultad específica. Una alternativa válida sigue siendo, a mi juicio, la propuesta kantiana de un departamento de filosofía que, siendo administrativamente uno entre otros, constituyera, sin embargo, "toda la Universidad". Ello pasa naturalmente porque la filosofía esté abierta al trabajo especializado, concretamente al científico.

La filosofía se reconoce en interrogaciones elementales de las cuales surge la necesidad de análisis de fenómenos, descripción de los mismos, y eventual ordenación en conjuntos, a todo lo cual denominamos ciencia. De la ciencia pueden surgir problemas teóricos, que no conciernen directamente a lo que se planteaba en el origen de la misma. Mas también puede ocurrir que la reflexión de la ciencia sobre sí misma enlace directamente con lo que desde el principio se formulaba, y entonces estamos de lleno en la filosofía. Este es exactamente el caso de la mecánica cuántica, disciplina que subvierte alguno de los principios que (desde el pensamiento primitivo hasta Einstein) han sido la base de nuestra concepción de la naturaleza, lo que aboca irremediablemente al físico a convertirse en metafísico. Y el filósofo que con el científico se reencuentra ha de estar en condiciones de dialogar efectivamente con él, sin que la dificultad técnica pueda eximirle al menos de un esfuerzo para estar en condiciones de determinar aquello que en las interrogaciones del científico le concierne directamente.

Un último apunte: si la filosofía tiene pretensiones de universalidad, si se aspira a la "filosofía como educadora de la Humanidad", entonces es imprescindible preguntarse por qué tiene tan liviano peso en la formación básica de los ciudadanos. La verdadera causa de la ausencia de universalidad de la filosofía no puede ser sino de orden social. En condiciones materiales en las que la lucha por la subsistencia sigue siendo el primer imperativo, no hay posibilidad de educación general conforme a la exigencia filosófica. Por ello, la filosofía tiene efectivamente un carácter militante, en consecuencia con el ideario humanista que ve en cada ser humano un potencial de riqueza espiritual y denuncia todo aquello que coarta esta potencialidad.

Víctor Gómez Pin es catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador en la Universidad París-Diderot.

lunes, 15 de noviembre de 2010

ESCUELA DE FILOSOFÍA





Jorge Úbeda, director académico de la Escuela de Filosofía

“La filosofía significa un revulsivo para la propia vida”

“Los debates fe-razón son en realidad enfrentamientos sociopolíticos”

Jesús Bastante, 14 de noviembre de 2010 a las 12:09



Fuente: religiondigital













(Jesús Bastante).- Jorge Úbeda es el director académico de la Escuela de Filosofía. Viene a presentarnos el proyecto de una escuela poco común: una escuela a la que la gente va a aprender por el placer de aprender, sobre temas de conocimiento humano, como filosofía. Es, en palabras de Jorge, "un espacio en Madrid en el que la gente se puede detener de la prisa y del tráfago diario, y hablar".



- ¿Cómo se os ocurrió esta idea?

R- Bueno, pues, hace 10 años Gonzalo Mendoza (un empresario madrileño) y yo nos conocimos. A ambos nos rondaba la idea de que hacía falta un espacio en Madrid en el que la gente se pudiera detener de la prisa diaria, y hablar. Hablar de las cosas que a todos nos preocupan, y para las que muchas veces no encontramos tiempo. Pensamos que la pregunta fundamental que el hombre se hace es ¿cómo tengo que vivir? ¿Qué tengo que hacer con mi vida? Y entonces creamos la Escuela de Filosofía con esa idea, la de ofrecer cursos que permitieran a la gente que tenga interés tratar estas cuestiones.



P- ¿Cuánto tiempo lleváis?

R- Estamos empezando nuestro séptimo año de existencia.



P- ¿Y cómo ha resultado?

R- La verdad es que, desde el punto de vista académico y cultural, está siendo un éxito y una sorpresa, tanto por el lado de los alumnos que vamos teniendo (que son adultos, gente profesional de edades media, de todo tipo), como por el de los profesores que invitamos a colaborar con nosotros, que vienen de las universidades y se quedan enormemente sorprendidos de que sea posible enseñar filosofía a un público tan interesado y con tantas ganas de aprender.



P- Sí, porque resulta paradójico -al menos desde fuera- que en un mundo dominado por la prisa, el estrés, lo económico y lo material, haya personas (que además son profesionales de un sector, no jóvenes que no saben qué hacer con su vida) dediquen tiempo y estén preocupados por temas aparentemente tan "fuera de la realidad" o tan poco aferrados al día a día, como Dios o la filosofía. ¿Cómo vivís esa dicotomía? Descubrir en un mundo rápido en el que no te da tiempo a frenar que la gente busca salidas a través de la fe y el pensamiento.

R- Nosotros observamos que es cierta aquella afirmación de Platón en uno de sus diálogos, La República, en la que decía que la metafísica es una cosa que empieza a tener sentido a partir de los 30 o 40 años. Observamos que cuando una persona ha completado su formación, y tiene su máster o su postgrado e incluso ha conseguido un puesto ejecutivo en su empresa, o tiene los hijos ya adolescentes, o incluso gente que esté ya a punto de jubilarse... siente que vive un momento de transición, de paso en la vida, en el que afloran de una manera muy clara este tipo de preguntas. No solamente ¿qué he hecho con mi vida? Sino qué quiero hacer realmente con ella. Y la formación filosófica aparece entonces como un complemento formativo muy especial, que no sustituye a la formación técnica, pero que la complementa muy bien. Porque la filosofía está siempre referida a las actividades básicas del ser humano. No enseña cosas secundarias o accidentales, sino que va directamente al corazón de las actitudes de la persona. Siempre significa un revulsivo para la propia vida, y una oportunidad de preguntarse, en la intensidad y el nivel que los alumnos que vienen a nuestra escuela quieran, con mucha tranquilidad y a través del estudio de la historia del pensamiento, por todos estos asuntos.



P- ¿Cuál es el método que seguís en los cursos?

R- Tenemos un compromiso muy serio con la calidad, y también queremos una enseñanza lo más personalizada posible. Esa personalización se consigue promoviendo que nuestros alumnos piensen por sí mismos, pero en diálogo con otros. Para que eso sea posible, tenemos grupos de no más de 16 personas en cada clase. A parte de un profesor especialista que viene a impartir sus temas, que lo que suele hacer es una exposición más o menos breve, en seguida hay turno de preguntas y comentarios.



P- ¿Para crear un ágora?

R- Eso es, una situación como en el ágora ateniense. Además, en todos nuestros cursos hay también un tutor, que suele ser un filósofo, que se encarga de que haya una buena dinámica en las clases, que ayuda a los alumnos en todas sus dudas, les envía un resumen semanal, da sesiones de repaso... en fin, está a su disposición para lo que quieran.

Las personas que se apuntan a la escuela no vienen buscando un título, sino por el interés de conocer y saber y de reflexionar, así que nosotros facilitamos los más posible que puedan asistir. Cuando no asisten les grabamos las sesiones en audio para que se las puedan llevar a su casa a la semana siguiente, editamos todos los materiales... Como ves, intentamos cuidar mucho a nuestros alumnos.



P- ¿Es una clase semanal?

R- Sí. Son cursos de 2 años. Tenemos turno de la mañana (de diez a una) y el de tarde (de siete a diez).



P- Los 3 grandes núcleos de vuestra propuesta son los monoteísmos, la historia del pensamiento filosófico y los diálogos filosóficos. Coméntame algo sobre ellos.

R- Estos 3 cursos son la puerta de más fácil acceso a la filosofía para el público en general. El curso de historia introduce en la filosofía a través de los principales autores y textos.



P- ¿Lo que estudiábamos en COU o en el Bachillerato?

R- Sí, con profesores muy buenos y muy bien preparados. Y con la idea de que el alumno termine con un "armario" para colgar en las perchas cada filósofo en su época. Es un curso que no sólo atiende a la historia, sino que atiende a las preguntas que nos hacen contemporáneos de los filósofos siempre. Sócrates se preguntaba en el siglo V a.C. cómo debía vivir, y nosotros también. Eso lo compartimos.

El curso de los monoteísmos es una iniciativa nueva. Nos hemos ido dando cuenta de que la pregunta a cerca de Dios y de lo divino no siempre se plantea en nuestra sociedad con toda la calma, la racionalidad y la prudencia que hacen falta.



P- ¿Porque se suele asociar a Dios a una institución, o a la pertenencia a un determinado grupo?

R- Efectivamente. Por eso pensamos que podríamos prestar un buen servicio a la sociedad planteando un curso en el que la gente pudiera recibir una información ordenada, crítica y opinable en torno a lo que es la gran tradición religiosa en nuestra sociedad, que es el monoteísmo.

El primer año nos introducimos sobre todo en la historia de Israel, en el texto de la Biblia, en las religiones reveladas... e incluso hacemos alguna incursión en las principales religiones monoteístas de la India y en la antigua religión griega, que tiene mucha influencia en el cristianismo. El segundo año está dedicado a la presentación sistemática de las tres grandes religiones monoteístas. Estamos trabajando ya para que los profesores de esas tradiciones sean personas que estén dentro de ellas, que no sean sólo especialistas externos. Que pueda venir el rabino de Madrid, alguien del mundo musulmán, y del entorno cristiano que, claro, en España es más fácil de encontrar.



P- ¿Casa la filosofía con la teología?

R- Yo creo que pertenecen a ámbitos independientes. Pero cuando uno en el campo religioso no tiene una intención apologética, como nosotros, que tenemos intención informativa, entonces la filosofía y la teología se encuentran con mucha facilidad, en un diálogo vivo entre iguales.



P- A veces es complicado, porque de lo que pecan las ideologías o la pertenencia a una institución, es de no saber afrontar la cuestión de una forma objetiva y desde fuera. La historia nos lo demuestra: muchas veces las teología no ha permitido que el pensamiento se introdujera dentro de una religión determinada.

¿Sigue vigente el debate fe-razón?


R- Sí. Yo no soy teólogo, y hablo a título personal, como un particular. Pero creo que en realidad ese debate es entre instituciones que quieren mantener sus influencias sociales o políticas. Ya sea un pensamiento ilustrado excesivamente cientificista, de una razón técnica muy utilitarista, que tiene sus propios intereses; o ya sea una determinada fe que quiere tener una presencia pública influyente. Tengo la impresión de que esos debates fe-razón son en realidad enfrentamientos sociopolíticos.

Creo que en nuestro curso ese debate se producirá de una manera absolutamente natural, en el plano de la discusión racional, que es en el que nos queremos mantener.



P- Háblanos del curso de diálogos filosóficos.

R- Son monográficos de 4 semanas de duración, en los cuales se trata de introducir a las personas interesadas en algún tema que tenga cierta relevancia, por sí mismo o en la actualidad. Es una manera de tener una experiencia breve en el campo de la filosofía, que a muchos de nuestros alumnos les anima a hacer luego cursos más largos o más comprometidos.

Este año tenemos 5: Breve Historia del Conocimiento, Discusión entre Filosofía y Literatura (un debate muy contemporáneo, de la posmodernidad), ¿Qué es la libertad? (una reflexión decisiva e importante), otro sobre pensamiento oriental (chino y japonés), y finalmente un diálogo sobre neurociencia y filosofía.

La neurociencia es una ciencia naciente muy interdisciplinar, y que se está haciendo las preguntas que los filósofos llevamos haciéndonos desde hace 2.600 años. Conviene que estemos en contacto con sus métodos y datos, y que conozcamos sus aportaciones.



P- ¿Cuál es el papel que crees que tiene la filosofía hoy, aquí, en este país, en esta ciudad?

R- Yo creo que el filósofo ha querido desde siempre ayudar a los hombres y a sí mismo a vivir bien. No solamente a vivir, que a eso casi casi aprendemos de manera espontánea, sino a llevar una vida buena, que no es posible si no es una vida reflexiva. Y una vida reflexiva no es posible si no se hace con otros.

Nos ponemos a reflexionar en la medida en que nos vemos exigidos por los demás a responder ante la sociedad, la familia... La filosofía puede prestar un servicio enorme y una ayuda indispensable a cualquier persona interesada, de cualquier profesión y cualquier estrato social. Es una ayuda, además, que no debilita al hombre, como quizá sí lo es la psicología, que ayuda a los hombres que se sienten frágiles o enfermos. La filosofía no plantea eso. Lo primero que le dice al hombre es "tú eres libre y tienes que pensar por ti mismo". Es decir, que te fortalece en tu individualidad, te ayuda a vivir de mejor manera, a detenerte y hablar. En un mundo que se sucede muy rápidamente, encontrar espacios donde eso sea posible y se haga bien, creo que es un gran servicio que nuestra escuela presta.



P- Por último, cuéntanos dónde estáis y cómo poder localizaros.

R- La Escuela de Filosofía está en la ciudad de Madrid, en la calle Asura 90 (zona de Arturo Soria), muy cerca de la Plaza del Liceo, etc. Tenemos una página web en la que se encuentra toda nuestra oferta formativa: www.escueladefilosofia.com

Ahí están nuestros teléfonos de contacto, los correos electrónicos y demás. Cualquier persona que esté interesada, no deje de llamarnos o de venir a vernos. Nosotros somos muy hospitalarios, invitamos a todo el mundo a que conozca nuestros cursos, sin ningún compromiso.

Además, hace unos años, por iniciativa de algunos alumnos nuestros, pusimos en marcha una fundación llamada Escuela de filosofía que ofrece ayudas a todas aquellas personas que quieran apuntarse a nuestros cursos y que no puedan hacerse cargo de la totalidad de la matrícula. Cada año damos unas cuantas becas. Tenemos esa sensibilidad por si alguien no puede asumir el precio.



P- Que el saber no ocupe lugar, y que cueste lo menos posible.

Felicidades por tu iniciativa, Jorge. Aquí tienes tu casa.

Muchas gracias y buena suerte.


R- Gracias a vosotros.