viernes, 22 de agosto de 2008

EL ALCANCE GEOPOLÍTICO DE LA CRISIS




SAMI NAÏR

EL PAÍS - Opinión - 22-08-2008

La mayor parte de los observadores coinciden en pronosticar una crisis de la economía mundial de una amplitud excepcional. Esta crisis no es un accidente: era previsible, dados la ausencia de control de los flujos de capitales, la especulación salvaje y el sistema de bombeo, desde hace años, del ahorro mundial por parte de Estados Unidos.

La globalización feliz, que favorecía a las élites financieras y a las capas más afortunadas en los países ricos, se está acabando. Ahora no es posible seguir viviendo como si el sistema pudiera autocorregirse. En varios países desarrollados, inclusive en Estados Unidos, se habla de la necesidad de regulación de la economía, y el mismo presidente de Estados Unidos tuvo que inyectar dinero, en contradicción flagrante con todas las sacrosantas leyes del liberalismo, para atajar los efectos de la crisis financiera de su país. Ha sido en balde.

Antes que nada, hay que reconocer la existencia de la crisis, no sólo a nivel nacional, sino a escala planetaria. El economista Jacques Attali -ex asesor de François Mitterrand y ahora autor de un informe liberal para Nicolas Sarkozy sobre la economía francesa-, que subestimaba con grandilocuencia la crisis hace unos meses, habla ahora del tsunami que se acerca.

En segundo lugar, reconocer que no se trata sólo de una crisis de financiación, sino que ya toca al corazón mismo de la economía: empresas de construcciones, cadenas de comercialización (último ejemplo en España, Habitat).

Tercero, entender que se trata de una crisis duradera, tal y como el mismo FMI afirma -prevé dos años como mínimo- y que no va a poder solucionarse con las recetas tradicionales del laissez faire liberal, sino que necesita nuevos mecanismos, postiberales, que podrán incluir tanto acciones reguladoras de los tipos de interés, la aceptación por parte de los gobiernos de la necesidad de déficit presupuestarios e incluso en algunos sectores, nacionalizaciones imprescindibles, como ha pasado en Gran Bretaña.

Cuarto, tener claro que esta crisis económica, financiera y de largo alcance, también es una crisis geopolítica que implica la reorganización progresiva de la relación de fuerzas a escala planetaria.

Frente a esta situación, nada sería peor que reaccionar ideológicamente, para proteger una religión económica dada.

Reaccionar a la crisis supone definir de dónde vienen los problemas, y preguntarse a qué escala -nacional, regional, mun-dial- deben darse las respuestas.

Los parámetros fundamentales de la crisis tienen que ver con la manera con la que se ha desarrollado la globalizaciónestas últimas dos décadas: fundamentalmente, es la estrategia financiera adoptada por Estados Unidos, con efectos muy duros sobre todo el mundo, la que ha provocado la crisis, y no, como se suele decir muy superficialmente, la subida de los precios de petróleo o de los productos alimenticios. Estas subidas, reales, son de hecho las consecuencias del encarecimiento de los precios de todos los bienes a nivel mundial, lo que resulta directamente de la exportación de la inflación de Estados Unidos al resto del mundo por no tener una política drástica, como los europeos han impuesto desde mediados de los años noventa, de gestión de los déficit públicos y privados.

El déficit presupuestario estadounidense es abismal: no hay ejemplo comparable en el mundo. Así, en 2009, está previsto que alcance los 482.000 millones de dólares (en torno a los 306.000 millones de euros), más 141.800 millones de dólares para financiar las guerras de Irak y Afganistán. Recordemos que el presupuesto militar de Estados Unidos ha sido, para 2008, de 645.600 millones de dólares, con 503.800 millones de dólares para la financiación de la actividad del Pentágono y de los programas de armas nucleares. Ahora bien, la casi totalidad de estos gastos son financiados por el ahorro mundial, sobre todo por las compras de bonos de Tesoro americano por parte de China, los países del Golfo Pérsico, Japón, los fondos europeos y otros.

La crisis de las subprime de agosto de 2007 desveló de manera particularmente cruel esta política generalizada de endeudamiento de Estados Unidos en detrimento del resto del mundo. Dicho de otra manera, la crisis actual de la economía mundial es, primero, la crisis de la economía estadounidense, a la que daña gravemente, poniendo probablemente fin a la hegemonía económica mundial de Estados Unidos. Este país está ya en recesión, y dados los vínculos de su economía con el resto del mundo, la metástasis es inevitable.

Pero lo radicalmente nuevo es el espacio geopolítico en el que ocurre esta crisis de la economía estadounidense: se desarrolla en el contexto del auge de nuevos polos económicos que Estados Unidos no puede controlar: China, India, Brasil, México y países emergentes de la ASEAN, que están de hecho reorganizando el sistema comercial y productivo planetario. Ahora bien, contrariamente a los japoneses, europeos o países del Golfo -cuyos intereses y posicionamiento en el dispositivo económico internacional son cómplices de los de Estados Unidos-, los países emergentes quieren tener peso en el juego mundial, porque, en la globalización actual, sus ventajas comparativas (sobre todo, la mano de obra barata y la ausencia de políticas sociales) les favorecen. Es el precio del liberalismo mundial cuya característica es la competición a la baja de todo: calidad, sueldos, etcétera.

Todo ello plantea varias preguntas. Primero, es obvio que el sistema económico no puede seguir funcionando con pautas meramente monetarias y especulativas. El debilitamiento duradero del dólar pone en peligro la economía mundial. No es por casualidad que algunos países del Golfo, así como los chinos e inclusive los japoneses, están diversificando sus reservas de divisas, aceptando cada vez más el euro u otras monedas más fiables para sus exportaciones. No quieren ser pagados en moneda falsa. Llegado a este punto, ¿qué sistema monetario necesitaremos en el futuro de un mundo globalizado?

En segundo término, debemos plantearnos nuevos interrogantes, impensables hace sólo dos décadas: ¿cómo se van a insertar estas economías emergentes en el capitalismo del siglo XXI? ¿Qué modelo de hegemonía va a prevalecer con la decadencia progresiva de la dominación occidental sobre la economía mundial? Actualmente, el eje dominante es una alianza conflictiva pero necesaria entre Estados Unidos, Europa, Japón y los países del Golfo. ¿Se va a abrir a China, India, Brasil, México, esta alianza? ¿Cuál va a ser el precio social de la apertura? Y, en caso contrario, ¿cómo van a reaccionar estos nuevos polos de poder?

Más exactamente: Estados Unidos, que necesita más que nunca el apoyo de China y de India para su comercio y sus inversiones internas, ¿mantendrá el eje americano-europeo o va a desplazar su línea de intereses estratégicos hacia los países de Asia?

Son las cuestiones que se plantean en la actualidad en los centros de poder de Estados Unidos, un debate que se analiza también en las páginas de opinión de la prensa especializada de muchos otros países. Lo que parece bastante probable es que Europa va a tomar tarde sus decisiones, pues no tiene todavía claro el modelo institucional que la deba regir. Finalmente, esta reorganización inevitable de las relaciones económicas afectará también al papel de Rusia, potencia insoslayable, y del mundo árabe, que tiene muchos recursos para hacerse oír, siendo los más evidentes los energéticos.

En resumidas cuentas, estamos ante una crisis económica mundial que es sólo la punta del iceberg, y que esconde una importante reorganización geopolítica en la que van a vencer los que mejor sepan utilizar sus fuerzas y gestionar sus debilidades.

lunes, 18 de agosto de 2008

PIENSO, LUEGO...¡MOSQUIS!


Las enseñanzas filosóficas implícitas en los personajes de Los Simpsons

JORDI SOLER - Barcelona

EL PAÍS - 16-08-2008

En la Universidad de Berkeley, en California, se imparte un curso de filosofía fundamentado en la vida cotidiana de la familia Simpson. El maestro y sus alumnos van tomando nota, a lo largo de un semestre, de los actos y los diálogos que la tribu de Homer va desvelando semanalmente en la televisión; este conocimiento, aparentemente superfluo, les sirve para comprender, y luego aplicar, los engranajes del pensamiento filosófico. Matt Groening, artífice de esta familia dolorosamente arquetípica, sostiene: "Los Simpson es un programa que te recompensa si pones suficiente atención". Sus célebres episodios pueden entenderse en distintos niveles, divierten a niños, a adultos y a filósofos; tres datos sobre la inversión que lleva cada capítulo de esta serie dan una idea de su complejidad: 300 personas, que trabajan durante 8 meses, con un costo de 1,5 millones de dólares. La misma idea de convertir a la familia Simpson en materia de especulación filosófica es el tema de un curioso libro, The Simpsons and philosophy: the D'oh of Homer (ese D'oh se traduce en la versión española por "mosquis", la célebre interjección de Homer). Una nueva editorial, Blackie, lo publicará en España en invierno con el título de Los Simpson y la filosofía. En este volumen, un éxito de ventas en EE UU e Italia, 20 filósofos, de diversas universidades de Estados Unidos, ensayan sobre esta familia y su entorno en la desternillante ciudad de Springfield. El compilador de este proyecto de reflexión colectiva es William Irwin, profesor de filosofía del Kings College, en Pensilvania, con la participación de Mark T. Conrad y Aeon J. Skoble; Irwin es también autor de un célebre ensayo, en la misma línea de filosofía pop, titulado Seinfeld and philosophy (Seinfeld y la filosofía), donde, en un ejercicio a caballo entre la reflexión y la enajenación que produce mirar tantas horas la tele, desmonta filosóficamente la vida del solterón neoyorquino y el grupo de solterones que lo rodean.

Los Simpson y la filosofía comienza con un ensayo de Raja Halwani dedicado a rescatar, filosóficamente, lo que Homer tiene de admirable, y el punto de partida para esta empresa imposible es Aristóteles, ni más ni menos. "Los hombres fallan a la hora de discernir en la vida qué es el bien"; esta idea aristotélica consuena con esta idea homérica, de Homer Simpson: "Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo, las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio". La interesantísima radiografía filosófica de Homer que hace Halwani viene salpicada con diálogos y situaciones que hacen ver al lector lo que ya había notado al ver Los Simpson en la televisión: que Homer, fuera de algunos momentos de intensa vitalidad, casi todos asociados con la cerveza Duff, no tiene nada de admirable. "Brindo por el alcohol, que es la causa y la solución de todos los problemas de la vida", dice Homer en un momento festivo, con una jarra de cerveza en la mano, y unos capítulos más tarde se sincera con Marge, su esposa: "Mira Marge, siento mucho no haber sido mejor esposo; estoy arrepentido del día en que intenté hacer salsa en la bañera y de la vez en que le puse cera al coche con tu vestido de novia... Digamos que te pido perdón por todo nuestro matrimonio hasta el día de hoy".

El libro se divide en cuatro grandes secciones: personajes, temas simpsonianos, la ética de los Simpson y los Simpson y los filósofos. El resultado, como suele suceder en los libros de varios autores, es desigual y ligeramente repetitivo; sin embargo, su lectura puede ser muy instructiva para los millones de forofos de esta serie que desde 1989 presenta una visión de la sociedad en dibujos que se parece bastante a la realidad de la familia occidental; en sus episodios, además de la lúcida disección que se hace del zoo humano, se tratan temas muy serios como la inmigración, los derechos de los homosexuales, la energía nuclear, la polución, y todo teñido de una sátira política que al final, como sucede casi siempre en los ambientes de Hollywood, resulta ser más demócrata que republicana.

Hace unos años, Matt Groening declaró que el gran subtexto de Los Simpson es éste: "La gente que está en el poder no siempre tiene en mente tu bienestar". La serie está basada en la desconfianza que siente el ciudadano común frente al poder, en todas sus manifestaciones, y en la necesidad que éste tiene de preservar a su familia que, por disfuncional que sea, termina siendo el último refugio posible. En los capítulos que se ocupan de los personajes de la serie, los filósofos autores de este libro aprovechan para revisar el antiintelectualismo yanqui a la luz de Lisa, o el silencio de Maggie a partir de esa idea de Wittgenstein que dice "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo"; también hay una sesuda reflexión sobre Marge, esposa y madre, como referente moral de la familia Simpson, y del pueblo de Springfield; en uno de los episodios aparece este diálogo, debidamente consignado en el libro, entre Marge y el tabernero Moe:

Moe: "He perdido las ganas de vivir".

Marge: "Oh, eso es ridículo, Moe. Tienes muchas cosas por las que vivir".

Moe: "¿De verdad?, no es lo que me ha dicho el reverendo Lovejoy. Gracias Marge, eres buena".

Bart Simpson es analizado con óptica nietzscheana; Mark T. Conrad intenta armonizar la vida gamberra de este niño con el rechazo de Nietzsche a la moral tradicional. "Yo no lo hice. Nadie me ha visto hacerlo. No hay manera de que tú puedas probar nada", se defiende Bart en uno de los episodios, ignorando esta contundente línea de Nietzsche que lo justifica: "No existen los hechos, sólo las interpretaciones".

Además de Nietzsche y Aristóteles, Los Simpson y la filosofía echa mano de Kierkegaard, Camus, Sartre, Heidegger, Popper, Bergson, Husserl, Kant y Marx, y este último filósofo da sustancia al divertido capítulo Un (Karl, no Groucho) marxista en Springfield, donde James M. Wallace llega a la conclusión de que los Simpson son capitalistas y, simultáneamente, críticos marxistas de la sociedad capitalista. A la hora de desmontar filosóficamente a Homer, Raja Halwani llega a la conclusión de que el tipo de carácter que tiene este personaje, desde el punto de vista aristotélico, es el vicioso, su escaso autocontrol frente a la ira, la alegría, el sexo o la cerveza, sus mentiras y su cobardía histérica en las situaciones en que tendría que responder como jefe de la tribu, lo sitúan como la antítesis de la templanza. Esta línea, dicha por él mismo cuando peligraba su integridad física, describe bien al entrañable personaje: "¡Oh, Dios mío; criaturas del espacio! ¡No me coman, tengo esposa e hijos!; ¡cómanselos a ellos!".
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LA SABIDURÍA AMARILLA, EN FRASES:

(Una selección de algunas de las frases más memorables de Homer Simpson)

- ?Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo: las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio...?.

- ?Brindo por el alcohol: que es la causa y la solución de los problemas de la vida?.

- ?Intentar algo es el primer paso hacia el fracaso?.

- ?Normalmente no rezo, pero si estás ahí, por favor sálvame, Superman?.

- A Billy Corgan, de The Smashing Pumpkins: ?¿Sabes? Mis hijos piensan que eres fantástico. Y gracias a tu música depresiva han dejado de soñar con un futuro que no puedo darles?.

- ?¿Cuándo aprenderé? Las respuestas de la vida no están en el fondo de una botella. ¡Están en el televisor!?.

- ?Sólo porque no me importe no significa que no lo entienda?.

- ?Si cuesta trabajo hacerlo, es que no merece la pena?.

- ?Quiero decirte las tres frases que te acompañarán en la vida. Uno, ?cúbreme?; dos, ?jefe, qué gran idea?; tres, ?así estaba cuando llegué??.

- ?Hijo, una mujer es como una cerveza. Huelen bien, se ven bien, ¡y matarías a tu madre por una! Y no puedes tener sólo una. Querrás beber a otra mujer?.



Diario El País

miércoles, 13 de agosto de 2008

ENTREVISTA CON EL FILÓSOFO ROBERT SPAEMANN.


Robert Spaemann: «La verdadera tolerancia exige tener convicciones»


9-06-2005
Revista Alfa y Omega



El filósofo alemán Robert Spaemann visitó recientemente España y pronunció una conferencia acerca de La confianza, en la sede del IESE en Madrid. En esta entrevista con Alfa y Omega apunta algunas de la claves de la situación social de Occidente.

¿Hay razones para confiar en el ambiente social y político del Occidente actual?

No hacen falta unos motivos explícitos para tener confianza, porque es algo, de por sí, natural. Hoy hay muchos motivos para desconfiar, pero no bastan en absoluto. Hace poco un chico fue a un cine y pidió una entrada con el precio reducido de estudiante, pero no tenía el carnet que lo acreditaba. La señora le respondió: «No te conozco, así que no tengo motivos para desconfiar de ti»; y le hizo la rebaja. Es un caso ilustrativo. Hace falta conocer a la persona para desconfiar de ella.

Al inicio de su pontificado, el Papa Benedicto XVI habló del relativismo como uno de los grandes problemas del mundo de hoy. ¿Coincide con este diagnóstico?

Es estupendo que el nuevo Papa haya descrito esta situación con la expresión dictadura del relativismo. Este relativismo se esconde detrás de la palabra tolerancia. La verdadera tolerancia, en cambio, presupone que hay convicciones; las convicciones son algo valioso para el hombre. Hoy, en nombre de la tolerancia, se prohíben las convicciones. Si hoy alguien manifiesta una convicción firme, se le llama intolerante.

¿De dónde procede esta convicción anticatólica por parte de quienes hablan constantemente de tolerancia?

El relativismo siempre es, por definición, anticatólico. Hay un desarrollo de la filosofía durante años que acaba por negar al hombre la capacidad de acceder a la verdad. Nietzsche advirtió con toda claridad el meollo del problema: «Si Dios no existe, entonces no existe la verdad». Lo que habría entonces son perspectivas individuales, pero no un ideal común, válido para todos. Como Nietzsche no aceptaba que Dios existiese, dedujo como consecuencia que no podía haber verdad. No era tan tonto como para no pensar que el resultado sería una tolerancia generalizada; así, dijo con claridad que la tolerancia era una convicción más, al igual que lo es la intolerancia. La verdadera tolerancia, en cambio, supone que el hombre puede distinguir la verdad de la falsedad.

Entonces, ¿es la gente la que recoge el pensamiento del filósofo, o es el filósofo el que expresa lo que las personas comunes viven? ¿Quién va por delante?

Hay un desarrollo paralelo. La filosofía es resultado y, al mismo tiempo, configuradora del sentido común. Por ejemplo, antes de Marx ya había socialismo, pero sin su teoría del materialismo dialéctico no habrían existido Stalin y Lenin. La influencia de la filosofía es lenta, a largo plazo.

Así, hoy en día, sin un pensador señero que combata este relativismo, ¿es el turno de la gente corriente?

Tiene razón; parece que le toca ahora actuar a la gente corriente. La filosofía no está presente de modo adecuado en nuestro tiempo. Si pensamos, por ejemplo, en acontecimientos como la caída del Muro de Berlín y del Telón de acero, vemos que detrás no había una teoría filosófica, sino la expresión inmediata del deseo de la gente sencilla; no había detrás una inspiración ideológica. O, pensando en el movimiento del sindicato Solidaridad, en Polonia, tampoco había detrás una elaboración filosófica.

Se podría pensar que el cambio debería venir de mano de los jóvenes, pero son precisamente las principales víctimas del relativismo.

Los adultos no tienen hijos; hay un retroceso demográfico que quita fuerza a la juventud. En las elecciones políticas, el voto que se busca es el de los mayores. De todos modos, no hay que idealizar en exceso a la juventud. A veces ha sido protagonista de cambios catastróficos, como en la Alemania de entreguerras, cuando los nazis controlaron las asociaciones juveniles; o la Revolución cultural, en China, para la que Mao utilizó a los jóvenes estudiantes.

Antes hablábamos del nuevo Papa. ¿Qué opina de él y qué espera de su pontificado?

Le conozco personalmente; en enero pasado cenamos juntos. Estoy contento y feliz de esta elección. Era el colaborador más estrecho del Papa anterior, y es de esperar que continúe en su línea pastoral. Además, tiene una preparación teológica más fuerte que Juan Pablo II, que era más filósofo. Benedicto XVI tiene un gran conocimiento de la teología protestante, y es amigo de destacados líderes de estas confesiones. Es sobrio y discreto, y no se planteará llevar a cabo gestos de tipo simbólico que puedan ser malinterpretados, sino que emprenderá acciones más sobrias y de tipo más técnico.

¿Qué opina de la situación en España, por lo que puede conocer?

Me parece que el actual Gobierno español no tiene como preocupación primordial el velar por la unidad de la sociedad española, sino más bien realiza planteamientos extremistas, ideologizados, que tienden a separar, polarizar y buscar la confrontación.


Juan Luis Vázquez

EL MULTICULTURALISMO


Slavoj Zizek

¿Cómo se relaciona, entonces, el universo del Capital con la forma del Estado – Nación en nuestra era de capitalismo global? Tal vez esta relación sea mejor denominarla "autocolonización" con el funcionamiento multinacional del Capital, ya no nos hallamos frente a la oposición estándar entre metrópolis y países colonizados. La empresa global rompe el cordón umbilical que la une a su nación materna y trata a su país de origen simplemente como otro territorio que debe ser colonizado. Esto es lo que perturba tanto al populismo de derecha con inclinaciones patrióticas, desde Le Pen hasta Buchanan: el hecho de que las nuevas multinacionales tengan hacia el pueblo francés o norteamericano exactamente la misma actitud que hacia el pueblo de México, Brasil o Taiwán. ¿No hay una especie de justicia poética en este giro autorreferencial? Hoy el capitalismo global –después del capitalismo nacional y de su fase colonialista/ internacionalista –entraña nuevamente una especie de "negación de la negación". En un principio (desde luego, ideal) el capitalismo se circunscribe a los confines del Estado-Nación y se ve acompañado del comercio internacional (el intercambio entre Estados – Nación soberanos); luego sigue la relación de colonización, en la cual el país colonizador subordina y explota (económica, política y culturalmente) al país colonizado. Como culminación de este proceso hallamos la paradoja de la colonización en la cual sólo hay colonias, no países colonizadores: el poder colonizador no proviene más del Estado – Nación, sino que surge directamente de las empresas globales. A la larga, no sólo terminaremos usando la ropa de una República Bananera, sino que viviremos en repúblicas bananeras.

Y desde luego, la forma ideal de la ideología de este capitalismo global es la del multiculturalismo, esa actitud que –desde una suerte de posición global vacía- trata a cada cultura local como el colonizador trata al pueblo colonizado: como "nativos", cuya mayoría debe ser estudiada y "respetada" cuidadosamente. Es decir, la relación entre el colonialismo imperialista tradicional y la autocolonización capitalista global es exactamente la misma que la relación entre el imperialismo cultural occidental y el multiculturalismo: de la misma forma que en el capitalismo global existe la paradoja de la colonización sin la metrópolis colonizante de tipo Estado-Nación, en el multiculturalismo existe una distancia eurocentrista condescendiente y/o respetuosa para con las culturas locales, sin echar raíces en ninguna cultura en particular. En otras palabras, el multiculturalismo es una forma de racismo negada, invertida, autorreferencial, un "racismo con distancia": "respeta" la identidad del Otro, concibiendo a éste como una comunidad "auténtica" cerrada, hacia la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia que se hace posible gracias a su posición universal privilegiada. El multiculturalismo es un racismo que vacía su posición de todo contenido positivo (el multiculturalismo no es directamente racista, no opone al Otro los valores particulares de su propia cultura), pero igualmente mantiene esta posición como un privilegiado punto vacío de universalidad, desde el cual uno puede apreciar adecuadamente las otras culturas particulares: el respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad.

http://www.redfilosofica.de/zizek2002.html