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jueves, 24 de septiembre de 2009

ENTREVISTAL A ELA GANDHI

La lucha no-violenta es la mejor manera de convencer a tu enemigo

Ela Gandhi, parlamentaria sudafricana, nieta de Gandhi



¿Cómo la llamaba su abuelo?

–Él me llamaba Elkus y yo le llamaba Papuchi. Gandhi murió cuando yo tenía siete años. Soy hija del segundo de sus cuatro hijos, el único que volvió a Sudáfrica, donde vivieron mis abuelos y mis tíos durante 21 años, de 1893 a 1914.

–¿Qué recuerda de Gandhi?

–Su capacidad de comprender a cada ser humano. Tenía detalles increíbles.

–Cuénteme uno que le afectara a usted.

–Cuando se declaró la independencia de India, en 1947, la casa de mi abuelo, siempre muy concurrida, se llenó todavía más. Allí estaban Nehru y todas las personalidades del país. Pero aun así, mi abuelo desaparecía durante una hora: la hora de los nietos.

–Eso es respeto.

–Yo también lo pienso. Cada día dedicaba una hora a jugar con sus nietos y esa hora era sagrada. Tengo muy buen recuerdo de él, era muy cariñoso y jugaba con nosotros como si fuera un niño, con toda la entrega.

–¿Qué era lo importante entonces?

–Lo mismo que ahora. Yo nací en Sudáfrica, en una comunidad de marginados que creó mi abuelo y a la que he dedicado mi vida. La historia arranca en 1893, cuando Monadas Karamchand Gandhi, mi abuelo, se trasladó a Sudáfrica, entonces colonia británica, contratado como abogado por una empresa comercial de India.


–¿Recién llegado de Londres?


–Sí, un joven abogado de buena familia que se vio sufriendo las humillaciones que los blancos europeos imponían a los asiáticos: fue expulsado de hoteles, restaurantes, vagones de tren, le pegaron, le escupieron...

–Y así surgió el Gandhi que conocemos.

–Sí, comenzó a luchar contra la injusticia, creó el Frente Democrático Unido y empezó a organizar a sus conciudadanos por medio de mítines, reuniones, conferencias. Tenía un sueldo de 500 libras al mes y decidió que podía vivir con una libra al día.

–El resto lo repartía.

–Así es. También fundó un periódico, que heredaron mis padres, y organizó una comunidad multiétnica en la que se mezclaban las razas oprimidas. El Gobierno obligaba a cada etnia a vivir en un gueto, y la ley dictaba las profesiones que podían realizar.

–¿Usted ha vivido siempre en la comunidad que creó su abuelo?

–Sí, crecí algo salvaje, sin escolarizar, porque mi padre, que era periodista, no quiso llevarme al colegio segregado al que me destinaban los ingleses. Crecí con el estigma de la lucha tal y como la entendía mi abuelo: la no cooperación con las leyes abusivas de las autoridades y la resistencia sin violencia.

–Lo que no les impedía ir a la cárcel.

–La primera vez que se llevaron a mi padre yo era muy pequeña. Pero hubo momentos grandiosos: cuando hacían redadas y se llevaban a cientos de nosotros –mestizos, negros, indios–, se presentaban miles de voluntarios para ser también encarcelados.

–Gandhi cambió Sudáfrica y Sudáfrica lo cambió a él.

–Volvió a India con la típica túnica de Guajarat, el estado donde nació, y rico en ideas. En Sudáfrica consiguió que los asiáticos permanecieran en esa tierra como trabajadores libres, que se legalizaran los matrimonios hindúes, musulmanes y budistas y se derogaran las leyes con impuestos abusivos.

–La lucha acababa de empezar.

–Sí, quedaba mucho por hacer. Mi padre fue encarcelado, lo fueron mis hijos y yo misma estuve en la cárcel siete años.

–¿Con cinco hijos?

–A ellos eso no les importaba. Pero consiguieron que todos mis hijos fueran activistas políticos. Todos estuvieron en algún momento detenidos, incluso las tres niñas. El que más años pasó en la cárcel y fue más activo políticamente, Kush, fue asesinado en 1993,a los 29 años. Su muerte fue terrible.

–¿Incluso en esas circunstancias fue fiel a la consigna de la no violencia?

–Sí; pero la no violencia que propugnaba mi abuelo no se limitaba a manifestaciones pacíficas, implicaba todo un estilo de vida. Él pensaba que la no violencia era la mejor manera de convencer al enemigo, de cambiar su manera de pensar, y para eso había que amarlo.

–¿Se ha acabado el apartheid?

–Las leyes apartheid ya no existen. Pero no es fácil acabar con el racismo cuando está tan arraigado en la población.

–La suya no ha sido una vida fácil. ¿Le ha compensado su lucha?

–Aunque parezca increíble, si te implicas para conseguir igualdad y justicia, para que los miserables mejoren sus condiciones de vida, y ves resultados, te sientes personalmente muy feliz. Junto con el nacimiento de mis hijos y de mi único nieto, el día más feliz de mi vida fue el día que conseguimos la libertad de voto después de tantos años de lucha.

–Toda su vida.

–Sí, y lo que me queda de ella.

–En su familia parece que las mujeres han sido las más luchadoras.

–Creo que sí, y en eso tiene mucho que ver el ejemplo. Si creces en una familia en la que la madre es un ama de casa, ese es tu ejemplo. En mi casa, padre y madre hacían por igual las labores del hogar y ambos trabajaban en el periódico. Lo mismo hemos hecho mi marido y yo.

–¿De qué se siente más orgullosa?

–De lo que ha sido de mis hijos: una es abogada, pero en lugar de trabajar para sí misma en un bufete ha preferido luchar por las libertades. Otro trabaja en Acnur. No tengo hijos egoístas, son felices dedicándose a otros, y eso me llena de satisfacción.

Para acabar con la línea divisoria RIQUEZA- POBREZA, hay que terminar con el consumismo feroz


Se parece a Gandhi: tiene esa aparente fragilidad externa en una voz casi inaudible. Pero eligió vivir la dura vida de los marginados en Sudáfrica, luchar por la libertad y la igualdad. Ha pasado más de siete años en la cárcel, ha tenido cinco hijos, uno de ellos asesinado en 1993, cuyo caso fue presentado ante la Comisión de la Reconciliación y la Verdad de Sudáfrica. Antes de dejarla le pregunto si tiene algún mensaje para ustedes; me coge la mano en la que aguanto la grabadora y se la acerca: “El objetivo supremo es acabar con la línea divisoria entre riqueza y pobreza y para conseguirlo hay que terminar con este consumismo feroz. Mi abuelo siempre decía que en el mundo hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos pero no la avidez de todos”

domingo, 8 de marzo de 2009

EL VERDADERO CHE GUEVARA

El verdadero Che Guevara
... Una de las grandes sorpresas para el público sería descubrir que el Che fue asesinado a petición de la Unión Soviética. Cuando fue capturado por el Ejército boliviano, Castro podría haber liberado al Che previo pago de un rescate; los soviéticos sugirieron lo contrario al considerar que el Che estaba fuera de control. Entonces el Che creía de verdad en la revolución: los «apparatchiks» no podían soportarlo más...

GUY SORMAN Domingo, 08-03-09
Diario ABC.


LA historia de Hollywood es a menudo disparatada, pero los directores de cine normalmente tienen el buen juicio de no encubrir a los asesinos y a los sádicos. Sin embargo, la nueva película de Steven Soderbergh sobre Che Guevara hace eso y más.
Che, el revolucionario romántico, tal como lo representa Benicio del Toro en la película de Soderbergh, nunca existió. Ese héroe de izquierdas, con su peinado y su barba hippies, una imagen hoy simbólica que se prodiga en camisetas y tazas en todo el mundo, es un mito inventado por los propagandistas de Fidel Castro, algo así como un cruce entre Don Quijote y Robin Hood.

Como esos cuentos chinos, el mito de Fidel sobre el Che tiene poco que ver con los hechos históricos, pero la historia real es mucho más siniestra. Un Robin Hood probablemente maltrataría a los ricos y, para cubrirse las espaldas, daría parte de su botín a los pobres. En la España medieval, los caballeros como Don Quijote probablemente recorrerían el campo limpiándolo no de dragones, sino de los pocos musulmanes que quedaban en el país.

Lo mismo sucede con el legendario Che. Ningún adolescente enfadado con el mundo o con sus padres parece capaz de resistirse a la seductora imagen del Che. Llevar una camiseta del Che es la forma más explícita y barata para pretender que uno está en el lado correcto de la Historia.

Lo que funciona con los adolescentes también parece funcionar con los directores de cine eternamente jóvenes. En los años sesenta, el look Che, con barba y boina, era como mínimo una simplista declaración política. Hoy en día, es poco más que un accesorio de moda que inspira una superproducción de Hollywood de gran presupuesto. ¿Qué será lo siguiente, parques temáticos sobre el Che?

Pero una vez existió un Che Guevara de verdad: es menos conocido que el títere de ficción que ha sustituido a la realidad. El verdadero Che era un personaje más significativo que su clon ficticio, porque era la encarnación de lo que la revolución y el marxismo realmente significaban en el siglo XX.

El Che no era un humanista. Ningún comunista, de hecho, tuvo nunca valores humanistas. Karl Marx desde luego tampoco lo era. Fieles al profeta fundador de su movimiento, Stalin, Mao, Castro y el Che no tenían respeto por la vida. Era preciso derramar sangre si se iba a bautizar un nuevo mundo. Cuando fue criticado por uno de sus primeros compañeros por la muerte de millones de personas durante la revolución china, Mao señaló que innumerables chinos morían cada día, así que, ¿qué importancia tenía?

Del mismo modo, el Che podía matar encogiéndose de hombros. Tras haber estudiado medicina en Argentina, no eligió salvar vidas, sino acabar con ellas. Después de llegar al poder, el Che ajustició a quinientos «enemigos» de la revolución sin juicio y sin mucho criterio.

Castro, que tampoco es un humanista, hizo lo que pudo para neutralizar a Guevara nombrándolo Ministro de Industria. Como cabía esperar, el Che aplicó políticas soviéticas a los cubanos: la agricultura fue destruida y las fábricas fantasmas salpicaban el paisaje. No le preocupaban ni la economía de Cuba ni su pueblo: su intención era continuar la revolución por la revolución, como el arte por el arte.
De hecho, sin su ideología, el Che no habría sido nada más que otro asesino en serie. Los eslóganes ideológicos le permitieron matar a más personas de lo que cualquier asesino en serie podría imaginar, y en nombre de la justicia. Hace cinco siglos, el Che probablemente habría sido uno de esos clérigos/soldados que exterminaban a los nativos latinoamericanos en nombre de Dios. En nombre de la historia, el Che también consideró el asesinato como una herramienta necesaria de una noble causa.

Pero supongamos que juzgamos a este héroe marxista siguiendo sus mismos criterios: ¿realmente transformó el mundo? La respuesta es sí, pero para peor. La Cuba comunista que él ayudó a forjar es un innegable y craso fracaso, mucho más empobrecida y mucho menos libre que antes de su «liberación». A pesar de las reformas sociales de las que a la izquierda le gusta alardear cuando habla sobre Cuba, su índice de alfabetización era mayor antes de que Castro llegara al poder, y el racismo contra la población negra era menos omnipresente. De hecho, los líderes cubanos actuales tienen más tendencia a ser blancos que en los días de Batista.
Más allá de Cuba, el mito del Che ha movido a miles de estudiantes y activistas de toda Latinoamérica a perder sus vidas en imprudentes guerras de guerrilla. La izquierda, inspirada por los cantos de sirena del Che, eligió la lucha armada en lugar de unas elecciones. Al hacerlo, abrió camino a la dictadura militar. Latinoamérica todavía no se ha curado de esas consecuencias imprevistas del guevarismo.

De hecho, cincuenta años después de la revolución cubana, Latinoamérica continúa dividida. Aquellas naciones que rechazaron la mitología del Che y eligieron el camino de la democracia y del libre mercado, como Brasil, Perú y Chile, se encuentran en una situación económica mejor que nunca: la igualdad, la libertad y el progreso económico han avanzado a la par. En cambio, aquellas naciones que siguen añorando la causa del Che, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, en este preciso momento están al borde de la guerra civil. El verdadero Che, que pasó la mayor parte del tiempo como banquero central de Castro supervisando ejecuciones, merece que se le conozca mejor. A lo mejor, si la superproducción en dos partes de Soderbergh sobre el Che triunfa en taquilla, sus patrocinadores financieros querrán rodar una secuela más verídica. La verdad es que no falta material para Che, lo que no se ha contado. En la historia no contada, una de las grandes sorpresas para el público sería descubrir que el Che fue asesinado a petición de la Unión Soviética. Cuando fue capturado por el Ejército boliviano, Castro podría haber liberado al Che previo pago de un rescate; los soviéticos sugirieron lo contrario al considerar que el Che estaba fuera de control. Entonces el Che creía de verdad en la revolución: los apparatchiks no podían soportarlo más. Tras su asesinato, Castro creó un culto alrededor del Che. Desde ese día, ese culto tiene seguidores; llevar una camiseta del Che o ver la mística película de Soderbergh tiene más que ver con el culto que con la ideología.

Mientras esperamos esa secuela, podemos recostarnos y disfrutar un poco más de la historia de Hollywood, ahora que Jodie Foster supuestamente se está preparando para protagonizar una película sobre la vida de Leni Riefenstahl, la escritora oficial del Tercer Reich. Si ésta sigue los principios de Soderbergh, que nadie con un mínimo conocimiento de historia se presente al casting para hacer el papel de su bondadoso mecenas, Adolf Hitler.

jueves, 22 de enero de 2009

LA IZQUIERDA ANTE EL CAMBIO DE CICLO


La izquierda ante el cambio de ciclo

Por Enrique Gil Calvo, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 24/12/08):


Confirmando el sambenito que se cuelga a los bisiestos, 2008 pasará a la historia como el año en que estalló la mayor crisis económica de la época reciente. Pero reducirlo a eso sería injusto, pues 2008 también es el año de la prodigiosa victoria de Barack Obama. Un acontecimiento tan excepcional como el estallido de la crisis global, aunque de signo radicalmente opuesto. Y esta rara coincidencia en el tiempo de ambos hechos históricos permite aventurar que quizá no sea casual. Es posible que tanto la crisis como el landslide electoral sean producto de un seísmo estructural de los EE UU, dislocados por los efectos del ciclo neoconservador que se inició en 1968 con la elección de Nixon. Es posible que, sin el clima excepcional de crisis aguda del sistema, la elección de un negro como presidente no se hubiera producido. Y es posible también que, dada la gravedad sistémica de la crisis, sólo un presidente tan extraordinario como lo es Barack Obama pueda gestionar su futura resolución con ciertas esperanzas de éxito. Por eso tenemos derecho a pensar que en 2008 se ha producido un cambio histórico de ciclo.

Se ha dicho que el siglo XXI comenzó con la caída del Muro de Berlín que puso fin a la guerra fría o con la caída de las Torres Gemelas que inició la llamada guerra contra el terror. Pero con iguales o mejores razones podríamos decir que el siglo XXI ha comenzado en 2008. La coincidencia de la crisis financiera con la elección de Obama ha supuesto el final del ciclo económico-político iniciado en 1968 con la elección de Nixon bajo el síndrome de la guerra de Vietnam. Entonces se puso fin a la era de predominio estatal, demócrata y keynesiano abierta 40 años antes con el New Deal de Roosevelt y concluida con la Great Society de Kennedy-Johnson. Mientras que a partir de 1968 se inició un nuevo ciclo opuesto al anterior, caracterizado por la primacía del mercado, del ultraliberalismo y del pensamiento neoconservador, bajo la égida de los presidentes republicanos Nixon, Reagan y Bush. Y por eso, el acceso a la presidencia de alguien tan excepcional como Barack Obama, en medio de una crisis económica sin precedentes y bajo el síndrome de la guerra de Irak, parece augurar el comienzo de un nuevo ciclo antitético y contrapuesto al anterior: un ciclo de nuevo estatal, keynesiano y progresista, aunque no necesariamente izquierdista.

¿Qué posibilidades hay de reconstruir la izquierda, al hilo de este cambio de ciclo económico-político abierto en 2008? Aparentemente, no demasiadas. La izquierda está literalmente arrasada en toda Europa, sin que el Reino Unido y España supongan ninguna excepción. Por su parte, la izquierda latinoamericana está degenerando hacia el peor autoritarismo populista. Y en cuanto al movimiento altermundista, continúa dejándose seducir con demasiada frecuencia por el estéril nihilismo de la violencia antisistema, dado el atractivo mediático de disturbios como los de Atenas o las banlieues parisinas. Por eso, la mejor forma de entender el actual marasmo de la izquierda es explicarlo como un final de ciclo. En efecto, la izquierda actual todavía continúa afectada por los efectos retardados de Mayo 68: aquel festival político improvisado en el mismo año que alumbró la elección de Nixon. Y es que su impacto mediático fue tal que en seguida se revistió con el carisma o la aureola del método infalible, dada su demostrada eficacia movilizadora. De ahí que, inmediatamente, todos los movimientos sociales y políticos de la izquierda europea se convirtieran en emuladores de Mayo 68, pasando a imitar sus nuevos repertorios movilizadores y discursivos.

El método Mayo es otra muestra de la “estetización de la política” atribuida por Walter Benjamin al fascismo de entreguerras. Lo que el fascismo de hace 80 años significó para la derecha como método de movilización política es lo mismo que 40 años después significó Mayo 68 para la izquierda, haciendo de la lucha política una función de teatro mediáticamente movilizadora, que busca el golpe de efecto espectacular para atraer la atención del espectador. Pero por eficaz que parezca a primera vista, el problema de la espectacularización política es que cae víctima de un esteticismo estéril y gratuito. De ser un medio puesto al servicio de fines políticos, el método movilizador tipo Mayo 68 se autonomiza para convertirse en un fin en sí mismo. Ya no hay estrategia política de largo plazo (¿qué objetivos buscamos alcanzar con nuestra movilización?) sino sólo táctica movilizadora de corto plazo: ¿qué repertorio es más eficaz para interesar a los medios informativos? Y la movilización degenera hasta convertirse en miope activismo gratuito, que se desentiende de cualquier contenido político (organizar bases sociales, crear redes de solidaridad, defender intereses y derechos) para concentrarse en la busca de titulares de prensa cada vez más impactantes. De ahí la deriva activista de Mayo 68 y sus secuelas hacia una escalada de la transgresión que, como el fascismo de entreguerras, acabó por caer en el terrorismo nihilista. Una deriva que en el mejor de los casos, aun renunciando a la violencia, no supo evitar la compulsión antipolítica que define a la izquierda puritana, libertaria o exquisita.

Cuarenta años después, aquellos polvos han traído estos lodos. Al dejarse contagiar por la miope eficacia movilizadora del método Mayo, mediáticamente provocador pero políticamente estéril y gratuito, la izquierda europea ha ido perdiendo su hegemonía cultural sobre sus bases sociales tradicionales (clases trabajadoras y segmentos sociales progresistas) hasta dilapidar sus antiguas redes de confianza y capital social. Todo por culpa del abandono de una estrategia política basada en el reforzamiento organizativo de los partidos de clase como partidos de masas para pasar a concentrarse en la lucha mediática por el control de la opinión pública, dentro de lo que Sartori llama “videopolítica” y Bernard Manin “democracia de audiencia”. Hora es de que cese esta deriva mediática y la izquierda recupere su sentido de la política.

Por eso es de esperar que la experiencia de 2008, con la crisis económica y la elección de Obama como catalizadores, permita a la izquierda superar su crítica decadencia e iniciar un nuevo ciclo de ascenso y recuperación. Un nuevo ciclo de acumulación política en el que, renunciando al fallido repertorio transgresor de Mayo 68, vuelva a rehacer sus fuerzas movilizadoras reconstruyendo nuevas redes de confianza y capital social. Y ello, además, según el eficaz ejemplo que ha dado la victoriosa plataforma de Obama, que logró movilizar en un solo movimiento unitario a fuerzas tan heterogéneas como los latinos, los afroamericanos, las feministas o los trabajadores amenazados por la crisis económica. Pues bien, eso mismo tendría que hacer la izquierda europea. En lugar de encerrarse en sí misma según el ejemplo del socialismo francés, étnicamente limpio frente a unas bases sociales tan multiculturales como las francesas, habría por el contrario que abrir la izquierda a la representación de los auténticos trabajadores que son los inmigrantes de múltiples procedencias: latinos, eslavos, magrebíes, africanos, asiáticos. Pues sólo así, construyendo desde abajo redes interculturales y pluralistas de confianza mutua y solidaridad colectiva, podrá la izquierda enfrentarse con éxito a la crisis económica, como condición necesaria y suficiente para recuperar su capital social, recrear su poder de convicción y diseñar una nueva estrategia política.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

EL ESCRITOR QUE CONTÓ AL MUNDO LA VERDAD DEL GULAG


Alexander Solzhenitsin, el último disidente

El escritor que contó al mundo la verdad del Gulag



"Desde los 9 años supe que iba a ser escritor, pero no sabía qué iba a escribir. Poco después, me apasioné con el tema de la Revolución, y desde 1936, a la edad de 18 años, nunca dudé sobre cuál era mi tema, y nada podría haberme hecho apartarme de él". Sesenta años después, Solzhenitsin ha concluido su tarea. Pero Occidente no parece interesado, mientras en Rusia sólo un pequeño grupo de fieles mantiene la devoción por el gran disidente. ¿Qué nos deja este extraordinario escritor cuando la llama de la disidencia ha perdido su misión?
Firmado por Miguel Castellví
Fecha: 21 Julio 1999
ACEPRENSA


Desde sus primeros días, la vida de Solzhenitsin está marcada por la Revolución. Su padre, que había luchado en el frente como oficial de artillería, muere en accidente de caza en junio de 1918, pocos meses después de la toma del poder por los bolcheviques. Solzhenitsin nacerá en diciembre, y la figura de su padre, que no pudo conocer, adquiere perfiles heroicos en su imaginación infantil. Tanto la familia materna como la paterna perdieron sus posesiones durante la Revolución. El primer recuerdo de Solzhenitsin es su madre que lo levanta por encima de las cabezas de los fieles de la iglesia del pueblo mientras un grupo de soldados rojos atraviesa la nave.

De su familia recibió una formación cristiana, aunque al final de la adolescencia se dejó deslumbrar por la ideología marxista. Años más tarde recuperó la fe y ahora es un devoto ortodoxo. Cursó con brillantez estudios universitarios de matemáticas y física. En 1941 se alistó voluntario en el Ejército Rojo –"no se puede ser un gran escritor ruso sin haber estado en el frente", parece ser que dijo–, y alcanzó el grado de capitán de artillería. Sus experiencias bélicas cuajaron en el poema Noches de Prusia.

Estaba al mando de una batería en el frente de Prusia, muy cerca de Kaliningrado (Königsberg), cuando en febrero de 1945 fue detenido. El servicio secreto militar había interceptado sus cartas a otro oficial, gran amigo suyo, en las que criticaba a Stalin. Condenado a ocho años de prisión, fue desterrado a Kok Terek, en la estepa de Kazajstán. Allí se le diagnosticó un cáncer, del que se salvó. La enfermedad, el tratamiento en el hospital de Tashkent y su curación dio origen a un gran relato, Pabellón del cáncer. En 1956 llega la rehabilitación y el retorno a Moscú.

Escritor en el Gulag
Desde que era estudiante de bachillerato escribía sin cesar. En el frente redactó un diario, incluso bajo los bombardeos. Esos cuadernos fueron destruidos por el KGB tras su detención: el propio Solzhenitsin describe su alivio –los diarios contenían textos comprometedores para muchos amigos suyos– y su pena por la pérdida de sus notas, que le habrían sido de gran utilidad para su proyecto de crónica de la Revolución.

Corriendo graves riesgos, continuó escribiendo en el Gulag. Una tarde, cuando ya no había luz, el viento le arrancó de las manos uno de sus apuntes. Pasó la noche sin dormir: si los guardias hubieran encontrado el papel, le habría costado muy caro. Pero sus oraciones fueron escuchadas, y cuando salió el sol, en un montón de basura pudo encontrar la nota. Nunca más volvió a arriesgarse. Y en vez de escribir, memorizaba sus poemas ayudándose de rosarios de migas de pan confeccionados por católicos lituanos compañeros de prisión.

La creatividad le salía por los poros de la piel, e incluso en el Gulag recitaba poesía para los presos. Uno de sus compañeros de destierro recuerda que él y su mujer pasaron una noche entera oyendo a Solzhenitsin que recitaba para los dos solos su obra de teatro El ingenuo y la complaciente, inspirada en una experiencia personal en el campo de trabajo de Kaluga. Tras su rehabilitación enseñó en la escuela de un pueblo cercano a Moscú (allí le pasó lo que cuenta en uno de sus mejores relatos, La casa de Matriona), y más tarde en un instituto de Ryazan. 1959 fue un año decisivo: empezó a recoger datos para Archipiélago Gulag, hizo el borrador de El primer círculo y redactó Un día en la vida de Iván Denísovich.

Un nuevo Gogol
En diciembre de 1961, Alexander Tvardovsky, buen poeta, editor de la revista literaria Novi Mir, leyó el manuscrito de Un día..., que había sido rechazado por otras publicaciones. Tvardovsky se lo llevó a casa un viernes por la noche, para leerlo con tranquilidad. Empezó a verlo en la cama. Cuando se dio cuenta de su importancia, se levantó, se vistió y se fue a su despacho. Luego explicó que aquella obra no podía leerse en batín: "hubiera sido un insulto al autor". Sin dormir, a primera hora de la mañana fue a la redacción de la revista, y con otro escritor, Víktor Nekrasov, brindó con vodka al nacimiento de "un nuevo Gogol", dijo.

Después de una larga campaña que duró casi un año y que incluyó una edición secreta de Un día... para los miembros del comité central del PCUS, en octubre de 1962 consiguió que Jrushchov autorizara la publicación. Cuando se supo la noticia, en la redacción de Novi Mir estalló una salva de aplausos: todos habían leído el manuscrito, por Moscú circulaban copias ilegales, y la publicación se esperaba con ansiedad. En noviembre salía a la luz el libro que cambió la vida de Solzhenitsin y logró difusión mundial en poco tiempo.

Con Un día..., Solzhenitsin entró con pleno derecho en la intelectualidad rusa. "Dentro de un mes, usted será la persona más famosa de la tierra: ¿será capaz de resistir a la fama? Es muy difícil resistir a la fama; Pasternak no fue capaz", espetó a Solzhenitsin Ana Achmatova, la mayor poetisa rusa de este siglo.

La década heroica
Solzhenitsin resistió a la fama, pero el gobierno soviético no fue capaz de resistir a Solzhenitsin. Lo que vino después fue la década heroica de los grandes disidentes: Solzhenitsin, Sajarov, Daniel, Siniavsky... los pocos pero valerosos profetas que denunciaban desde el interior los crímenes del sistema soviético. En el caso de Solzhenitsin, las autoridades comunistas repitieron la historia de Pasternak. En 1971, el Ministerio del Interior elaboró un largo memorándum sobre el trato a los escritores, subrayado por el proprio Brezhnev: "En el asunto Solzhenitsin estamos repitiendo los mismos errores que cometimos con Boris Pasternak. Doctor Zhivago debió ser 'suavizado' y publicado aquí, para así reducir el interés en el extranjero".

Pero, como escribe el historiador Raymond Carr, Solzhenitsin era imposible de suavizar. En 1971, el KGB intenta resolver el problema asesinando al disidente. Durante un viaje al sur de Rusia, el escritor sufre una grave intoxicación; todo indicaba que fue obra de un agente secreto. Tras la caída del comunismo, el hecho fue confirmado por Boris Ivanov, ex oficial del KGB.

Historia personal
En medio de la lucha contra el sistema transcurre la historia personal de Solzhenitsin. En 1940 se casa con Natalia Reshetovskaya. Al conocer la condena, Solzhenitsin –como otros presos políticos a sus mujeres– le aconsejó que pidiera el divorcio. Natalia rechazó esa propuesta, pero tras años de separación y después del traslado de Solzhenitsin a un lager en Kazajstán, cede a la corte que le hace un joven viudo con dos niños. Manda a Solzhenitsin los papeles del divorcio, que el escritor firma sin rechistar. Pero en 1956, cuando de improviso Alexander regresa del exilio y va a verla, el amor de Natalia renace y ella vuelve con él.

Su vida en común durará un decenio. Tras el éxito de Un día..., Solzhenitsin se centra cada vez más en su literatura y piensa cada vez menos en su mujer. Pasa largas temporadas fuera de casa, dedicado a escribir de la mañana a la noche en su casa de campo o en una dacha de Peredelkino, el pueblo de los escritores donde vivió Pasternak. En 1968, Solzhenitsin conoce a Alya –Natalia Svetlova–, una joven licenciada en Matemáticas, separada de su primer marido, que quiere ayudarle en sus investigaciones sobre el Gulag. Solzhenitsin se aleja definitivamente de su primera mujer y vive con Alya. Cuando con sorpresa descubre que esperan un hijo –los médicos de Tashkent que le curaron el cáncer le aseguraron que si se salvaba, no podría ser padre–, decide divorciarse. Con Alya tendrá tres hijos, y se casará en 1973.

Estas aventuras sentimentales se reflejan en los libros de Solzhenitsin, que en su mayor parte tienen fondo autobiográfico. Como si necesitara apoyarse con fuerza en la realidad para construir la ficción. En La rueda roja, el protagonista, el coronel Vorotyntsev, un claro trasunto de Solzhenitsin, está casado con una pianista a la que no ama; durante una estancia en San Petersburgo se enamora de una profesora de historia –Solzhenitsin, en 1964, viajó a Leningrado, donde conoció y se enamoró brevemente de una profesora de matemáticas–; descubierto el "lío", la pianista amenaza varias veces con suicidarse –Natalia, cuando supo que Solzhenitsin vivía con Alya, intentó quitarse la vida con somníferos–. Solzhenitsin, al relatar estos asuntos personales en el marco de una gran tragedia como la I Guerra Mundial, la derrota rusa de 1914 y la Revolución, logra algunas de las mejores páginas de Agosto 1914 y Noviembre 1916.

Exilio y regreso
El enfrentamiento con las autoridades, excepcionalmente duro desde la concesión del premio Nobel en 1970, llega al máximo con la publicación de Archipiélago Gulag en diciembre de 1973 en París. En febrero de 1974, Solzhenitsin es arrestado y expulsado de la Unión Soviética. Pocos días después, Alya y los niños le siguen al exilio. En diciembre, con cuatro años de retraso, Solzhenitsin recibe el premio Nobel en Estocolmo.

En 1976, Solzhenitsin se establece en Estados Unidos con su familia. Allí vivirá casi veinte años, dedicado a La rueda roja, su gran obra sobre la Revolución. Le supone un gran esfuerzo de documentación y redacción, en el que le ayudan su mujer Alya y muchos compatriotas exiliados. Para descansar de ese gigantesco trabajo redacta sus memorias, que considera un simple ejercicio literario.

En 1994, tras la disolución del partido comunista ruso, Solzhenitsin es rehabilitado y regresa a su patria. Allí intenta difundir sus ideas sobre la organización social y mantiene un programa de televisión. Pero, a pesar de su elección como académico, del homenaje público en su ochenta cumpleaños, Solzhenitsin es un personaje extraño a la Rusia de hoy. "Tras su regreso a Rusia –explica su ex secretaria, Irina Alberti–, en Solzhenitsin se ha producido un cambio que me desconcierta. Temo que no comprende del todo la realidad de la nueva Rusia. Denuncia lo que todos saben: la mafia, la corrupción, la delincuencia tan extendida... Desgraciadamente, Solzhenitsin no hace más que repetir tópicos".

En opinión de Alberti, la época de los grandes disidentes, de Solzhenitsin y Sajarov, ha concluido, pero permanece "su gran lección espiritual: la llamada a la verdad y al respeto de la persona humana". Ahora, dice, están los herederos de este mensaje, "un gran número de personas de la actual Rusia que viven de estas aspiraciones y dedican su vida a ponerlas en práctica". Son los "nuevos disidentes", entre ellos miembros de la Iglesia ortodoxa rusa, que sufren censura en su patria, mientras que en Occidente simplemente se ignora su existencia: "No sólo no se los conoce, sino que no se quiere conocerlos". Esto no impide a los nuevos disidentes, "personas libres y capaces de pensar por su cuenta", buscar el modo de oponerse a la nueva prepotencia que les tapa la boca.




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"La rueda roja": un proyecto ciclópeo
La obra de Solzhenitsin sobre la Revolución comprende tres grandes "nudos": la entrada en guerra de Rusia y la primera gran derrota militar en agosto de 1914, la crisis militar y política de noviembre de 1916, y la gran revolución democrática de febrero-marzo de 1917. Es a este tercer nudo al que Solzhenitsin dedica más atención, con cuatro tomos –tres de relato y uno de documentación–, en los que describe las semanas de febrero y marzo de 1917 que vieron la caída del zar y la proclamación del primer gobierno democrático ruso. Solzhenitsin, en cambio, no ha escrito ni una línea sobre el "octubre rojo": para él, la gran revolución fue la de febrero. "El acontecimiento realmente decisivo –explica– no fue la revolución de octubre, que en realidad no fue ninguna revolución. Lo que entendemos por revolución es un acontecimiento masivo y espontáneo, y nada de esto hubo en octubre. La verdadera revolución fue la de febrero, la de octubre no merece ese nombre: fue un golpe de Estado, y durante la década de los años veinte los bolcheviques la llamaban el golpe de Octubre".

El proyecto en el que Solzhenitsin ha empleado más de veinte años de trabajo, por fin ha sido concluido. Pero casi nadie parece interesado. Su fama declina, y mientras en Rusia le acusan de imitar al viejo Tolstoy, en Occidente La rueda roja sufre la peor suerte que puede acontecer a un libro: pasar inadvertido. Aparte de la edición rusa, sólo la editorial francesa Fayard ha publicado el texto completo, una mole enorme de más de cuatro mil páginas. En enero de 1998 salió en francés el tomo III de Marzo 1917, el tercer nudo de esa obra monumental. La rueda roja, en cambio, no ha sido traducida ni al italiano ni al español –sólo existen viejas ediciones de Agosto 1914–, mientras que en inglés hasta ahora sólo se ha publicado August 1914 y November 1916.

En cuanto a Archipiélago Gulag, que costó a Solzhenitsin la expulsión y veinte años de exilio, fue reeditado en Occidente al cumplirse los 25 años de la primera edición. Tras recibir unos pequeños aplausos, se le ha dejado caer discretamente en el rincón de las cosas olvidadas. Pero Solzhenitsin no suelta la presa. Es un escritor compulsivo, y en septiembre del año pasado su mujer anunció las memorias del exilio. Tituladas Cayó el granito entre dos piedras molares, abarcan los años 1974-1994, en su mayor parte vividos en Estados Unidos. Los "ensayos del destierro" fueron escritos entre 1978 y 1994. Novi Mir ha ido publicándolos a lo largo de este año.

Las nuevas memorias son un texto polémico en el que destacan las conocidas opiniones de Solzhenitsin sobre la prensa occidental ("son peores que el KGB", dijo al poco de llegar a Occidente) y las causas de sus desastrosas relaciones con ella, sobre la democracia y la libertad, el comunismo y el nuevo régimen ruso. En la primera parte, publicada en 1975 con el título El becerro y el roble, el escritor relata su larga lucha contra el régimen soviético hasta su expulsión del país.

A pesar de la indiferencia que en Occidente ha caído sobre la obra de Solzhenitsin, en los sectores intelectuales más abiertos y a la vez más conscientes, su mensaje no ha sido olvidado. Solzhenitsin, escribe el pensador norteamericano Richard John Neuhaus, "es una de las grandes figuras de este siglo. Su papel puede ser adecuadamente descrito como profético". En Archipiélago Gulag y otros escritos, ha mostrado sin dejar lugar a dudas la maldad del comunismo. A veces, añade Neuhaus, "reprochó a Occidente su bancarrota intelectual y espiritual, y a su vez fue acusado de moralista incansable y de 'eslavófilo' por nuestros intelectuales".

Sus libros, como Noviembre 1916, son "cualquier cosa menos literatura ligera". "Abordarla es todo un proyecto: el autor mezcla personas, causas, conflictos, confusión, esperanzas y desilusiones de pocas semanas de historia, y se las echa encima al lector, como para decirle: Toma, tienes que pensar a fondo sobre esto; esto es lo que pasó poco antes de que un gran pueblo descendiera al infierno", concluye Neuhaus.

Más allá de los artículos de los críticos, las polémicas sobre si sus libros pertenecen a la literatura pura o impura, la obra de Solzhenitsin será siempre un testimonio incontestable sobre la Rusia bolchevique y sobre este siglo, ante el que los distingos intelectuales de Occidente resultan necios. Como dice André Glucksmann, "vistos desde el abismo del Gulag, los occidentales irremediablemente parecemos unos cretinos". M.C.




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Para saber más
Una biografía accesible de Solzhenitsin, que analiza su vida y su obra literaria, es Alexander Solzhenitsin. A Century in His Life, de D.M. Thomas: St. Martin's Press, Nueva York, 1998, 584 págs., 30 dólares.

La única edición completa de La rueda roja en una lengua occidental es la francesa de Fayard (París, 1983-1998). En ruso ha sido editada por Ymca Press.

Otras obras de Solzhenitsin disponibles en español:

Un día en la vida de Iván Denísovich, Altaya, 1995.
Archipiélago Gulag, Tusquets, Barcelona, 1998 (ver servicio 120/98).
Pabellón del cáncer, Tusquets, Barcelona, 1993.
El primer círculo, Tusquets, Barcelona, 1992 (ver servicio 49/93).
Cómo reorganizar Rusia, Tusquets, Barcelona, 1991.
El problema ruso, Tusquets, Barcelona, 1995.
El colapso de Rusia, Espasa Calpe, Madrid, 1999

jueves, 7 de agosto de 2008

MAYO DEL 68 VISTO CON OJOS DE HOY.

Lo utópico es pensar que el actual sistema capitalista puede reproducirse de forma indefinida. La catástrofe se avecina. De ahí la actualidad de la consigna de Mayo del 68: "Seamos realistas, pidamos lo imposible".

SLAVOJ ZIZEK

EL PAÍS - Opinión - 01-05-2008


Uno de los graffiti que aparecieron en los muros de París en Mayo del 68 decía: "¡Las estructuras no andan por la calle!". Pero la respuesta de Jacques Lacan fue que eso era precisamente lo que había ocurrido en 1968: las estructuras salieron a la calle. Los sucesos más visibles y explosivos fueron la consecuencia de un desequilibrio estructural, el paso de una forma de dominación a otra, en términos de Lacan, del discurso del amo al discurso de la universidad.

Existen buenos motivos para mantener una opinión tan escéptica. Como dicen Luc Boltanski y Eve Chiapello en The New Spirit of Capitalism, a partir de 1970 apareció gradualmente una nueva forma de capitalismo, que abandonó la estructura jerárquica del proceso de producción al estilo de Ford y desarrolló una organización en red, basada en la iniciativa de los empleados y la autonomía en el lugar de trabajo. En vez de una cadena de mando centralizada y jerárquica, tenemos redes con una multitud de participantes que organizan el trabajo en equipos o proyectos, buscan la satisfacción del cliente y el bienestar público, se preocupan por la ecología, etcétera. Es decir, el capitalismo usurpó la retórica izquierdista de la autogestión de los trabajadores, hizo que dejara de ser un lema anticapitalista para convertirse en capitalista. El socialismo, empezó a decirse,no valía porque era conservador, jerárquico, administrativo, y la verdadera revolución era la del capitalismo digital.

De la liberación sexual de los sesenta ha sobrevivido el hedonismo tolerante cómodamente incorporado a nuestra ideología hegemónica: hoy, no sólo se permite, sino que se ordena disfrutar del sexo, y las personas que no lo logran se sienten culpables. El impulso de buscar formas radicales de disfrute (mediante experimentos sexuales y drogas u otros métodos para provocar un trance) surgió en un momento político concreto: cuando "el espíritu del 68" estaba agotando su potencial político. En ese momento crítico (a mediados de los setenta), la única opción que quedó fue un empuje directo y brutal hacia lo real, que asumió tres formas fundamentales: la búsqueda de formas extremas de disfrute sexual, el giro hacia la realidad de una experiencia interior (misticismo oriental) y el terrorismo político de izquierdas (Fracción del Ejército Rojo en Alemania, Brigadas Rojas en Italia, etcétera). La apuesta del terrorismo político de izquierdas era que, en una época en la que las masas están inmersas en el sueño ideológico del capitalismo, la crítica normal de la ideología ya no sirve, así que lo único que puede despertarlas es el recurso a la cruda realidad de la violencia directa, l'action directe.

Recordemos el reto de Lacan a los estudiantes que se manifestaban: "Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo. Y lo tendréis". Y lo tuvimos, disfrazado del amo "permisivo" posmoderno cuyo dominio es aún mayor porque es menos visible. Aunque no hay duda de que esa transición fue acompañada de muchos cambios positivos -baste con mencionar las nuevas libertades y el acceso a puestos de poder para las mujeres-, no hay más remedio que insistir en la pregunta crucial: ¿tal vez fue ese paso de un "espíritu del capitalismo" a otro lo único que realmente sucedió en el 68, y todo el ebrio entusiasmo de la libertad no fue más que un modo de sustituir una forma de dominación por otra?

Muchos elementos indican que las cosas no son tan sencillas. Si observamos nuestra situación desde la perspectiva del 68, debemos recordar su verdadero legado: el 68 fue, en esencia, un rechazo al sistema liberal-capitalista, un no a todo él. Es fácil reírse de la idea del fin de la historia de Fukuyama, pero la mayoría, hoy día, es fukuyamaísta: se acepta que el capitalismo liberal-democrático es la fórmula definitiva para la mejor sociedad posible y que lo único que se puede hacer es lograr que sea más justa y tolerante. La única pregunta que cuenta hoy es: ¿respaldamos esta naturalización del capitalismo, o el capitalismo globalizado actual contiene antagonismos lo suficientemente fuertes como para impedir su reproducción indefinida?

Dichos antagonismos son (por lo menos) cuatro: la amenaza inminente de la catástrofe ecológica; lo inadecuado de la propiedad privada para la llamada "propiedad intelectual"; las implicaciones socio-éticas de los nuevos avances tecnocientíficos (sobre todo en biogenética); y las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y guetos. El 11 de septiembre de 2001, cayeron las Torres Gemelas; 12 años antes, el 9 de noviembre de 1989, cayó el Muro de Berlín. El 9 de noviembre anunció los "felices noventa", el sueño del "fin de la historia" de Fukuyama, la convicción de que la democracia liberal había ganado, de que la búsqueda se había terminado, de que la llegada de una comunidad mundial estaba a la vuelta de la esquina, de que los obstáculos a ese final feliz digno de Hollywood eran meramente empíricos y contingentes (bolsas locales de resistencia cuyos líderes no habían comprendido aún que había pasado su hora). Por el contrario, el 11-S es el gran símbolo del fin de los felices noventa de Clinton, el símbolo de la era que se avecina, en la que aparecen nuevos muros en todas partes, entre Israel y Cisjordania, alrededor de la Unión Europea, en la frontera entre Estados Unidos y México.

Los tres primeros antagonismos antes citados afectan a los elementos que Michael Hardt y Toni Negri denominan "comunes", la sustancia común de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que hay que resistirse por todos los medios, incluso violentos, si es necesario. Son los elementos comunes de la naturaleza externa, amenazados por la contaminación y la explotación (el petróleo, los bosques, el hábitat natural); los elementos comunes de la naturaleza interna (la herencia biogenética de la humanidad), y los elementos comunes de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital "cognitivo", sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también las infraestructuras comunes del transporte público, la electricidad, el correo, etcétera.

Si se hubiera permitido el monopolio a Bill Gates, nos encontraríamos en la absurda situación de que un individuo concreto poseyera literalmente todo el tejido de software de nuestra red esencial de comunicación. Lo que estamos comprendiendo de manera gradual son las posibilidades destructivas, hasta la autoaniquilación de la propia humanidad, que se harán realidad si se da carta blanca a la lógica capitalista de encerrar esos elementos comunes. Nicholas Stern tiene razón al caracterizar la crisis climática como "el mayor fracaso de mercado de la historia humana". ¿Acaso la necesidad de establecer el espacio para una acción política mundial que sea capaz de neutralizar y canalizar los mecanismos de mercado no sustituye a una perspectiva propiamente comunista? Así, la referencia a los "elementos comunes" justifica la resurrección de la idea de comunismo: nos permite ver el "encerramiento" progresivo de esos elementos comunes como proceso de proletarización de quienes, con él, quedan excluidos de su propia sustancia.

Así, en contraste con la imagen clásica de los proletarios que no tienen "nada que perder más que sus cadenas", todos corremos el peligro de perderlo todo; la amenaza es que nos veamos reducidos a vacíos sujetos cartesianos abstractos, carentes de todo contenido sustancial, desposeídos de nuestra sustancia simbólica, con nuestra base genética manipulada, seres que vegetan en un entorno inhabitable. Esta triple amenaza a todo nuestro ser nos vuelve a todos, en cierto sentido, proletarios, y la única forma de no convertirse en ello es actuar de antemano para prevenirlo.

Lo que mejor condensa el auténtico legado del 68 es la fórmula Soyons realistes, demandons l'impossible! ("Seamos realistas, pidamos lo imposible"). La verdadera utopía es la creencia de que el sistema mundial actual puede reproducirse de forma indefinida; la única forma de ser verdaderamente realistas es prever lo que, en las coordenadas de este sistema, no tiene más remedio que parecer imposible.

miércoles, 9 de julio de 2008