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jueves, 24 de septiembre de 2009

ENTREVISTA A MOUSSA AG ASSARID

Tu tienes el reloj, yo tengo el tiempo



Entrevista a Moussa Ag Assarid



- No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...! Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

- ¡Qué turbante tan hermoso...!

- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

- Es de un azul bellísimo...

- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...

- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.

- ¿Por qué?

- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

- ¿Quiénes son los tuareg?

- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

- ¿Cuántos son?

- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

- ¿A qué se dedican?

- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...

- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo.. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

- ¿Sí? No parece muy estimulante...

- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

- Saber eso es valioso, sin duda...

- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!


- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?


- Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...

- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...

- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar.

- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...

- ¿Tanto como eso?

- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

- ¿Qué pasó con su familia?

- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...

- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila.. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...

- Y lo logró.

- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

- ¡Un tuareg en la universidad. ..!

- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.

- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...

- Fascinante, desde luego...

- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...

- Qué paz...

- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.



Autor: Víctor M. Amela- Fecha: 2009-09-24

lunes, 23 de febrero de 2009

LA NUEVA "REALPOLITIK" es cosmopolita.



La nueva ‘realpolitik’ es cosmopolita
Por Ulrich Beck, sociólogo y profesor de la Universidad de Múnich y de la London School of Economics. Traducción de M. Sampons (EL PAÍS, 03/02/04):


Parece que el mundo se está yendo a pique. Lo oímos hasta la saciedad. Pero esto ocurrirá, si es que ocurre, porque no es seguro, pasado mañana o el otro. En cambio, lo que sí es relativamente seguro hoy es que esta anticipación de posibles catástrofes humanas (cambio climático, crisis financiera, autodestrucción atómica…) abre una oportunidad histórica que debemos comprender y asumir: ¡una nueva realpolitik cosmopolita está en el aire!

Para que una crítica realista de las relaciones de poder pueda derivarse del concepto de cosmopolitismo, que pertenece a la tradición filosófico-política de la civilización occidental como muy tarde desde Kant, éste primero tiene que ser aclarado. Con “cosmopolita” no me refiero al concepto idealista y elitista que sirve de punta de lanza ideológica a las pretensiones de las élites y organizaciones transnacionales. Lo que está en el aire es algo totalmente distinto.

A comienzos del tercer milenio, la máxima de la realpolitik nacional, según la cual los intereses nacionales tienen que perseguirse nacionalmente, debe ser sustituida por la máxima de la realpolitik cosmopolita: cuanto más cosmopolita sea nuestra política, más nacional y exitosa será. Y cuanto más nacional sea, más condenada al fracaso estará.

Si esta crisis económica tan amenazadora no existiese, tendría que inventarse para que la canciller alemana, Angela Merkel, y su ministro de Finanzas, Peer Steinbrück, aprendieran al fin lo que sus colegas en Londres, París y Madrid, pero también el equipo del estadounidense Obama, han adoptado como consigna: quien elige el camino del nacionalismo económico actúa antipatrióticamente; se perjudica en principio a sí mismo pero al final también perjudica a todos los demás. Ésta es la dolorosa lección que aprendimos de la Gran Depresión y de la consiguiente Segunda Guerra Mundial. Así que quien crea, como la canciller alemana, que para proteger la economía alemana y los puestos de trabajo en Alemania hay que escoger entre la soberanía nacional y la ampliación política de la Unión Europea en cuestiones de mercado económico y de trabajo, no sólo establece una falsa alternativa, sino que comete, como enseña la historia de la Gran Depresión, un grave error.

En esta época de crisis y de riesgos globales sólo funciona la política de “los grilletes de oro”: la creación de una densa red de alianzas y mutuas dependencias transnacionales para recuperar la soberanía nacional post-nacional y la prosperidad económica. Sólo cuando a Europa le va bien, también le va bien a Alemania. Sólo cuando al mundo le va bien, puede el primer exportador mundial que es Alemania vender sus productos. No hay ningún otro país en el que, si lo pensamos honestamente, el realismo cosmopolita coincida tan claramente con los propios intereses nacionales bien entendidos. Sencillamente no entiendo por qué esto es tan difícil de concebir. ¿Por qué, por ejemplo, la repentina liquidación, objeto de burla de todas las ideologías, de cualquier respuesta europea a la crisis económica mundial no despierta justamente en Alemania las ganas de criticar y el gusto por la ironía de los comentaristas políticos? ¿Dónde está la voz de los europeos alemanes en este momento tan decisivo?

Atravesamos la situación que Nietzsche predijo hace más de 100 años: vivimos en la edad de la comparación. Corrientes culturales contrapuestas confluyen en un mismo espacio y se mezclan, las más de las veces de manera conflictiva. El doble lenguaje, eso es, la capacidad de deshacerse de las ataduras de lo familiar; la ubicuidad de la existencia; la capacidad de interactuar más allá de las fronteras; todo esto crea una compleja maraña de lealtades fragmentadas, sin que éstas se revelen como identidades vividas espontáneamente. Sentar raíces y tener alas; unir lo provinciano con la riqueza de vivencias de una ciudadanía cosmopolita experimentada y particular; éste podría ser el denominador común civilizatorio de sociedades culturalmente heterogéneas, que serviría así para responder a la insistente pregunta elemental que todos nos hacemos: ¿qué orden requiere el mundo?

Semejante reconocimiento de la diferencia, que no hay que confundir con el multiculturalismo recetado por los Estados nacionales, abre un espacio de posibilidades multidimensional, que, sin embargo, no carece de contradicciones internas. No se trata sólo de superar los abismos entre ricos y pobres, entre norte y sur, entre los nichos de bienestar social y la depauperación. Hay más. Tampoco se trata sólo de la posibilidad o imposibilidad de un mini Estado social a escala global, un “keysenianismo globalizado”, aunque éste siga limitándose a las necesidades elementales. Se trata de mucho más. El realismo cosmopolita tiene que ver con la apertura por abajo y por dentro de las instituciones de base de los Estados nacionales para los desafíos de la época global, y en cómo se lleva a cabo este proceso. Tiene que ver con el trato que reciben las minorías, los extranjeros, los marginados. Con el problema que plantean los derechos humanos de los distintos grupos tanto en la consolidación como en la reforma de la democracia en el espacio transnacional. Y, sobre todo, con la cuestión de cómo pueden evitarse los estallidos de violencia que surgen de las decepciones y la degradación de las personas.

El realismo cosmopolita une así el respeto por la dignidad de la diferencia cultural con el interés por la supervivencia de cada individuo. La realpolitik cosmopolita, entendida de ese modo, es la siguiente gran idea que cabe ensayar tras las ideas históricamente desgastadas del nacionalismo, el comunismo, el socialismo y el neoliberalismo. Podría hacer posible lo improbable: que la humanidad sobreviva al siglo XXI sin recaer en la barbarie.

En este contexto, el problema principal de las ciencias sociales es que plantean las preguntas equivocadas. Las preguntas directrices de las teorías sociales están la mayoría de ellas orientadas a la estabilidad y a la configuración del orden, y no a lo que estamos experimentando y, por lo tanto, debemos comprender: un cambio epocal y discontinuo de la sociedad en la modernidad.

Llamar retrospectivamente primera modernidad a la totalidad del mundo de las ideas sobre la economía, la sociedad y la política fundadas con el Estado nación, y separarla de una todavía desdibujada segunda modernidad -que se define por las crisis económicas y ecológicas globales, las cada vez más agudas desigualdades, la individualización, el frágil trabajo retribuido y precisamente los desafíos de la globalización cultural, política y militar-, sirve para el objetivo de superar el “reflejo proteccionista”, que paraliza intelectual y políticamente a Europa tras el desmoronamiento del orden mundial bipolar.

Habría que descifrar cómo se transforman las supuestamente tan estables ideas directrices y coordenadas del cambio, a la vez que las bases y conceptos fundamentales del poder y la dominación, la legitimación y la violencia, la economía, el Estado y la política. Hasta ahora ha sido válida la idea de que los poderosos crearon la globalización para ir en contra de los pobres. No se han impulsado interacciones entre distintas sociedades y religiones que abarquen a la totalidad de las culturas, sino que se ha impuesto una en particular en contra de las demás. El imaginario cosmopolita representa el interés universal de la humanidad en sí mismo. Es el intento de repensar la interdependencia y la reciprocidad más allá de los axiomas y la arrogancia nacionales, y concretamente en el sentido de un realismo cosmopolita, que nos abra y agudice la mirada para las desconocidas, interrelacionadas e interdependientes sociedades en las que vivimos y actuamos.

miércoles, 4 de febrero de 2009

LA UTOPÍA DEL ISLAM REVOLUCIONARIO


www.forumlibertas.com/La Firma
04/02/2009
Francesc Torralba Roselló
La utopía del Islam revolucionario


Se presenta como instrumento de una finalidad política que difícilmente puede acotarlo, pues significa el derrumbe de la lógica y la razón


El mundo, políticamente hablando, ya hace tiempo que ha dejado de ser una elipse para convertirse en una esfera. Desde la caída del muro de Berlín, ya no tiene dos centros: Washington y Moscú. Desde hace ya casi dos décadas, tiene un único centro, pero eso no significa que no tenga enemigos que deseen desestabilizarlo. Como algunos han sugerido: el final de la guerra fría dio pie al choque de civilizaciones.

El camino emprendido por ciertos sectores del Islam hacia su conversión en una utopía de sustitución de carácter mundial, estructurada en una red de microestructuras globales que conforman el Islam revolucionario, tiene unas notas muy específicas: una cúspide bien estructurada con una base heteróclita, flexible y autónoma, una ideología utópica, presentada como una ideología de la periferia, una vocación internacional y una explosiva combinación entre el uso de las nuevas tecnologías, manifestado en la guerra en red, y el empleo de suicidas como medios de combate.

El Islam revolucionario no debe confundirse con la rica tradición religiosa del Islam. Esta confusión, fruto de la ignorancia, olvida los ricos valores de esta tradición de raíz bíblica: el sentido del mundo como creación, la pasión por la justicia y el cultivo de la espiritualidad de la persona. Esta confusión, acrecienta la islamofobia y los prejuicios negativos con respecto a quienes profesan esta religión.

El Islam revolucionario tiene un impreciso anclaje terrestre y una clara vocación política utópica, de tal modo que en él se considera la historia como el preludio de un mundo nuevo que constituirá otra forma de materializar el mito dialéctico que se encontraba detrás del nacionalsocialismo y del marxismo.

El Islam revolucionario se constituye, pues, en la nueva ideología de la periferia explotada que lucha contra el centro, entendido como el núcleo del sistema capitalista que trata de imponerse a todo el orbe. Canaliza, de este modo, el malestar de miles de seres humanos explotados y humillados que no encuentran posibilidades reales de vivir una vida digna.

Este proyecto político, fuertemente utópico, justifica la destrucción completa del viejo orden y constituye el recipiente perfecto para enfrentarse a su enemigo occidental. Se expresa, fundamentalmente, en el terrorismo global y genera una sensación de permanente miedo que se traduce en una sociedad preocupada, casi de un modo obsesivo, por la seguridad y la vigilancia.

El terrorismo islamista se revela por su carácter transnacional y alcance global y tiene una gran capacidad de infligir daño indiscriminadamente. Respecto a su finalidad política, se presenta como instrumento de una finalidad política utópica que difícilmente puede acotarlo, pues significa el derrumbe de la lógica y de la razón.

Ante este horizonte, del que no se puede descartar la tremenda prueba del empleo de armas de destrucción masiva por actores no estatales contra alguna de nuestras grandes ciudades, es de trascendental importancia tomar conciencia de las posibilidades de la fuerza bélica. Debemos ser firmes en la defensa de nuestro sistema de libertades civiles y no podemos aceptar la derrota de valores que configuran la base de nuestras sociedades abiertas.

El mundo occidental debe saber responder a tal amenaza, a esa guerra que trata de imponer una nueva toma de la tierra y que sabe integrar su carácter ofensivo revolucionario en el fuerte cauce del resistir, donde para ganar es suficiente con no perder.

domingo, 1 de febrero de 2009

LA DERECHA Y LA CULTURA

La derecha y la cultura
...Fuera del mundo moderno sólo hay sitio para el rincón de la nostalgia. Gritar a la defensiva con tono de apocalipsis es una fórmula infalible para perder la batalla. La sociedad de masas es así, y con ella su forma de gobierno, la democracia mediática. Es urgente construir un mensaje atractivo en dura lucha contra el desconcierto general...
BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas Domingo, 01-02-09
Diario ABC




COMO siempre, hablo de «derecha» y de «izquierda» en sentido convencional. Es muy impreciso, pero ustedes me entienden sin problema. En este contexto, «cultura» significa cualquier forma de producción de ideas o manifestaciones artísticas susceptibles de influir en el comportamiento del público -ilustrado a medias- que produce la sociedad de masas. A partir de tales premisas, como si fuera un manual anglosajón de filosofía analítica, la tesis es la siguiente: la derecha necesita con urgencia plantear y ganar la batalla ideológica y recuperar el terreno perdido -absurdamente- en el ámbito cultural. El fenómeno, casi universal, multiplica sus efectos en España. Para traducir en prosa las consecuencias electorales, recuerden cuántos años han gobernado los socialistas y cuántos los populares en el último cuarto de siglo. Las ideas, aquí y ahora, son pocas y malas. La izquierda opta por la indiferencia permisiva, de vaga raíz posmoderna. La derecha, por un realismo versátil que conduce a esa inútil «escuela del desaliento», como la llama lord Byron: no hay nada que hacer en este campo sembrado de minas. No sirve de consuelo, al menos no debe servir, la sonrisa escéptica del ejecutivo arrogante y poco dispuesto a perder su valioso tiempo con esta monserga. Para citar a uno de los nuestros, Mariano José de Larra: «¿Letras? Las de cambio. Todo lo demás es broma...»
La izquierda juega con ventaja, al menos eso parece. Cuando hace falta, siempre en el momento preciso, despliega su poder mediático y académico mientras el adversario se bate en retirada. Si me lo permiten, recupero algunas ideas de mi primera Tercera de ABC. Era el 28 de agosto de 1998, allá por el siglo pasado. Esas activas minorías que dominan el debate cultural nos imponen qué literatura, qué arte, qué política debemos consumir para ser «libres» a su modo y manera. Configuran así una rechazable tiranía de la opinión pública ante el escándalo de los liberales genuinos. No cabe recurso de ningún tipo contra su dictamen implacable, que conlleva la condena -a través de la hoguera o del silencio más espeso- para quienes no encajan en esa poderosa corriente y en los círculos que la sustentan. Nos exigen que utilicemos un lenguaje edulcorado («género», «progreso», «solidaridad») y que ensalcemos a los aburridos genios posmodernos. Tal vez lo principal: es obligado adoptar en tiempo y forma sus expresiones artísticas o literarias y, por supuesto, adquirir y pagar el producto en el lugar oportuno. La derecha calla y otorga. La izquierda se acomoda en el triunfo. El debate casi no existe. La buena gente hace lo que le mandan. La vida pública pierde calidad. Ganan los mediocres. Perdemos todos. A muchos, tampoco les importa.

¿Acaso no hay pensadores y creadores ajenos al tópico progresista? Me resisto a poner ejemplos, para no confundir anécdotas con categorías. Les garantizo que, desde Homero en adelante, podemos llenar las mil doscientas palabras que contiene este artículo con nombres y apellidos del más alto rango universal. La clave está en disputar con éxito la herencia del humanismo y de la Ilustración. Fuera del mundo moderno sólo hay sitio para el rincón de la nostalgia. Gritar a la defensiva con tono de apocalipsis es una fórmula infalible para perder la batalla. La sociedad de masas es así, y con ella su forma de gobierno, la democracia mediática. Es urgente construir un mensaje atractivo en dura lucha contra el desconcierto general.
No nos engañemos: mucha gente honrada compra recetas de moral evasiva con la única finalidad de sobrevivir en la oscura vida cotidiana. Se palpa una angustia latente en el centro comercial y en otros «no lugares» (la expresión, ya saben, procede de Marc Augé), esos espacios imposibles para el auténtico «vivere civile». ¿Soluciones? Ninguna es mágica, pero casi todas están inventadas. Libertad y responsabilidad. Imperio de la ley. Educación, respeto, civismo. Familia y principios éticos. Rigor, austeridad, honradez. Carácter instrumental de los bienes materiales. Excelencia, calidad, valor de la obra bien hecha. Reconocer el mérito: el triunfo de los mejores es bueno para todos. Espíritu abierto al mundo. Patriotismo sensato, lejos del localismo ridículo y estrecho. Ideas claras y rechazo del pensamiento débil y confuso. Perseverancia e ilusión renovada frente al ambiente apático y hedonista... Rajoy apeló hace poco a estos valores positivos, pero los oyentes sólo pensaban en películas de espías. Son las viejas virtudes liberales, de honda raíz humanista. Nada nuevo, si se fijan: Atenas, Roma, Jerusalén, Europa moderna, América contemporánea...

La fuente clásica sigue siendo el discurso de Pericles, piedra angular de la teoría política en Occidente. Es fácil percibir ecos lejanos incluso en el mensaje presidencial de Barack Obama. Una copia menor, sin duda: es muy difícil pasar a la historia en el capítulo reservado a los gigantes. Por supuesto, cualquier comparación le favorece cuando miramos a nuestro alrededor. Elogio brillante de los Padres Fundadores y sus principios ilustrados, con la excepción significativa del libre comercio. Un socialdemócrata «muy puro», según Zapatero. El historiador de las ideas no sabe si reír o llorar. El analista de la vida española descubre la maniobra de siempre. El objetivo es desplazar a la derecha hasta el pelotón de los torpes. Un día sí, y el otro también. El sectarismo nubla el intelecto y anula la racionalidad. Si la izquierda dice «buenos días», algún coro responde indignado: mentira, porque yo digo «buenas noches». La trampa funciona. Gente decente, conservadores o incluso liberales, terminan recluidos en el infierno dialéctico: les obligan a defender lo indefendible o, cuando menos, quedan al margen de cualquier novedad cultural que pueda calar en la mentalidad posmoderna, frágil por naturaleza pero influyente como ninguna. Algunas veces, el Partido Popular disfraza sus conflictos internos bajo un sedicente barniz ideológico. Es imprescindible apagar un fuego que amenaza incendio. En todos los partidos del mundo civilizado conviven dos o tres «almas». En los americanos, por cierto, al menos quince o veinte. El mensaje sigue siendo el medio. Es una buena idea abrir el campo político a las tecnologías de la sociedad de la información. Ahora hace falta transmitir virtudes liberales vía «tuenti» o «facebook» o algún «blog» atractivo para ganar la confianza de tantos jóvenes renuentes. Caso práctico sobre control ideológico. El «foro abierto» organizado por los populares merece el elogio sincero de los teóricos de la democracia participativa y deliberativa. No lo tendrá, naturalmente, porque todos esos teóricos son de izquierdas...

Las elecciones se ganan y se pierden en el estrato más profundo de la mentalidad colectiva. Los seres humanos no sólo queremos conseguir la victoria y llevarnos el premio. También queremos tener razón y disfrutar del reconocimiento ajeno. Por algo inventamos las ideologías, complemento racional -a veces- de las pasiones irracionales. Desde la izquierda más culta, el malogrado Rafael del Águila escribió con frecuencia sobre la «sobredosis» de creencias que inunda el mundo actual. Incluso el nihilismo -real o imaginario- funciona como un impulso para la voluntad de poder. No sé qué pensarán de nosotros las generaciones futuras... Volvamos al asunto: aquí y ahora, es preciso disputar y ganar el debate ideológico y cultural por parte de una derecha indolente en exceso. Por cierto, tal y como están las cosas: ¿es buen momento para hablar de las virtudes liberales? Me temo que tiene razón el personaje de Balzac: «ciertas sensaciones incomprendidas hay que reservarlas para uno mismo».

viernes, 30 de enero de 2009

RELATIVISMO:¿MODESTIA INTELECTUAL, O ARROGANCIA?



RELATIVISMO: ¿MODESTIA INTELECTUAL, O ARROGANCIA?



José María Barrio Maestre

Profesor Titular de la Universidad Complutense de Madrid

Arvo.net, 16.01.2009



La fórmula “dictadura del relativismo” ha sido empleada por el Papa Benedicto XVI para referirse a una de las vertientes más paradójicas de esta actitud intelectual que conocemos con el nombre de relativismo, toda vez que suele mostrarse como un signo de modestia intelectual, y también de madurez y circunspección, al menos mientras no se ven las cosas con un poco de calma. Intentaré delimitar conceptualmente a grandes rasgos en qué consiste el relativismo, y explicar cómo esta actitud puede estar asociada con la que aparentemente resultaría su opuesta, la prepotencia del dictador, del déspota. A pesar de la apariencia contradictoria de esta asociación, si se repara en la lógica interna del relativismo, es precisamente ésta su consecuencia natural.



¿Qué es el relativismo?

Como suele ocurrir con muchas actitudes culturales consolidadas, ésta tiene un origen filosófico, a partir del cual, por decirlo así, se ha desmadrado, se ha inculturado, configurándose como un modelo de pensar y de vivir muy extendido entre nosotros, casi como un reflejo social condicionado. Mucha gente se reconoce en ella quizá sin proponérselo explícitamente, y sin haber leído autores relativistas, por ósmosis sociocultural. Es interesante hacer una breve mención de esos orígenes filosóficos.

El asunto es complejo, pero en sus rasgos fundamentales podemos percibir su dimensión y alcance si prestamos atención a la tesis que sería su expresión más prototípica: Todo es relativo. Con esto lo que se quiere decir es que no existe la verdad. Semejante aserción suele hacerse sin caer en la cuenta de lo que ya señaló el gran filósofo alemán del siglo XX Edmundo Husserl: se trata de una tesis que se autodestruye. En efecto, quien dice que no existe la verdad, lo que quiere decir es que es verdad que no existe la verdad. Es imposible pensar algo sin pensarlo como verdadero. Y tampoco es posible expresar un pensamiento sin pretenderlo como verdadero, a no ser que se intente engañar. Pero aún en este caso, a quien tal cosa intenta le interesa distinguir la mentira que expresa de la verdad que oculta. Como advierte San Agustín, todo el que desea engañar, ante todo desea no ser engañado.


Mucho antes que Husserl Aristóteles ya dijo, con un sentido común soberano, que las únicas que pueden ser relativistas coherentemente son las plantas, que ni pìensan ni hablan: están calladas. Cualquier forma de pensar, igualmente lo es de asumir un compromiso intelectual con algo que se estima verdadero, al menos más verdadero que su contrario. Y no distinguir una cosa de su contraria, o pretender que dos proposiciones contrarias son igualmente verdaderas, sólo puede hacerse a costa de la lógica. El primer principio fundamental de la lógica –el que los filósofos denominan principio de no-contradicción– postula que es imposible que dos proposiciones contrarias sean simultáneamente verdaderas en el mismo sentido. Y esto es lo que pretende el relativismo tomado en serio.


Naturalmente muchos no reparan en ello, y la afirmación de que todo es relativo a menudo no encierra la pretensión de decir algo serio, y menos aún con un propósito filosófico. Especialmente cuando la hace el buen burgués que, sentado en su sillón, detiene las ínfulas juveniles de un muchacho que, con el radicalismo propio de la edad, reparte afirmaciones tajantes por doquier. Es ésta una actitud muy distinta de la que aquí estamos poniendo de relieve: algo cuerdo y razonable, sobre todo cuando procede de la experiencia que da la edad avanzada. Pero cosa bien distinta es convertir esto en tesis filosófica y pretender extraer de ella un rendimiento serio. Primero por la razón ya apuntada. Pero luego porque, como observó Franz Brentano –filósofo un poco anterior a Husserl y, como éste, también gran matemático– la palabra “relativo” procede de relación, y la relación real es la que posee términos relativos reales y realmente distintos entre sí. Si se dice que todo es relativo pero no se dice a qué es relativo todo, entonces se está diciendo algo que no termina de decirse, o sea, que no tiene un sentido completo.


Esto es lo que a menudo ocurre, por ejemplo, con la idea de progreso. Más de uno entre quienes esto lean recordará que en nuestro país, hace años, un partido político que accedió por primera vez al gobierno, llegó con el lema “por el cambio”, que verdaderamente hizo fortuna en un momento en el que sin duda había mucha gente que esperaba otros aires en política. Es razonable y humana la esperanza en un futuro mejor, pero si no se hace explícito qué es lo que cambia y, sobre todo, respecto de qué, cambiar por cambiar no significa mucho. Es lo mismo que pasa con la idea de progreso. Si alguien dice que es “progresista”, pero no explica por qué es un progreso lo que propone como tal y, en consecuencia, respecto de qué eso que propone resulta ser un efectivo progreso, entonces está haciendo un uso completamente demagógico de la palabra progreso: no está diciendo nada significativo. No son pocos quienes, sin pararse a pensar, sencillamente se quedan con la etiqueta del progreso, la evolución –que igualmente resultó ser una etiqueta muy presentable hace algo más de un siglo–, el cambio, etc. Sustituir los argumentos por etiquetas excusa a muchos de pensar, pero conduce a un estado lamentable de desnutrición intelectual.


Da la impresión de que algo parecido ocurre con el relativismo. Si se dice que todo es relativo pero no a qué es relativo todo, y si tal todo significa eso, todo, entonces habrá que concluir que también es relativo que todo sea relativo. Mas esto sólo puede tener un sentido completo desde otra afirmación, lógicamente anterior, según la cual es relativo que sea relativo que todo es relativo… a no se sabe qué. Estamos, así, en un processus in infinitum hacia algo que realmente no es ningún término de referencia –por definición, si es infinito, no lo hay– y, por tanto, estamos diciendo una frase que nunca termina de ser dicha (y que, en cuanto tal, nunca termina por significar nada).


Como hizo notar Antonio Millán-Puelles, ese mismo test constituye la piedra en que tropieza una de las formulaciones clásicas del relativismo –poéticamente muy afortunada sin duda– que es la famosa rima de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira. / Todo tiene el color / del cristal con que se mira”. Eso queda muy bien, pero si se le retiene la atención filosófica, es una soberana idiotez. D. Ramón del Campoamor no era ningún idiota, y seguro que no pretendía hacer ninguna teoría filosófica cuando dijo eso. Pero sí que es verdad que algunos otros aficionados a la filosofía han intentado encontrar ahí un respaldo para su relativismo. —Si nada es verdad ni mentira, tampoco será verdad, ni será mentira tampoco, que todo tiene el color del cristal con que se mira, en este mundo traidor. Por otro lado, si todo tiene el color del cristal con que se mira, entonces se supone que ese cristal tendrá algún color. Ahora bien, si todo tiene el color del cristal con que se mira y todo significa todo, también estará ahí incluido el cristal de marras, de manera que, por un lado, se supone que ese cristal ha de tener algún color, pero por otro no puede tener ninguno, pues el color de ese cristal será... el del cristal con que se mira ese cristal, que no será otro que el color del cristal con que se mira ese cristal con el que previamente se miró... Y así en un proceso al infinito que a lo que conduce es que, si es infinito –y forzosamente habrá de serlo el proceso de "coloración" por parte de un cristal anterior con el que se mira la serie de cristales intermedios– nunca habrá un color originario de un cristal originario, con lo cual el cristal del que habla el verso de Campoamor no tiene –no termina de tener– color alguno, lo cual está en contradicción con la premisa mayor. —Este señor, insisto, probablemente lo que está suministrando es un respaldo poético, no teórico, al buen burgués sentado en su sofá. Pero si alguien intenta obtener otro rendimiento de esta boutade y convertirla en algo fundamental y fundamentado, el producto no resiste el análisis más somero.



Los modos más genéricos del relativismo


Los filósofos suelen distinguir varios tipos de relativismo. Entre ellos habría que destacar en primer término el relativismo individual, como se denomina esta actitud que hemos venido comentando y que, en el fondo, lo que hace es confundir la verdad con la opinión. —¿Tu verdad, o mi verdad? —No, mire Vd, ni una cosa ni la otra. La cuestión es más bien tu opinión o la mía. Aquí nos salen al paso aquellos otros versos de Antonio Machado: —“¿Tu verdad? / No: La verdad / Y ven conmigo a buscarla / La tuya, guárdatela”. —Toda opinión es una pretensión de verdad. Pero es una pretensión que se cumplirá o no –es decir, que será verdadera o falsa– con absoluta independencia de que sea la mía o la tuya. Cualquier persona que está convencida de algo, o de que algo es verdad, en primer lugar de lo que está convencida es de que, si eso es verdad, lo es con completa independencia de que yo lo diga; aún más, seguiría siendo verdad aunque yo dijese lo contrario. Por tanto, resulta contradictorio in adiecto, como dicen los lógicos, el concepto de mi verdad. Si esto es verdad, lo es además y a pesar mío. Esto es lo primero de lo que está convencida cualquier persona que está convencida de algo. De ahí que carezca de sentido asociar la convicción –sobre todo cierto tipo de convicciones– a actitudes prepotentes u oraculares. La cuestión es que muchos se fijan más en los ecos retóricos y en los iconos imaginativos asociados a un vocablo que en su propio contenido conceptual, y la imagen cultural que mucha gente tiene asociada a quien está convencido de algo es la del talibán. No digamos nada si se trata de una convicción ética o religiosa. No pocos ven hoy en este tipo de convicciones la negación misma del talante democrático y un imponente obstáculo para el diálogo social e intercultural, y en quien las profesa un peligro público, pues todo el que tiene una Biblia –se dice– acaba dando bibliazos en la cabeza a quienes no piensan como él.

Con este sencillo expediente quedan desatendidas dos evidencias básicas: a) la auténtica convicción nunca puede imponerse, sino tan sólo proponerse –y, correlativamente, aceptarse– en libertad. Convicción es, como dice Robert Spaemann, racionalidad cordial; b) por otro lado, no todas las “biblias” son iguales. En concreto la mía lo primero que me dice es que tengo que, no sólo respetar, sino incluso amar a quien no la comparte conmigo. Es verdad que toda auténtica convicción es, digámoslo así, misionera. Pero no es menos verdad que quien piensa algo con verdadera convicción en último término lo hace en virtud de un acto de libertad que nunca puede ser forzado –ni tampoco impedido– desde fuera.


En la sociedad de masas cada vez se tolera menos la convicción, a no ser la de los mercaderes. Únicamente quien tiene algo que vender puede estar convencido de la calidad de su mercancía, y tratar de imponerla a aquellos a cuyos bolsillos acecha. Los confiteros alemanes parece razonable que vendan con convicción la famosa tarta Sacher, y quienes la han probado saben, por cierto, que se trata de una convicción no sólo tolerable, sino verdadera, pues efectivamente sabe muy bien. Pero si alguien habla de otro tipo de convicciones, inmediatamente se decreta una orden de busca y captura cultural contra él, se le expulsa de todos los foros, de los salones, de los congresos y conferencias: —Vd es un talibán que quiere imponernos su verdad.


Hay ciertas cosas –muy pocas– de las que estoy completamente convencido. Y una de ellas es que casi todo es opinable, discutible, relativo incluso. El ámbito de la opinión es el de la discusión, y todo argumento humano es contestable. La actitud abierta y dialogante es la más propia de la razón humana. La apertura al contraste con la opinión ajena, por tanto, es una exigencia de la razón, y no sólo de la que pudiéramos llamar razón democrática, sino de la razón sin más, de la razón humana. Pretender que la verdad puede agotarse desde un solo punto de vista humano es una pretensión absurda. No me cabe la menor duda de que si estoy convencido de que algo es verdad eso no significa que yo lo sepa todo, o que eso que pienso sea toda la verdad, o la única verdad. Tomás de Aquino decía que la verdad es otro nombre del ser: una propiedad trascendental del ente. Si eso es así –y creo que así es– habrá tantas verdades como entes. El ente no es único; es plural, variado, y en la mayor parte de los casos variable. Y eso significa que su verdad en cada caso también será plural, variada e incluso variable.


Hay verdades eternas, por ejemplo, en matemáticas. Husserl discutió con unos relativistas de su época, a finales del s. XIX, que postulaban lo que él llama relativismo específico. No es el relativismo individual, que subjetiviza enteramente la verdad confundiéndola con la opinión –que sí es subjetiva, de cada sujeto–, sino un relativismo, por así decirlo, adscrito a la especie humana como tal, de manera que según él la verdad de una ecuación matemática sería relativa al modo humano de conocerla o de formularla. En último término, 2+2=4 será verdad según y como, porque eso depende de la serotonina del cerebro humano que la formula. Husserl no tuvo grandes dificultades para poner de manifiesto el absurdo de semejante pretensión: que esa fórmula fuese verdad para los humanos y mentira para los marcianos, en caso de que los hubiera. Pero denunciar la falsedad del relativismo específico no está reñido con reconocer que no todas las verdades son eternas, como en matemáticas.


La inmensa mayoría de las verdades, sobre todo las de tipo práctico, son verdades situacionales, contextualizadas: verdaderas soluciones a problemas prácticos que la razón humana se plantea en determinadas circunstancias; soluciones, en definitiva, que habrá que determinar en cada caso de manera hermenéutica, atendiendo al contexto. —¿Qué debo hacer yo aquí y ahora? —Es una pregunta que puede tener muchas respuestas verdaderas, dependiendo de quién soy yo y del concreto aquí y ahora en el que en cada caso me encuentre. Yo no soy Vd. Pero tampoco el yo que soy ahora coincide enteramente con el yo que seré después. Sí coinciden en su identidad sustancial, pero no en la circunstancia, la cual, como diría Ortega, forma parte de la sustancia del yo. A lo mejor lo que debo hacer ahora no coincide con lo que debo hacer mañana a estas horas, o en otra situación distinta. En la mayor parte de las discusiones humanas se debaten problemas prácticos y se buscan soluciones prácticas. Lo práctico es un terreno tan vasto como el de lo que está por hacer, y la verdadera solución a esos problemas tiene la amplitud y variedad de la vida misma, con su sustancia y sus circunstancias. La discusión sobre ello tiene igualmente un amplísimo marco de opinabilidad, el que se abre, por ejemplo, en política, en economía, en ética incluso.



La “relatividad” de los deberes en cuanto a su contenido o materia no justifica el “relativismo”

Aristóteles –que no es ningún relativista según la acepción que estamos empleando aquí– es quien ha afirmado de manera más categórica la relatividad del bien moral. No hay que esperar a la ética de situación existencialista del siglo XX. En el IV a.C. se ha hecho la formulación más explícita de una teoría según la cual la ética se puede decir que es categórica –por emplear el lenguaje de Kant– en cuanto a la forma del deber, es decir, lo que significa en cada caso el estar obligado en conciencia a algo; pero en cuanto a su materia o contenido, el deber es relativo: depende de la persona y de la situación de la persona lo que en cada caso deba hacer u omitir. No hace falta ser relativista para decir algo tan de sentido común. Lo que ocurre es que el relativismo a menudo juega al ratón y al gato, y da, valga decirlo así, gato por liebre: admitiendo algo tan obvio como la relatividad del contenido del deber, parece igualmente obligado admitir que todo es relativo o, en esta concreta versión, que en ética todo es situacional, es decir, que no hay ningún deber absoluto e incondicionado.


—¿Todo depende de la situación? —Pues probablemente en un 99,5% de lo que se puede decir sobre ética, sí. Pero algunas pocas afirmaciones –la tradición judeocristiana ha considerado que no más de diez– son imperativos absolutos. Por ejemplo: no matarás al inocente, honrarás a tus padres…, son algunos imperativos que cualquier persona puede encontrar, si mira bien, en el fondo de su conciencia. No hay muchos más imperativos incondicionales o, si se quiere, verdades absolutas en ética, evidentes para quien no lleve puestas gafas de madera. El resto de las soluciones morales tendrá que determinarlas la conciencia subjetiva de manera contextual, atendiendo a la persona y a la situación. Eso sí, sin perder de vista esos pocos absolutos no situacionales: con ellos no se resuelve todo, pero sin ellos, en ética, es imposible resolver bien nada.


Si esto es así en cuestiones morales, mucho más en temas políticos, jurídicos, económicos, etc. Todos estos ámbitos son esferas de discusión en la que los problemas se pueden enfocar de diversas maneras, desde distintos ángulos, y en los que ninguna propuesta de solución puede reclamar para sí ningún tipo de exclusividad. Puede haber, quizá, una mejor entre varias buenas posibles, pero siempre será la mejor solución aquí y ahora (hic et nunc).



La “dictadura” del relativismo

Mas, ¿qué es una discusión racional? Una búsqueda cooperativa de la verdad. Así lo reconoce hasta el mismísimo Habermas: kooperativen Wahrheitssuche. ¿Cuál es, entonces, la dificultad cultural del relativismo? Pues que si pensamos que la verdad no existe, ¿qué sentido tiene discutir? El problema cultural del relativismo es que hace completamente inútil y sin sentido la discusión y la argumentación racional. Y aquí entramos en el asunto de la dictadura.


Quien piensa que no existe la verdad, o que en caso de que exista es imposible conocerla –éste sería el caso de los escépticos– quizá pueda tener motivos para aparentar un talante democrático y dialogante, pero en último término eso será pura apariencia, pues realmente no atenderá a razones. Esto es lo que pone de relieve el Papa y resume muy esquemáticamente la voz dictadura del relativismo: si la verdad no existe o es imposible conocerla, la razón no tiene ningún sentido como capacidad cognoscitiva, dado que conocer realmente algo es conocer su verdadera realidad. (Conocer lo falso no es conocer; es más bien desconocer). Si la razón es una capacidad cognoscitiva, y el hombre es un animal racional, eso tiene sentido decirlo desde la hipótesis –mejor dicho, desde la afirmación– de que hay verdades, todo lo difícil de encontrar que se quiera, pero asequibles a la razón. Si no se admite esto, entonces la razón carece de papel alguno en la discusión. En consecuencia, los conflictos de intereses no se dirimirán en favor de quien esgrime las mejores razones, como dice Habermas, sino del lado de quien pone más muertos encima de la mesa de negociación.


Hace meses miles de personas manifestaron en Madrid su indignación frente al hecho de que el Gobierno de España, incluso con la etiqueta del coraje cívico, estaba haciendo apaños “políticos” con una banda de asesinos. Eso es la negación simple y llana de lo político, pues significa avalar por enésima vez a Nietzsche cuando dice aquello de que quien vence tiene la razón, y ya no necesita convencer. El fuerte no necesita argumentos: su misma fuerza superior –la del superhombre– ya le ha dado la razón. Eso es irracional. Y la irracionalidad es la quintaesencia de la violencia. Quien pone la pistola sobre el tapete está negando la esencia misma de la política, que no es el “derecho del más fuerte”, sino la fuerza del Derecho, la de quien cuenta con los mejores argumentos, es decir, los mejor armados lógicamente y los mejor presentados retóricamente. Lo contrario es violencia en estado puro.


En su tan controvertido –por no leído– discurso de Ratisbona en el 2006, Benedicto XVI puso de relieve que las nociones de razón –entendida como capacidad de verdad– y de Dios tienen mucho que ver. Más aún: filosófica y culturalmente corren una suerte pareja. Esto se puede ver también negativamente. Y lo ve Nietzsche: una vez que hemos matado a Dios –el tema central de Así habló Zaratustra– ya somos superhombres, ya no tenemos a nadie por encima nuestro. Eso nos sitúa “más allá del bien y del mal” –otro famoso título suyo–, pero entonces ya no tiene sentido preguntarse por la verdad. Sólo cabe preguntar con qué mentiras podemos vivir mejor. Es profético Nietzsche en este punto. En el fondo, a quien abdica de buscar la verdad –quizá después de abandonar toda búsqueda de Dios– lo único que realmente puede importarle es el poder. Ahora bien, el hombre que se cree superhombre, incluso si efectivamente posee poderes sobresalientes –en forma de dinero, ciencia o influencia– no se va a detener fácilmente ante el planteamiento, por ejemplo, de la reciprocidad de las libertades, la típica idea del liberalismo según la cual la libertad de uno acaba donde comienza la libertad del vecino. —Bueno, eso si es Vd infrahombre. Pero si es Vd superhombre, no. Si Vd tiene poder, o dinero, quizá le compense por motivos cosméticos –es más presentable– mostrar la etiqueta del talante democrático, pero a la hora de la verdad lo que funciona es la ley del embudo.


Entre los ejemplos de que dispongo no encuentro uno que ilustre mejor la verdad profunda de la asociación conceptual que Joseph Ratzinger establece mediante la expresión dictadura del relativismo. Hace no mucho saltó en España el escándalo de los abortos tardíos que se realizan en algunas “clínicas” –valga el eufemismo– con ocasión de un reportaje de la televisión danesa sobre uno de esos establecimientos en Barcelona. Una periodista entró con cámara oculta fingiendo estar embarazada de siete meses y le preguntó al matarife –lo que sí me parece obsceno es llamarle médico– si tendría algún problema en practicarle un aborto de siete meses. Respuesta del matarife: —El único problema es que pueda Vd poner aquí 4.000 euros. —La historia termina con que esta señora regresa después, no ya con cámara oculta, sino con otro periodista que porta una cámara de televisión, e intenta hacerle una entrevista a ese caballero, que muy molesto les expulsa a ambos diciéndoles: —“Vds tienen su moral, yo tengo la mía. Váyanse Vds con la suya y déjenme a mí con la mía”. Creo que no hacen falta comentarios. Aquí puede apreciarse perfectamente la “lógica” violenta del relativismo.

domingo, 25 de enero de 2009

GOZAR DE LA VIDA


Gozar de la vida
... En el enamoramientio insiste esa experiencia genesíaca de una creación todavía intacta, incontaminada, sin mancha. Esa experiencia de gracia santificante y hechicera, que es el amor primaveral, nos permite un vislumbre del pasaríso primigenio...
EUGENIO TRÍAS Domingo, 25-01-09
DIARIO ABC



EL sufrimiento puede ser teofánico: el modo de mostrarse Dios, un Dios que crea y destruye, Dios creador y Dios de las tormentas. La infirmitas puede tener el carácter de una prueba. Así en Job. O ser vía catártica, como en los salmos penitenciales.
Pero el amor primigenio parece desprenderse de la naturaleza primera: de una creación anterior a la caída y a la expulsión.
También en régimen de exilio se puede gozar de la experiencia paradisíaca: la comunión de alma y cuerpo en fusión amorosa; la persecución a la que urge un deseo apremiante sin mancha de culpa y de pecado. Sucede de forma breve, fugaz. Pero sucede.
El Cantar de los cantares está, según tradición religiosa judía, católica, protestante, ortodoxa, incluido en el canon: obra inspirada por el Espíritu Santo, según esas creencias religiosas, lo mismo que el Eclesiastés, el Libro de Job, los textos proféticos o el salterio.
Esa inspiración se advierte si se acoge el texto ad litteram. Si se asume en su significación literal, con todo el juego desplegado de metáforas, metonimias, elipsis, alusiones, insinuaciones, dobles sentidos. Toda una orografía erótica enmarca el Cantar de los cantares como escenario y contexto. Como en todas las lenguas del mundo, en la semántica de éros nada es lo que parece a primera vista; tampoco en hebreo.
El escenario del poema bíblico está muy poblado de accidentes geográficos, de riquezas hacendísticas, de órganos corporales, de animales: montes de mirra, viñedos, bodegas, huertos cerrados, fuentes selladas, manos activas, pies humedecidos, pájaros que revolotean, pájaros canoros, pequeñas raposas.
Nada es lo que a primera vista se dice. Por ello, la exigencia de la lectura ad literam es, más que nunca, obligada. Es preciso tener el oído atento a todo juego de revelaciones y de ocultaciones, de enmascaramientos y desnudamientos, de huidas y reencuentros en el que el rito amoroso-sexual se produce. «Descuidar la viña» -causa de la morenez de la muchacha enamorada- no significa lo que en primera audición puede sugerir.
El cuerpo femenino se esparce por viñedos, huertas, fuentes; el masculino apremia a través de formas animales o vegetales. Chica y chico se buscan, se encuentran, se pierden, se vuelven a encontrar. Entran en el interior de la bodega, donde el sabor de los besos es más sabroso que el vino.
Pier-Luigi Palestrina, en su versión del Canticum Canticorum, se atiene siempre a esa forma literal. La prueba de ese instinto certero se halla en la perfecta selección de 29 poemas a los que pone música, y en la sabia manera en que los distribuye.
Los grandes artistas, como sucede también con San Juan de la Cruz, al enfrentarse a este poderoso texto saben desplegar todo el caudal de erotismo que en su vuelo poético encierra, por mucho que luego quieran justificarlo al racionalizar en forma de auto-exégesis su plasmación poética o musical.
Precisamente por esa lectura ad litteram del poema (con todo su juego retórico espontáneo) acceden a la mística revelación que este texto inspirado atesora. Un texto que es tanto más verdadero en términos religiosos y espirituales cuanto más se comprende lo que dice de manera literal: una literalidad plasmada en la exuberancia que la poética erótica puede ofrecer, con todo su juego de figuras retóricas espontáneas.
Alfred Einstein tachó de hipócrita la dedicatoria de Palestrina al Pontífice Gregorio XIII, hacia 1583, de su versión del Canticum Canticorum. Como corrección de una tendencia que rechaza, dice Palestrina al Pontífice haber compuesto esos motetes basados en el Cantar de los cantares, «donde se expresa tan apasionadamente el divino amor de Cristo por su esposa elegida, la Iglesia».
La carta es de una rara astucia. Consiguió, como en los desenlaces de algunas novelas de Agatha Christie, que toda la atención contemporánea y postrera mirase hacia la parte irrelevante (una obra suya del pasado, de la que Palestrina confiesa sonrojarse) evitando así que se concentrara la atención en la obra presente.
No hubo desbordamiento de sensualidad y de hedonismo en aquellos primeros madrigales -ahora rechazados- sino aquí, aquí mismo, en esa versión del Cantar de los cantares escrito después de cancelar el duelo y la depresión que le ocasionó la muerte de su primera mujer y al experimentar la euforia vital que le produjo encontrarse con su segunda esposa en un ambiente de nuevas nupcias. Justo ese libro que con soberano descaro dedica al Pontífice de Roma.
Ese madrigal espiritual tiene por escenario un libro sagrado erótico. ¿Libro sagrado? ¿Libro sagrado erótico? Se lo han preguntado muchas generaciones de exegetas, desde la tradición rabínica hasta Orígenes, desde San Agustín hasta hoy día. Y casi siempre se ha huido, como del demonio, de la lectura ad litteram del hermoso poema.
El propio Palestrina, cuando racionaliza su obra en la carta al Papa Gregorio, da por supuesto que su percepción del texto es alegórica. ¡Los amores de Cristo con la Iglesia, Cristo y el paulino cuerpo místico de Cristo unidos, hermanados, buscados, añorados, reencontrados! ¡Cristo y la Iglesia, Cristo y el alma individual del creyente, o bien -tercera posibilidad- Cristo y la Virgen María!
Pero ese criterio, expuesto en la carta al Papa, no es, precisamente, el que se trasluce de la selección de los textos y, menos aún, en el carácter narcotizante de esa música generadora de continuas sinestesias.
Una música que, como muy bien señala Jessie Ann Owen, debió realizarse en un único impulso, a través de un solo trazo y recorrido. La unidad de estilo, de principio a fin, delata que la obra entera se hizo toda al mismo tiempo.
Palestrina dejó el arrepentimiento para la astuta carta al Pontífice, más falsa que hipócrita. Y, de este modo, preservó el carácter de una obra en la que de la manera más descarada se da cauce y voz al goce de la vivencia de un gran amor carnal, sexual, plenamente consumado. Se reservó ese gozo amoroso para la lectura ad litteram de los poemas seleccionados para su composición musical.
Las viñas, los viñedos, las bodegas, el vino, el monte de mirra, el huerto cerrado, la fuente sellada: es el necesario cortejo de un regressus al escenario primordial previo al exilio paradisíaco, anterior al destierro y a la maldición del trabajo y del parto con dolor. Antes de la infracción que obligó a huir de la mirada de Dios, tras probar el fruto del árbol del Bien y del Mal, sólo existía para Adán y Eva el frondoso Árbol de la Vida. No había una serpiente tentadora ni manzana prohibida que les intimidasen.
Él y Ella no tienen reparo alguno, en el poema sagrado, en burlar la vigilancia celosa a que los hermanos de la mujer le someten. Por eso ella está morena, casi negra: tostada por el sol del amor, expuesta a las altas fiebres de la enfermedad que reconoce. «Me hallo enferma de amor», afirma.
Hay en el poema un retorno a escenarios genesíacos no consignados en la historia sagrada. Se asiste a un renacimiento de ese ímpetu originario del que subsisten vestigios en todo ser humano. En el enamoramiento insiste esa experiencia genesíaca de una creación todavía intacta, incontaminada, sin mancha. Esa experiencia de gracia santificante y hechicera, que es el amor primaveral, nos permite un vislumbre del paraíso primigenio.
Hay huidas, persecuciones, ausencias, urgencias por el reencuentro, angustia y noche oscura por la desaparición de todo rastro del amado, pero también gozosa unión, exploración del cuerpo, sexualidad colmada. Ella lleva la iniciativa principal: otro aspecto asombroso del poema.

jueves, 22 de enero de 2009

LA TOLERANCIA MULTICULTURAL Y EL IMPERIALISMO ISLÁMICO


La tolerancia multicultural y el imperialismo islámico
Luis Sánchez de Movellán de la Riva
Profesor de la Universidad CEU-San Pablo. Doctor en Derecho.
FUENTE: ANALISISDIGITAL


El multiculturalismo es sumamente pernicioso y la tolerancia multicultural de las sociedades europeas ayuda al terrorismo islámico. La tolerancia multicultural es una construcción de la izquierda radical antioccidental, es una ideología comunitarista que reduce la identidad individual, que es siempre compleja, a un único elemento: la condición de víctima.

El terrorismo es una estrategia, y muchas veces una táctica puntual, en el sentido de ser un continuum de frenética actividad encaminada a provocar indiscriminadamente víctimas civiles para exigir a los gobiernos un cambio o una cesión política. Entre los terroristas han existido grupos diversos de terrorismo laico o etno-nacionalista y varios tipos de terrorismo marxista-leninista, que han tenido y tienen una larga historia, como el IRA o la ETA, pero desde la pasada década de los sesenta han proliferado grupos que tienen como matriz esencial de la religión, lo que ha venido a cambiar las cosas.

La ideología que mueve al terrorismo islámico hace mella e influye sobre individuos desvertebrados, pertenecientes en su mayoría a las infraclases, que provienen de ambientes moralmente escuálidos, con ninguna preparación teológica o humanista, que han adoptado toda una serie de eslóganes vagamente referidos al Islam, que escuchan las soflamas incendiarias de ulemas fundamentalistas, que se mueven por un odio simplista contra Occidente y contra las sociedades europeas en las que viven, pero de las cuales disienten y quieren exterminar.

Las sociedades occidentales se pliegan cobardemente a la desastrosa ideología del multiculturalismo, adoptada como alternativa al marxismo-leninismo cuando éste entraba en coma a finales de la pasada década de los ochenta. Una ideología nefasta, que divide a la gente en tribus con base en identidades particulares (los negros, los homosexuales, las lesbianas, los newagers...) sin tener en cuenta las diferencias individuales. La tribu se convierte en comunidad con la autoproclamación de un líder que viene a reforzar una visión monolítica de la propia comunidad lanzando un discurso victimista; y los gobiernos se encuentran con el problema de gestionar a estas tribus radicalizadas por discursos de líderes iluminados. Y, encima, los políticos se creen que todo se resuelve con la cosmética de lo políticamente correcto.

Los terroristas en general y los islamistas, en particular, hoy cuentan con el efecto multiplicador de la información de masas y con la repetición estúpida de los noticiarios, que lo único que hacen es contribuir a dar publicidad gratuita de las explosiones y los estragos por ellos causados. Las noticias sobre terrorismo islámico han de ir siempre acompañadas de análisis críticos hacia Al-Qaida o cualquier otro grupo terrorista islámico como Hamas, Hezbollah o la Jihad.

Occidente se encuentra hoy ante el dilema fundamental de cómo gestionar las ayudas a los gobiernos árabes autoritarios y profundamente corruptos de Oriente Próximo que se declaran empeñados en hacer la guerra al terrorismo islámico, y que en nombre de esta finalidad aprovechan para someter a sus países a una dictadura represora brutal. El problema estriba en que ayudándolos contra el terrorismo islamista se acaba por hacerles el juego. Hay que cuidar y ser prudentes con la política exterior de los países occidentales para no cerrar los ojos ante los gobiernos autoritarios y teocráticos como el de Arabia Saudita, porque posean reservas estratégicas de petróleo, o ante grupos terroristas como Hamas en las negociaciones que se llevan a cabo con motivo del conflicto de Gaza.

Con motivo de las hipócritas protestas de la izquierda española contra Israel, hemos visto grupos de musulmanes y de progres apesebrados totalmente histéricos, con carteles difamatorios gravísimos (alguno de ellos demostrativo, por cierto, de su odio e incultura al rezar Death to Juices y no la correcta Jews) y que han alterado e interrumpido la vida normal de los ciudadanos y el desarrollo comercial en el centro de las ciudades.

El caso más grave e inquietante, que ha pasado prácticamente desapercibido en España, se ha producido en Italia al invadir un grupo numeroso de musulmanes la Piazza di Duomo en Milán, un área cristiana y católica, en protesta por el conflicto de Gaza para terminar con una suerte de performance religiosa y oración islámica en común en la mencionada área sagrada cristiana. Esta oración islámica provocadora en la Piazza di Duomo de Milán ha sido una invasión hegemónica en toda regla del espacio cristiano y una demostración palpable y peligrosa del imperialismo “territorial” del Islam.


Dr. LUIS SÁNCHEZ DE MOVELLÁN DE LA RIVA

INFLACIÓN DEL YO


www.forumlibertas.com/La Firma
14/01/2009
Francesc Torralba Roselló
Inflación del yo


Vivimos en la sociedad de la decepción donde los modelos de felicidad, lejos de llenar nuestro deseo más profundo de plenitud, lo frustran a cada momento


El ciudadano postmoderno vive, fundamentalmente, para sí mismo. Hace del yo el blanco de todas sus inversiones sean psíquicas o físicas. Ya lo explicó certeramente años ha, Gilles Lipovetsky a partir de las tesis de Christopher Lasch sobre la cultura del narcisismo.

Mirándose al espejo, el ciudadano postmoderno parece que no encuentra causa por la que luchar o compromiso que valga la pena asumir. Su vida es autocéntrica. Da la impresión que no tiene capacidad para des-centrar-se, para salir de sí y entregarse a algo grande, a algo que no sea él mismo.

Se encontró con la mesa puesta y bien servida y considera que lo que debe hacer es disfrutar del banquete en distendida tertulia con los demás. Las tareas de emancipación se han terminado. Tras las arduas y prolongadas horas de trabajo que asumió la modernidad parece haber sonado la sirena que invita al recreo. Ahora toca pasarlo bien. El laborioso trabajo de la hormiga ha dejado paso al bullicioso e inoperante canto de la cigarra.

De ahí que sean muy pocos los ciudadanos que militan en partidos políticos o sindicatos y escasísima la participación de todos, mayores y jóvenes, en actividades de interés público. Cierto que muchos muestran simpatías por determinadas ONG’s, pero también es cierto que son una minoría los que participan en ellas y muchos menos quienes lo hacen de una manera sistemática o duradera.

También es cierto que, en determinados momentos, la ciudadanía muestra que no ha perdido su sensibilidad y sentimientos humanitarios. Esto es particularmente manifiesto en situaciones de catástrofes como terremotos, huracanes, inundaciones y guerras. Cuando los medios de comunicación se esfuerzan en comunicar un mensaje solidario alcanza las masas y éstas responden, pero ahí termina su compromiso puntual. Esto pone de relieve que los medios de comunicación movilizan y la ciudadanía responde con generosidad. No todo está perdido, pues, pero se trata de una solidaridad muy esporádica e intermitente, indolora y a distancia.

Se quiere ayudar a otros, cuenta Gilles Lipovetsky, pero sin comprometerse demasiado, sin dar demasiado de sí mismo. Sí a la generosidad, pero a condición de que sea fácil y distante, que no esté acompañada de una renuncia mayor. Ya no se trata de inspirar el sentido austero y exigente del deber, sino de sensibilizar, distraer, movilizar al público a través del rock y las estrellas. El sacrificio ha desaparecido de la órbita mental del postmoderno y todo cuánto signifique abnegación, abstinencia, renuncia es considerado algo negativo que entra en conflicto con las aspiraciones a una vida feliz.

Nada debe estropear la felicidad consumista del ciudadano-telespectador. Lo que pasa es que, en el fondo, arrastrando un cochecito cargado de productos por un centro comercial, este ciudadano experimenta igualmente el vacío, se aburre, siente insatisfacción, se da cuenta que tal estilo no colma sus aspiraciones más profundas.

Vivimos en la sociedad de la decepción, porque los modelos de felicidad imperantes, lejos de llenar nuestro deseo más profundo de plenitud, lo frustran a cada momento y eso, después de tanto esfuerzo, genera decepción. Alguien debería decirnos y repetirnos que la felicidad está en otro lugar.

lunes, 19 de enero de 2009

DUELO POR LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS


Duelo por la expulsión de los moriscos
Por Reyes Mate, filósofo e investigador del Centro Superior de Investigaciones Científicas (EL PERIÓDICO, 16/01/09):



En el capítulo 8 de Don Quijote se nos cuenta cómo el caballero libertador de damas cautivas desafía en duelo al vizcaíno, tomado por celoso carcelero. De repente, el narrador interrumpe la historia porque se la ha acabado el texto que le está sirviendo de “inspiración”. Entonces nos damos cuenta de que el relato del hidalgo no es una invención del autor, sino una copia o traducción de un texto ya existente. Como el narrador no quiere dejarnos en vilo, se va a Toledo en busca de papeles viejos por si da con uno que siga la historia. Allí descubre uno, en árabe, que nos cuenta cómo acaba la pelea. Su autor es Cide Hamete Benengeli, nombre poco cristiano.
El gesto de Cervantes es enormemente significativo. Cuando él escribe esa Primera Parte, hace 40 años que Felipe II ha mandado destruir los libros en árabe y ha prohibido hablar algarabía y usar sus trajes y ritos. En el preciso momento en que se incuba la expulsión de los moriscos, él coloca a la lengua proscrita como inspiradora del texto que cuenta las andanzas del celebrado caballero. Con ese gesto no pretende restaurar la cultura que había desaparecido, sino minar las pretensiones hegemónicas del discurso casticista y colocar como seña de identidad de los contemporáneos la memoria de lo olvidado.
En 1609, Felipe III decreta la expulsión de los moriscos. Con ella España se empeña en borrar de su memoria una época histórica en la que lo árabe-musulmán formaba parte de su geografía y, gracias a ello, de la europea. Viendo en televisión imágenes de energúmenos vociferando en árabe o leyendo los clichés sobre el fundamentalismo impenitente del musulmán, nos tiene que resultar incomprensible el prestigio del mundo morisco al que Cervantes rinde memoria. Solemos decir que gracias a los traductores árabes de Toledo o de Nápoles, Occidente recuperó la cultura griega. Es inexacto, porque estos traductores también interpretaban, y lo que Europa aprendió no era lo que decía Aristóteles, sino cómo lo entendían los Avicena, Averroes o el persa al-Farabi. “Los filósofos por excelencia, en el París del siglo XI y XII –dice el historiador Alain de Libera–, eran los árabes, no los griegos”. Ser moderno era ser averroísta. Fueron ellos los que plantearon la necesidad de distinguir entre fe y razón, una distinción sobre la que pudo construirse luego la modernidad ilustrada y laica.
El recuerdo de la expulsión de los moriscos hace 400 años debería dar pie, por un lado, a una reflexión po- lítica sobre nuestra identidad colectiva, construida sobre exclusiones, en este caso, sobre la ausencia de algo que fue tan propio como lo morisco, y, por otro, para revisar los clichés sobre el islam que se ha fabricado Occidente.
Por lo que respecta a la reflexión política, el sociólogo alemán Helmut Dubiel observa un cambio de rumbo en los planteamientos de las identidades colectivas. Se está produciendo, dice, “rechazo gradual de una lectura triunfalista de la historia nacional”. Al conocer lo que la propia historia tiene de negación del otro, se pone en solfa el orgullo nacional, es decir, la satisfacción de pertenecer a una historia con tantos héroes, mártires, banderas e himnos. Aparece entonces un nuevo sujeto político, sensible a una historia construida a base de violencia excluyente. “Son más bien –dice– las culpas compartidas en común a lo largo de su historia las que han creado en los seres humanos un sentido existencial de pertenencia, determinado por sentimientos de culpa reprimidos”. Lo que quiere decir es que el secreto del vínculo común no estaría en la sangre, ni en la tierra, ni en la lengua, ni en la religión, ni en hazañas heroicas, sino en la complicidad silenciosa. Es, desde luego, el caso de la Alemania actual y ese podría ser el ejemplo a seguir. El desafío teórico a los nacionalismos es evidente.
La revisión de los estereotipos culturales que componen nuestro imaginario del “moro” obliga a desechar todos esos discursos que asocian musulmán con fundamentalismo y árabe con medieval o con incapacidad para las ciencias. Ya ha quedado señalado cómo la semilla de una concepción autónoma y laica del mundo la puso el averroísmo. Un ejemplo de la deformación que el Occidente cristiano ha hecho del mundo musul- mán nos lo brinda el destino de Alberto de Colonia. Este sabio, maestro de Tomás de Aquino, que poco quería saber “de lo que sostienen los latinos”, es decir, los maestros cristianos, era en realidad un experto en ciencias árabes. A principio del siglo XX, la Iglesia le hizo santo, san Alberto Magno, para tener un santo patrón de los científicos. El experto en ciencias árabes pasaba a ser el patrón de las ciencias modernas que, según Max Weber, son asunto del genio europeo (”protestante y germánico”). La historia nos desautoriza.
Por sus torpezas y nuestros prejuicios estamos empujando al mundo árabe-islámico al rincón del fundamentalismo. El recuerdo del cuarto centenario de la expulsión de los moriscos podría ser la ocasión para reconocerles lo que les debemos y para levantar acta de lo que hemos perdido con aquella trágica decisión. No hay ninguna razón para la celebración, pero sí para la memoria.

MISERIA Y NECESIDAD DE LA INTOLERANCIA ¿QUÉ ES EL FUNDAMENTALISMO?


Miseria y necesidad de la intolerancia
¿Qué es el fundamentalismo?

Robert Spaemann (Atlántida, Junio/Sept 1992)


¿Qué es un fundamentalista? «Alguien que niega todo discurso, un fanático con el que no se puede hablar» Ésta sería la definición crítica del fundamentalismo. Otra de carácter apologético diría quizá: «Un hombre para el que algo es sagrado, y que no está dispuesto a negociarlo» De este modo podemos dibujar los contornos del problema que en nuestra civilización se esconde tras el término fundamentalismo.

Origen del fundamentalismo

El concepto ha dejado su ámbito de origen hace mucho tiempo. Pero hay que tener presente ese ámbito, para comprender este fenómeno universal. Fundamentalistas eran, en primer lugar, los protestantes americanos que—en contra de la ilustración científlca y la hermenéutica teológica—insistían en tomar al pie de la letra la Biblia y, especialmente, lo que dice sobre la creación, rechazando la teoría moderna de la evolución. El problema adquirió relevancia política con la cuestión de si el sistema educativo del Estado podía favorecer alguna de esas opiniones, concretamente, la teoría de la evolución.
Es bueno dejar claro que un fundamentalismo suficientemente radical no entra en conflicto ni con la lógica ni con la experiencia. Desde David Hume sabemos que el common sense extrapola la validez de las leyes de la experiencia hacia el pasado y hacia el futuro, y esto hasta ahora nos ha ido bien. Pero no es posible hallar ni rastro de un argumento convincente contra aquellos que afirman que un día dejará de irnos bien, o que las leyes de la naturaleza empezaron a tener vigencia exactamente hace seis mil años, porque en aquel momento fue creado el vniverso, junto con su «pasado»—irreal—,es decir, junto con los fósiles. También en sueños vemos con frecuencia un pasado que trasciende la actualidad soñada, pero que es esencialmente pasado y nunca fue presente. E incluso dentro de la época en la que rigen nuestras leyes de la naturaleza, éstas no deciden sobre las excepciones, es decir, los milagros. Sólo dan la medida de su improbabilidad, pero esa medida carece de interés para lo que es esencialmente único. El sentido, visto como un todo, siempre es algo improbable, y una fe que se refiere al sentido de un acontecimiento se refiere por tanto, precisamente a lo inverosímil.
El fundamentalismo cristiano es un fenómeno en gran medida protestante. «Que dejen prevalecer la Palabra y no se les dé las gracias por ello...» Este verso de Lutero presenta la Reforma como un movimiento fundamentalista, de regreso a los orígenes, lo que significa, sobre todo, regresar a las Sagradas Escrituras. Detrás de este movimiento latía la convicción de una falta de autenticidad de la corriente surgida en esa fuente, y de la falta de competencia de la instancia de interpretación que pretendía unir constantemente la evolución del cristianismo con su origen.
Toda tradición es al mismo tiempo historia de la interpretación. Sócrates, preguntado acerca de por qué no escribió nunca un libro, respondió: «Un libro está indefenso, siempre precisa que su padre acuda en su ayuda.» Allí donde esta ayuda no se produce, mediante la delegación de poderes a una instancia que interprete—«quien a vosotros escucha, a mí me escucha»—,se puede cuestionar la legitimidad de la evolución de esa doctrina. Siempre puede y tiene que ver revisada por cada individuo. Pero la última instancia de revisión tiene que ser el propio texto, y a su vez éste sólo se da como interpretado, porque leer es ya interpretar. El fundamentalismo cree poder sustraerse a este círculo hermenéutico, que parece tornar todo arbitrario y todo —hasta el ateísmo compatible con la Biblia, mediante una literalidad del texto aparentemente libre de interpretaciones. «Que dejen prevalecer la Palabra...»
La historia enseña que de tales lecturas literales de determinados textos siempre han emanado impulsos de revitalización y renovación de tradiciones. Como ejemplo, puede bastar San Francisco con su interpretación literal de algunas partes del Evangelio referidas a la pobreza. Pero igualmente claro es que cada una de estas reformas tenía a su vez que constituir algo así como una ortodoxia, es decir, una tradición interpretativa vinculante y fundante de una identidad.
Naturalmente, en el protestantismo la ortodoxia siempre ha tenido un estatuto precario, porque los escritos en los que se basa no pueden apoyarse por su parte en una autoridad interpretativa específica, basada en la escritura. De este modo, la ortodoxia protestante siempre estuvo amenazada por dos lados: por el lado de la crítica histórica o la ilustración científica y por el lado del utopismo, que invoca directamente el testimonio del Espíritu Santo en el iluminado lector de la Escritura. La ortodoxia, en cambio, es una construcción intelectual católica. Presupone una instancia legitimadora de la evolución de la doctrina, es decir, una instancia que se remonte al origen y la tradición. El fundamentalismo es, por así decirlo, su contrafigura «protestante».

El tradicionalismo católico

La contraprueba de esta tesis es el tradicionalismo católico del arzobispo cismático Lefebvre. Él adoptó de hecho una postura fundamentalista, pero no en relación a la Biblia, sino en relación a antiguas manifestaciones doctrinales de la Iglesia que parecen difícilmente compatibles con las declaraciones del Concilio Vaticano II, sobre todo las referidas a la libertad religiosa. Sin duda, el Concilio ha declarado que «la doctrina, que nos ha sido transmitida de la obligación moral del hombre y las sociedades respecto de la verdadera religión y la única Iglesia de Jesucristo, permanece inalterada», pero no ha hecho intento alguno por garantizar la continuidad de la tradición y con ello la propia legitimidad haciendo que las nuevas manifestaciones mantuvieran una relación de re-interpretación con las antiguas. De este modo, era provisible el recurso fundamentalista a la validez «literal» de anteriores manifestaciones doctrinales eclesiásticas, aparentemente necesitadas de interpretación. Naturalmente, el fundamentalismo católico está en una situación tan trágicoparadójica como la ortodoxia protestante. Si el primero presupone de hecho un magisterio auténtico, esta última presupone el libre examen de los textos canónicos, es decir, un principio protestante.

El fundamentalismo islámico

Esta frase: «que dejen prevalecer la Palabra» podría servir también como grito de guerra de aquellos musulmanes que en Occidente se califica de fundamentalistas. También el fundamentalismo islámico es la reacción a la ruptura de una tradición y a la crisis de un identidad legitimadora de una evolución. Para que los cambios culturales puedan ser entendidos como progreso, hay que tener escalas que permitan distinguir las mejoras de los empeoramientos. Tales escalas aseguran la identidad, al unir la evolución a los propios orígenes, al entenderla como «cumplimiento» de lo que se ha dicho desde el principio.
En sus tiempos de grandeza, el Islam desplegó un poderoso potencial creativo, filosófico y científicoartístico, superior en su época al del Occidente cristiano. Sin embargo, la moderna revolución científico-técnica no ha surgido en suelo islámico, sino que ha irrumpido en éste desde fuera, la mayoría de las veces bajo el signo del colonialismo. No fue casualidad que el tenebroso y sangriento fundamentalismo tuviera su centro en el país al que un déspota ilustrado había sido el primero en importar ideas occidentales de reforma agraria, tecnocracia, emancipación de la mujer y alfabetización. La truculencia del régimen iraní y el desafío a la comunidad de Estados civilizados producido por la llamada al asesinato de un escritor, no dejaron lugar a duda sobre la seriedad del fenómeno. La peligrosidad es tan sólo la otra cara de una pretensión seria.
Un ciudadano occidental medio difícilmente puede imaginar que alguien se tome en serio el honor de Alá y el respeto a lo que los creyentes consideran una revelación divina. El hecho de que la revelación tenga en el Islam la forma de la transmisión de un libro, y no como en el cristianismo—la de la aparición de un hombre, hace del fundamentalismo, de la «literalidad», de la sola scriptura, un fenómeno genuinamente islámico, y de la cuestión de cómo «el padre puede venir en ayuda del libro» una cuestión abierta. Sólo una autoconciencia recobrada y fortalecida dará a los pueblos islámicos la tranquilidad, que es la única que puede hacer posible algunas respuestas creativas.

Fanatismo y funcionalismo

La civilización occidental preparó desde el siglo XVII el vocablo despreciativo «fanatismo» para aplicarlo a las convicciones incondicionadas, que escapaban al discurso universal. Al principio la palabra fue empleada por los católicos contra los protestantes, después por los protestantes ortodoxos contra los utopistas y, por último, por los protagonistas de la ilustración contra toda forma de fe revelada. El Islam pasaba por ser la forma de fe revelada más resistente a la transformación en «religión natural», y por tanto—como dijera Voltaire—,el prototipo del fanatismo.
El fanatismo es la contrafigura del ideal del imperio de la razón, es decir, del discurso universal, racional y sin presupuestos sobre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. Un discurso así debía ser posible y fecundo porque la razón, como escribió Descartes, es la cosa más uniformemente repartida del mundo. Imperio de la razón y derechos humanos parecían ser casi sinónimos. El historicismo del siglo XIX nos ha hecho conscientes de que el universalismo de la razón, los derechos humanos y la ciencia misma sólo pueden surgir en el territorio de una determinada cultura, con presupuestos muy específicos. El relativismo cultural del siglo xx afirma que estos postulados permanecen ligados a sus presupuestos históricos, es decir, que precisamente no pueden pretender una vigencia universal. En este sentido, hace algunos anos que Georg Picht salió al paso del universalismo de los derechos humanos como la expresión tardía de una metafisica fracasada en Europa. No tomaba en consideración que, para aquel que ha sido privado de ellos, la evidencia de los derechos humanos podría ser quizá un argumento a favor de la metafisica que llevan implícita. En la medida en que el universalismo europeo se emancipa de sus propios fundamentos, se autodisuelve. El resultado de esta autodisolución es un concepto teórico de racionalidad que se refleja sólo en la funcionalidad de los elementos del sistema y en los eventuales impulsos a la evolución producidos por las disfuncionalidades.
El funcionalismo es una forma de pensar que, al entender todos los contenidos como funciones, los hace sustituibles por sus equivalentes funcionales. Convicciones dogmáticas, veredictos morales incondicionales —por ejemplo, frente a la tortura o el aborto , vínculos personales irrevocables, son cuerpos extraños en una civilización funcionalista. Sólo es capaz de entender los problemas morales que plantea la tecnología genética en términos de aceptación, pero no contribuye en nada a legitimar o impedir esa aceptación. Libertad y dignidad le parecen, a un cientifista ilustrado como Skinner, reliquias fundamentalistas que sólo pueden ser un impedimento en la construcción de una sociedad satisfecha y funcional. Se consideran obstáculos, como lo era para el teórico moderno de la soberanía, Thomas Hobbes, la frase bíblica «hay que obedecer más a Dios que a los hombres».

Fundamentalismo y nacionalismo

Una civilización que rompe de manera rotunda con sus orígenes provoca un fundamentalismo radical, que se remonta a toda la tradición histórica de Europa, y es el biológico. Este comienza ya a finales del siglo XIX. El cristianismo había pedido a los pueblos de Europa que se dejaran adoptar como «gentiles» por una nueva genealogía, que llamaran a Abraham «nuestro padre» e imitasen a sus reyes David y Salomón. El reino de los alemanes no había sido un reino alemán, sino el mismo Imperio Romano. Liberado de esta historia «colonial» e «invasora», el fundamentalismo biológico esperaba el despliegue del genuino potencial de la raza céltica o germánica. El nacionalsocialismo fue la primera toma de poder del fundamentalismo naturalista, que, aunque hijo de la ilustración cientifista, contemplaba su universalismo racional en materia de derechos humanos como parte de la herencia judeo-romana que había que superar.
Por lo demás, el nacionalsocialismo fue una enseñanza respecto al destino que espera a todo fundamentalismo que alcanza el poder político: dejar de ser fundamentalismo (esto también es válido para el Islam). No por casualidad Hitler hizo reescribir la historia en la segunda mitad de su período de gobierno imperialista: Carlos, el «asesino de los sajones», volvió a ser «Carlomagno», y fueron precisamente los nacionalsocialistas los que eliminaron la antigua escritura germánica y la sustituyeron por la latina, usual en el resto de Europa, de forma que hoy los niños ya no saben leer las cartas de juventud de sus abuelos.

El fundamentalismo verde

El fundamentalismo biológico ha sobrevivido a su variante nacional, estatal-terrorista, y ha acogido en su seno nuevos motivos. También el fundamentalismo verde es un movimiento de deslegitimación. Se deslegitima una evolución civilizadora en nombre de algo originario, elemental, que en esta evolución no se desplegó, sino que fue reprimido y negado. Este algo originario ya no son las razas humanas, sino las especies naturales de la Tierra, y entre ellas la especie homo sapiens y sus amenazadas condiciones naturales de s pervivencia. Este movimiento es fu damentalista en tanto que recha. toda mediación social-históricojul dica para su escala de valores. El si tema social de las culturas más ava] zadas se basaba, desde su punto de vista, en la represión de la naturaleza y, por así decirlo, de la mujer como representante de la naturaleza dentro del sistema social. El racionalismo europeo no sería sino la culminación de tal historia de represión, que habría marcado y envenenado de forma sexista nuestras estructuras lingüisticas.
La fuerza de este nuevo fundamentalismo estriba en un hecho indiscutible y en una opinión igualmente indiscutible. El hecho: el sistema industrial ha llevado al límite de lo tolerable nuestras condiciones naturales de vida. Eso ha hecho que por primera vez, éstas sean tematizadas, y que se tome conciencia de que todos los seres humanos estamos en el mismo barco en lo que a este peligro se refiere. La opinión: en este sentido, lo bueno y lo malo son magnitudes más o menos fijas. Son como son, independientemente del consenso o aceptación de que gocen. Si en relación a las condiciones de supervivencia tiene lugar un consenso y aceptación erróneos, posiblememte sea demasiado tarde para aprender del error.
En este sentido, estamos ante uno de los muchos retornos inevitables del Derecho Natural, es decir, de lo correcto e incorrecto «por naturaleza». Cuando el fundamentalista no negocia algo es porque no está a su disposición. Rousseau decía que si los Estados infringían el Derecho Natural caerían en un estado de caos hasta que «la invencible naturaleza de las cosas vuelva a tomar el poder». Rousseau, al afirmar esto, pensaba en el caos social y político. Para los fundamentalistas verdes, el caos social es preferible, en determinadas circunstancias, a un orden social que produce tanto más caos externo cuanto más perfecta es su organización interna. Sin duda, también aquí vencerá al final «la invencible naturaleza de las cosas», pero en determinadas circunstancias eso llevará consigo la desaparición del homo sapiens de la superficie de la Tierra.
Del hecho de que las condiciones de supervivencia no dependen de él, el fundamentalista deduce, equivocadamente por otra parte, que tampoco sus ideas al respecto están disponibles para ser corregidas, y del hecho de que la verdad no admite compromisos deduce que los compromisos siempre serán malos a la hora de alcanzar lo que cree correcto.
En relación con esto, también es muy instructiva la forma de entender los derechos humanos del fundamentalismo verde. En primer lugar, está determinada por la tendencia a hacer desaparecer la diferencia entre derechos civiles y derechos humanos. Ni el pasado histórico común, ni la comunidad linguística, ni la disposición para formar parte de una comunidad solidaria con fines a largo plazo definen de manera relevante la unidad política, sino la categoría puramente natural de la «afectación» común actual. Esta concepción se vuelve explosiva cuando se une a una idea de los derechos humanos que no los entiende como derechos de defensa, sino como derechos de exigencia incondicionados de cada persona, ejecutables directamente. Por ejemplo, el derecho de ser acogido en nuestra comunidad—por princlpio en toda—mientras la acogida del «afectado» se vea como una mejora de su situación vital, es decir, mientras se eliminen los dec]ives de sus expectativas de vida, condicionados histórica y geográficamente, y la ley de la entropía de la sociedad mundial nivele todas las estructuras de la «buena vida».

Fundamentalismo político

El fundamentalismo político está en estrecho contacto con lo que Max Weber llamaba «ética de la convicción». En todo caso, parece que la distinción entre «ética de la convicción» y «ética de la responsabilidad» no existe en realidad. Weber llama «ética de la responsabilidad» a la que desarrolla una acción política que quiere alcanzar o provocar a medio plazo situaciones que considera deseables en el área limitada que le ha sido confiada. En cambio, la «ética de la convicción» es o bien la que contempla la responsabilidad como directa y limitada, es decir, que hay un responsable del resultado de una acción concreta, por ejemplo, la muerte de un hombre, o bien la que pone sus acciones al servicio de una estrategia a largo plazo en el marco de una visión global de los objetivos, y cuya justificación escapa, por tanto, a la valoración del common sense.
Weber mostraba mayor respeto por la «ética de la convicción» en el primer sentido. Pero advertía que ésta no es una ética política. Sólo sería capaz de poner límites a la ética política. La segunda pretende ser ética política, pero tampoco lo consigue, porque, al fin y al cabo, sólo lleva a privar a las cosmovisiones políticas de su comprobación racional, y a exigir a su servicio una libertad de actuación ilimitada. Es por tanto, fanatismo en el sentido auténtico del término.
La distinción entre las dos formas de «ética de la convicción» nos permite diferenciar también dos formas de fundamentalismo. El fundamentalismo es una postura esencialmente apolítica, porque el espacio de lo político es el espacio de la mediación, de la relativización funcional, de la ruptura con todas las exigencias de incondicionalidad. La absolutización del punto de vista político, la interpretación de todas las realizaciones humanas a través de su función política positiva o negativa es la característica del totalitarismo. Todo totalitarismo es antifundamentalista, aunque a menudo tenga un origen fundamentalista. Pero su antifundamentalismo no significa nihilismo, porque para la «humanidad común» podría decirse: cualquier persona es fundamentalista en algo. Hay símbolos de lo incondicionado que, aunque de naturaleza finita, contienen una exigencia incondicional para los seres finitos. Sin tales símbolos, la incondicionalidad se convierte en una palabra vacía y el hombre en un ser despreciable para el que nada es «sagrado», es decir, al que todo le está permitido.
Por otra parte, lo incondicionado se presenta como objeto de respeto, no de imposición. Una política que impusiera los derechos humanos nunca podría tener la misma incondicionalidad que el mandato moral de respetar esos derechos.
El análisis de estos temas es antiguo. Está expuesto insuperablemente en dos tragedias griegas, la Antigona de Sófocles y la Orestiada de Esquilo. Antígona es el prototipo insuperable de una fundamentalista negadora del discurso. La obligación de enterrar a su hermano se basa en una ley inmemorial de los dioses, que a la vez responde a la ley del corazón: «No estoy aquí para odiar, sino para amar.» Creón, el rey, fundamenta su prohibición en razones de Estado. Su insolencia radica en imponer un cálculo racional que no respeta como medida aquello que es más antiguo y «más fundamental» que el sistema político. Sin embargo, todavía no ha caído en la trampa de Hobbes de devaluar la frase «hay que obedecer más a Dios que a los hombres», declarándose como soberano y único intérprete auténtico de ese mandato divino. Pero en este caso el fundamentalismo que encierra esa frase, igual que el que hay detrás del comportamiento de Antígona no es directamente amenazador, desde el punto de vista político, por cuanto da pie a acciones sin duda desobedientes, de resistencia activa, de rebelión, pero no políticas.
Antígona no quiere que su hermana Ismene tome parte en la empresa La actuación política sólo tiene sentido cuando es eficaz. Y sólo puede ser eficaz cuando sigue las leyes de la lógica política, cuando se aventura fuera de los muros de la fortaleza inexpugnable del fundamentalismo La tragedia clásica tiene también una obra maestra sobre el trato político legítimo con el fundamentalismo: la Orestiada de Esquilo. El poder político, el poder fundador de la polis de la paz, aparece aquí en la figura de Atenea, que ante el Areópago deposita su voto en la balanza a favor de Orestes, asesino de su madre: hay que poner fin a la cadena de muertes Pero las furias Erinias rugen. No quieren sacrificar su derecho fundamentalista y feminista a la vindicación del asesinato, a la nueva lógica de la paz. En realidad, Atenea no impone el derecho a las Erinias, sino que intenta, con éxito, apaciguarlas. Las invita a permanecer en la ciudad como «Euménides», como diosas benéficas, «despolitizadas» por así decirlo, y liga el bienestar de la ciudad a que estas diosas, que son más antiguas que ella misma, tengan siempre un lugar sagrado en su seno. Al ser privadas del poder político, su presencia se convierte en una garantía de que lo político no perderá su mesura y su respeto a lo «sagrado», que precede a toda política y que ella misma no puede generar.

domingo, 18 de enero de 2009

EL TESTAMENTO DE HUNTINGTON


El testamento de Huntington

Por Gonçal Mayos, profesor de Filosofía de la UB (EL PERIÓDICO, 30/12/08):



El politólogo Samuel Philipps Huntington –muerto el pasado día 24– se consagró con un eufemismo: habló de “choque de civilizaciones” en lugar de guerra (clash, en lugar de war). Había escrito cuidadosamente sobre la relación de los poderes militar y político, o la importancia de los valores culturales en la modernización. También –hay que decirlo– había recomendado a la Administración de Johnson el bombardeo sistemático de la selva vietnamita para llevar al Vietcong a las ciudades. Pero solo a los 66 años se consagró internacionalmente con un eufemismo de confrontación que legítimamente puede contraponerse –como ha hecho el presidente Rodríguez Zapatero– con el ideal de una “alianza de civilizaciones”.
Huntington, sin embargo, también levanta acta del crash de toda una época geopolítica. Hasta parece anticipar algunas de las causas del crash del 2008, la crisis económica que nos atenaza. En un famoso artículo de 1983, titula interrogativamente ¿Choque de civilizaciones?, pero solo tres años después argumenta en 500 planes la completa “reconfiguración del orden mundial”.
A Huntington le preocupa que la caída del comunismo no signifique el triunfo “definitivo” del “mundo libre” (como afirma en 1989 el también politólogo conservador Francis Fukuyama) y, menos aún, una larga hegemonía unilateral de Estados Unidos (como proclaman los neocons que han inspirado la política internacional del presidente Bush). Pese a su ideología conservadora, Huntington sospecha que los cambios geopolíticos posteriores a la caída de la URSS no garantizan la hegemonía económica, política y cultural de Occidente, sino que la amenazan peligrosamente. ¿Por qué?
EEUU había liderado firmemente a Occidente en la cruzada anticomunista, pero por eso mismo –dice Huntington– no había captado que emergía una nueva realidad y que su insistencia en la democracia y los valores humanos lo hacían menos apto para mantener la hegemonía en ella. Huntington coincide con los neocons más radicales en que EEUU y “la vieja Europa” han olvidado los valores que les tenían que hacer fuertes: cristianismo mesiánico, ética calvinista del esfuerzo, voluntad de ser… Sin embargo, se opone a los neocons al defender la necesidad de multilateralismo, ya que el choque de civilizaciones es una guerra de guerrillas con realineaciones continuas dentro de unas alianzas civilizatorias flexibles y muy estables a la vez.
Los profundos lazos civilizatorios, cree Huntington, dificultan que a largo plazo los estados-nación puedan cambiar de bando. No niega que las alianzas tácticas a corto plazo sean muy caóticas, pero afirma que la estrategia general será mucho más estable y sin grandes conversiones. Se podrá ser infiel, en algunas ocasiones, a la propia alianza civilizatoria, pero fuerzas históricas, culturales y religiosas muy profundas condicionarán a largo plazo los grandes movimientos.
Huntington dibuja un panorama preocupante para la hegemonía de Occidente y Estados Unidos. Los países islámicos se enfrentan a él con odio (atentado de las Torres Gemelas), cohesionados por la yihad religiosa, el conflicto palestino-israelí y el poder de los petrodólares. China les da apoyo militar sin ningún escrúpulo democrático, lo mismo que al África subsahariana, que vende sus recursos minerales siempre que no se cuestionen sus déficits democráticos (algo que, al menos verbalmente, sí hace Occidente).
Armada por el férreo control del Partido Comunista, el crecimiento económico y una enorme cantidad de la deuda exterior estadounidense, China se ha convertido en la fábrica del mundo y en un potente contrapoder occidental, y ha sido aceptada como el líder natural de gran parte de Extremo Oriente. La India se está convirtiendo en la oficina o la informática a bajo precio, pero el recuerdo de la descolonización británica –constata Huntington– dificulta que sea una fiel aliada de Occidente. Algo similar pasa con muchos de los tigres asiáticos: algunos son islámicos, otros tienen mucha población china y todos tienen sus propios intereses y litigios pendientes con Occidente. Huntington avisa de que “Occidente conquistó el mundo no por la superioridad de sus ideas, valores y religión, sino por la superioridad de la violencia organizada. Los occidentales a menudo lo olvidan; los no occidentales, nunca”.
Pese al actual fervor capitalista de Rusia, Huntington previó el orgulloso refuerzo geopolítico que lidera Putin. Uno de los puntos fuertes del choque de civilizaciones es que explica los conflictos de los Balcanes, las repúblicas bálticas, Ucrania e incluso Georgia sobre la base de que “el Telón de Terciopelo de la cultura ha reemplazado al Telón de Acero de la ideología como la línea divisoria más significativa en Europa”.
Las mismas diferencias culturales parecen claves para explicar el persistente rechazo a la incorporación de Turquía en la Unión Europea, el avance actual de los talibanes en Afganistán y el enquistamiento del conflicto en Irak (además con una zona kurda pacificada, la chií oscilando y la persistente resistencia suní). También puede explicar las resistencias de gran parte de Latinoamérica (Chávez, Evo Morales…) al liderazgo de EEUU, e incluso que “la vieja Europa” (como decían los neocons) se haya distanciado unilateralmente de la Administración de Bush.
Huntington parece acertar el diagnóstico, empezando por unos EEUU apalancados financieramente (causa importante de la actual crisis económica) y militarmente, pero ha muerto sin ofrecer ninguna solución. Solo recuperar el multilateralismo (que muchos reivindicaban y que parece que Obama aplicará) y hacerse fuertes de nuevo en sus propios valores eternos y su voluntad de ser. No en vano, los últimos cursos y libro de Huntington versan sobre ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense (2004).