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miércoles, 12 de agosto de 2009

REGULAR EL EJERCICIO DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA


REGULAR EL EJERCICIO DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

Laicidad del Estado y símbolos religiosos en los centros educativos públicos

Teófilo González Vila
Catedrático de Filosofía y Escritor - 12/08/2009
El catedrático de Filosofía y Escrito, Teófilo González Vila, ha escrito un artículo a propósito de las declaraciones del ministro Caamaño sobre la retirada de los símbolos religiosos de los centros educativos públicos. Por su interés, publicamos el texto íntegro a continuación


Fuente: analisisdigital.com

El Gobierno vuelve a manifestar una vez más, esta vez por boca del ministro de Justicia (véase la prensa del 10.08.09), su propósito de enviar al Parlamento un proyecto de nueva ley que regularía todo lo referente al ejercicio de la libertad de conciencia y que supondría la reforma o sustitución de la actual Ley de Libertad Religiosa 1. Según las manifestaciones indicadas, la nueva Ley tendría como objetivos «la igualdad, el reconocimiento de la libertad religiosa, la laicidad del Estado y la separación de funciones» de la Iglesia y el Estado .2

De entre las muy diversas previsiones que esa anunciada Ley puede contener, resultaría especialmente significativa, ante la opinión pública, aquella según la cual la presencia de símbolos religiosos (en concreto, de los estáticos, como, crucifijos u otras imágenes) quedaría prohibida en los centros educativos públicos. A este caso nos referimos ahora.

Al parecer el ministro de Justicia y demás promotores de esa nueva Ley 3 consideran que la presencia de símbolos religiosos en los espacios públicos estatales y, en particular, dentro de éstos, en los escolares, entra en pugna con la laicidad del Estado. Pero no parece que pueda sostenerse con rigor intelectual semejante posición si se tiene en cuenta el concepto mismo de laicidad y se atiende a las exigencias que éste entraña .4

La laicidad ha de ser entendida como “autonomía de la esfera civil y política respecto de la esfera religiosa y eclesiástica” 5
y lleva consigo sin duda la exigencia de que no se confundan los fines estatales y religiosos (STCs 24/1998 fj.1 y 177/1996) . 6 Ahora bien: eso no significa que el Estado no guarde importantes relaciones con lo religioso, con el hecho religioso. Así, p.e., al Estado le corresponde la competencia para regular las manifestaciones sociales de lo religioso, no en cuanto religiosas, sino en cuanto sociales y en razón de la salvaguarda del justo orden público y, en general, en aras del bien común . 7


Y, sobre todo, en lo que ahora es preciso subrayar, al Estado le incumbe asimismo el reconocimiento y la defensa de la libertad religiosa. Es más: podemos decir que la laicidad del Estado adquiere su pleno sentido justo como exigencia, condición y garantía del ejercicio de la libertad religiosa. El Estado democrático no es, no puede ser, indiferente, neutral o imparcial respecto de la libertad religiosa misma en cuanto tal. Al igual que en relación con las demás libertades públicas (la de expresión, de educación, de manifestación, de sindicación, etc.) el Estado democrático ha de reconocer, proclamar y defender la libertad religiosa y asegurar las condiciones que permitan a todos los ciudadanos ejercerla en condiciones de igualdad. Un Estado que no tome así partido por las libertades públicas, entre ellas la muy fundamental religiosa, sencillamente no es un Estado democrático. A la vez, justamente por respeto a la libertad religiosa, el Estado y, por lo mismo, cualquiera que actúe en el ejercicio del poder público (en uno u otro grado, de una u otra manera), ha de guardad una estricta neutralidad, entendida como imparcialidad, ante las diversas posibles particulares opciones que los ciudadanos, en uso, cada uno de ellos, de su de la libertad religiosa, puedan adoptar. El Estado que, justamente para asegurar esa igualdad a todos los ciudadanos en este terreno, ha de ser imparcial ante todas las posibles particulares opciones ante lo religioso, ha de abstenerse por lo mismo de hacer suya cualquiera de esas opciones (con lo cual la convertiría en su propia confesión oficial y le conferiría carácter estatal), esto es, ha de ser aconfesional.

Es preciso, en efecto, tener presente que la libertad religiosa lo es para adoptar cualquiera de las posibles particulares opciones ante lo religioso. Esta “definición” permite advertir fácilmente que una, entre esas posibles particulares opciones ante lo religioso es la laicista, esto es, la de quienes propugnan, según diversas variantes, o la total erradicación de lo religioso o su reclusión en lo estrictamente privado o, en el mejor de los casos, su exclusión del proceso de formación de las decisiones público-políticas normativas comunes. Esa opción negativa, la laicista, es, por cierto --hay que destacarlo-- una opción religiosa ya que se constituye por referencia a lo religioso y sin que deje de serlo (religiosa) por el hecho de que lo sea con un signo negativo (negativamente religiosa). Y esa opción negativa –esto también hay que subrayarlo-- es una opción particular y de ningún modo puede identificarse con la postura general de imparcialidad religiosa que debe guardar el Estado respecto, precisamente, de todas las posibles particulares “religiosas” (incluidas las negativas, las laicistas), que los ciudadanos adopten en el ejercicio de la libertad religiosa.

Con términos que pueden ser especialmente clarificadores, digamos que una cosa es no-profesar-religión-alguna (posición general de imparcialidad propia del Estado) y otra cosa es profesar el-no-a-toda-religión (opción particular que, en uno u otro sentido, niega legitimidad a todas las demás opciones particulares positivamente religiosas); una cosa es no-tomar-partido-por-ninguna-opción-religiosa y otra, muy distinta, tomar- partido-contra-todas-las-opciones-positivamente-religiosas. Es más: si hay una opción, entre las posibles particulares ante lo religioso, que esté radicalmente alejada de la imparcialidad religiosa del Estado es justamente la que, de uno u otro modo, pretende negar carta de ciudadanía a las opciones positivas, con lo cual, en último término, niega la misma libertad religiosa y se sitúa así fuera de un orden verdaderamente democrático. El Estado que hiciera suya la opción laicista (en cualquiera de sus variantes), esto es, que le confiriera carácter estatal actuaría contra la exigencia de su propia laicidad, pasaría a ser un Estado confesional (dejaría de ser aconfesional), de modo que, según esto, paradójicamente el Estado laicista no es un Estado laico (= aconfesional).

Si como queda dicho, la laicidad ha de entenderse como garantía del ejercicio de la libertad religiosa por todos los ciudadanos en condiciones de igualdad, podemos tener con seguridad por incorrecta cualquier concepción de la laicidad de la que se derive directamente cualquier obstáculo o restricción de la libertad religiosa. No deja de ser sorprendente que a los ciudadanos que hacen uso de prestaciones públicas se les quiera exigir en contrapartida la renuncia al ejercicio de su libertad religiosa, o de expresión, etc. o imponerles restricciones en el ejercicio de éstas. Algunos parecen considerar que el Estado es una especie de Rey Midas de la Laicidad que la transfiere a todo cuanto toca. Las prestaciones públicas, muy especialmente las que se producen en el ámbito educativo y, en general, en el cultural, tienen como finalidad, razón de ser y justificación precisamente “promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud” (Constitución española, artículo 9, apartado 2).

De acuerdo con todo lo expuesto sobre el concepto mismo de laicidad, y en el caso del que ahora tratamos, no cabe entender que la opción más acorde con la neutralidad-imparcialidad religiosa del poder público sea la impedir o suprimir la presencia los símbolos religiosos en los centros escolares públicos. ¿Por qué no podría ser acorde, y aun más acorde, con esa imparcialidad (aparte los reparos prácticos que puedan formularse a esta alternativa) la aceptación de la presencia de los símbolos religiosos correspondientes a todas las concretas opciones religiosas de quienes concurren en esos centros? Adviértase que las opciones negativas pueden contar también con los particulares símbolos específicos que, a estos efectos, quieran crear, y quizá convendría que, en efecto, crearan, quienes las sostienen, de manera que resultara “visible” la condición de opciones particulares que corresponde también a las religiosamente negativas. Se haría así más fácilmente perceptibles las exigencias del principio de igualdad en este terreno. Quien adopta una opción religiosamente negativa no puede legítimamente pretender que su específico signo consista en que del espacio en el que él se haga presente se hagan ausentes los signos de todas las demás opciones que sean religiosamente positivas (o aun negativas de otra identidad). Aceptar semejante pretensión, cualquiera fuera la instancia que lo hiciera, no sería atenerse a las exigencias de la neutralidad-imparcialidad religiosa del Estado, sino justamente conculcarlas de modo flagrante: supondría privilegiar, con máximo quebranto del principio de igualdad, a la opción negativa hasta el punto de reconocer así a quienes la profesan una especie de derecho de veto contra la presencia de los signos expresivos de las demás particulares opciones ante lo religioso”

Según, pues, todo lo expuesto, cuando en un centro educativo público la presencia de símbolos religiosos suponga un conflicto, éste habrá de entenderse no como un conflicto entre la presencia de tales símbolos y la laicidad o aconfesionalidad del Estado, sino como un conflicto entre personas, ciudadanos, que quieren ejercer su libertad religiosa en sentidos divergentes. Y es a estas personas, en cuanto titulares del derecho a la libertad religiosa, a las que corresponde buscar mediante los procedimientos dialogales democráticos adecuados, buscarle solución. Pero algo ha de estar claro desde el primer momento: ese tipo de conflictos no puede darse por resuelto a priori (a favor de quienes propugnan la desaparición de tales símbolos) a partir de la laicidad o aconfesionalidad del Estado, puesto que ésta, como se ha dicho, según su propio concepto, constituye una garantía, y no una fuente de restricciones, de la libertad religiosa y de la igualdad de todos en el ejercicio de ésta.

Ante estas cuestiones tan sensibles, y cualesquiera sean nuestros sentimientos, filias y fobias, actitudes, tendencias e intereses, es preciso que pongamos el máximo empeño por alcanzar rigor conceptual y debatir con el propósito de que prevalezca el mejor argumento, la fuerza de la razón y no la pura fuerza extra-argumental del poder político y el peso meramente cuantitativo de una mayoría que se limita a obedecer las órdenes del capataz.

Teófilo González Vila
Aldea del Pinar (Burgos), 11 de agosto de 2009.


Notas al pie

1 Ley orgánica 7/1980, de libertad religiosa (BOE., n. 177, de 24 de julio). Esta Ley constituye una de las “piezas” técnicamente mejor elaboradas y más acertadas de las aprobadas en aplicación de la vigente Constitución de 1978. Sus previsiones garantizan el debido trato igualitario a todas las confesiones religiosas. Desde hace mucho tiempo, sin embargo, hay quienes están empeñados en derogarla y sustituirla por una Ley orgánica que regule en toda su amplitud la libertad de conciencia. La libertad religiosa es la libertad de conciencia en materia religiosa. Según el Concilio Vaticano II, la libertad religiosa exige que “en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos” (Dignitatis Humanae, n.2).

2 V. ABC 10.08.09.

3 La presunta fundamentación doctrinal de la posición que el Gobierno asume ante la libertad religiosa, en especial, frente a la presencia y uso de símbolos religiosos en espacios públicos y, concretamente, en los públicos estatales, viene a ser la que se recoge en el informe de la Fundación Alternativas, elaborado por José María Contreras y Óscar Celador, sobre "Laicidad, manifestaciones religiosas e instituciones públicas" V. http://www.falternativas.org/documentos/(search)/simple/(keywords)/124/2007.

4 Las consideraciones que aquí se exponen sobre el concepto y exigencias de la laicidad son aplicables, obviamente, no sólo al caso de la presencia de los símbolos religiosos en los centros educativos públicos, sino a otros muchos que pueden caer bajo las previsiones de la posible anunciada nueva Ley de libertad de conciencia. Utilizamos en buena parte el texto de un artículo, de quien subscribe el presente, publicado en el Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân, edición española, n.1, año 1, enero-marzo, pp. 22ss.

5 Aunque hay quienes recelan del término laicidad y prefieren utilizar, en su lugar, el de aconfesionalidad, ha de tenerse en cuenta que no cabe mantener reparo alguno ante términos como laico y laicidad si la laicidad se entiende tal como la define la Nota Doctrinal, de 24 de noviembre de 2002, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que era a la sazón Prefecto el entonces cardenal J. Ratzinger. Se nos dice allí: “Para la doctrina moral católica, la laicidad, entendida como autonomía de la esfera civil y política [respecto] de la esfera religiosa y eclesiástica – nunca de la esfera moral –, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal, de 24 de noviembre de 2002, sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, n.6).

6 Esa autonomía y mutua independencia de las esferas estatal y religiosa les obliga a un mutuo respeto, pero no supone mutuo desentendimiento y menos aun hostilidad. Esa mutua autonomía entra ambas esferas, no sólo es compatible con la cooperación entre ellas, en aras del bien común, sino conveniente, cuando no necesaria. Esas “relaciones de cooperación” están expresamente previstas en la Constitución Española (art. 16.3).

7 La exigencia de que en el ejercicio de la libertad religiosa “se guarde el justo orden público” se encuentra expresamente recogida también en la Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II, n.2.

viernes, 27 de febrero de 2009

CIUDADANÍA Y CRISTIANÍA.

Ciudadanía y cristianía

... Digo cristanía para designar el ser cristiano en conciencia y libertad, la personalización de la fe por cada creyente además del hecho histórico o dogmático del cristianismo; y del hecho comunitario de la cristiandad o iglesia. No hay un modelo de ciudadanía que el Estado o el gobierno tengan el derecho de imponer y a partir del cual juzgar y valorar a los miembros de la sociedad. Esa fue siempre la pretensión del absolutismo...

OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL Viernes, 27-02-09


DIARIO ABC.

Entre los cambios recientes de España está la relación entre cristianismo y sociedad. La aconfesionalidad del Estado, la ley de libertad religiosa y la aparición de otros grupos culturales o religiosos no cristianos invitan a repensar esa relación en los aspectos teóricos y en las realizaciones prácticas. Ante torbellinos de ambigüedades y complicidades es esencial definir y diferenciar sociedad, Estado, gobierno. Lo primero son los ciudadanos que expresan de formas diversas su voluntad y la primera responsabilidad de un gobierno es el reconocimiento de esa voluntad de los ciudadanos.

Una tarea primordial es la de clarificar la relación entre ser ciudadano y ser religioso; entre ciudadanía y cristianía. Digo cristianía para designar el ser cristiano en conciencia y libertad, la personalización de la fe por cada creyente además del hecho histórico o dogmático del cristianismo; y del hecho comunitario de la cristiandad o iglesia. No hay un modelo de ciudadanía que el Estado o el gobierno tengan el derecho de imponer y a partir del cual juzgar y valorar a los miembros de la sociedad. Esa fue siempre la pretensión del absolutismo. Esto significa que la primera categoría de la que hay que partir es la de libertad de los ciudadanos, que configuran su vida personal, su ciudadanía y su participación política desde las propias convicciones. No se les puede imponer ni privilegiar un modelo de ciudadanía sino que cada uno debe decidir la suya. Ese es el sentido del «atrévete a saber» de la Ilustración.

En el punto de partida de la comprensión de la ciudadanía no puede estar ninguna categoría política, ideológica o religiosa sino sencillamente la libertad del ciudadano. La categoría primera es la libertad positiva no la laicidad negativa. En algunos medios hispánicos se parte hoy del hecho de que la dimensión religiosa de la existencia es algo adveniente y secundario respecto de la vida humana verdadera, que habría que justificar, ya que lo único natural sería la increencia. Esta tendría la primacía, y ante ella tendría que defenderse y legitimarse el creyente. Tal actitud es una negación de la libertad democrática. Un Estado realmente aconfesional no puede otorgar primacía a la comprensión atea o agnóstica, obligando a la comprensión religiosa a medirse y traducirse en los términos de aquella. Tal falta de simetría entre el creyente y el no creyente es una violencia, que ningún Gobierno democrático puede ejercer.

Creer o no creer son dos implantaciones radicales y primarias en la existencia. Ninguna de las dos tiene primacía o plusvalía civil. Cuando una de ellas se erige en juez que dicta a la otra sus deberes, está ejerciendo violencia social o institucional. Las propuestas cristianas son a veces rechazadas hoy con la afirmación de que son religiosas y de que en una sociedad aconfesional lo religioso no cuenta. Tal afirmación implica tres presupuestos falsos, con los cuales se está intimidando a los cristianos. El primero consiste en considerar a la religión como resto arcaico, fase superada de la historia humana o, lo que es peor, una neurosis infantil, un platonismo para el pueblo ignorante, una alienación de la vida humana. Aquí tenemos alquitarada la crítica moderna de la religión desde Feuerbach, Marx y Nietzsche hasta Freud, servida en platos ligeros por los Onfray hispánicos de turno. Ahora bien, la religión no es una fase de la historia sino una estructura de la conciencia, generada por una razón ejercida en libertad y, a su vez, generadora de libertad y de conciencia crítica. Vivida en autenticidad crea ciudadanos responsables y solidarios, creadores de realidades históricas y no solo de esperanza escatológica.

El segundo presupuesto es que en una sociedad democrática la religión es un asunto exclusivamente privado, sin relevancia pública. Esto no es verdad. La religión, como todo lo personal, es vivida por ciudadanos en el ejercicio de su libertad, en privado y en público, en el orden social y en el político, que ni imponen ni se dejan imponer. Reclamar que rayen de su conciencia y expresión pública su condición de cristianos a la hora de pensar, votar y decidir políticamente, es la expresión más incisiva de una negación de derechos humanos fundamentales.

El tercer presupuesto es que la religión es fundamentalismo, y que en la historia ha sido la fuente de males, negación de libertad y causa de muerte. Frente a la fe, la razón ilustrada aparece como la gran inocente y liberadora. La primera sería signo de Inquisición, la segunda de Liberación. ¿Por qué no nos preguntamos por los 150 millones de muertos en las guerras de Europa desde 1914 hasta la de los Balcanes? ¿Las ha inspirado la religión o una razón moderna, que se absolutiza a sí misma, negando todo límite al poder del hombre? G. Steiner ha preguntado cómo responde la Ilustración a esos millones, caídos dice él, «A la sombra de las luces». La razón moderna tiene también que hacer memoria de sus víctimas, confesar sus culpas, dejando de exculparse a sí misma y de inculpar a los demás. No es buen camino hacia la paz buscar siempre un culpable, convirtiendo al otro en verdugo para hacernos nosotros las víctimas. Benedicto XVI ha hecho lema de su ministerio instaurar públicamente alianza entre Ilustración y Evangelio y sería bello que también quienes se saben hijos sólo de la Ilustración dejaran de esperar el fin de la religión. Kant afirmaba: «Una religión que sin escrúpulos declara la guerra a la razón a la larga no se sostendrá contra ella». La inversa vale igualmente: «Una razón que sin escrúpulos declara la guerra a la religión a la larga no se sostendrá contra ella».
También ante los problemas prácticos en España hay que diferenciar tres niveles. El primero es Iglesia-sociedad, a pie de tierra, en ciudades, pueblos e instituciones de España. En este sentido la relación es buena, cordial, cooperadora, más allá de los partidos porque en ese nivel lo importante son las personas y no las ideologías. El segundo nivel es la relación Estado español-Vaticano. Aquí tampoco hay problema real. Rigen unos Acuerdos entre ambos, que pueden ser denunciados por el Gobierno. La Iglesia conoce múltiples formas de relación con los Estados y nada más lejos de ella que empeñarse en mantener una en España. Diga por tanto el Gobierno si quiere denunciarlos, y no vaya a buscar en Roma soluciones a problemas que son de aquí, porque sería pedir cotufas en el golfo. El tercer nivel es Gobierno del PSOE y la Jerarquía católica en España. Aquí hay reales problemas, ya que propuestas concretas de aquel chocan con convicciones constituyentes de los ciudadanos católicos, tal como se definen en los textos normativos por los órganos de autoridad, y no en las particulares expresiones de algunos cristianos. Se trata de ciudadanos con todos sus derechos, que como los demás se expresan libremente. No es verdad que haya un choque permanente entre iglesia y sociedad. Esto es falso y repetirlo es una ofensa para ambas.

La clarificación y eliminación de ambigüedades en las palabras es la primera obligación al tratar temas como ciudadanía, laicidad, autonomía, eutanasia, aborto (que es algo mucho más grave que la interrupción del embarazo). Superar la perversión del lenguaje, redimiendo las palabras, es nuestro primer deber, si queremos existir en la verdad, realizar la libertad y conjugar en concordia ciudadanía y cristianía.

jueves, 5 de febrero de 2009

LAICISMO Y LAICIDAD.


Laicismo y laicidad
Por Manuel Casado Velarde, catedrático de la Universidad de Navarra (EL CORREO DIGITAL, 05/02/09):


En el último Congreso del PSOE, el XXXVII, se puso de relieve el interés del partido por seguir avanzando en la aplicación de su ideario laicista a la política. Ramón Jáuregui, ponente de la comisión de Nuevas políticas e instituciones para una sociedad en igualdad, destacó que en la próxima Ley de Libertad Religiosa se abordarán cuestiones debatidas en el citado congreso, como la ‘progresiva’ desaparición de símbolos religiosos en los actos oficiales y en espacios públicos. Se dibuja, así, en el horizonte de la presente legislatura la paulatina imposición de un prejuicio rancio: el de que la creencia en Dios pertenece, como todo lo religioso, al ámbito de lo irracional, sobre lo cual no cabe argumentar y llegar a consensos de alcance social, razón por la que debe desterrarse del espacio público.
En esta argumentación se esconde un razonamiento falso, propio de la ideología positivista hoy triunfante, que trataré de poner brevemente en evidencia. La falacia estriba aquí en una opción inicial arbitraria. Como ha advertido Coseriu, uno de los lingüistas más importantes -si no el que más- de la segunda mitad del siglo XX, se opta antes de todo, en forma tácita, por reconocer como única realidad (o como única realidad de la que se puede razonablemente hablar en términos de ‘verdad’) la realidad físico-natural; y se concibe y define la existencia -personal y social- únicamente con respecto a dicha realidad. A continuación se declaran carentes de sentido las afirmaciones que no tienen relación con entes u objetos ‘existentes’ en el ámbito de esa misma realidad físico-natural. O con enunciado puntual: 1) se opta por admitir como única realidad el mundo físico-natural; 2) se define la existencia como presencia empírica o experimentalmente verificable de un tipo de entes en este mundo físico-natural; 3) se considera entonces que pueden ser sólo ‘verdaderas’ o ‘falsas’ (correspondientes o no correspondientes a la ‘realidad’) las afirmaciones que conciernen a entes existentes con ese carácter; 4) las afirmaciones que no conciernen a tales entes no pueden ser entonces ni verdaderas ni falsas, y resultan, por lo tanto, ‘carentes de sentido’. Si después se pregunta en sentido contrario: ‘¿Por qué 4?’, se responde: ‘Porque 3′; y luego: ‘¿Por qué 3?’: ‘Porque 2′; ‘¿Por qué 2?’: ‘Porque 1′, o sea: porque así lo hemos decidido nosotros mismos como axioma desde el principio.

El PSOE, consciente de que la palabra laicismo evoca la postura que vengo exponiendo, la ha sustituido por laicidad. Pero laicidad significa otra cosa muy distinta. La Iglesia católica defiende el principio de laicidad, según el cual hay que separar las funciones de la Iglesia y las del Estado, siguiendo la prescripción de Cristo de dar «al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Lucas 20, 25). Las realidades terrenas gozan, pues, de una autonomía efectiva respecto de la esfera eclesiástica: toda intervención de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida, como afirman los papas.

Ahora bien, el hecho de que el ordenamiento político y social goce de autonomía con respecto a las religiones o a los eclesiásticos no significa que sea independiente de todo orden moral. Si es verdad que la actividad legislativa pertenece propia y exclusivamente al Estado, nadie puede negar a la Iglesia ni a los cristianos la defensa de los grandes valores prepolíticos que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Pues estos valores, como ha recordado Benedicto XVI, antes de ser cristianos son humanos. Un ejemplo: el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, defendido también por muchos que no profesan religión alguna. La laicidad respeta que cada ciudadano manifieste públicamente las propias convicciones, estén o no inspiradas en creencias religiosas, con tal de que no se hallen en contraste con el orden moral (la apología del terrorismo, por ejemplo, no cumple esa condición) o interfieran en el orden público.

El laicismo, en cambio, hace del prejuicio de que las creencias religiosas personales no deben comparecer en público (y de que deben sustituirse por otras, digamos ‘laicas’) una religión de Estado. Este carácter ‘religioso’ del laicismo propicia que vea, en las ‘otras’ religiones, competidoras de la única ‘religión’ con derecho de ciudadanía: la decretada por el Estado. Por eso al laicismo le molestan las manifestaciones públicas -y no me refiero sólo a las masivas ni principalmente a ellas- que del hecho religioso hacen los ciudadanos en uso de su libertad. Pero, como en diferentes ocasiones afirmó Juan Pablo II, «no se puede cercenar la libertad religiosa sin privar al hombre de algo fundamental». ¿Todavía quizá estemos a tiempo?

miércoles, 4 de febrero de 2009

DIOS PROBABLEMENTE EXISTE.

Dios probablemente existe
Por Juan Antonio Herrero Brasas, profesor de Etica Social en el departamento de Estudios de Religión de la Universidad del Estado de California en Northridge (EL MUNDO 04/02/09):


La campaña de promoción del ateísmo en los autobuses urbanos, inicialmente impulsada por la Asociación Humanista Británica y después trasladada a España por la Unión de Ateos y Librepensadores de España, fue concebida como respuesta a una provocación del fundamentalismo religioso. Entusiasta y económicamente apoyada por el biólogo evolucionista y ateo militante Richard Dawkins, dicha campaña ha conseguido al menos abrir un incipiente debate sobre una cuestión que nunca ha dejado de ser vital: ¿existe Dios?

En 2004, el filósofo Antony Flew, tras toda una vida dedicada a promover el ateísmo, anunció haber llegado a la irrefutable conclusión de que Dios existe. Las razones para este cambio de convicción las explica en su libro There Is a God. En él nos informa de que su lema siempre ha sido seguir la evidencia racional, le lleve a donde le lleve. En este caso, la evidencia procede de los últimos avances de la ciencia y de la matemática. El origen de la vida, la extrema complejidad y carácter arbitrario de las leyes físicas y lo estadísticamente improbabilísimo de que por un proceso de ciego azar la evolución haya dado lugar al mundo en que vivimos son las cuestiones que han llevado a Flew a afirmar la existencia de un Poder y una Inteligencia supremas más allá del mundo físico. Un mismo Einstein, extasiado ante la complejidad de las leyes de la física y el insospechado orden que revelan, afirmó la existencia de Dios, de quien dijo que «no juega a los dados» con el universo, pues todo parece responder a un perfecto cálculo.

NO HACE FALTA ser un intelectual de élite para entender el argumento más común para la existencia de Dios, argumento que a lo largo de los siglos han ponderado tantos pensadores en el mundo occidental.Me refiero al llamado argumento cosmológico. Se trata de un argumento cuasiintuitivo que delinearé aquí del modo más simple posible para beneficio del lector no familiarizado con los formalismos del lenguaje filosófico. Dicho argumento se basa en la imposibilidad de entender el origen del universo sin postular un creador.

Contrariamente a lo que afirmaba Aristóteles, y a lo que muchos sostenían hasta el mismo siglo XIX, ahora sabemos con certeza que el Universo no es eterno. Tiene una edad (unos 13.700 millones de años) y, por tanto, tuvo un principio. Y de la misma manera que todo lo que tiene una edad y un principio, el Universo no existía antes de ese principio. Si no existe nada más que materia, si no hay Dios, nos encontramos con que el Universo -en última instancia una roca inmensa- ha decidido existir y ha dado lugar a su propia existencia. Pero esa es una conclusión poco plausible.Normalmente no vemos piedras aparecer en el aire sin motivo ni causa alguna. Es más, pensaríamos que es algo imposible, o al menos extremadamente improbable, y eso en un mundo donde existen piedras y donde podría existir una misteriosa ley física que permitiera tal fenómeno. Si eso nos parece imposible, cuánto más el pensar que una roca de las dimensiones del Universo vaya a dar lugar a su propia existencia a partir de la nada, de la absoluta no existencia.

EN SU CONOCIDO ensayo Por qué no soy cristiano, Bertrand Russell nos informa de que a los 18 años de edad descartó el argumento cosmológico porque si Dios ha creado el Universo entonces habría que preguntarse quién ha creado a Dios, y ello nos llevaría a una infinita y absurda cadena de dioses. Mejor quedarse con el Universo sin más. Mal ejemplo de filosofía el de Bertrand Russell.Evidentemente, tener un principio, y con ello implícitamente una edad, es una condición de los objetos naturales. De Dios precisamente lo que se afirma es que está por encima de la naturaleza (es «sobrenatural») y, por tanto, no está sujeto a las condiciones de la naturaleza, condiciones que El mismo ha legislado. Preguntarse por la edad de Dios es análogo a preguntar cuánto pesa, cuánto mide, cómo huele. Son preguntas que sólo tienen sentido en los seres naturales.

Como parte del argumento cosmológico se suele incluir el misterio que representan las leyes de la física, su carácter arbitrario y el hecho de que todas, en su inconcebible complejidad, estuvieran en pleno funcionamiento desde el primer instante del Big Bang (de lo contrario la expansión del Universo no podría haber tenido lugar). Una mera roca, la pura materia, si es que eso es lo único que hay, no tiene capacidad para inventar leyes de semejante complejidad y ponerlas en marcha en el mismo momento de su nacimiento.

Pero es la Teoría de la Evolución lo que con más frecuencia se ha convertido en arma arrojadiza del ateísmo militante. La evolución biológica, se conciba como se conciba, no plantea un problema especial para la religión. Es, en última instancia, una expresión más de la inteligencia divina. La cuestión crucial está en el origen de la psique humana, es decir, el alma. Incluso Alfred Russell Wallace, hombre de izquierdas y originador, junto con Darwin, de la Teoría de la Evolución, no pensaba que la psique humana, por su naturaleza tan diferente, pudiera ser resultado de la selección natural.

La relación entre cerebro y pensamiento es algo que no entendemos, pero una analogía quizás nos ayude. Si pudiéramos traer a nuestro tiempo a un entusiasta científico del siglo XVIII y le pusiéramos a chatear por internet en un ordenador portátil sin conexiones visibles de cable, seguramente concluiría que los hombres del siglo XXI hemos logrado crear máquinas que piensan, el objetivo final de la ciencia. Sería muy difícil explicarle la enorme complejidad del sistema, y que nos creyera. Pues bien, si Dios existe, la relación entre cerebro y alma/pensamiento representaría el internet final, por así decir, una creación más de la mente divina, que en su extrema complejidad tan sólo la ciencia del final de la historia podría llegar a entender.

CIENCIA y religión ocupan dos ámbitos de pensamiento estrictamente separados. La religión habla de verdades últimas. La ciencia sólo puede hablarnos de lo que aquí y ahora conocemos, que es necesariamente muy limitado. La ciencia de ayer es el chiste de hoy y, sin ninguna duda, la ciencia de hoy será el chiste de mañana. Sobre aquellas cosas que la ciencia no sabe simplemente debe callar, y no ponerse al servicio de ideologías. Las lagunas de la ciencia no se pueden cubrir con actos de fe. Que la ciencia un día averiguará o demostrará tal o cual cosa es una expresión de fe. Es convertir a la ciencia en algo que no es: una religión, o peor aún una superstición. Lo que la ciencia no sabe simplemente no lo sabe. Y no hay que construir conjeturas ideológicamente motivadas ni actos de fe sobre ello porque entonces lo que se está haciendo es ciencia ficción en sentido estricto.

Una buena parte del mundo científico ha adoptado el llamado ateísmo o materialismo metodológico. Es decir, la exclusión sistemática, como cuestión de principio, de cualquier causa no material. Ello a veces lleva a hacer afirmaciones disparatadas, como es el caso de Dawkins en algunos de sus más conocidos libros. En otros casos esa militancia científica conduce a ignorar, o incluso falsear, datos y eventos que constituyen un reto al conocimiento científico.

El mayor obstáculo que presenta la religión convencional es su falta de respuesta satisfactoria al problema del mal y el sufrimiento.Eso es lo que lleva a muchos al abandono de la religión y al ateísmo, y es un problema que es imposible tratar ni someramente en la brevedad de estas líneas. El ateísmo, por otra parte, es difícil de sustentar intelectualmente. El problema es que frecuentemente se sustenta en una percepción extremadamente selectiva de la realidad, y se reviste de la característica arrogancia de quien cree saberlo todo cuando en realidad es víctima de la más patética ignorancia.

lunes, 2 de febrero de 2009

SECULARIDAD CRISTIANA Y DOCTRINA DE LOS DERECHOS HUMANOS


Secularidad cristiana y cultura de los derechos humanos

Arvo.net
Martin Rhonheimer, profesor de ética y filosofía política
01/02/09


La relación entre libertad y verdad debería ser respetada también por los medios de comunicación, sin por ello coartar su libertad —ni siquiera su libertad para la estupidez—, pero sí fomentando su sentido de responsabilidad y castigando democráticamente su abuso

En las páginas que a continuación siguen me propongo bosquejar cómo se relaciona la identidad cristiana —pensando principalmente en los católicos— con el secularismo político moderno y qué significa esa relación para la justificación pública de los derechos humanos.

Es bien sabido que la Iglesia católica sólo ha llegado a reconocer plenamente la secularidad del Estado y los principios políticos de la democracia constitucional como un logro cultural tras un largo periodo de mutua hostilidad y conflicto. pero al obrar así, la Iglesia se ha reconciliado con una parte esencial de su propio legado cultural, que está marcado por el dualismo, genuinamente cristiano, de poder espiritual y poder temporal y por la afirmación de la intrínseca secularidad del último. Esta evolución ha sido posible gracias a que ya en los primeros siglos de su existencia el cristianismo había asimilado el espíritu filosófico de la racionalidad y la cultura griegas y el espíritu racional del pensamiento jurídico romano.

Es bien sabido, asimismo, que mientras que el catolicismo y el protestantismo europeos estuvieron marcados por largas tradiciones modernas de alianzas entre «el trono y el altar» y de Estados confesionales, en los Estados Unidos de América el reconocimiento de la secularidad del poder estatal y del gobierno fue una característica del proyecto fundacional de la Constitución estadounidense desde sus primerísimos comienzos. Una religión no oficial fue parte de la solución que permitió encontrar un modo pacífico de unir en un proyecto constitucional común a ciudadanos y grupos sociales de ideas religiosas y filosóficas divergentes. En consecuencia, la religión llegó a convertirse en una fuerza constructiva en la vida pública estadounidense, y la secularidad del Estado y la religión no se percibieron como valores necesariamente incompatibles.

En Europa, en cambio, la religión fue considerada desde la Reforma protestante y las posteriores guerras de religión como un problema de primera magnitud. De aquí que la Ilustración europea y el constitucionalismo liberal llegasen a entender la libertad religiosa como un instrumento para asegurar la independencia y la secularidad del poder estatal en orden a neutralizar, si no a destruir, la posible influencia de la religión sobre la política. En el habitual modo europeo de entender las cosas, «secularidad» y «laicismo» significan frecuentemente una especie de credo político areligioso, que implica incluso la negativa a reconocer la tradición cristiana al menos como el legado cultural común que contiene los recursos que hicieron posible el Estado secular moderno.

Este carácter parcialmente anticristiano, e incluso anticatólico y antieclesiástico, de la Modernidad europea ha sobrevivido en algunas formas extremas de «laicismo» (adquiriendo su expresión más típica en Francia). Este proceso ha llevado a alternativas engañosas: se opone la «secularidad» a la «fe religiosa», el «derecho a la libertad religiosa» (incorrectamente identificado con el «indiferentismo religioso») a la «existencia de la verdad religiosa», etc. Ese mismo proceso ha llevado también a hacer una desafortunada equiparación ideológica e institucional de estas alternativas. La secularización del poder estatal, su independencia y autonomía, especialmente en las condiciones que carac terizan a la soberanía popular democrática, así como la secularización de la sociedad en el sentido de su desclericalización, fueron percibidas, desde un punto de vista religioso o incluso clerical, como dirigidas esencialmente contra la misión misma de la Iglesia. Con el Concilio Vaticano II, sin embargo, la Iglesia católica ha llegado a reconocer plenamente el Estado secular y neutral en lo religioso como un valor positivo y como un logro cultural, y también junto con ello la idea moderna de los derechos humanos. Me parece significativo que en su mensaje navideño dirigido a la curia romana el 22 de diciembre de 2005 Benedicto XVI no sólo se haya referido positivamente al «modelo de Estado moderno» originado en la Revolución americana, sino que también haya distinguido la segunda fase de la Revolución francesa —su fase jacobina o «radical»— «que ya no quería dejar prácticamente espacio alguno a la Iglesia» de su primera fase liberal-constitucionalista. Ahora bien, esa primera fase, caracterizada por la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, fue condenada en su momento por el papa Pío VI como apostasía nacional de la fe católica. Este cambio de actitud hacia la realidad terrena del Estado y de la política —que no ha sido un cambio en la doctrina de la fe— no es sólo una prudente adaptación, comprensible porque hoy en día la Iglesia católica existe en un entorno secular y pluralista. Según muestra la declaración del Concilio sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, se trata más bien de un cambio de actitud que refleja un giro hacia lo que ahora se juzga como más congruente con el espíritu del Evangelio.

Sin embargo, a mi parecer, no todos los problemas quedan resueltos con este reconocimiento de la cultura política secular y de la idea moderna de los derechos humanos. Una pregunta crucial para los cristianos, planteada por la Modernidad, sigue sin respuesta. Se podría formular esa pregunta como sigue: «¿Qué significa para los cristianos participar como cristianos en una cultura política y en una vida pública definidas por la idea moderna de secularidad?». O bien, con otras palabras: «¿Es posible para un cristiano que cree en una verdad religiosa determinada y se adhiere a valores morales objetivos enraizados en ella participar en una cultura política definida por los valores seculares, el pluralismo y la neutralidad en lo tocante a esa verdad religiosa y a las exigencias morales que dependen de ella?».

El problema al que hacen referencia estas preguntas no es el problema del multiculturalismo. Es un problema muy distinto. El problema que suscitan estas preguntas concierne al simple hecho de que el pluralismo de la Modernidad occidental es la consecuencia de la libertad y de las instituciones liberales características de una sociedad que reconoce los derechos humanos. Ahora bien, el pluralismo así originado es también el resultado de un desacuerdo sobre cuestiones morales fundamentales legítimo y en ocasiones epistemológicamente comprensible. El pluralismo, por otra parte, es también el resultado de la ignorancia, del abuso de la libertad y de hábitos viciosos. No obstante, es esencial para la libertad política y la libertad civil que esté permitido usarlas mal: de otro modo, no existiría libertad alguna. Forma parte de una cultura política que acepta plenamente la libertad permitir también esta clase de pluralismo, dentro de ciertos límites definidos por la ley. La libertad política y la libertad civil que lo hacen posible no dejan por ello de ser valores políticos. El pluralismo está definido como una especie de variedad interna —religiosa, ideológica, también étnica— de una cultura política determinada y está enraizado en su suelo común (parte del cual podría ser la cultura de los derechos humanos). Por lo tanto, el pluralismo no es un riesgo para la cooperación social, la unidad ni la paz. El multiculturalismo, por otra parte, no es sencillamente pluralismo, sino precisamente la variedad consistente en la coexistencia en una misma sociedad de suelos culturales comunes, y por ello también de culturas políticas y jurídicas.

Es un grave problema y, como tal, no es posible aceptarlo sin poner en peligro el orden constitucional de una sociedad democrática. En suma: una sociedad multicultural en sentido estricto no es posible. Por esa misma razón, la vida pública internacional y la cultura de los derechos humanos presuponen un suelo cultural común. La cuestión es qué clase de suelo debe ser ése.

Precisamente los desafíos del multiculturalismo —planteados sobre todo por el fundamentalismo islamista en la medida en que es hostil al pluralismo secular— nos proporcionan la evidencia de que en la raíz del pluralismo occidental hay un fundamento común de valores, aunque ese fundamento está definido en la mayor parte de las ocasiones en términos políticos de un tipo estrictamente secular. La ciudadanía misma, que es un valor político y público básico, debe ser definida sobre un suelo común de valores culturales compartidos; no se la puede definir de un modo multicultural. La cultura moderna de los derechos humanos en la forma occidental de entenderlos deja su impronta en el modo de entender la ciudadanía de una manera concreta y específica que no está abierta a cualificación multicultural alguna. La ciudadanía entendida en estos términos es una especie de «absoluto político». Esta es la razón de que una «sociedad multicultural» en sentido estricto no resulte posible: ya que no podría definir «estándares» comunes de ciudadanía, ni los derechos, libertades y valores políticos correspondientes1.

En el modo europeo de entenderlo, la naturaleza de ese suelo común es la idea de ciudadanía liberal-democrática —«liberal» en un sentido amplio— que está estrechamente relacionada con libertades y derechos básicos que definen el estatus de los ciudadanos independientemente de sus identidades religiosas, culturales o étnicas. La variedad «multicultural » o el pluralismo en este nivel son imposibles. No existe un término medio o coexistencia, por ejemplo, entre la sharia por un lado y el modo secular occidental de entender el imperio de la ley. Creo que se puede aplicar esto mismo, mutatis mutandis, a la vida pública internacional.

También a mí me parece evidente que los cristianos, particularmente los católicos que creen sin reservas pueden y deben compartir el modo secular de entender la ciudadanía democrática moderna. Igualmente, deben participar en la implementación de los derechos humanos en el plano internacional. Sin embargo, lo harán —o, en mi opinión, deberían hacerlo— de una forma distinta de la que emplee, por ejemplo, un ciudadano ateo, agnóstico o sencillamente no creyente. El ideal de ciudadanía secular democrática de un cristiano podría ser lo que me gustaría denominar «secularidad cristiana». «Secularidad cristiana », según yo la entiendo, significa desarrollar la propia identidad cristiana y realizar la propia vocación cristiana en el contexto de una sociedad —y de una comunidad internacional— cuyas instituciones públicas están definidas de forma secular, aceptando plenamente —con la información y a la luz que proporciona la experiencia histórica— esa secularidad como un valor político y considerando esa aceptación parte integrante de la propia autocomprensión como cristiano. Para utilizar un término rawlsiano, «secularidad cristiana» significa para los cristianos entrar en un overlapping consensus o «consenso entrecruzado», que podría ser apoyado y alimentado epistemológicamente por las firmes convicciones morales y religiosas que albergan los cristianos, pero que no es idéntico a ellas ni se deriva de ellas. La secularidad cristiana, así definida, significa ser capaz de vivir una especie de «identidad diferenciada » o «doble» como cristiano y como ciudadano.

Es de notar que esa «identidad doble» o «diferenciada» no significa partirse uno en dos realidades existenciales, ni vivir una doble vida, ni tampoco, como ciudadano y primariamente en la esfera pública, dejar de comportarse y de tomar decisiones propias de un cristiano. «Doble identidad» significa, más bien, la capacidad (exigida a todos los ciudadanos) de cooperar políticamente en condiciones de desacuerdo, incluso profundo, sobre valores morales esenciales, y, con ello, de afrontar constructiva y pacientemente configuraciones concretas de pluralismo que el cristiano, en tanto que tal, podría considerar ajenas al verdadero bien común de la sociedad humana y necesitadas de cambio (por ejemplo, lo que Juan Pablo II denominó «cultura de la muerte»). También significa, asimismo, la capacidad de distinguir entre, por un lado, lo fundamental en el nivel de los valores políticos para una sociedad civil y para el bien común estrictamente político, y, por otra parte, lo más alto y, desde las propias convicciones religiosas y morales, más santo en el nivel de los valores. Por consiguiente, «doble identidad» significa la disposición a reconocer la legitimidad procedimental de las decisiones democráticas incluso cuando contradigan las propias convicciones fundamentales acerca del bien, y por tanto a apoyar como legítimas a instituciones políticas incluso cuando, en determinados casos, generen decisiones que uno mismo considere profundamente injustas y corruptoras del bien común. Esto, finalmente, implica la disposición a anular esas decisiones o enmendar esas instituciones solamente con medios legales, democráticos, tratando de convencer a otros ciudadanos de la razonabilidad de las propias demandas, lo cual, en realidad, refuerza la legitimidad de las instituciones democráticas (es decir, no actuar así solamente porque se considere improbable que los medios ilegales o incluso violentos tengan éxito).

En el pasado, esto de la «secularidad cristiana» se consideraba una paradoja. Así, era típico de los católicos reclamar el derecho a la libertad religiosa sólo para los católicos, y conceder a las otras creencias una prudente tolerancia. No encontraba aceptación el principio de reciprocidad implícito en la aceptación de una democracia constitucional, puesto que la tradición católica previa al Concilio Vaticano II no aceptaba como valor político la fundamental reciprocidad de las demandas de derechos políticos con independencia de que fuesen o no ejercitados de conformidad con la verdad. La reciprocidad es esencial también para una cultura de los derechos humanos en el plano internacional. Y es que presupone para los miembros de otras culturas y religiones algo análogo a lo que he denominado «secularidad cristiana».

La antes mencionada «doble identidad» como cristiano y como ciudadano no significa que sea necesario renunciar al carácter transformador del mundo que es propio del cristianismo, ni que los cristianos no tengan que hacer una contribución específica como cristianos a la conformación social y política de este mundo y, así, al contenido de la ciudadanía. Muy al contrario: la fe cristiana, basada en la fe en la encarnación del Verbo Divino, está llamada a seguir siendo una fuerza transformadora del mundo, pero en un mundo secularizado y de un modo secular. Un mundo secularizado es un mundo sin instituciones religiosas que, por razones espirituales, estén en condiciones de establecer efectivamente limitaciones de la soberanía de las instituciones políticas o de ejercer alguna forma de tutela políticamente institucionalizada. De igual modo, un mundo secularizado es un mundo en el cual los cristianos, siguiendo su conciencia bien formada, están llamados a cooperar codo con codo con todos los hombres, compartiendo con ellos su identidad común como ciudadanos y sin reclamar otros derechos que los que comparten con todos los ciudadanos.

La secularidad tiene consecuencias no sólo para la cooperación política de los ciudadanos en general —y, en el plano internacional, para la cooperación de las naciones, que pueden ser consideradas ciudadanas de una comunidad internacional— sino en primer lugar para la razón pública y los discursos justificativos públicos. Concierne al modo en que los «ciudadanos de fe»2 se relacionan con la cultura política pública. La mejor manera de ilustrarlo es tomar como ejemplo la justificación de los derechos humanos. Existen diferentes discursos acerca de los derechos humanos: discursos exclusivamente políticos, pero también discursos religiosos y metafísicos. De hecho, la Iglesia católica usa ambos. A veces se dice que los derechos humanos sólo se pueden fundamentar firmemente en la verdad metafísica sobre el hombre, o que su fundamentación estable presupone incluso la aceptación de la antropología cristiana, de conformidad con la cual el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Sin embargo, dado el hecho del pluralismo moderno y del carácter multicultural de la plaza pública y de la vida política internacionales, proporcionaría una base política muy débil a los derechos humanos. Si su efectivo reconocimiento político y su validez jurídica necesitasen depender de supuestos metafísicos compartidos acerca de la naturaleza del hombre, o de un reconocimiento compartido de la verdad teológica de que ha sido creado a imagen de Dios, la posición política de los derechos humanos sería bien incierta y frágil. En realidad, los fundamentos metafísicos y teológicos estarían lejos de proporcionar un suelo común, y serían más bien objeto de disputas y desacuerdos, como lo son generalmente los asuntos metafísicos y teológicos.

El politólogo canadiense Michael Ignatieff arguye, por tanto, que la fuerza de una cultura basada en los derechos humanos está precisamente en suministrarles justificaciones exclusivamente políticas que sean lo más independientes que resulte posible de supuestos y pretensiones de verdad metafísicos o religiosos, y que apelen más bien a convicciones compartidas intuitiva y comúnmente acerca del carácter ventajoso de esos derechos: aunque no podamos ponernos de acuerdo acerca de por qué tenemos derechos, todos vemos de qué nos sirven en realidad y por qué los necesitamos, y esas «razones prudenciales para creer en los derechos humanos son mucho más seguras»3.

Esto puede sonar a provocación o incluso una muestra de cinismo —principalmente porque Ignatieff opone a la «política de los derechos humanos» la «idolatría de los derechos humanos»— pero en realidad es el modo en que tienden a funcionar las cosas en la moderna sociedad pluralista. La Modernidad secular, que es esencialmente pluralista, está necesitada de un mínimo fundamento para conseguir un máximo consenso. Según hemos mencionado más arriba, esto es incluso más verdadero cuando se aplica a la vida pública internacional en un mundo globalizado, que a la vez que es genuinamente multicultural está necesitado de «estándares» compartidos de justicia y de cooperación equitativa. En este sentido, el carácter secular de las organizaciones internacionales es una ventaja. En suma: la idea moderna de los derechos humanos es, en realidad, una concepción política basada en un fundamento justificativo relativamente tenue. Cuanto más ligada esté su justificación pública a premisas metafísicas y religiosas, menos capaz será de hacerse valer políticamente y de llegar a ser implementada universalmente.

Ahora bien, eso es sólo una verdad a medias. Es, por así decir, la mitad estrictamente política de la cuestión. La otra mitad, sin embargo, no es necesariamente idolatría o, como sugiere Michael Ignatieff, «imperialismo moral». La política vive, en realidad, de recursos morales que no pueden crearse a sí mismos. Además, muchos de esos recursos morales surgen, no sólo históricamente, sino también en la conciencia de los ciudadanos, de sus convicciones religiosas, o al menos están ligados a ellas. Este es el caso, o debería serlo, principalmente de los cristianos, cuyo credo, junto a su carácter sobrenaturalmente revelado, incluye también —al menos en su forma católica— una tradición de ley natural que posee en sí misma una dimensión política y secular, es decir, puramente racional. Por otra parte, la política misma es un tipo específico de comportamiento moral y debe ser evaluada en último término con criterios de moralidad. Así pues, incluso una cultura de los derechos humanos justificada en la esfera pública mediante valores exclusivamente políticos debe ser entendida por sus partidarios como un valor moral. Dado el carácter secularizado y pluralista —y, en el plano internacional, incluso multicultural— de la realidad política moderna, la justificación política reductiva es una necesidad política. No obstante, el pluralismo necesita fundamentos categóricos que no sean a su vez pluralistas o meramente políticos, o que al menos sean aptos para darle base sobre convicciones morales firmes y sobre la clase de discurso racional apoyado en la justicia que denominamos «ley natural»4.

Por consiguiente: ni una concepción política de la justicia justificada en el contexto de un «consenso entrecruzado» entre ciudadanos de distinta orientación filosófica y religiosa ni las instituciones correspondientes pueden vivir sin ser alimentadas con la sustancia moral de las creencias, credos y convicciones de quienes forman ese consenso. En este nivel de argumentación, estamos convencidos como cristianos de que sólo una fundamentación enraizada en la verdad metafísica acerca del hombre puede proporcionar a una cultura de los derechos humanos la base cognitiva última y estable y de que, por lo tanto, la secularidad cristiana tiene una misión crucialmente importante. Considerando las comprensibles dificultades que no sólo el catolicismo sino también amplias corrientes del protestantismo han tenido con la creciente cultura política de la Modernidad secular y la idea misma de los derechos humanos y la igualdad política civil, como cristianos tenemos que afirmar esto con una cierta humildad. Al mismo tiempo, sin embargo, como cristianos deberíamos tener lo que ha sido denominado «complejo de superioridad»5: deberíamos saber que, una vez aceptada la lógica del mundo secular y del pluralismo como resultado de la libertad, la revelación cristiana y la fe cristiana proporcionan el más fuerte apoyo cognitivo —y de ese modo, indirectamente, también político— a una cultura política basada en dar fuerza de ley a los derechos humanos. El magisterio de Juan Pablo II sobre los derechos humanos ha hecho su más decisiva contribución precisamente en ese plano y en ese sentido. Particularmente en su encíclica Centesimus annus encontramos la reconciliación de la Modernidad política secular (constitucionalismo, democracia, la prioridad de la libertad, los derechos humanos) con una fundamentación trascendental, metafísica y en último término religiosa de la base moral de la secularidad moderna6. Esta lógica de la política es necesaria y plenamente idónea para proporcionar una plataforma común a la cooperación de los ciudadanos en condiciones de pluralismo. Pero la lógica de esta política no es capaz de mantener en pie su legitimidad y rectitud morales sin tener raíces en algo que es esencialmente no sólo «político».

En lo que he denominado «secularidad cristiana » hay, así, una paradoja: es la paradoja de la necesidad existente en las sociedades seculares modernas y pluralistas y en la vida pública internacional de, a la vez, una justificación política minimalista de los derechos humanos, la justicia política, etc., y una concepción metafísica y ética de esas nociones que no sólo vaya mucho más allá de tales justificaciones meramente políticas, sino que también les preste apoyo.

A mi parecer, esta paradoja, en primer lugar, prueba la inesquivable validez del principio moderno —unilateral en su original forma hobbesiana — authoritas, non veritas facit legem, es decir, el principio de la primacía institucional, legal y práctica de lo político sobre lo metafísico. Ni que decir tiene que estoy lejos de abogar por la solución hobbesiana de este problema, que somete las pretensiones de verdad y las normas de justicia enteramente a la factualidad de la ley positiva7. Pero suscribo esa máxima en el sentido de reconocer la legitimidad democrática y, así, la validez legal de la ley aun en los casos en que se considere, dentro de ciertos límites, que es injusta, falsa y necesita ser anulada por medios igualmente legales y democráticos. Este es el precio que tenemos que pagar por la cooperación pacífica social e internacional, la prosperidad, la justicia —siempre imperfecta— y, sobre todo, la libertad política y civil. Sin embargo, este precio es más bien bajo y, ciertamente, es razonable pagarlo. Según sabemos por la historia, las alternativas son la continua amenaza de guerra civil o bien, en otros casos, la represión autoritaria o incluso totalitaria en nombre de alguna ideología que pretende estar en posesión de la verdad, y, en el plano internacional, la dominación injusta y la guerra.

En segundo lugar, y precisamente por la razón de la inevitable primacía práctica de lo político sobre lo metafísico, se debe reforzar entre los ciudadanos la verdad acerca del hombre. Justamente porque la libertad política en el plano nacional y los derechos de participación en las organizaciones internacionales se definen y legitiman por su relación no con la verdad moral y religiosa, sino con valores políticos como la paz, la libertad, la igualdad, la eficiencia económica, el desarrollo, etc., la conciencia de la relación de la libertad con la verdad se debe reforzar en el nivel no político o prepolítico. Se la debe cultivar primariamente en la familia y, en general, en la educación. El sistema educativo de la sociedad no puede seguir la lógica pluralista y meramente política de la justificación pública, aunque también tiene que respetar valores fundamentales de libertad civil e igualdad. La educación tiene que promover virtudes morales. Mientras que la política y la ley hablan predominantemente el idioma de los «derechos» (que, por supuesto, siempre generan deberes de terceros), la educación y las virtudes morales deben, principal aunque no exclusivamente, hablar el idioma de los deberes y del compromiso con lo verdaderamente bueno. Finalmente, la relación entre libertad y verdad debería ser respetada también por los medios de comunicación, sin por ello coartar su libertad —ni siquiera su libertad para la estupidez—, pero sí fomentando su sentido de responsabilidad y castigando democráticamente su abuso: la manipulación y la estupidez se deberían castigar mediante las leyes del mercado, es decir, rehusando consumir productos que ofendan a la dignidad humana o sencillamente sean indecorosos.

De este modo, «secularidad cristiana» significa reconocer la secularidad de las instituciones políticas y simultáneamente apoyarlas, e incluso impregnarlas con la sustancia moral de la fe cristiana y de la rectitud; ello debe tener lugar principalmente en el nivel regulado por la ley natural, que, como tal, no es «cristiana», sino sencillamente humana, si bien hoy en día son sobre todo los cristianos quienes la promueven y defienden. Por ejemplo: garantizar legalmente un derecho al aborto y apoyar con el sistema público de salud las correspondientes decisiones es, ciertamente, un gran mal, y se opone al bien común de la sociedad humana, pero de ello no tienen la culpa la cultura política democrática o la secularidad del Estado, sino que, antes bien, es un problema de la sociedad civil y de su sistema predominante de valores, que hace posibles tales leyes o tal jurisprudencia. Es exacta y predominantemente en este nivel donde el fermento cristiano está llamado a hacerse notar, y en el plano internacional a veces encuentra aliados en otras culturas.

De este modo, la famosa y tan denostada frase de Ernst-Wolfgang Böckenförde de que el Estado secular moderno vive de presuposiciones que él mismo no puede crear ni garantizar pudiera ser invocada una vez más, e incluso extendida a la vida pública internacional y a sus instituciones de autoorganización política: esas presuposiciones son la sustancia moral de sus ciudadanos y de la sociedad como un todo, y también de naciones enteras8. Es en este nivel, donde yo veo el papel de la Iglesia como institución jerárquica con autoridad: actuar a través de sus enseñanzas y de su atención pastoral sobre las conciencias de los ciudadanos, pero no participar directamente en la política misma. Implicarse en política es tarea de los laicos cristianos, y lo harán como ciudadanos, pero como ciudadanos de fe, ejercitando por ello sus derechos políticos libre y responsablemente9.

En mi opinión, aún tenemos que descubrir el moderno ciudadano cristiano para el que el carácter secular de la vida pública y del pluralismo no es sencillamente una molestia o incluso un atropello, sino que se siente en él como en casa y reconoce el pluralismo, en cuanto resultado de la libertad política, como un valor político fundamental que ha de ser defendido. La secularidad, sin embargo, no es un proyecto consistente en secularizar la plaza pública en el sentido de una ideología de laicismo que aspire a la ausencia en la misma de cualquier referencia a la religión o a los valores religiosos.

La secularidad no es libertad respecto de la religión, sino libertad religiosa, que sólo es posible si el Estado ni entra en una alianza con un credo religioso, ni sucumbe a tentaciones de definir o incluso imponer una verdad religiosa. Admito que libertad religiosa también significa proteger de la religión las instituciones públicas que encarnan el poder coercitivo del Estado. No obstante, para obtenerla, no se necesita una cultura pública de «no religión», «antirreligión», «agnosticismo» o cosas parecidas. Lo que se necesita, en vez de eso, es una conciencia pública no sólo de la incompetencia del poder coercitivo del Estado para definir y sancionar la verdad religiosa, sino también, y simultáneamente, de la importancia que tiene para la sociedad estar formada por ciudadanos que mantengan firmes convicciones morales —estén o no enraizadas en una religión— que den soporte y alimento a la cultura política secular. El ideal del Estado secular y de la cultura política secular no corre peligro por semejante presencia de la religión en la vida pública nacional e internacional.

Así, incluso en el marco de la secularidad y del pluralismo modernos hay muchas posibilidades de integrar las creencias religiosas y las pretensiones de verdad metafísica con un modo democrático, constitucional y liberal (en el sentido amplio del término) de entender la vida política. La conformación concreta de esa integración, en el plano de cada país, dependerá de las tradiciones y particularidades de las diferentes naciones. En presencia de los desafíos del multiculturalismo, esencialmente la presencia en países europeos de un creciente número de ciudadanos musulmanes que no comparten el legado común occidental y cristiano, Europa tendrá que cobrar conciencia de sus raíces cristianas, no para «recristianizar» la vida pública en el sentido de invertir el proceso de secularización moderna y discriminar a los no cristianos, sino exactamente al contrario: para mantener y, si es necesario, defender la fuerza pacificadora e integradora de una cultura política secular basada en los derechos humanos y en las libertades políticas fundamentales.

Quizá vaya resultando cada vez más obvio que necesitamos recordar las raíces cristianas de la secularidad y de la cultura política modernas precisamente para defenderlas con éxito y seguir desarrollándolas en su secularidad misma. Sobre esa base podremos también como ciudadanos ofrecer una integración real a quienes posean un origen cultural distinto del nuestro: sin urgirles a que entren en una cultura cristiana, pero también sin negar que este mundo moderno secular es un fruto maduro de la índole civilizadora histórica del cristianismo capaz de llegar a ser patrimonio global en un mundo multicultural.

Qué suceda finalmente en el plano de la vida pública internacional no puede ser sino una reacción a la exitosa acomodación entre religión, cultura y valores seculares en la vida de las distintas naciones.


Texto integro de la ponencia elaborada por Martin Rhonheimer, profesor de ética y filosofía política en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma), para el simposio «Una disparidad creciente. Raíces cristianas vivas y olvidadas en Europa y los EE.UU.», celebrado en Viena en 2006, dentro de un ciclo de sesiones sobre los principios rectores de la vida pública internacional. La traducción del original en inglés ha sido realizada por José Mardomingo. Publicado en Nueva Revista,


N O T A S


1 Ver mi trabajo «Cittadinanza multiculturale nella democrazia liberale: le proposte di Ch. Taylor, J. Habermas e W. Kymlicka», en Acta Philosophica 15:1 (2006), 29-52.
2 Tomo esta expresión de John Rawls, «The Idea of Public Reason Revisited», en Rawls, The Law of Peoples, with «The Idea of Public Reason Revisited» (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1999).
3 Michael Ignatieff, Human Rights as Politics and Idolatry (Princeton: Princeton University Press, 2001), 55.
4 Ver mi conferencia de 2005 (Notre Dame Law School) sobre la ley natural (de próxima publicación) The Political Ethos of Constitutional Democracy and the Place of Natural Law in Public Reason: Rawls’s «Political Liberalism» Revisited, «The American Journal of Jurisprudence» 50 (2005).
5 Esta expresión era usada frecuentemente por San Josemaría Escrivá.
6 Cf. Russell Hittinger, «The Pope and the Liberal State», First Things 28 (Dec. 1992), 33-41. 7 Ver mis estudios «Autoritas non veritas facit legem: Thomas Hobbes, Carl Schmitt und die Idee des Verfassungsstaates», Archiv für Rechts- und Sozialphilosophie, 86 (2000), y La filosofia politica di Thomas Hobbes. Coerenza e contraddizioni di un paradigma (Roma: Armando, 1997).
8 E.-W. Böckenförde, Die Entstehung des Staates als Vorgang der Säkularisation, en E.-W. Böckenförde, Staat, Gesellschaft, Freiheit. Studien zur Staatstheorie und zum Verfassungsrecht (Frankfurt/M.:Suhrkamp, 1976), 60.
9 Cf. mi trabajo «Laici e cattolici: oltre le divisioni. Riflessioni sull’essenza della democrazia e della società aperta», Fondazione Liberal, n. 17 (2003), 108-116.

jueves, 22 de enero de 2009

EL DESACIERTO DE UN ESLOGAN




El desacierto de un eslogan

ABC
Alfonso López Quintás
21/01/09


El eslogan de los carteles de propaganda atea que figuran en algunos autobuses urbanos delata una pobrísima idea de lo que es la religión. “Puesto que es posible que Dios no exista –viene a decirse-, despreocúpate de las normas inspiradas en una actitud creyente y disfruta de la vida”. Parece darse a entender, con ello, que dichas normas coartan nuestra libertad y nos impiden ser felices. La “libertad de maniobra” –de hacer lo que nos venga en gana- sí la limita; pero no la “libertad creativa” o “libertad interior”, la capacidad de elegir, no lo que sacia sin más nuestras apetencias, sino lo que nos lleva a pleno desarrollo personal.

Con esta idea tan negativa y tosca de la Religión cristiana –a ella se refieren también, sin la menor duda, los responsables de tales carteles- no me extraña que sean ateos y hagan una labor proselitista. Si la fe religiosa se redujera a ser una instancia represora de la persona humana, tendría algún sentido oponerse a ella. Es posible que algunas orientaciones morales de hace años –de marcado acento casuístico- hayan podido dar esa impresión. Pero, si acudimos a los grandes maestros de la vida espiritual, nuestra idea de la fe se engrandece sobremanera. Uno de los más lúcidos escritores del siglo XX ha escrito al comienzo de uno de sus libros de Ética: “La doctrina moral se ha vuelto excesivamente doctrina de lo prohibido; estas consideraciones quieren hacer justicia a la elevación viva, a la grandeza y la belleza del bien. Con demasiada frecuencia se ve la norma como algo que se impone desde fuera a un hombre en rebelión; aquí, el bien ha de entenderse como aquello cuya realización es lo que de veras hace al hombre ser hombre. (...) este libro lograría su meta si el lector percibiera que el conocimiento del bien es motivo de alegría” (Cf. Romano Guardini: Una ética para nuestro tiempo, Cristiandad, Madrid 1974, p. 12).

Respecto al hecho de que esta propaganda agnóstica se hace en un servicio público, hay quien se precipita a defenderla sobre la base de que estamos en un país libre. La libertad presenta muchas modalidades. Si se entiende aquí la libertad como la franquía para realizar cualquier tipo de propaganda en no importa qué lugar, se impone advertir que la “libertad de maniobra” tiene unos límites en todo país civilizado. Uno de tales límites viene fijado por la norma de no molestar gratuitamente a multitud de ciudadanos, buena parte de los cuales sostiene con sus impuestos los medios urbanos de comunicación. Hoy existen múltiples lugares donde expresar las propias convicciones: libros, revistas, periódicos, películas, blogs de Internet... Uno se expresa, pone su firma y abre un debate, que puede resultar clarificador. Este ejercicio de la libertad de expresión está justificado. Pero reducir una cuestión tan delicada y compleja como es la existencia de Dios y su incidencia en la vida humana a un eslogan escueto, expuesto llamativamente a la consideración pública, en un medio de comunicación sostenido por cientos de miles de ciudadanos que se ven sorprendidos y, en buena medida, agredidos por ese mensaje no es serio ni mínimamente prudente, pues todo el que piense con lucidez sabe de sobra que aumentar el malestar y la división entre los ciudadanos no es precisamente lo más necesario en los difíciles tiempos que corren.

Todo el que conozca un poco la historia española del último siglo se alarma al ver que, desde altas instancias, se está jugando con fuego, pues no se duda en conmover las tramas de sentimientos e ideas en las que se asienta el frágil equilibrio social. Luego, podrá parecer divertido contemplar a Nerón tocando la lira ante el incendio de Roma. Pero lo propio de toda persona sensata es deleitarse en construir, no en devastar.

domingo, 18 de enero de 2009

DIOS A LA VISTA.


Dios a la vista
... Mortal es ya el hecho histórico de que creyentes e increyentes se lancen la palabra «Dios» a la cara cuando tenía que ser pronunciada por los creyentes con veneración y asombro, mientras que los no creyentes deberían respetarla por ser sagrada a sus semejantes...
OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL Domingo, 18-01-09
DIARIO ABC



Este título no está tomado de esos anuncios que ahora ruedan en autobuses por las ciudades. Le pertenece a Ortega y Gasset, quien en un artículo de 1926 bajo ese marbete escribía lo siguiente: «Hay épocas de odium Dei, de gran fuga lejos de lo divino, en que esta enorme montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero al cabo vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad. La hora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!».
¿Qué ha ocurrido en la conciencia europea para que tras años de silencio social sobre Dios, ahora aparezca esa extraña proclamación, que expresada como rechazo no se atreve a la negación absoluta y deja su existencia en probabilidad? Esa palabra primordial «Dios» todos la proclamamos en consentimiento o en rechazo. Ella nos precede y nos comprendemos a nosotros mismos como finitos a la luz del Infinito, como mortales a la luz del Inmortal, como creados a la luz del Creador. ¿Qué es más sensato: acogerse como frutos de un amor preveniente o como arrojados por un destino ciego? ¿Es posible que nuestra razón y corazón procedan de algo sin-razón y sin-corazón?
De Dios ni podemos callar ni sabemos hablar. Sólo podemos hablar de Él haciéndonos eco y siendo altavoces de su propia palabra acogida pecho a tierra, como revelación de su amor y en respuesta de nuestro amor. Quien se la apropia o la blande como arma frente al prójimo, está profanando a Dios y ofendiendo a su prójimo. ¿Quién se atrevería a decir que conoce a Dios, que lo puede retener por propia mano, o ponerlo a su servicio? Él es una presencia real pero elusiva, personal pero sustraída. No es posesión de nadie y es soberana sobre todos. Sólo descalzos y de rodillas, los oídos abiertos y los ojos cerrados, en acogimiento de uno mismo y en recogimiento de la dispersión exterior, podemos percibirle. No en el terremoto, ni en el viento, ni en el fuego exterior sino en la brisa tenue está Él. Así se dio a sentir a Elías camino del Horeb y a Moisés desde el Sinaí en la hendidura de la peña, viéndole por la espalda mientras se alejaba. Pero ese silbo amoroso, que ha rozado nuestras pupilas interiores ya nunca podremos olvidarlo, aun cuando azoten los vientos del Norte.
De Dios sólo se puede hablar con amor y temblor desde dentro de la verdad de la existencia, desde el estremecimiento de quien se sabe lejos de la propia dignidad humana y más lejos todavía lejos de la santidad divina. Sólo se puede hablar de Él con una razón que nace de la vida y del servicio incondicional al prójimo. A ese Dios podemos reconocerle en las huellas que han dejado en nuestro mundo sus testigos cualificados: profetas, místicos, poetas altavoces suyos en la cotidianidad, servidores de pobres y enfermos, santas voces de una eternidad que es inherente a nuestra finitud, de un Misterio, que es ya presencia a nuestra soledad, y al que podemos abrirnos porque previamente Él se ha abierto a nosotros. Aceptación de nuestra individualidad y adentramiento en nuestra soledad son condiciones para conocer a Dios. Sólo quien se conoce a sí mismo puede reconocer a Dios y sólo quien ama a su prójimo puede columbrar a Dios.
No se puede hacer comercio, propaganda o ideología con este santo nombre. Sólo podemos manuducir el prójimo hasta Dios con la verdad de la existencia, la dignidad de la justicia y la fortaleza de la esperanza. Tenemos que darle palabra y razón de Él pero no demostrar y nunca imponer. Estando en la verdad ante Él y desde Él enhiestos y libres para todo a la vez que solidarios de todo y servidores de todos, gozosos y esperanzados, los creyentes serán verdaderos y hablarán bien de Dios. Preocupados por todo lo bello, noble y justo, a la vez que serenamente despreocupados y abiertos a la gloria del mundo y a la belleza de las cosas, que es alimento natural del hombre y suprema flor de la realidad.
El creyente se sabe agraciado con la luz de la fe. Ella no es una conquista suya sino un don de Dios al que ya no puede renunciar porque equivaldría a renunciar a la luz con la que ve un mundo nuevo. Agraciado y humillado por la propia fe, de la que debe gozarse pero nunca vanagloriarse, se asombra cada día de sí mismo, de que al despertar siga existiendo y creyendo. Tanto la vida como la fe son una diaria sorpresa, que el bien nacido agradece a Dios y comunica a los demás. Lo que le causa asombro al creyente no es la increencia del prójimo sino su propia fe, porque sabe que es puro don de Dios. Nada más contradictorio con ella que despreciar o acusar a quien no la tiene: esto revelaría que quien lo hace no sabe lo que es el admirable don de creer; que ha confundido lo que es gracia con lo que es un vulgar producto que se compra, una idea que se fabrica o una mera herencia que se recibe.
Cuando las cosas sagradas de la vida humana son tratadas mal y maltratadas, terminan volviéndose contra el hombre y degradándole. La trivialización maligna conduce al olvido de lo esencial, a la pérdida del respeto a lo sagrado, al encubrimiento de los límites de la vida humana, a la anulación de la diferencia entre el bien y el mal. ¡Mortal es ya el hecho histórico de que creyentes e increyentes se lancen la palabra «Dios» a la cara cuando tenía que ser pronunciada por los creyentes con veneración y asombro, mientras que los no creyentes deberían respetarla por ser sagrada a sus semejantes! Cuando esa realidad que debería aparecer como alma vivificadora para todos, se convierte en arma de acoso, entonces algo esencial se ha pervertido en la convivencia. ¡Y todos los que colaboremos a esa pugna seremos culpables de lesa divinidad y de lesa humanidad!
Kierkegaard decía que al hombre que encuentra a Dios en su vida, le ocurre como al beduino en el desierto que, cavando dentro de su tienda, descubre una fuente. De ella recoge el agua y se la ofrece a su prójimo para saciar la sed: nunca se la arroja contra el rostro. Cada hombre tiene que cavar en la tienda de su propia interioridad para allí encontrar a Dios. El creyente le ofrecerá a su prójimo como agua viva. El no creyente no debe equivocarse: la realidad de Dios es una gracia posible también para él y no depende de cómo sean los propios creyentes. Cada uno somos un absoluto ante Dios y ante Él tenemos que responder con el nombre con el que previamente Él nos llama a cada uno. Dios es el primer bien común de la humanidad. Porque Él es uno creándonos, somos nosotros unos como hombres. Su paternidad creadora es el fundamento de nuestra fraternidad indestructible.
A la luz de lo anterior el lector se preguntará: ¿son los autobuses públicos lugar apto para el uso acusativo o defensivo del santo nombre de Dios? (No pregunto si es legítimo en pura lógica de mercado sino si es fermento de concordia o de discordia en una democracia humana). No parece. Las empresas públicas, ¿pueden prestarse a tales usos ideológicos, que siempre terminan ofendiendo a unos o a otros? No parece. Esta campaña nació en Inglaterra como reacción contra una presentación que hace a Dios fuente de miedo y amenaza al hombre con la condenación eterna. Y tenía razón en rebelarse contra ella y contra tal uso fatídico e inhumano de Dios, porque Él es la fuente primera de la vida y la raíz última de la felicidad. Dios es gratuito como lo son el amor y la luz, la belleza y las flores.
No puede ser utilizado como palanca que sirva de acelerador ni de freno para fines materiales de este mundo. Él es de otro orden: la luz que nos alumbra para que existamos en libertad; la lumbre que alumbra para que en gozosa responsabilidad crezcamos. No se puede hablar de Dios en vano, en falso, en profano. El creyente no hablará así nunca de Él.

miércoles, 7 de enero de 2009

LAICIDAD: PARA ENTENDER BIEN DE QUÉ SE HABLA.


142/08: Laicidad: para entender bien de qué se habla

La laicidad positiva

Resulta difícil negar que todos los ciudadanos, creyentes e increyentes, habitan un mismo territorio social, sobre el que poseen idénticos títulos de propiedad y responsabilidades, y donde todos pueden proponer su visión del mundo y del hombre desde los presupuestos que estimen oportunos, religiosos o no.

No obstante, el laicismo excluyente de lo religioso o 'laicidad negativa' tan celebrada por algunos, no ve las cosas del mismo modo. De manera unilateral reclama la propiedad del terreno público a favor de la increencia, como un espacio religiosamente vacío confundido con la no confesionalidad del Estado.

Se dirá que no deben manifestarse convicciones particulares en ese espacio, porque es público; pero esa misma razón impide que la increencia particular de unos ocupe el terreno de todos, incluso con celosos vigilantes que desde las atalayas mediáticas denuncien a quienes no sigan las reglas del juego, establecidas naturalmente por la increencia.

Juzgue el lector si es eso lo que sucede cuando se miran con recelo las convicciones religiosas de algunos altos funcionarios; o cuando, con frecuencia, un Estado confisca el terreno social de los ciudadanos, declarándolo propiedad suya ('estatal'), y acaba por excluir de él a quienes porten un crucifijo, el hiyab o una kipá en la cabeza, mientras que pueden mostrar con libertad un logo político o deportivo, un tatuaje o un piercing. Hay, pues, razones para observar con interés los nuevos aires que levanta el presidente Nicolás Sarkozy para revisar viejos prejuicios.

En su discurso de bienvenida a Benedicto XVI en París, con motivo de su reciente visita a Francia, el mandatario francés reiteró su conocida idea de laicidad positiva. A mi entender, consiste en algo distinto de lo que vemos por estos pagos, donde suele presentarse el tema de la laicidad en clave de confrontación entre instituciones (Iglesia/Estado) y sus representantes (obispos/gobierno): aquí se hablará negativamente de la financiación de las comunidades religiosas como si ella nada tuviera que ver con las opciones de ciudadanos-miembros de esas comunidades; o se ignora de intento que las cuestiones relativas a la educación (religiosa o no) de los hijos tienen que ver con decisiones de los ciudadanos- padres, y no con un presunto conflicto sumamente ambiguo entre 'derechos' del Estado y 'privilegios' de la Iglesia.

A toda costa se evita plantear el tema religioso en sus propios términos, como cuestión que afecta primeramente a la relación del Estado con sus ciudadanos. En ese contexto parece relevante la propuesta sarkozyana de laicidad positiva, en cuanto supone reconocer a los verdaderos protagonistas del hecho religioso. En breve, la laicidad positiva acepta la religión como un hecho más entre los que existen socialmente por estricta decisión de los ciudadanos, no del Estado.

Pongamos un sencillo ejemplo. Entre los ciudadanos de un país, unos son aficionados al deporte y otros, a la música o al teatro, o a ninguna de esas u otras actividades. Si esas preferencias adquieren amplias dimensiones estamos ante hechos sociales más o menos relevantes. Naturalmente tales actividades no se declaran oficialmente obligatorias para nadie. No obstante, el Estado atiende las demandas de unos y de otros en la proporción que represente cada una. El Estado no se vincula oficialmente a alguna de esas preferencias de los ciudadanos, no por indiferencia hacia ellas, sino precisamente para atender equitativamente a todas. Todavía más, el Estado promueve esas actividades deportivas o culturales, ya que se entiende que ofrecen aspectos positivos para la salud de los ciudadanos, para su enriquecimiento intelectual o para el simple descanso y deleite.

Consideremos el hecho religioso, al menos, como uno más entre esos hechos sociales. Los ciudadanos, en efecto, profesan una religión u otra, o ninguna, en proporciones con frecuencia muy diversas. Un Estado no confesional o laico (que no laicista) respeta las creencias de unos y la no creencia de otros: por eso, no declara la religión de muchos obligatoria para todos; y tampoco impone a la entera sociedad la no-religión de algunos.

Además, el Estado considera la religión como elemento positivo para gran parte de los ciudadanos, cuando menos en la misma medida que valora sus opciones culturales y artísticas, o sus aficiones deportivas. De manera que, sin imponer nada a nadie, se reconoce la relevancia de la religión en la misma medida al menos que se reconoce la relevancia de otros hechos sociales.

Así las cosas, lo que a menudo se confunde con confesionalismo es, en realidad, la expresión social del hecho religioso, tan pacíficamente admisible como cualquier otra manifestación social. El Estado es no confesional, pero los ciudadanos lo son: confesionales de la creencia o confesionales de la increencia, si vale la expresión. Ahora bien, esta actitud abierta se basa en un presupuesto anterior a la cuestión religiosa: la convicción de que el espacio público no es propiedad del Estado, ni de las diversas Administraciones, ni de las organizaciones políticas, sino de los ciudadanos; convicción ésta que lamentablemente no es moneda común en una sociedad que con frecuencia asiste impasible a la ocupación del espacio que le pertenece, sea en materia religiosa o en otros ámbitos.

Recientemente me referían la negativa de la autoridad a ceder el uso transitorio de un local municipal por tratarse de una actividad religiosa; pero más preocupante es la pasividad con que unos ciudadanos que pagan puntualmente sus impuestos asisten a su desalojo del territorio común. Se comprende así que el presidente francés considere su propuesta de laicidad positiva como una invitación al diálogo y al respeto en materia religiosa; pero constituye también, de manera previa, una invitación a alcanzar una conciencia más lúcida del protagonismo de los ciudadanos a los que deben servir sin prejuicios sus representantes oficiales.

José Ramón Villar

Decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra

Publicado en: El Correo-País Vasco, 2 de noviembre de 2008

martes, 30 de diciembre de 2008

LA RELIGION ¿INVISIBLE?


La religión, ¿invisible?
OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL Sábado, 27-12-08 ABC


En 1967 se publicaba en alemán y en 1973 se traducía al español el libro del sociólogo T. Luckman, La religión invisible. En él se analizaba el lugar de la religión en la sociedad industrializada y pluralista. Se preveía una retirada de la religión del ámbito público a la esfera privada, de una función oficialmente estructuradora a otra sólo inspiradora, de su dimensión institucional a una vigencia estrictamente individual. Eran los años en que el marxismo difuso en toda Europa otorgaba a la economía y a la política la condición de fuerzas sustentadoras de la sociedad, haciendo de todo lo demás (ética, religión, derecho...) puras funciones derivadas de aquellas. Desde ahí se preveía la desaparición de la religión del horizonte público en los próximos años. Más recientemente en Francia M.Gauchet y L. Ferry han pronosticado la salida de la religión de los entramados sociales para convertirse en mero fermento de sentido para la vida privada, en su libro: Lo religioso después de la religión (2004).
¿Cuál es el resultado de tales pronósticos? Parecía en aquellos días que la secularización de la sociedad, de las instituciones y de las conciencias era irreversible, que conquistaría el terreno en un proceso, que nada podría detener. Tal pronóstico sólo parcialmente se ha cumplido. La caída del marxismo, la afirmación beligerante del islam, los movimientos carismáticos de tan distinta índole existentes en el mundo, las diversas teologías de la liberación que inciden sobre la religiosidad popular y sus elementos emocionales, la inexistencia en nuestro horizonte de grandes proyectos éticos de sentido, esperanza y justicia: todo ello ha quebrado la credibilidad de aquellas propuestas secularizadoras. Hoy las dos potencias más inspiradoras de lo humano son las culturas y las religiones.
La situación resultante es una escisión en dos posturas extremas: la que sigue pretendiendo que la religión sea la clave primera y suprema de estructuración de la sociedad y la que se empeña en recluir la religión y reducir los grupos religiosos al puro ámbito individual, convirtiéndolos así en sectas. Entre las teocracias de muy distinto signo y las sectas hay que situar la religión en las sociedades modernas. Estas deben ofrecer espacios públicos abiertos a todos los que, respetando el recto ordenamiento jurídico, el bien común y el orden público, aportan sus valores e ideales a la vida común. El Estado no tiene autoridad para prohibir, imponer o privilegiar a unos grupos sobre otros. El criterio para apoyarlos será su respeto a los derechos humanos junto con los ideales, valores y derechos configuradores de nuestra historia (que no puede ser trasmutada por real gana o arbitraria decisión de un gobierno), su presencia real en la sociedad, su cooperación tanto al fortalecimiento de las instituciones como a la superación de las necesidades, y la realidad numérica de unos y otros grupos. El Estado no puede emitir juicios sobre los contenidos específicos de cada uno de esos grupos. La categoría primera es la libertad de los ciudadanos, y desde ella unos configurarán su identidad desde la religión y otros desde la increencia. El espacio público no es de ninguno de ellos: ambos están igualmente legitimados a expresarse dentro de él y a configurarlo según sus convicciones forjadas en libertad.
La religión es una forma de ejercitación en libertad y por tanto afecta a todas las dimensiones de la persona, que es interior y exterior, privada y pública, individual y comunitaria. Justamente porque se refiere a Dios, absoluto y trascendente, es principio de sentido para todo, pero no sustituye a nada ni hace innecesaria la ejercitación de todas las demás potencias, instancias y ejercitaciones mediante las cuales se articula la vida social, intelectual, moral y política. Dios es para el hombre en un sentido todo, en cuanto principio de nuestro ser, sentido de nuestra existencia y dinamismo de nuestro futuro. El funda, inspira y sostiene todos los dinamismos de nuestra vida, pero no sustituye a ninguno de ellos en el orden material e histórico. El nos entrega el mundo como materia de nuestra libertad; y en el ejercicio de esta consiste nuestra dignidad de seres creados a imagen y semejanza de Dios.
El catolicismo se encuentra ante una historia nueva, que no puede ser ni la repetición de la historia anterior ni el tránsito a la privaticidad o al sectarismo. Una sociedad sin referencias últimas, en mero individualismo y en despreocupación por los grandes valores comunes, está condenada a la anomia y a la desesperación. «La liberación de la conciencia humana de las constricciones, que la estructura social sacralizada ejercía, representa una ocasión sin precedentes históricos porque puede afirmarse para todos la autonomía de la vida individual. Pero contiene un serio peligro: el de causar un retirarse en masa hacia la esfera privada mientras ´arde Roma´» (T.Luckmann). Una sociedad sin el cultivo de proyectos éticos, de la memoria histórica, de las raíces éticas y de los signos religiosos que han nutrido la trayectoria anterior, sucumbirá a la desmoralización y a la violencia.
El cristianismo es religión de trascendencia a la vez que de encarnación. Dios es real y se ha manifestado en la historia; a su reconocimiento abren la fe y un trascenderse del hombre más allá de la inmediatez de las cosas. Por ello Dios, Cristo y la Iglesia nunca podrán ser visibles como lo son la torre Eiffel, la Cibeles o el mar Mediterráneo. Son tan reales para el creyente como lo son la justicia para el hombre bueno, la belleza para quien tiene sentido estético, la música para quien no es sordo o la pintura para quien tiene ojos iluminados. El cristianismo es a la vez religión de encarnación, y en ese sentido es visible, perceptible y verificable. Surge de la acción, de la palabra, de las huellas y signos de Dios en Cristo; no es sólo religión de la conciencia o de la palabra sino también de la historia y de la carne. Dios es real para el hombre que es carne y tiempo, porque él se hizo carne y tiempo. Eso es lo que los cristianos confiesan y de eso es signo la Navidad. Los poetas fueron los más lúcidos adivinos de esa necesidad del hombre: ver a Dios con los propios ojos. «Dios visible es mi alimento» (L. Rosales). R. Browning, en su poema Saúl escribía: «Esta es la debilidad en la fortaleza por la que yo grito, mi carne, que yo busco / en la Divinidad. En ella la busco y la encuentro. Saúl, vendrá / una Faz igual a la mía que te recibirá: un Hombre igual que yo/ que tu podrás amar y por el que serás amado para siempre».
La religión es el grito y susurro, nunca agotados en la historia de la humanidad, que rompen la soledad y las cerraduras del mundo. El cristianismo es la confesión de un mundo abierto a la esperanza porque previamente el Creador se nos ha abierto a nosotros, creándonos ojos nuevos para reconocerle Encarnado. Hacer silencio sobre esa historia de gracia y recluirnos en nuestros límites mortales es cercenar la mejor posibilidad humana: ver al Invisible, extendernos hasta el Infinito, vivir de una esperanza última que se revela matriz fecunda de esperanzas, creaciones y credenciales temporales. Los cristianos no pueden sucumbir ni a la provocación ni al silencio.
Al Dios que se nos ha hecho visible en la encarnación, los creyentes le trasparentan visible mediante actos explícitamente confesantes en sus celebraciones e instituciones propias, mediante las expresiones públicas y mediante el testimonio personal. A través de esas tres formas le hacen perceptible, inteligible y creíble. No le podemos callar, ocultar ni trasmutar, porque Dios es mucho más que ética o cultura; y no es reducible a ellas. Cada una de esas visibilizaciones de Dios tiene su lugar, lenguaje y signos apropiados, que no son intercambiables. Discernir y ejercitar los signos propios de esa visibilidad, haciendo justicia a la confesión cristiana a la vez que al ordenamiento jurídico y a la realidad social es un doble imperativo: tanto del cristiano y de la Iglesia para ejercitarlo como del Estado para reconocerlo. Con asombro y ternura estuvo Dios entre los hombres: con asombro y ternura podemos estar los hombres ante Dios. Ese es el último fundamento de la gloria y alegría de los mortales.