Tu tienes el reloj, yo tengo el tiempo
Entrevista a Moussa Ag Assarid
- No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...! Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.
- ¡Qué turbante tan hermoso...!
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.
- Es de un azul bellísimo...
- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...
- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.
- ¿Por qué?
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
- ¿Quiénes son los tuareg?
- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
- ¿Cuántos son?
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.
- ¿A qué se dedican?
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...
- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo.. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
- ¿Sí? No parece muy estimulante...
- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
- Saber eso es valioso, sin duda...
- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
- Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...
- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...
- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar.
- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...
- ¿Tanto como eso?
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
- ¿Qué pasó con su familia?
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...
- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila.. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...
- Y lo logró.
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
- ¡Un tuareg en la universidad. ..!
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.
- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...
- Fascinante, desde luego...
- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...
- Qué paz...
- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.
Autor: Víctor M. Amela- Fecha: 2009-09-24
jueves, 24 de septiembre de 2009
EL CESTO PODRIDO.
Sep 09 13
El cesto podrido
Por Iñaki Unzueta, profesor de Socilogía de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 13/09/09):
En un informe de Naciones Unidas sobre la matanza de tutsis por sus vecinos los hutus, se calcula que del total del millón de muertos del exterminio más atroz de la Historia, 200.000 fueron mujeres previamente violadas. Cuando los tutsis de Butare comenzaron a ser atacados a machetazos por los hutus, Pauline Nyiramasuhuko -ministra de la Mujer y de la Familia e hija predilecta de la ciudad- les tendió una trampa mortal a sus conciudadanos al conminarles a que se refugiaran en el estadio de la ciudad, con la promesa de que allí obtendrían comida y protección de la Cruz Roja. Una vez concentrados, Pauline ordenó a los milicianos hutus que violaran a las mujeres y ofreció combustible de su propio vehículo para que un grupo de 70 mujeres y niñas fueran quemadas vivas. Un joven hutu que participó en el asalto al estadio confesaba que no podía violar más porque «habíamos estado matando todo el día y estábamos muy cansados. Nos limitamos a meter la gasolina en botellas y la esparcimos por las mujeres; después, les prendimos fuego».
El pasado siglo XX fue el más sanguinario de la Historia. En 1915 los turcos dieron comienzo a la matanza de un millón y medio de armenios. Posteriormente, los nazis exterminaron a seis millones de judíos, tres millones de soviéticos y varios millones de polacos y gitanos. Los japoneses mataron a 350.000 chinos; y los soviéticos -Stalin- y los chinos -Mao Zedong-, respectivamente, a veinte y treinta millones de sus propios conciudadanos. Lo que tienen en común estos actos de barbarie es que en todos fue negada la plena humanidad de las víctimas. Entre los testimonios que el periodista Jean Hatzfeld recogió de los hutus, uno señalaba que, «cuando encontrábamos a un tutsi en los pantanos ya no veíamos a un ser humano, a una persona como nosotros, con sentimientos y pensamientos similares. La cacería era salvaje, los cazadores eran salvajes, las presas eran salvajes: el salvajismo se apoderaba de todo».
Ahora bien, ¿cómo se explican estos actos de barbarie? Una posibilidad es la llamada vía esencialista que establece la radical separación entre el mal y el bien. Según esta explicación, existen personas buenas y malas. Las malas presentan patologías y en ellas está inficionada la pulsión asesina que les lleva a cometer acciones criminales. Son las ‘manzanas podridas’ que existen en todas partes. Sin embargo, esta vía explicativa presenta más de una debilidad, ya que, por ejemplo, la gran mayoría de alemanes que arropó a Hitler eran personas normales sin ningún tipo de tara que les indujera al crimen. Y en Ruanda, hasta que desde el Gobierno no les dijeron a los hutus que los tutsis eran sus enemigos y que había que matarlos, ambas etnias convivían pacíficamente. Así lo recuerda una mujer hutu: «Lo peor de aquella matanza fue matar a mi vecino; solíamos beber juntos y su ganado pastaba en mis tierras: Era como un pariente».
En consecuencia, si en la mayoría de los casos la maldad no es una cualidad intrínseca, significa que depende de causas exógenas que en un momento determinado prenden y desencadenan la barbarie. En ‘Eichmann en Jerusalén’, un estudio sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt hizo un brillante análisis de los crímenes de Adolf Eichmann para llegar a la conclusión de que se trataba de una persona totalmente ordinaria. Y además, señalaba que, «lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrorífica y terriblemente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente (…) comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad».
Rousseau ya había observado que el bien y el mal proceden de la misma fuente, que lo humano y lo inhumano se encuentran inextricablemente enlazados. En la actualidad sabemos que la barbarie no es inhumana y, como dice Romain Gary, «mientras no reconozcamos que la inhumanidad es humana, seguiremos contándonos mentiras piadosas». La terrible enseñanza de todo esto es saber la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano para deslizarse por la pendiente del mal. Por ello, debemos tener conciencia de la importancia que en la conducta tienen los factores situacionales y sistémicos.
En 1971 Philip Zimbardo llevó a cabo un experimento que ahondaba en la vía de análisis iniciada por Hannah Arendt y que tenía por objetivo mostrar las borrosas fronteras entre el bien y el mal. De un total de 75 personas que pasaron diversas pruebas y test psicológicos, fueron elegidos 24 voluntarios divididos en guardianes y prisioneros. En el experimento que iba a durar 15 días, evidentemente los presos pasaban en las celdas todo el día y los guardianes se dividían en turnos de ocho horas. Al cabo de un día los prisioneros se rebelaron y los guardias frenaron la rebelión tomando medidas contra los más peligrosos. En los días siguientes, los abusos, las agresiones y el placer sádico por humillar a los presos se convirtieron en norma. Jóvenes normales sin ninguna patología desempeñaban con crueldad su papel de guardianes contra prisioneros humillados y emocionalmente colapsados.
Zimbardo mostró el poder de las situaciones y los sistemas para convertir a las personas en bondadosas o crueles, creativas o destructivas, compasivas o egoístas, tiranos o héroes. El enfoque situacionista de Zimbardo dejaba al descubierto la vulnerabilidad humana y las flaquezas ante las fuerzas sociales. Zimbardo desafió las nociones básicas de quiénes creemos que somos y lo bien que conocemos a los demás y a nosotros mismos. Una tutsi superviviente ofrecía este escalofriante testimonio: «Antes sabía que un hombre podía matar a otro porque es algo que siempre ha sucedido. Ahora sé que hasta la persona con la que has compartido comida, o con la que has dormido, te puede matar sin problemas. El vecino más cercano te puede matar con los dientes».
Pero Zimbardo también dejaba abierta una puerta a la esperanza, pues siempre hay personas que resisten a las influencias situacionales. En toda situación de barbarie surgen héroes, personas con coraje cívico, sentido de la justicia y trascendencia, que por la libertad y la dignidad luchan contra la opresión. Hannah Arendt hablaba de la ‘banalidad del mal’, de lo terrible y terroríficamente normales que eran los nazis. Zimbardo habla de la ‘banalidad del heroísmo’, de lo absolutamente sencillos y normales que son los héroes. Todas las personas que han sido elevadas a la categoría de héroe insisten en que no hicieron nada extraordinario y que cualquiera hubiera actuado de la misma manera en esa situación. Juan Pablo Urtizberea -el héroe de Irún- dice que no hizo nada especial y que volvería a repetirlo.
Si aplicamos el enfoque conceptual de Zimbardo a la situación del País Vasco, no podríamos despachar la cuestión diciendo que se trata de unas cuantas manzanas podridas. Los terroristas y sus adláteres no son sádicos ni psicópatas asesinos, lo terrorífico es saber que se trata de personas absolutamente normales, pero dispuestas a cometer acciones criminales. El enfoque de Zimbardo lo que nos enseña es que aquí a las manzanas las pudre el cesto, es el cesto lo que está podrido. En consecuencia, la tarea es regenerar el cesto, restaurar los mimbres culturales, políticos y sociales gangrenados. Los procesos de reproducción cultural, integración social y socialización no pueden desarrollarse con normalidad en un contexto podrido.
Desde la perspectiva de Zimbardo comparto el diagnóstico y las medidas implementadas por el Gobierno vasco, pero además, en este nivel sistémico es extraordinariamente importante el papel del llamado nacionalismo democrático por la importancia de la ideología y los valores para crear situaciones y dictar roles y conductas. Por ello, el PNV no puede seguir más con un comportamiento errático, desde las declaraciones de Garaikoetxea cuando era lehendakari en contra de las extradiciones hasta la actual defensa de mecanismos de desconexión moral cuando los dirigentes jeltzales tipifican el terrorismo como expresión de un conflicto político. En el estadio moral y de lucha en que nos encontramos, el PNV ya no puede esconderse más y se le acaba el tiempo. Debe combatir el silencio y la inacción en sus bases y proclamar que con el abertzalismo filoetarra no comparte ni los medios ni los fines ni nada. Pero esta etapa descivilizatoria que vivimos también forja sus héroes. Propongo el siguiente cambio conceptual y simbólico: no hablar ya más de víctimas, sino de héroes del terrorismo.
El cesto podrido
Por Iñaki Unzueta, profesor de Socilogía de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 13/09/09):
En un informe de Naciones Unidas sobre la matanza de tutsis por sus vecinos los hutus, se calcula que del total del millón de muertos del exterminio más atroz de la Historia, 200.000 fueron mujeres previamente violadas. Cuando los tutsis de Butare comenzaron a ser atacados a machetazos por los hutus, Pauline Nyiramasuhuko -ministra de la Mujer y de la Familia e hija predilecta de la ciudad- les tendió una trampa mortal a sus conciudadanos al conminarles a que se refugiaran en el estadio de la ciudad, con la promesa de que allí obtendrían comida y protección de la Cruz Roja. Una vez concentrados, Pauline ordenó a los milicianos hutus que violaran a las mujeres y ofreció combustible de su propio vehículo para que un grupo de 70 mujeres y niñas fueran quemadas vivas. Un joven hutu que participó en el asalto al estadio confesaba que no podía violar más porque «habíamos estado matando todo el día y estábamos muy cansados. Nos limitamos a meter la gasolina en botellas y la esparcimos por las mujeres; después, les prendimos fuego».
El pasado siglo XX fue el más sanguinario de la Historia. En 1915 los turcos dieron comienzo a la matanza de un millón y medio de armenios. Posteriormente, los nazis exterminaron a seis millones de judíos, tres millones de soviéticos y varios millones de polacos y gitanos. Los japoneses mataron a 350.000 chinos; y los soviéticos -Stalin- y los chinos -Mao Zedong-, respectivamente, a veinte y treinta millones de sus propios conciudadanos. Lo que tienen en común estos actos de barbarie es que en todos fue negada la plena humanidad de las víctimas. Entre los testimonios que el periodista Jean Hatzfeld recogió de los hutus, uno señalaba que, «cuando encontrábamos a un tutsi en los pantanos ya no veíamos a un ser humano, a una persona como nosotros, con sentimientos y pensamientos similares. La cacería era salvaje, los cazadores eran salvajes, las presas eran salvajes: el salvajismo se apoderaba de todo».
Ahora bien, ¿cómo se explican estos actos de barbarie? Una posibilidad es la llamada vía esencialista que establece la radical separación entre el mal y el bien. Según esta explicación, existen personas buenas y malas. Las malas presentan patologías y en ellas está inficionada la pulsión asesina que les lleva a cometer acciones criminales. Son las ‘manzanas podridas’ que existen en todas partes. Sin embargo, esta vía explicativa presenta más de una debilidad, ya que, por ejemplo, la gran mayoría de alemanes que arropó a Hitler eran personas normales sin ningún tipo de tara que les indujera al crimen. Y en Ruanda, hasta que desde el Gobierno no les dijeron a los hutus que los tutsis eran sus enemigos y que había que matarlos, ambas etnias convivían pacíficamente. Así lo recuerda una mujer hutu: «Lo peor de aquella matanza fue matar a mi vecino; solíamos beber juntos y su ganado pastaba en mis tierras: Era como un pariente».
En consecuencia, si en la mayoría de los casos la maldad no es una cualidad intrínseca, significa que depende de causas exógenas que en un momento determinado prenden y desencadenan la barbarie. En ‘Eichmann en Jerusalén’, un estudio sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt hizo un brillante análisis de los crímenes de Adolf Eichmann para llegar a la conclusión de que se trataba de una persona totalmente ordinaria. Y además, señalaba que, «lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrorífica y terriblemente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente (…) comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad».
Rousseau ya había observado que el bien y el mal proceden de la misma fuente, que lo humano y lo inhumano se encuentran inextricablemente enlazados. En la actualidad sabemos que la barbarie no es inhumana y, como dice Romain Gary, «mientras no reconozcamos que la inhumanidad es humana, seguiremos contándonos mentiras piadosas». La terrible enseñanza de todo esto es saber la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano para deslizarse por la pendiente del mal. Por ello, debemos tener conciencia de la importancia que en la conducta tienen los factores situacionales y sistémicos.
En 1971 Philip Zimbardo llevó a cabo un experimento que ahondaba en la vía de análisis iniciada por Hannah Arendt y que tenía por objetivo mostrar las borrosas fronteras entre el bien y el mal. De un total de 75 personas que pasaron diversas pruebas y test psicológicos, fueron elegidos 24 voluntarios divididos en guardianes y prisioneros. En el experimento que iba a durar 15 días, evidentemente los presos pasaban en las celdas todo el día y los guardianes se dividían en turnos de ocho horas. Al cabo de un día los prisioneros se rebelaron y los guardias frenaron la rebelión tomando medidas contra los más peligrosos. En los días siguientes, los abusos, las agresiones y el placer sádico por humillar a los presos se convirtieron en norma. Jóvenes normales sin ninguna patología desempeñaban con crueldad su papel de guardianes contra prisioneros humillados y emocionalmente colapsados.
Zimbardo mostró el poder de las situaciones y los sistemas para convertir a las personas en bondadosas o crueles, creativas o destructivas, compasivas o egoístas, tiranos o héroes. El enfoque situacionista de Zimbardo dejaba al descubierto la vulnerabilidad humana y las flaquezas ante las fuerzas sociales. Zimbardo desafió las nociones básicas de quiénes creemos que somos y lo bien que conocemos a los demás y a nosotros mismos. Una tutsi superviviente ofrecía este escalofriante testimonio: «Antes sabía que un hombre podía matar a otro porque es algo que siempre ha sucedido. Ahora sé que hasta la persona con la que has compartido comida, o con la que has dormido, te puede matar sin problemas. El vecino más cercano te puede matar con los dientes».
Pero Zimbardo también dejaba abierta una puerta a la esperanza, pues siempre hay personas que resisten a las influencias situacionales. En toda situación de barbarie surgen héroes, personas con coraje cívico, sentido de la justicia y trascendencia, que por la libertad y la dignidad luchan contra la opresión. Hannah Arendt hablaba de la ‘banalidad del mal’, de lo terrible y terroríficamente normales que eran los nazis. Zimbardo habla de la ‘banalidad del heroísmo’, de lo absolutamente sencillos y normales que son los héroes. Todas las personas que han sido elevadas a la categoría de héroe insisten en que no hicieron nada extraordinario y que cualquiera hubiera actuado de la misma manera en esa situación. Juan Pablo Urtizberea -el héroe de Irún- dice que no hizo nada especial y que volvería a repetirlo.
Si aplicamos el enfoque conceptual de Zimbardo a la situación del País Vasco, no podríamos despachar la cuestión diciendo que se trata de unas cuantas manzanas podridas. Los terroristas y sus adláteres no son sádicos ni psicópatas asesinos, lo terrorífico es saber que se trata de personas absolutamente normales, pero dispuestas a cometer acciones criminales. El enfoque de Zimbardo lo que nos enseña es que aquí a las manzanas las pudre el cesto, es el cesto lo que está podrido. En consecuencia, la tarea es regenerar el cesto, restaurar los mimbres culturales, políticos y sociales gangrenados. Los procesos de reproducción cultural, integración social y socialización no pueden desarrollarse con normalidad en un contexto podrido.
Desde la perspectiva de Zimbardo comparto el diagnóstico y las medidas implementadas por el Gobierno vasco, pero además, en este nivel sistémico es extraordinariamente importante el papel del llamado nacionalismo democrático por la importancia de la ideología y los valores para crear situaciones y dictar roles y conductas. Por ello, el PNV no puede seguir más con un comportamiento errático, desde las declaraciones de Garaikoetxea cuando era lehendakari en contra de las extradiciones hasta la actual defensa de mecanismos de desconexión moral cuando los dirigentes jeltzales tipifican el terrorismo como expresión de un conflicto político. En el estadio moral y de lucha en que nos encontramos, el PNV ya no puede esconderse más y se le acaba el tiempo. Debe combatir el silencio y la inacción en sus bases y proclamar que con el abertzalismo filoetarra no comparte ni los medios ni los fines ni nada. Pero esta etapa descivilizatoria que vivimos también forja sus héroes. Propongo el siguiente cambio conceptual y simbólico: no hablar ya más de víctimas, sino de héroes del terrorismo.
LA FAMILIA COMO ESTRUCTURA DE ACOGIDA.
www.forumlibertas.com/La Firma
14/09/2009
Francesc Torralba Roselló
La familia como estructura de acogida
La mentalidad actual genera un inmenso número de personas frustradas y desengañadas que se sienten excluidas de la sociedad
La sociedad actual ensalza al fuerte, al que triunfa. No hay espacio ni protección para el débil. La publicidad empuja a una carrera cada vez más competitiva en el que sólo tienen éxito un número reducido de individuos, relegando al olvido a los que también han corrido pero no han llegado primeros. Esta mentalidad genera un inmenso número de personas frustradas y desengañadas que se sienten excluidas de la sociedad. Otras, para seguir siendo reconocidas, tienen que luchar a muerte.
La enseñanza en las escuelas responde a la pedagogía del éxito y del mayor rendimiento académico, que es la que se impone en el discurso oficial y social, y a la que lleva la pedagogía dominante. ¿Qué sucede con los que no triunfan, con los que no tienen el éxito que de ellos se esperaba, con los fracasados?
La experiencia de que el ser humano es un ser vulnerable puede ayudar a ver de un modo muy distinto a los demás, de situarse ante los demás no desde la prepotencia y el dominio, sino en una actitud de acogida. Permite ver la debilidad del otro que se esconde tras la máscara de la fortaleza. Resulta esencial educar el sentido de la vulnerabilidad y la capacidad de asumir los propios límites y los de los otros.
En esta tarea, la familia, como unidad básica de la sociedad, juega un papel muy relevante en una sociedad tan árida como la nuestra, puesto que se puede definir, más allá de toda interpretación, como una estructura de acogida. Para el hijo, en su familia, la acogida significa sentirse y saberse aceptado y querido, protegido y seguro por el amor y el cuidado de sus padres.
El valor máximo en la familia es la incondicionalidad. Se acepta al hijo sin condiciones, tenga o no tenga éxito, sea o no sea inteligente. No se le acepta por sus rasgos, sino por el mero hecho de ser persona. Decir que la familia es una estructura de acogida significa que da apoyo, confianza y ternura; significa sentir de cerca la presencia de los padres que se hace acompañamiento, orientación y guía. Ese impulso inicial de acogida infunde una confianza en el vínculo humano que ningún acontecimiento futuro puede borrar.
La vulnerabilidad es el rasgo de la condición humana que es necesario resaltar. Contra la apología del fuerte e individualista, se debe destacar el valor de la acogida y de la responsabilidad frente al dolor del otro. La experiencia de ser vulnerable, necesitado, abre la puerta a la presencia de otro en mi vida, a la irrupción del otro en mi experiencia vital. Eliminar al sujeto vulnerable, por el mero hecho de ser vulnerable, es una forma de perversidad moral. Al sujeto vulnerable se le debe, ante todo, acoger y ofrecer una comunidad cálida.
La familia es el espacio privilegiado en el que cada persona es reconocida y valorada por lo que es. Sólo el ser vulnerable genera en nosotros la obligación de responder incondicionalmente. Sólo del ser vulnerable podemos esperar la llamada exigente de acogerlo, sin haberlo querido ni escogido. Esta experiencia genuinamente moral de atención y de cuidado del otro va a poner las bases para una vida moral que facilite el ponerse en el lugar del otro, el desarrollo de la capacidad de escucha, acogida y atención al otro y la capacidad de analizar la condiciones históricas en las que la relación moral con el otro se están produciendo.
14/09/2009
Francesc Torralba Roselló
La familia como estructura de acogida
La mentalidad actual genera un inmenso número de personas frustradas y desengañadas que se sienten excluidas de la sociedad
La sociedad actual ensalza al fuerte, al que triunfa. No hay espacio ni protección para el débil. La publicidad empuja a una carrera cada vez más competitiva en el que sólo tienen éxito un número reducido de individuos, relegando al olvido a los que también han corrido pero no han llegado primeros. Esta mentalidad genera un inmenso número de personas frustradas y desengañadas que se sienten excluidas de la sociedad. Otras, para seguir siendo reconocidas, tienen que luchar a muerte.
La enseñanza en las escuelas responde a la pedagogía del éxito y del mayor rendimiento académico, que es la que se impone en el discurso oficial y social, y a la que lleva la pedagogía dominante. ¿Qué sucede con los que no triunfan, con los que no tienen el éxito que de ellos se esperaba, con los fracasados?
La experiencia de que el ser humano es un ser vulnerable puede ayudar a ver de un modo muy distinto a los demás, de situarse ante los demás no desde la prepotencia y el dominio, sino en una actitud de acogida. Permite ver la debilidad del otro que se esconde tras la máscara de la fortaleza. Resulta esencial educar el sentido de la vulnerabilidad y la capacidad de asumir los propios límites y los de los otros.
En esta tarea, la familia, como unidad básica de la sociedad, juega un papel muy relevante en una sociedad tan árida como la nuestra, puesto que se puede definir, más allá de toda interpretación, como una estructura de acogida. Para el hijo, en su familia, la acogida significa sentirse y saberse aceptado y querido, protegido y seguro por el amor y el cuidado de sus padres.
El valor máximo en la familia es la incondicionalidad. Se acepta al hijo sin condiciones, tenga o no tenga éxito, sea o no sea inteligente. No se le acepta por sus rasgos, sino por el mero hecho de ser persona. Decir que la familia es una estructura de acogida significa que da apoyo, confianza y ternura; significa sentir de cerca la presencia de los padres que se hace acompañamiento, orientación y guía. Ese impulso inicial de acogida infunde una confianza en el vínculo humano que ningún acontecimiento futuro puede borrar.
La vulnerabilidad es el rasgo de la condición humana que es necesario resaltar. Contra la apología del fuerte e individualista, se debe destacar el valor de la acogida y de la responsabilidad frente al dolor del otro. La experiencia de ser vulnerable, necesitado, abre la puerta a la presencia de otro en mi vida, a la irrupción del otro en mi experiencia vital. Eliminar al sujeto vulnerable, por el mero hecho de ser vulnerable, es una forma de perversidad moral. Al sujeto vulnerable se le debe, ante todo, acoger y ofrecer una comunidad cálida.
La familia es el espacio privilegiado en el que cada persona es reconocida y valorada por lo que es. Sólo el ser vulnerable genera en nosotros la obligación de responder incondicionalmente. Sólo del ser vulnerable podemos esperar la llamada exigente de acogerlo, sin haberlo querido ni escogido. Esta experiencia genuinamente moral de atención y de cuidado del otro va a poner las bases para una vida moral que facilite el ponerse en el lugar del otro, el desarrollo de la capacidad de escucha, acogida y atención al otro y la capacidad de analizar la condiciones históricas en las que la relación moral con el otro se están produciendo.
martes, 8 de septiembre de 2009
¿QUÉ HACER?
«PENSAR CON RIGOR Y CORAJE CÍVICO» (Alejandro Llano) Fecha de publicación: 02/09/2009
¿Qué hacer?
Alejandro Llano
Gaceta.es
Pocas actitudes están peor vistas que el pesimismo. Los agoreros, profetas de desgracias, son siempre mal recibidos. Se da por supuesto que hay una especie de avance mecánico hacia logros inéditos. Por eso mismo, lo que menos se perdona a los pesimistas es que el paso del tiempo les dé la razón. Y esto es lo que está sucediendo en la España actual. Una vez comprobado que se han quedado cortos, se les reprocha la ausencia de soluciones positivas en sus apreciaciones de la realidad social. Tienen una carga: la tarea de avizorar el futuro se añade al diagnóstico certero del presente.
El gesto de hurtar la mirada hacia lo que anda mal y la incapacidad de ofrecer salidas para la crisis proceden de una miopía común. La falta de radicalidad, la tibieza en el pensamiento y en la acción, provienen quizá de la exigencia de consenso propio de la transición. Aquello estuvo muy bien, pero no es el temple que hoy se requiere.
Las carencias de nuestra clase política no son la causa de que la España actual esté ayuna de proyectos: es otro de los efectos de un modo de pensar superficial y conformista. A la pregunta “¿qué hacer?” es preciso responder, en primer lugar, lo siguiente: “Pensar con rigor y coraje cívico”. Pero, de inmediato, es necesario interrogarse por los ámbitos en los que resulta posible acometer esta urgente tarea.
La universidad es una muestra característica de la implosión que han sufrido algunas instituciones que, a mediados del siglo pasado, se presentaban como más prometedoras. La enseñanza superior se ha visto drásticamente pragmatizada, se sigue utilizando para finalidades que no le competen, y carece del dinamismo interno que necesitaría para recuperar una capacidad investigadora y formativa que no sea puramente utilitaria.
La fuerza innovadora que necesitamos ha de proceder actualmente de grupos y comunidades culturales que se sitúen en una instancia postuniversitaria. Si tuviéramos que aguardar a que los niveles institucionales de educación volvieran a recuperar la orientación y la energía perdidas en las últimas décadas, lo fiaríamos demasiado largo. En cualquier caso, las soluciones no pueden provenir de las agencias estatales. Como recomendaba Ortega, hemos de acostumbrarnos a no esperar del Estado nada bueno, viendo cómo está más bien en el origen de una parte considerable de nuestros males.
El empuje ha de provenir de la sociedad civil y, especialmente, de generaciones que no se hayan desgastado con los roces de la transición política y las hipotecas que ha implicado la consolidación de la democracia. Antes de que una demografía tan decadente como la española nos acabe pasando una factura impagable a medio plazo, la generaciones que se han incorporado recientemente a las tareas directivas de la vida social han de irrumpir con propuestas inconformistas, sin esperar una aprobación que los ya instalados en posiciones de ventaja política y económica probablemente no les van a conceder.
La burocracia y la tecnocracia tienen muy poco que ofrecer, porque proceden con la lógica de no abandonar los supuestos dados. La inteligencia innovadora y libre es la capacidad de salirse fuera de los supuestos. Lo cual no quiere decir que pueda improvisarse. Representa el fruto de una previa formación teórica y práctica muy exigente, detectable hoy en grupos minoritarios de españoles que se encuentran en los inicios de su andadura pública. Les está vetada su deseable incorporación a los partidos políticos, que velan para que nadie perturbe su confortable mediocridad. Si son inconformistas, tampoco encontrarán un lugar al sol de los poderes económicos consolidados. Su impulso ha de ser el propio de una fuerza emergente que no pida permiso para comparecer en el espacio social. No necesitan patronazgo, sino capacidad de acogida, comprensión y generosidad.
Un inicio de propuesta como la que acabo de hacer será probablemente tachada de algo visionaria y en exceso optimista. Constituiría en tal caso una manifestación de que el aparente pesimismo no se debe a un estado emocional enfermizo sino, paradójicamente, a una visión esperanzada de la persona y la sociedad.
Alejandro Llano es catedrático de Metafísica.
¿Qué hacer?
Alejandro Llano
Gaceta.es
Pocas actitudes están peor vistas que el pesimismo. Los agoreros, profetas de desgracias, son siempre mal recibidos. Se da por supuesto que hay una especie de avance mecánico hacia logros inéditos. Por eso mismo, lo que menos se perdona a los pesimistas es que el paso del tiempo les dé la razón. Y esto es lo que está sucediendo en la España actual. Una vez comprobado que se han quedado cortos, se les reprocha la ausencia de soluciones positivas en sus apreciaciones de la realidad social. Tienen una carga: la tarea de avizorar el futuro se añade al diagnóstico certero del presente.
El gesto de hurtar la mirada hacia lo que anda mal y la incapacidad de ofrecer salidas para la crisis proceden de una miopía común. La falta de radicalidad, la tibieza en el pensamiento y en la acción, provienen quizá de la exigencia de consenso propio de la transición. Aquello estuvo muy bien, pero no es el temple que hoy se requiere.
Las carencias de nuestra clase política no son la causa de que la España actual esté ayuna de proyectos: es otro de los efectos de un modo de pensar superficial y conformista. A la pregunta “¿qué hacer?” es preciso responder, en primer lugar, lo siguiente: “Pensar con rigor y coraje cívico”. Pero, de inmediato, es necesario interrogarse por los ámbitos en los que resulta posible acometer esta urgente tarea.
La universidad es una muestra característica de la implosión que han sufrido algunas instituciones que, a mediados del siglo pasado, se presentaban como más prometedoras. La enseñanza superior se ha visto drásticamente pragmatizada, se sigue utilizando para finalidades que no le competen, y carece del dinamismo interno que necesitaría para recuperar una capacidad investigadora y formativa que no sea puramente utilitaria.
La fuerza innovadora que necesitamos ha de proceder actualmente de grupos y comunidades culturales que se sitúen en una instancia postuniversitaria. Si tuviéramos que aguardar a que los niveles institucionales de educación volvieran a recuperar la orientación y la energía perdidas en las últimas décadas, lo fiaríamos demasiado largo. En cualquier caso, las soluciones no pueden provenir de las agencias estatales. Como recomendaba Ortega, hemos de acostumbrarnos a no esperar del Estado nada bueno, viendo cómo está más bien en el origen de una parte considerable de nuestros males.
El empuje ha de provenir de la sociedad civil y, especialmente, de generaciones que no se hayan desgastado con los roces de la transición política y las hipotecas que ha implicado la consolidación de la democracia. Antes de que una demografía tan decadente como la española nos acabe pasando una factura impagable a medio plazo, la generaciones que se han incorporado recientemente a las tareas directivas de la vida social han de irrumpir con propuestas inconformistas, sin esperar una aprobación que los ya instalados en posiciones de ventaja política y económica probablemente no les van a conceder.
La burocracia y la tecnocracia tienen muy poco que ofrecer, porque proceden con la lógica de no abandonar los supuestos dados. La inteligencia innovadora y libre es la capacidad de salirse fuera de los supuestos. Lo cual no quiere decir que pueda improvisarse. Representa el fruto de una previa formación teórica y práctica muy exigente, detectable hoy en grupos minoritarios de españoles que se encuentran en los inicios de su andadura pública. Les está vetada su deseable incorporación a los partidos políticos, que velan para que nadie perturbe su confortable mediocridad. Si son inconformistas, tampoco encontrarán un lugar al sol de los poderes económicos consolidados. Su impulso ha de ser el propio de una fuerza emergente que no pida permiso para comparecer en el espacio social. No necesitan patronazgo, sino capacidad de acogida, comprensión y generosidad.
Un inicio de propuesta como la que acabo de hacer será probablemente tachada de algo visionaria y en exceso optimista. Constituiría en tal caso una manifestación de que el aparente pesimismo no se debe a un estado emocional enfermizo sino, paradójicamente, a una visión esperanzada de la persona y la sociedad.
Alejandro Llano es catedrático de Metafísica.
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