sábado, 25 de septiembre de 2010

REDES SOCIALES PERVERSAS

Redes sociales perversas

Fuente: eclesiadigital.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Por Agustín DOMINGO MORATALLA
Para el jueves 23 de septiembre de 2010, en LAS PROVINCIAS. GRUPO VOCENTO


Las redes sociales se han convertido en una herramienta de comunicación incuestionable. En la transformación de la sociedad a la que estamos asistiendo, el papel de herramientas de comunicación como Facebook, Tuenti o Twitter será cada vez mayor. Tanto es así que ingenieros de telecomunicaciones como Adolfo Montalvo nos advierten que la identidad personal y los procesos de identificación educativa ya están condicionados por la identidad digital móvil.

Los lectores que ignoren este tipo de redes recordarán que toda red está hecha para atrapar o capturar algo. Por eso es habitual que ante estos fenómenos tan novedosos haya dos actitudes claramente definidas. Por un lado los apocalípticos que advierten de la perversidad y maldad de estos artefactos demoníacos. Estos usuarios tienen claro no sólo que no quieren estar sino que se niegan a que los capturen y los atrapen. No sólo no te aceptan como amigo sino que se niegan a tener cuenta en cualquiera de las redes. Ya los atraparon las compañías de telefonía y sólo faltaba que los atraparan en el río revuelto de las redes.

Por otro lado estarían los integrados, más dóciles al uso de estas tecnologías porque descubren posibilidades inexploradas de comunicación. Estos usuarios no creen que las redes sean, en sí mismas, buenas o malas, las verían como herramientas útiles para encontrar a un amigo, tener noticias permanentes de sus actividades, fortalecer los vínculos que se crearon y no debieron perderse nunca.

Estos últimos conceden importancia a la identidad digital y creen que nadie se salvará del universo digital. Por eso consideran importante tomar la iniciativa y depositar en la red una información selectiva, de esta forma no serán los otros quienes se la construyan. Esta identidad digital será la fuente de muchos problemas educativos, sociales y jurídicos porque las nuevas generaciones ya nacen casi con el pulgar deformado para clickear y navegar. Ya lo están siendo en el campo político porque los profesionales de las batallas electorales han descubierto que aquí se juegan el futuro. La batalla no ha hecho más que comenzar y el mal uso de estas herramientas es una realidad. Como todo buen marinero sabe, hay artes de pesca tan despreciables en el mundo real como en el virtual.

jueves, 29 de octubre de 2009

HYPATIA DE ALEJANDRÍA: ENTRE LA LEYENDA Y LA REALIDAD.

Hypatia de Alejandría: entre la leyenda y la realidad

Andrés Martínez Esteban
Facultad de Teología San Dámaso


FUENTE: analisisdigital

I Parte: La leyenda.

La película de Alejandro Amenábar, Ágora, ha sacado de nuevo a la luz un personaje, Hypatia de Alejandría, que a lo largo de la historia ha sido objeto de interpretaciones controvertidas.

No es fácil conocer quién fue esta filósofa que nació en la segunda mitad del siglo IV y murió, de forma dramática, a principios del siglo V. Las fuentes que nos han llegado son pocas y no siempre libres de interpretaciones subjetivas que han dado lugar a una leyenda en torno a Hypatia.

En los últimos años, quien mejor ha sabido explicar la oscura historia de esta filósofa y los hechos que provocaron su muerte ha sido la profesora de Historia Antigua de la Universidad Jagelónica (Cracovia), Maria Dzielska, en su libro Hypatia of Alexandria, publicado en 1995 y traducido al castellano en el 2004 por la Editorial Siruela. Esta estudiosa ha sabido desentrañar la leyenda sobre Hypatia mediante una exhaustiva crítica de las fuentes, poniendo al descubierto los intereses que se escondían tras la falsificación de la imagen de la filósofa.

En este artículo, dividido en dos partes, vamos a seguir este trabajo para intentar comprender quién fue Hypatia, cuál fue su pensamiento, y los sucesos que rodearon su muerte. En esta primera parte intentaremos descifrar cómo se creó la leyenda sobre la filósofa. Entre paréntesis se citan las páginas del estudio de Maria Dzielska según la traducción española.

El primero en dar noticias sobre Hypatia es Sócrates Escolástico en su Historia Eclesiástica, escrita a mediados del siglo V. Este historiador pondera las virtudes de la filósofa, su sabiduría y popularidad. Habla sobre el asesinato de Hypatia y del grupo que lo cometió, encabezado por un tal Pedro. Sin embargo, no menciona a Cirilo de Alejandría como responsable de estos hechos (p. 32).

Sí lo hace, en cambio, Damascio en su Vida de Isidoro. El asesinato de Hypatia habría sido consecuencia de la ambición personal del Patriarca de Alejandría. Esta versión será ampliamente explotada por aquellos que, siglos más tarde, querrán desprestigiar al cristianismo (p. 33).

Damascio sitúa la muerte de Hypatia en un contexto religioso, ya que presenta al obispo Cirilo como “jefe del partido opuesto”. Esto llevó a algunos historiadores posteriores a interpretar la muerte de la filósofa como una lucha por la defensa de opiniones teológicas diversas. Así, según el arriano Filostorgio, los asesinos de Hypatia habrían sido cristianos del credo niceno; e Hypatia sería una seguidora de Arrio. Otros vinculan su muerte con las disputas entre Cirilo y Nestorio sobre las dos naturalezas de Cristo y la maternidad divina de María. Unos y otros presentan a la filósofa alejandrina como una cristiana heterodoxa (pp. 35-36).

La historia de Hypatia quedaría en el olvido hasta la época moderna. La rescató César Baronio en sus Annales Ecclesiasticis. Aquí dice de ella que “hizo tales progresos en el saber que superó con mucho a todos los filósofos de su tiempo…”, y asocia la muerte de Hypatia a la Iglesia alejandrina (p. 38).

Sin embargo, será en el siglo XVIII, en plena Ilustración, cuando la historia de Hypatia se convierta en una leyenda, cuyo objeto es presentar el cristianismo como una religión intolerante, enemiga de la razón.

El primero en dar este paso fue John Toland. En 1720 escribe una historia sobre la filósofa que, según él, encarnó la belleza y el saber. Quienes asesinaron a Hypatia cometieron un sacrilegio (pp. 15-16). Pero fue Voltaire quien explotó esta leyenda para mostrar la supremacía de la razón frente al cristianismo. Según el filósofo, “Hypatia es asesinada porque cree en los dioses helenos, las leyes de la naturaleza racional y la capacidad de la mente humana liberada de dogmas impuestos” (pp. 16-17).

Esta misma opinión la recoge Edward Gibbon en Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Aquí no sólo atribuye a Cirilo de Alejandría la muerte de Hypatia, sino que utiliza la leyenda de la filósofa para demostrar que al afianzarse el cristianismo, la cultura clásica fue destruida. Contrapone las dos culturas: la antigua y clásica, representada por la razón y la espiritualidad (Hypatia); y la cristiana, dogmática y brutal (Cirilo), (pp. 17-18).

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los estudios adquieren tintes románticos y neohelenísticos. Describen la muerte de la filósofa de forma dramática y acusan a Cirilo como responsable principal (pp. 39-40).

Y en los años ochenta del siglo pasado se presentó una imagen feminista de Hypatia. Su muerte representa la suerte que sufrirían las mujeres durante el cristianismo: la destrucción de la libertad de pensamiento y el sometimiento de la mujer a un papel sumiso a los hombres (p. 31).

Según todas estas corrientes, Hypatia fue una víctima inocente de una religión intolerante y fanática. Aquella que representa “el espíritu de Platón y el cuerpo de Afrodita” fue cruelmente asesinada por unos bárbaros dispuestos a destruir las tradiciones antiguas (pp. 20-22). Así, la filósofa alejandrina se ha convertido en símbolo de la razón y la libertad (p. 113).

Ahora bien, ¿fue realmente así? ¿Quién es Hypatia? ¿Cómo fue su relación con el cristianismo? ¿Cuál fue la causa de su muerte y quién estuvo detrás? ¿Fue una lucha entre fe y razón; ciencia y religión?

II Parte: La realidad.


Terminamos el artículo anterior, sobre la leyenda formada entorno a Hypatia, haciéndonos algunas preguntas: ¿Quién fue Hypatia? ¿Cómo fue su relación con el cristianismo? ¿Cuál fue la causa de su muerte y quién estuvo detrás? ¿Fue una lucha entre fe y razón; ciencia y religión?

Podemos conocer algo sobre la filosofa alejandrina gracias a la correspondencia que uno de sus más fieles discípulos, el obispo Sinesio de Cirene, mantuvo con los miembros de la escuela de Hypatia y con la misma filósofa. En este caso, también ha sido la profesora Maria Dzielska, quien ha estudiado estas cartas para intentar darnos una visión más objetiva sobre los hechos que rodearon la muerte de la filósofa. Como ya hicimos en el artículo anterior, entre paréntesis indico las páginas del libro de la profesora Dzielska, Hipatia de Alejandría, (Ediciones Siruela. Madrid, 42009).

Las cartas de Sinesio nos muestra que alrededor de Hypatia se había formado un grupo de discípulos, una especie de élite intelectual, compuesta, generalmente, por hijos de familias influyentes de Alejandría. Entre estos había cristianos y paganos. Según los datos de la época, no era extraño que algunos paganos asistieran a escuelas cristianas; y que cristianos, incluso aquellos que se preparaban para el sacerdocio, acudieran a escuelas paganas (p. 55).

Como muy bien ha mostrado la profesora Dzielska, Hypatia no era una devota del paganismo. En su escuela no hay referencias a cultos y rituales paganos, sacrificios o magia. Según cuenta Sinesio, en las clases de la filósofa alejandrina se recitaban oraciones y se cantaban himnos sagrados con la intención de mantenerse en presencia de Dios y llegar a la perfección espiritual (p. 77).

¿Qué nos indica esto? En primer lugar que, frente a la leyenda, en Hypatia no podemos encontrar una lucha entre fe y razón, entre culto pagano y culto cristiano. En segundo lugar, Hypatia, fiel seguidora del platonismo tardío, considera la filosofía como un camino hacia Dios.

“Alza lo que hay de divino en tu interior hasta el primogénito divino”, estas palabras del filósofo Plotino, dichas en su lecho de muerte, marcan el camino que sigue el filósofo neoplatónico y la meta hacia la que Hypatia llevará a sus discípulos: “Darse enteramente a las cosas superiores y por completo a la contemplación de la Realidad y del origen de las cosas mortales”. Por este camino, el filosofo alcanzaría la vida verdadera, que está totalmente subordinada a la sabiduría divina, la cual es necesario pedir a Dios (pp. 61-63).

Esto exige al filósofo, y así lo pedía Hypatia a sus discípulos, ser indiferente a las cosas materiales. Una de las consecuencias de esto era llevar una vida virginal. La filósofa alejandrina, en coherencia con su pensamiento, vivirá así hasta su muerte. Con esto quería mostrar “con el ejemplo que el místico logra la libertad humillándose ante Dios y fundiéndose con él, no mediante la satisfacción de sus necesidades naturales” (p. 67).

¿Cuál era la opinión que se tenía de Hypatia en su época? Según las cartas de Sinesio, Hypatia “era estimada por la élite gobernante, bien dispuesta hacia los cristianos, indiferente a los cultos paganos, neutral en las luchas y altercados religiosos…” (pp. 59-60). Entonces, si esto fue así, ¿cuál fue la causa de su muerte?

Entramos así en la cuestión más delicada de la historia de esta filósofa, y en el argumento más recurrente para aquellos que buscan una acusación contra el cristianismo.

Hypatia nace alrededor del 355 d. C., y muere, con 60 años, en el 415. Su actividad académica la desarrolla primero bajo el episcopado de Teófilo de Alejandría. Las fuentes nos dicen que tenía buena relación con él; goza de ‘libertad de pensamiento y enseñanza’ y de la tolerancia de la jerarquía eclesiástica (p. 97).

A Teófilo lo sucede como obispo su sobrino Cirilo, en el año 412. En los primeros años de episcopado, su labor se centrará, no en la lucha contra el paganismo, sino en derrotar a los herejes y judíos. Sin embargo, será un enfrentamiento con el prefecto Orestes, cristiano y seguidor de Hypatia, lo que dará lugar al asesinato de la filósofa. Uno y otro se disputaran el poder sobre Alejandría, lo que provocará que ambos acudan al emperador y busquen apoyos entre los personajes más influyentes de la ciudad. La filósofa y un grupo de notables cristianos se pondrán de parte del prefecto (pp. 97-100).

Así las cosas, algunos partidarios de Cirilo comienzan a propagar acusaciones contra Hypatia. La presentan como una mujer orgullosa; desinteresada por el pueblo y elitista; propagadora de la magia negra. Afirman que es una bruja que “seduce a muchas personas mediante sus artes satánicas” (p. 104).

Estos rumores fueron adquiriendo cada vez más fuerza entre algunos cristianos, lo que les llevó a idear un plan para acabar con la filósofa. Según las fuentes, fue un tal Pedro, posiblemente un clérigo con órdenes menores, quien dirigió al grupo que sacó a Hypatia del carruaje, cuando paseaba por la ciudad, la llevaron a la iglesia del Cesarión y allí la asesinaron (pp. 105-106).

¿Tuvo algo que ver el obispo Cirilo en todo esto? Las fuentes no lo dicen. Cirilo ni es acusado ni es exculpado por lo sucedido. Ahora bien, todo esto ¿fue una lucha del cristianismo contra el paganismo? ¿Una guerra de la religión contra la filosofía? Todos los datos demuestran que no. Como escribe la profesora Dzielska: “Se trata de un asesinato político provocado por conflictos que vienen de antiguo” (p. 116).

Hypatia gozó de las simpatías de paganos y cristianos. Mediante la filosofía ayudó a estos “a alcanzar la integridad espiritual y religiosa” (p. 117). Su muerte no fue el fin de la filosofía platónica, ni de los cultos paganos, que se desarrollaron en Alejandría hasta la invasión árabe, en el siglo VII.

Detrás del asesinato de Hypatia no estuvo la Iglesia. Fue un grupo de cristianos, más de nombre que de hecho, movidos por intereses políticos. Creo que es importante reconocer esto. No significa justificar, pero sí hacer justicia y conocer la verdad.

Al finalizar este artículo, viene a mi memoria el acto celebrado por Juan Pablo II en marzo del año 2000, en la Basílica de San Pedro. El Papa quiso hacer un acto de “purificación de la memoria”. Entonces, Juan Pablo II dijo: “Nunca más contradicciones con la caridad en el servicio de la verdad; nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia; nunca más ofensas contra cualquier pueblo; nunca más recursos a la lógica de la violencia; nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y de los últimos” [En “Desde la fe”: Alfa y Omega 204 (16 marzo 2000)].

jueves, 15 de octubre de 2009

HYPATÍA Y LA PASIÓN POR LA VERDAD.


Hypatía y la pasión por la verdad

Por Jorge Juan Fernández Sangrador, director de la Biblioteca de Autores Cristianos (ABC, 11/10/09):


Sócrates, nacido a finales del siglo IV en Constantinopla, cuenta, en el libro séptimo de su Historia de la Iglesia, lo que le sucedió a la hija de Theon, Hypatía de Alejandría, que, habiendo hecho acopio de gran erudición, superaba con mucho a los filósofos de su tiempo; platónica según la escuela de Plotino, instruía a numerosos estudiantes. Y por su ciencia, autoridad, prestigio y modestia, comparecía en instancias de la administración pública; de ahí el que, a la par que respeto, su proximidad a las autoridades levantara suspicacias. En efecto, la envidia, por un lado, y el hecho, por otro, de verla conversar frecuentemente con Orestes, prefecto imperial, enfrentado con Cirilo, el obispo, dio pie a que se hiciera circular, entre los cristianos, la especie de que era ella la que impedía la reconciliación entre ambos, cosa que Sócrates califica de falsa acusación.

A resultas del bulo, un tal Pedro urdió, junto con un grupo de hombres enardecidos, la conspiración que había de acabar de modo execrable con Hypatía. Arrastrada hasta la iglesia conocida como Kaisarion, despojada de sus ropas, la despedazaron y sus miembros fueron arrojados después al fuego. Según Sócrates, no fue poca la deshonra que esto trajo al patriarca Cirilo y a la iglesia de Alejandría, pues actos así no son propios de cristianos. Mas nunca se pudo probar que Cirilo fuera responsable de aquella muerte horrenda.

Sobre Hypatía han escrito también Damascio, Hesiquio, Suidas y Focio, pero merece la pena leer, sobre todo, lo que Sinesio de Cirene, su discípulo, dice de ella en las afectuosas epístolas que le envía. Entre otras cosas, porque, en una de éstas, se conservan las únicas palabras de Hypatía que han llegado hasta nosotros: «Hubo un tiempo en que yo servía de provecho a mis amigos -escribió él- y tú me llamabas «el bien de los demás» -decía ella-». Espigando entre las antedichas misivas, se puede adivinar el cariño que el obispo de Tolemaida le profesaba: «Aun cuando uno se olvide de los muertos en la mansión de Hades, yo, incluso allí, me acordaré de la querida Hypatía».

De no ser por el modo en que fue asesinada, Hypatía habría pasado discretamente por la historia de la filosofía, pues lo poco que escribió fueron meros comentarios de tratados compuestos por otros: Tolomeo, Apolonio y Diofanto. De igual modo, su padre, Theon, es apreciado en la historia del conocimiento únicamente por lo que ha transmitido y glosado, no por lo que haya aportado de primera mano. Esta falta de originalidad es propia del final de la Escuela de Alejandría, cuyos miembros son calificados por Ferrater Mora de «epígonos» de los grandes maestros de la antigüedad. Por ello, cuando se habla de los «últimos helenos» no hay que interpretarlo en sentido romántico, sino en el de que son los últimos cultores de un modo de entender el helenismo, devotos que se resistían a aceptar que el cristianismo fuese capaz de inyectar savia nueva a paradigmas que periclitaban.

De la vitalidad intelectual de la nueva fe rinden cumplido testimonio los abundantes escritos legados a la posteridad. Un ejemplo de ello, sin ir más lejos, por contemporáneo, es el de Cirilo de Alejandría, cuya producción literaria es amplísima. Diez volúmenes del Migne contienen dieciocho tratados y numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales. Cabe igualmente hacer mención de la turbina intelectual que era la lúcida mente de Orígenes, cuyas especulaciones, en el siglo III, están a disposición de quien se atreva a adentrarse en su ingente obra.

Puede decirse que el ejercicio sistemático de la teología, al menos tal como se entiende hoy, nació en Alejandría. A ello contribuyó, en buena medida, el hecho de que el cristianismo hallara, en el platonismo, la filosofía que habría de surtir de adecuadas categorías a quienes trataban de articular un discurso que, apoyado básicamente en la revelación divina, aspiraba a mostrarse asequible a la razón humana, lo cual no sucedió de la noche a la mañana, pero el iter seguido en Alejandría hasta lograr una bien trabada relación entre sagrada escritura, filosofía y teología, constituye un hito en la historia del pensamiento.

Ahora bien, desconoce el meollo de la actividad intelectual quien piense que el alumbramiento de ideas y nuevos sistemas de interpretación de la realidad acaece de una manera aséptica, equidistante, pacífica y sin tensiones. Y menos en Alejandría. En la Historia Augusta, se tilda, a los habitantes de Egipto, de presuntuosos, irritables, jactanciosos, frívolos, ávidos de novedades, epigramáticos, levantiscos, propensos a la injuria, entre otras cosas. Y los antiguos denostaban también en esos términos a los pobladores de la gran metrópoli, capital por antonomasia de la cultura, Alejandría. La verdad es que daban pie a ello, pues del rifirrafe pasaban a la revuelta ciudadana en un instante; no en vano se acuñó una expresión que definía bien el carácter de aquellas gentes: furor alexandrinus. Y quizás por eso anidó allí, de forma incomparable, la sabiduría, la cual, apasionada como es, había de encontrar una digna morada en sus escuelas, no por estar atenidas a un eclecticismo inopinado, sino precisamente por ser ardorosas.

Las recreaciones artísticas de lo que aconteció en aquella sociedad, a lo largo de su ajetreada historia, suelen dejar insatisfecho a quien las contempla, pues hacen gala innecesariamente de tópicos infundados. Un ejemplo. El año pasado, en Madrid, se exhibieron piezas helenísticas y romanas, que, provenientes del delta del Nilo, habían sido rescatadas del fondo del mar. Los textos de los paneles explicativos eran de este estilo: «El cristianismo acabó con las delicias de Canopo», «bajo la presión de los cristianos», «responsables de la destrucción del Serapeo», «estos fanáticos atacan los lugares de culto», «aldea aletargada alrededor de un convento de monjas».

Ante esas aseveraciones, que se van haciendo cada vez más frecuentes, la Iglesia copta no deja de repetir que ella ha devenido la legítima heredera de la espléndida cultura que floreció tanto en el Egipto faraónico como en el helenístico; es más, que pervive aún gracias a ella; que su lengua es el egipcio antiguo, combinado, en la escritura, con el alfabeto griego; que los términos «copto» y «egipcio» significan lo mismo, pues ambos derivan del griego aigypt(i)os, que es, a su vez, una corrupción fonética del egipcio Hak-ka-Ptah, que es como se denominaba a Menfis: casa o templo del espíritu de Ptah.

Todo ello hace que lectores, espectadores y consumidores de arte vayan adquiriendo mayor destreza en situarse ante lo que ven u oyen, y mantenerse impermeables frente a lo que per viam pulchritudinis intentan transfundirles escritores, cineastas y gestores culturales. Incluida la dramatización actual de la muerte de Hypatía, que, en la historia de la literatura, tiene ya un largo recorrido, siempre problemático por supuestamente provocador. Es de esperar que la actual eclosión del argumento responda al deseo vehemente de hacerle justicia a ella -y, de paso, a Catalina de Alejandría-, y no al de meter el dedo en el ojo de quien no tiene la culpa de lo que sucedió en Alejandría hace casi mil seiscientos años.

LA TELEVISIÓN POSTMODERNA: EL CINISMO A ESCENA

www.forumlibertas.com/La Firma
14/10/2009
Francesc Torralba Roselló

La televisión postmoderna: el cinismo a escena


Una información libre y realmente independiente tendría que ser el más alto sentido de los medios de comunicación en una sociedad democrática

Como indica Pierre Bourdieu, la televisión busca sucesos y, especialmente, busca ocultar mostrando. Esta contradicción resume el poder de la televisión y sus elecciones informativas y periodísticas. El mundo audiovisual pretende ser una radiografía de lo que pasa, pero en el fondo sólo lo es de la realidad televisada. El énfasis de presentar la realidad o bien como suceso o bien como espectáculo, impone un sensacionalismo en la producción del discurso público.
Lo propio de la televisión debería ser formar la opinión pública mediante una información libre y realmente independiente. Éste tendría que ser el más alto sentido de los medios de comunicación de masas en una sociedad democrática. Pero no es así. Los efectos perversos de la comunicación, entendida como negocio o como control pasivo de la realidad por el Homo videns ejercen un efecto directo sobre la democracia y sobre la madurez política de los ciudadanos.


El drama de la televisión postmoderna es que ésta no sólo informa, sino que, sobre todo, se dedica al entretenimiento de las masas mediante la búsqueda de las audiencias. En esta búsqueda de cuotas de mercado, los programas supuestamente verdaderos son un nuevo tipo de espectáculo que tiene mucho éxito. La banalidad se emite de manera consciente e interesada por parte de sus productores y creadores. Se celebran falsos debates, con falsos invitados, imaginarias entrevistas o pastiches de todo tipo. Aparentemente todo es verdad, un reflejo claro, directo, nítido de la realidad social, pero en el fondo, es un circo donde los esperpentos hacen impunemente su número.

La televisión postmoderna cumple uno de los requisitos indispensables de la postmodernidad, a saber, el cinismo. El cinismo actual puede definirse como la radical pérdida de sinceridad. Se establece sobre la hipocresía. Un elemento indispensable de la actitud cínica es el descaro y la desfachatez. Todo el mundo parece ser muy sincero cuando cuenta sus penas, pero es sólo apariencia. La trivialidad y la banalidad, en cuanto actitudes propias de la cultura postmoderna, se difunden como parte esencial del nuevo entorno mediático.

Se genera un tipo de discurso en el que la desinformación e incluso la contrainformación se utilizan como parte principal del mensaje televisivo. Los debates-basura que singulariza esta televisión se convierten en un espectáculo donde cada uno tiene que representar bien su papel, como si se lo creyera de verdad. El mercenario mediático defiende como el sofista griego la idea que le impone el mejor postor. Da igual lo que sea. En este tipo de televisión, se ridiculiza al adversario hasta llevarlo a extremos grotescos.

He aquí otro de los éxitos de esta televisión de la postmodernidad: la manipulación de la audiencia mediante la confusión entre realidad y ficción. La incoherencia vuelve verosímil lo inverosímil, y absurdo lo que es lógico. Tal capacidad para difundir y trastocar las causas y fundamentos de lo que ocurre, y especialmente el embotamiento de los ciudadanos que quedan reducidos a ser audiencias pasivas e inconscientes, surge como el enorme problema de la democracia.

Una democracia legítima y no sólo legal, tiene que afrontar de manera directa y valiente la defensa de la objetividad y del conocimiento en profundidad de los fenómenos por parte de los ciudadanos. Necesitamos una nueva ética pública de carácter crítico y comprometido con la realidad. Esta nueva ética tendría que convertirse en la verdadera contribución a una política y comunicación emancipada de las servidumbres de nuestro tiempo.