lunes, 28 de julio de 2008

NESTEA.



AMISTAD CÍVICA.



ADELA CORTINA

EL PAÍS - Opinión - 06-05-2008

Las sociedades para prosperar, según Aristóteles, necesitan leyes e instituciones justas, gobernantes prudentes y jueces honestos, pero también un ingrediente sin el que la vida pública no funciona con bien: la amistad cívica.

La amistad cívica no consiste en que los ciudadanos se vayan de tapas, porque éstas son cosas que se hacen con los amigos corrientes, con ésos a los que, según el diccionario, se tiene afecto personal desinteresado que se fortalece con el trato. La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos.

Cuáles son esas metas comunes es fácil de aclarar. En el orden global, en que los Estados deberían estar comprometidos, erradicar el hambre y la pobreza extrema y los restantes Objetivos del Milenio son una orientación suficiente. En este sentido, es una buena noticia que España haya aumentado la ayuda al desarrollo, y no hay sino que progresar al máximo. En lo que se refiere al orden interno del Estado, bregar por la educación de calidad, la atención sanitaria eficiente y buena, el trabajo estable, y por hacer realidad que todos los ciudadanos puedan expresar sus ideas libremente, siempre que no atenten contra la libertad y la vida de otros, son metas suficientes para vincular a las personas en una tarea común.

Y, sin embargo, no parece que ese vínculo amistoso exista en nuestro país. Las últimas elecciones generales, endurecidas como pocas, han generado la sensación de una ciudadanía enfrentada en la solución de cada uno de los problemas comunes, como si para cada tema hubiera dos bandos: si unos dicen "blanco", los otros han de decir "negro". Las razones para cada posición parecen en principio irrelevantes, porque después ya vienen los "argumentadores" oficiales, que diseñan argumentarios para sostener hasta lo insostenible. Se divide entonces la ciudadanía en bandos, que parecen ser irreconciliables.

Cuando en realidad es mucho más lo que les une que lo que les separa. Cuando no se construye una vida pública justa desde la enemistad, porque entonces falta la argamasa que une los bloques de los edificios, falta la "mano intangible" de la amistad cívica. Junto a la mano visible del Estado y la presuntamente invisible del mercado, es necesaria la mano intangible de la amistad entre ciudadanos que se saben artesanos de una vida común.

Esto no significa abolir la diversidad y generar una sociedad de individuos homogéneos, porque existen diferencias de capacidades, de creencias religiosas, de sensibilidad política, de tendencia sexual, y tantas otras que componen una "ciudadanía compleja", y no la ciudadanía simple, sin atributos, sin carne ni sangre humanas, que no existe más que en las mentes totalitarias.

Los grupos que luchan por el reconocimiento de las diferencias son un factor de progreso y, si las sociedades quieren ser justas, han de articular esas diferencias, siempre que sean legítimas; una tarea de orfebrería, que no tiene éxito si no hay voluntad de respetarlas desde las distintas partes. Para eso se necesita la amistad cívica de quien no ve en el otro un enemigo a abatir, sino un igual con el que hay que resolver con justicia los problemas comunes.

Para muestra, un botón. Hace unos días en Zaragoza, en una conferencia, comenté a un público encantador cómo Zaragoza es la primera ciudad grande que visité en mi infancia y me dejó deslumbrada. Ahora parece, sin embargo, que hay temas tabú, como el del trasvase del Ebro, porque vengo de la "España seca". ¿No vamos a poder hablar de este asunto y otros, para ver cómo encontramos soluciones conjuntas desde la solidaridad y sin agravios comparativos? ¿Es que de pronto no puede haber amistad cívica entre aragoneses y valencianos por temas que hay que discutir con voluntad de llegar a la solución más justa y con espíritu solidario? Una señora que había pedido la palabra, empezó su pregunta con una frase magistral: "Ante todo -me dijo-, ¡bienvenida!". Como en aquellos tebeos de la infancia: "Sin palabras".

Por desgracia, hay gentes que ganan creando discordia. Otras, anestesiadas, a las que importan los problemas sólo cuando les afectan -"ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde"-. Otras, cuyas pretensiones legítimas no se ven reconocidas, y éstas son las excluidas. Otras empeñadas en hacer creer que sus pretensiones son las más importantes y que nunca se les hace justicia. Son las que utilizan el victimismo como herramienta para convertir sus deseos en prioridades frente a las necesidades de otros. Es lo que ocurre en esos lugares con bonanza económica y social, donde no hay ninguna razón para reprimir a quienes no piensan igual, mucho menos para matar por la independencia. A la hora de reclamar el derecho a la diferencia hay que ponerlo en sus justos términos.

La amistad -decía Aristóte-les- es lo más necesario para la vida; sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera todos los demás bienes. Y parece -añadía- que es la amistad cívica la que mantiene unidas a las ciudades.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.

LA EDUCACION COMO PROBLEMA.




ADELA CORTINA

EL PAÍS - Opinión - 28-05-2008

El problema número uno de cualquier país es la educación. Y en el nuestro el asunto anda revuelto desde instancias diversas que afectan a todos los niveles educativos, incluida la Universidad. Es tiempo de pensar la educación y pensarla a fondo.

La LOE deja la puerta abierta para que las comunidades autónomas recorten horas de materias como la Filosofía, apertura que aprovechan algunas comunidades como la valenciana para reducir su horario; los enfrentamientos por la Educación para la Ciudadanía recuerdan el Motín de Esquilache; Bolonia va a traer una Universidad adocenada, en la que, por mucho que se diga, la calidad acaba midiéndose por la cantidad.

El número de alumnos se ha convertido en decisivo para determinar la calidad de una materia o un postgrado, con lo cual no hay lugar para la especialización. Una cosa es saber mucho de poco, saber cada vez más de menos y acabar sabiéndolo todo de nada; otra cosa muy distinta, saber sólo generalidades, porque eso -se dice- es lo que prepara para adaptarse a cualquier necesidad del mercado.

Éste es el mensaje de Bolonia, asumido con inusitado fervor por carcas y progres, y después nos quejaremos del neoliberalismo salvaje.

Los nuevos aires insisten en preparar a los alumnos para desarrollar competencias tanto en los estudios técnicos como en las ciencias y las humanidades. El viejo debate sobre si educar consiste en formar o en informar ha pasado de moda, porque ya sabe cualquier maestro o profesor que lo suyo es preparar chicos y chicas competentes. ¿Competentes, para qué? Para desempeñar ocupaciones asignadas por el mercado laboral, claro está.

Por eso, si usted tiene que diseñar un plan de estudios de cualquier nivel educativo o un postgrado, el apartado más largo y complicado será, no el que se refiere a los contenidos de las materias, sino el que se relaciona con las "competencias". ¿Para qué ha de ser competente el egresado?

Competencia es, al parecer, un conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes, necesarios para desempeñar una ocupación dada y producir un resultado definido. Consulté a un compañero de Pedagogía, excelente profesional, y, con una buena dosis de ironía, me puso un ejemplo muy ilustrativo: alguien es competente para hacer una cama cuando sabe lo que es un somier, un colchón, lo que son las sábanas, se da cuenta de cómo es mejor colocarlas y además le parece algo lo suficientemente importante como para intentar dejarlas bien, sin arrugas y sin que el embozo quede desigual. Era sólo un ejemplo, por supuesto, pero extensible a actividades más complejas, como construir puentes y carreteras, elaborar productos transgénicos, hacer frente a una denuncia, plantear un pleito, curar una enfermedad y tantas otras actividades que corresponden a quien tiene un puesto de trabajo. Preparar gentes para que ocupen puestos de trabajo parece urgente.

Sin embargo, sigue pendiente aquella pregunta de Ortega sobre si la preocupación por lo urgente no nos está haciendo perder la pasión por lo importante. Si en la escuela hay que enseñar a hacer tareas como manejar el ordenador o conocer las señales de tráfico, cosa que los estudiantes van a aprender de todos modos por su cuenta y riesgo, o si hay que incluir en el currículum materias de Humanidades, que preparan para tener sentido de la historia, dominio de la lengua, capacidad de criticar, reflexionar y argumentar. Que no son competencias para desempeñar una ocupación, sino capacidades del carácter para dirigir la propia vida. Nada más y nada menos.

Por otra parte, se insiste, con razón, en que el conjunto de la educación se dirige a formar buenos ciudadanos, y hete aquí que eso no es ninguna ocupación, sino una dimensión de la persona, aquella que le permite convivir con justicia en una comunidad política. No tanto vivir en paz, que puede ser la de los cementerios o la de los amordazados, sino convivir desde la justicia como valor irrenunciable. Y para eso hace falta aprender a enfrentar la vida común desde el conocimiento de la historia compartida, la degustación de la lengua, el ejercicio de la crítica, la reflexión, el arte de apropiarse de sí mismo para llevar adelante la vida, la capacidad de apreciar los mejores valores. Cosas, sobre todo estas últimas, que no pertenecen al dominio de las competencias, sino a la formación del carácter.

No es una buena noticia entonces que se quiera reducir la Filosofía en el Bachillerato, ni lo es tampoco que se pretenda eludir la ética cívica o esa Educación para la Ciudadanía que debería ayudar a educar en la justicia, no sólo a memorizar listas de derechos, constituciones y estatutos de autonomía, que son por definición variables, sino a protagonizar con otros la vida común.

Por fas o por nefas, acabamos limitando la escuela y la Universidad a preparar presuntamente para lo urgente, no para lo importante, para desempeñar tareas y no para asumir con agallas la vida personal y compartida.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y Directora de la Fundación ÉTNOR.

domingo, 27 de julio de 2008

LA CIENCIA HUMILDE. ECONOMÍA PARA CIUDADANOS.



La economía puede ser fácil

Alfredo Pastor

La economía no tiene por qué ser una cuestión complicada que sólo comprendan los entendidos y estudiosos. Así lo demuestra el profesor del IESE Alfredo Pastor en su libro "La ciencia humilde. Economía para ciudadanos".

Partiendo de su experiencia como docente en escuelas de negocios, donde muchos alumnos tienen conocimientos prácticos de economía y quieren saber cómo pueden afectarles los fenómenos económicos de los que oyen hablar cada día, el autor intenta acercarnos a conceptos económicos, sin necesidad de convertirnos en economistas profesionales. Con este enfoque divulgativo, el libro prescinde de muchos detalles importantes pero no indispensables, como la teoría cuantitativa del dinero o la elaboración de las cuentas nacionales. El objetivo, señala Pastor, es ayudar al lector a huir de ciertos tópicos y despertar en él "cierta desconfianza razonable".

Un enfoque innovador
Pero, ¿cómo convertir en fácil una ciencia tan ardua como la economía? El autor propone una narración macroeconómica, en la que los protagonistas no son tanto los individuos como los países, las economías nacionales o incluso la economía mundial. A lo largo de 11 capítulos, se abordan conceptos tan cotidianos como la inflación, el desempleo, la política monetaria, la balanza de pagos, la política fiscal, las crisis económicas o los tipos de cambio, entre otros. Al final de cada apartado se incluyen referencias bibliográficas, que remiten a trabajos que el autor considera estimulantes para el lector y no siempre coinciden con las citas clásicas sobre cada materia.

De este modo el libro consigue explicar los temas que preocupan al ciudadano, esos términos que se repiten cada día en los informativos de televisión y en los periódicos, y lo hace de una forma amena, con un lenguaje sencillo y con muchos ejemplos que facilitan su comprensión.

Dos fenómenos actuales
El autor también hace referencia a fenómenos de actualidad, como las burbujas especulativas y la globalización, de los que se habla mucho de un tiempo a esta parte.

Las burbujas especulativas son episodios de inestabilidad financiera propios de las economías avanzadas. Para analizar la evolución de las burbujas, el autor propone el modelo creado por el economista norteamericano Hyman Minsky. Según este método descriptivo, el fenómeno empieza cuando un activo cualquiera se pone de moda y provoca el desplazamiento de otros activos alternativos. A partir de ese momento, como la oferta no aumenta al mismo tiempo que la demanda, el activo escasea, su precio sube y se produce un recalentamiento del mercado (overtrading). Aparecen entonces la especulación y el endeudamiento, dos rasgos característicos de una burbuja especulativa.
Después, a medida que la cotización se aleja de cualquier estimación razonable, empiezan a escasear los compradores y a proliferar los vendedores, y se entra entonces en una fase de vacilación, que irá seguida de una etapa de apuro (distress), en la que incluso las entidades financieras empezarán a temer por la salud de sus balances. Esta situación provoca una revulsión o descrédito, la burbuja estalla y nadie quiere ni oír hablar del activo en cuestión, y esto desemboca en una fase de pánico (Torschlusspanik), que pone punto y final a la burbuja. Sobre este fenómeno, se destacan dos ejemplos, el ya clásico de la burbuja de las "punto com", protagonizada por las compañías de tecnología informática en el año 2000, y otro más reciente, el de la burbuja del mercado inmobiliario.

También se le dedica un capítulo entero a la globalización, un término de invención reciente que designa un conjunto de cambios comerciales, económicos, políticos, sociales y culturales "que está transformando, de modo profundo e irreversible, el mundo en el que vivimos", asegura el profesor Pastor. Se trata de un fenómeno irreversible y beneficioso, explica el autor, que "debería ser guiado por los actores de más peso en la vida económica de los países", es decir, los gobiernos, las grandes empresas y las organizaciones de trabajadores. Existen defensores y detractores de la globalización, pero el libro concluye que "desde el punto de vista estrictamente económico, el proceso de globalización, bien llevado, es beneficioso para los implicados" y trae consigo más beneficios que perjuicios. Así pues, insiste, las críticas que se le hacen desde el plano económico "carecen, casi siempre, de una justificación rigurosa".

Tres asuntos importantes
La obra acaba con un capítulo dedicado a tres asuntos que no suelen aparecer en un manual de macroeconomía, pero que según el autor "no hay ningún problema importante en el mundo de hoy que no dependa, en cierto modo, de ellos". Se trata del papel del Estado en una economía de mercado, la distribución mundial de la renta y la naturaleza de las leyes del mercado.

Respecto al papel del Estado, el autor señala que se ha puesto en entredicho desde los años ochenta, y alerta de que "quizá se haya llegado demasiado lejos en el sentido opuesto". Se trata de un asunto relevante si se tiene en cuenta que la intervención del Estado está muy ligada a la concepción de la sociedad, de la propiedad privada y de la libertad y responsabilidad personales.

En cuanto a la desigualdad en la distribución de la renta en el mundo, Pastor considera que se trata de "uno de los grandes problemas de este siglo". Como se explica en el texto, siempre ha habido ciudadanos ricos y ciudadanos pobres, pero con la Revolución Industrial comienza a haber países ricos y países pobres. Hasta ese momento, casi todo el mundo, independientemente de su situación geográfica, "tenía al menos lo justo para vivir". Sin embargo, hoy en día, un 15 % de la población mundial, concentrada en las economías avanzadas, consume y produce algo más de la mitad de bienes y servicios generados en un año por la economía mundial, mientras que el otro 85% ha de repartirse el resto del PIB.

En promedio, se calcula que los habitantes de las economías avanzadas son casi seis veces más ricos que los de las economías emergentes. Resulta paradójico, reflexiona el profesor Pastor, porque "se ha logrado producir más de lo necesario para evitar el hambre y sin embargo el hambre existe, sólo que ahora ya no es obra de la Naturaleza, sino del hombre".

La obra también intenta poner fin al malentendido bastante extendido que confunde las leyes del mercado con las leyes de la Naturaleza, y "que alude a ellas como si fueran la manifestación de un destino inexorable, cuando en realidad tienen su origen en las relaciones humanas y, por consiguiente, pueden ser cambiadas".



http://insight.iese.edu/es/doc.asp?id=00765&ar=7