viernes, 17 de julio de 2009

VIDA SEXUAL DE REVOLUCIONARIOS (LENIN)

Vida sexual de revolucionarios (de Lenin)

Citas de Lenin
Publicado en Id y Evangelizad nº64



Le aconsejo que suprima en absoluto la ‘reivindicación (femenina) del amor libre’. Prácticamente es una reivindicación burguesa, y no proletaria” (V. Lenin. Carta a Inés Armand. 17-I-1915).


“Sin embargo no me parece bien que los problemas sexuales, planteados con gran fuerza por causas naturales, se conviertan en estos años en problemas centrales en la psiquis de la juventud. Las consecuencias son fatales”…

“Aunque no tengo nada de asceta sombrío, la llamada ‘nueva vida sexual de la juventud’, y a menudo de los adultos, me parece con frecuencia puramente burguesa, me parece una variedad de las respetables casas de tolerancia burguesas. Todo esto no tiene nada en común con la libertad de amar como la entendemos los comunistas. Usted conoce, claro está, la famosa teoría de que satisfacer los deseos sexuales y las necesidades amorosas en la sociedad comunista es tan sencillo e intrascendente como beberse un vaso de agua. Nuestra juventud se ha desbocado, sencillamente se ha desbocado a causa de esta teoría del ‘vaso de agua’, que es hoy una fatalidad para numerosos muchachos y muchachas”… “Considero que la famosa teoría del ‘vaso de agua’ no tiene nada de marxista y además es antisocial”… “A mi juicio, el exceso de vida sexual que se observa hoy con frecuencia, lejos de reportar alegría vital y optimismo, los disminuye. Esto es detestable, absolutamente detestable”… “Usted conoce al joven camarada XYZ. ¡Un muchacho magnífico y muy capaz! Temo que a pesar de todo, no salga nada de él. Anda de la zeca a la meca y sale de una historia amorosa para caer en otra. Eso no sirve ni para la lucha política ni para la revolución”… “La incontinencia en la vida sexual es burguesa, es un signo de degeneración”… “El dominio de sí mismo y la autodisciplina no significan esclavitud; y ambos son necesarios para el amor” (V. Lenin acerca de la Moral Comunista. De los recuerdos de Clara Zetkin).


“¿Es permisible, acaso, en la nueva sociedad que una persona se case seis o siete veces en el transcurso, por ejemplo, de diez años? ¿Es que no vemos y sabemos que una muchacha, al desengañarse de un muchacho, queda desolada y aplanada durante uno o dos años, por lo menos?” (M. Kalinin. Discurso “La lucha por el hombre nuevo, 28-V-1928”).


“….Pureza moral,”… “respeto recíproco en la familia y desvelo por la educación de los hijos” (Del Programa del Partido Comunista de la Unión Soviética. XXII Congreso. 1961).v


La Moral Comunista,
Ediciones Progreso de Moscú

jueves, 16 de julio de 2009

APRENDER A EDUCAR NUESTROS DESEOS

Aprender a educar nuestros deseos

ElMundo.es
Enrique Rojas
12/07/09


La educación es la base para edificar un proyecto personal adecuado. Y es necesario educar el deseo y el querer. El primero es anhelo, aspiración, conocimiento de algo que nos lleva en esa dirección, casi como un imán; es pasajero, transitorio, esporádico, como un Almudi.org - Enrique Rojaschispazo que recorre nuestra mente por un rato.

Querer es determinación y firmeza, pretender algo con toda la voluntad. El deseo y el placer forman un edificio común: el primero ocupa la planta baja y conduce directamente al placer, instalado en el piso de arriba; la escalera que los comunica es la imaginación.

El deseo está lleno de promesas. Tiene magia, embelesa, un tono embriagador y hechicero que nos conduce y fascina. Pero dejarse arrastrar por los deseos sin más suele ser poco maduro. Crecer es orientar la conducta en una dirección positiva; de entrada, cuesta mucho, pero a la larga nos hace personas.

El campo magnético de la afectividad forma una telaraña complejísima en la que los conceptos se cruzan, entremezclan, confunden, avasallan, entran y salen, suben y bajan, giran y vuelven a aparecer. Todo esto da lugar a una tupida red de significados en la que la imprecisión está a la orden del día, pues en la misma persona los usos, las significaciones y las andanzas biográficas cobran alcances y acepciones bien distintos.

Garantizar la vida afectiva requiere amor y conocimiento, emplazándola para que tenga el mejor desarrollo posible. Es un navío que suelta amarras y navega con el timón bien orientado, una ingeniería de vericuetos levadizos y caminos serpenteantes ajedrezados por el deseo y sus aledaños.

La afectividad es una materia singularmente maleable, difícil de apresar. Es un mar encrespado en el que casi todo salta mezclado. Todo en ella ronronea con inesperados cambios de ritmo, enriquecida por un muestrario de variados matices poblados de sombras. La plasticidad afectiva es sobresaliente.

El mundo de la afectividad está envuelto en una tenue neblina precisa e imprecisa, bien definida y excesivamente etérea. En este terreno tan movedizo es preciso definir bien los términos. Para alcanzar nuestro objetivo es importante deslindar los significados. Desear y querer son las dos caras de la moneda.

Desear es anhelar algo de forma próxima, rápida, casi inmediata. Querer es pretender a largo plazo, pero sin la transitoriedad de lo anterior, especificando el objetivo, limitando los campos con la firme resolución de llegar a la meta cueste lo que cueste.

Los deseos son más superficiales y fugaces. El querer es más profundo y estable. Muchos deseos son juguetes del momento. Casi todo lo que se quiere significa un progreso personal.

Parece que la inteligencia y la afectividad están casi siempre a la gresca. Lo cierto es que ir alcanzando una proporción adecuada entre ellas es una labor de filigrana. Lo que la inteligencia despierta, la afectividad parece que lo aletarga y entumece. Hay un bamboleo entre la vigilia y la somnolencia.

El deseo busca la posesión cercana de algo, que se pone en movimiento sobre la marcha y tiene como motor el impulso de posesión; ésa es su dinámica: el querer aspirar a un objetivo remoto, que requiere algo concreto, bien diseñado y con la voluntad como motor, tras recorrer una larga travesía.

El problema que se nos plantea es catalogar bien las aspiraciones que emergen delante de nosotros. Unas son rápidas como estrellas fugaces en un cielo raso que pasan y desaparecen. Otras se fijan en la mente y ponen su nota inmóvil y agazapada, que consolida la aspiración. Las metas juveniles llegan a hacerse realidad si somos capaces de apresar el esfuerzo y de concretarlo en una dirección precisa.

En las aguas, los ríos pulen las piedras, y éstas pierden sus aristas y se transforman en cantos rodados. La vida, con su maestría, otorga al querer su condición, meta que merece la pena. Siempre flota cerca del ser humano la tentación de abandonar la meta, cuando la dificultad arrecia y uno percibe que no debe seguir en la lucha. El que tiene voluntad consigue lo que se propone, a pesar de las mil peripecias por las que pasamos.

En el deseo, la seducción es la que manda. A partir de ahí se pone en marcha la inclinación, que va a intentar pasar por encima de muchas cosas para acceder al objetivo. Pensemos, por ejemplo, en el deseo de conocer a una persona que resulta bella, atractiva e interesante, a la que hemos conocido casualmente y que despierta en nosotros una cierta urgencia de saber quién es, a qué se dedica, qué tipo de vida lleva...

Buscamos personas cercanas a ella para que nos la presenten y, mientras tanto, la imaginación va fabricando una visión de ella, con los escasos materiales de que disponemos. Y por fin se consigue acceder a esa persona. La primera vez que uno está con ella se bebe sus palabras y explora sus gestos con minuciosidad de entomólogo, saboreando su conversación.

El deseo de profundizar en esa relación, que puede llegar a ser muy importante para uno, toma el mando de todas las iniciativas, deslumbrado por ese algo misterioso y especial en donde el enamoramiento puede brotar en cualquier momento.

En el querer manda el proyecto personal y la voluntad. Lo inmediato deja paso a lo mediato. Lo lejano dirige la conducta. La ilusión es el envoltorio de la felicidad. Los deseos son más epidérmicos. Querer es algo bastante más elaborado y hondo. El capricho es un deseo fogoso y exaltado, poco razonable, que pide ser saciado de manera inmediata.

Querer es la central telefónica en la que convergen todos los hilos de la afectividad. Los deseos son la clavija inmediata que nos conecta con la realidad circundante; si no se gobiernan, traen y llevan la conducta de aquí para allá con poco criterio. El querer, si no se le aplican con fuerza la voluntad y la motivación, puede quedarse a medio camino.

El deseo puede representarse como un clásico balanceo de impulsos adolescentes, como la inercia del instante al borde del camino llamándonos con su tirón y algabía. En el querer hay más madurez y equilibrio; la alegría reconfortante, marina, fresca y escueta de ir marcando los tiempos para seguir avanzando y tirando los despojos de todo aquello que estorba y distrae de la trazada.

Aprender a domesticar los deseos indica equilibrio y sensatez. Que no sean un impulso giratorio, cambiante, que desplacen sus contornos en función de la excitación de cada instante. El deseo tiene algo felino, brusco, veloz, como un soplo urgente que se abre y se cierra sobre uno.

En su ámbito, la provisionalidad se palpa y se toca, es casi como un reflejo. Desfilan los deseos delante de los ojos ante aquello que la retina refleja. La inteligencia templada, con la voluntad, discrimina su conveniencia y sabe decir que no en su debido momento.

Enrique Rojas es catedrático de Psiquiatría

lunes, 22 de junio de 2009

ESLABONES PERDIDOS

Eslabones perdidos
Por Juan Luis Arsuaga, catedrático de Paleontología de la UCM (ABC, 13/06/09):


Aunque durante su viaje en el Beagle alrededor del mundo le rondaban vagas dudas sobre la inmutabilidad de las especies, Charles Darwin no se puso a pensar en serio en el tema hasta pasados unos meses de su vuelta. Pronto cayó en la cuenta de que la naturaleza podía haber hecho, a una escala mucho mayor, lo mismo que el hombre ha estado llevando a cabo desde hace miles de años en la agricultura y la ganadería: producir numerosas variedades cada vez más diferentes entre sí, escindir las especies en un abanico ampliamente desplegado de razas de animales y formas cultivadas de plantas.

Claro que todas las razas domésticas de una misma especie animal se pueden cruzar entre sí y desaparecer por mezcla, pero Darwin creía que estaban en la misma situación que las razas geográficas de las especies salvajes, las que viven en regiones diferentes: son tan solo un paso hacia la formación de nuevas especies (aisladas genéticamente).

Pero, para empezar, las diferentes razas de perros, o de vacas, o de palomas ¿proceden de la misma especie salvaje o de diferentes troncos? Darwin pensaba que los perros venían de más de un cánido silvestre (se equivocaba; todos vienen del lobo), pero aún así le parecía que el hombre es el responsable de la mayoría de los cambios.
En segundo lugar, ¿quién realiza en la naturaleza el papel del ganadero y del agricultor? ¿Quién selecciona las semillas y a los procreadores? El criador obra de acuerdo con un propósito, y así produce caballos cada vez más veloces, o más fuertes, o vacas más lecheras, ¿pero qué finalidad puede albergar la naturaleza, que no es nadie ni tiene conciencia?

El trabajo que en la «selección artificial» lleva a cabo el hombre lo tiene que hacer una fuerza bruta o ley ciega en la «selección natural». Después de leer a Malthus, Darwin encontró ese agente en el exceso de población y la competencia por los recursos que necesariamente trae consigo, y le dio un nombre: «lucha por la vida».
Ya tenía Darwin una causa que explicase la “descendencia con modificación”, como él llamaba a la evolución de las especies. Sólo necesitaba una inmensidad de tiempo por delante para producir grandes transformaciones a muy largo plazo. A fin de cuentas eso es lo que pasa, en el terreno de la geología, cuando se levantan, lentamente, grandes montañas o se excavan profundos valles. Esa idea fundamental de la selección natural se le ocurrió a Darwin a finales de septiembre y principios de octubre de 1838.

La gran imagen en la que se resume todo el legado de Darwin es la del árbol de la vida. Las especies vivientes, las de la Biosfera actual, sólo son las hojas de un árbol muy copudo y dividido. Las hojas se conectan entre sí por medio de ramillas que se van reuniendo en ramas cada vez más gruesas hasta llegar a la cepa del árbol, el origen de todo. Cuanto más alejadas están dos formas de vida, antes se separaron sus caminos. Nadie hasta Darwin había visto la historia de la vida como un gran árbol genealógico.

Enunciada la teoría, sólo faltaba probarla. Cuando Darwin publicó al fin «El origen de las especies», hace ahora siglo y medio, tenía muchos argumentos, pero eran todos indirectos. La anatomía y fisiología comparadas, la distribución de los seres vivientes en el planeta (o biogeografía), el desarrollo embrionario, la conducta animal, la ecología… todo en biología se unificaba y cobraba sentido a la luz de la evolución, pero seguían faltando las pruebas.

Las evidencias requeridas para aceptar el árbol de la vida eran las formas de transición entre los grandes grupos de organismos. Sin ellas era imposible demostrar el cambio y la evolución. Había que explorar el mundo hasta encontrar las condenadas formas intermedias y, si no aparecían, buscar entre los fósiles. Los tan deseados eslabones perdidos. Pero hace un siglo y medio los eslabones perdidos lo eran de verdad y Darwin no podía esgrimir ninguna especie extinguida que permitiera conectar siquiera algunas de las grandes categorías sistemáticas. Estas parecían haber surgido de la nada con sus planes corporales, es decir, sus diseños biológicos, ya totalmente desarrollados. Creados.

Sin embargo, los eslabones perdidos empezaron a aparecer al poco de publicado «El origen de las especies». Un ave muy primitiva, llamada Archaeopteryx llegó a Londres desde Alemania. Había vivido en pleno tiempo de los dinosaurios y tenía a la vez plumas como los pájaros y una larga cola y dientes como los reptiles. Cuando vieron el fósil, evolucionistas como Thomas H. Huxley, el gran defensor de Darwin, pensaron: Ya está. Lo tenemos. Hemos ganado. A los 25 años de la publicación del famoso libro, Huxley pudo decir que se habían desenterrado hasta tal punto las raíces de los grupos actuales de organismos, que si Darwin no hubiera alzado la voz, los paleontólogos lo habrían hecho.

«En el porvenir veo ancho campo para investigaciones mucho más interesantes. La psicología se basará sobre los nuevos cimientos de la necesaria adquisición gradual de cada una de las facultades y aptitudes mentales. Se arrojará luz sobre el origen del hombre y sobre su historia». Esta es la única referencia al ser humano en «El origen de las especies». Darwin carecía de fósiles para probar nuestro origen a partir de especies desaparecidas de simios. Aquí era donde más se necesitaban los eslabones perdidos.

Ya se habían descubierto los neandertales, pero estaban demasiado cerca del humano viviente. Hacía falta un auténtico «hombre-mono», un puente entre nosotros y nuestros hermanos los chimpancés y gorilas.

Darwin sugirió que habría vivido en África, y allí fue donde lo descubrió un joven profesor de anatomía de la Universidad de Johannesburgo. A finales del año 1924 Raymond Dart tenía encima de su mesa de laboratorio el cráneo de una cría de unos tres años, muerta en la edad del destete. Procedía de la cantera de Taung. Algún depredador acabó con ella, quizás un águila. Se parecía mucho a un chimpancé o un gorila de esa edad. El prestigioso anatomista escocés Arthur Keith, maestro de Dart, pensaba que era un gran simio, de lo primitivo que le resultaba. Pero Dart se fijó en una serie de detalles que hablaban alto y claro. Es un antepasado nuestro, dijo. Es el eslabón perdido. Se llamará Australopithecus africanus

REENCUENTRO CON LA LEY NATURAL

Reencuentro con la ley natural

La Gaceta de los Negocios
Alejandro Llano
21/06/09


Trata de enraizar la acción en la estructura profunda del hombre y de la mujer.

La globalización se convierte en una amenaza cuando no va acompañada del empeño por acercarse a una ética universal. Desde hace años, el teólogo suizo Hans Küng viene proponiendo la realización de un concilio mundial de las religiones, en el que se llegue a acuerdos sobre una moral de alcance planetario. Los planteamientos de Küng manifiestan una cadencia relativista que lastra su enfoque teórico, hasta el punto de acercarlo a una ética de mínimos; lo cual es una contradicción en los términos, porque la moral ha de apuntar a la optimización de la vida humana, a la intensificación de la existencia. El filósofo alemán Robert Spaemann ha puesto de relieve las inconsecuencias del proyecto de Küng y las aporías de su hipotética realización.

El ideal de una ética mundial ha obtenido una versión más profunda y realista en un reciente documento de la Comisión Teológica Internacional. La clave es la propuesta de que el universalismo ético se fundamente en la realidad de la ley natural. Lo cual resulta muy oportuno, porque algunos católicos han propugnado dejar de usar la expresión ley natural, por los supuestos equívocos a que conduce y, sobre todo, —dicen— porque no es fácil de transmitir a través de los medios de opinión pública. Se trata de un error sofisticado e inquietante. Porque someter la doctrina ética a la facilidad de su transmisión pública equivale a aceptar un pragmatismo cuya consecuencia es la relativización que se pretendía superar.

Las dificultades para comprender el concepto de ley natural proceden de la superficialidad de una cultura agnóstica que está muy arraigada en los países de nuestro entorno desarrollado. La ley natural es una idea clásica y moderna que recorre toda la historia del pensamiento y llega hasta nuestros días. Renunciar a ella conduce a perder los enclaves en los que se apoya la democracia y la vigencia de los derechos humanos. Errores éticos tan graves como el aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual o la ideología de género encuentran camino despejado cuando todo un modo de pensar se olvida de que el comportamiento recto ha de responder al ser de las personas.

La ley natural es una noción netamente humanista, porque trata de enraizar la acción en la estructura profunda del hombre y de la mujer. No tiene nada de fisicismo ni de biologismo, según algunos pretenden. Tampoco está vinculada a una visión superada del cosmos. Porque el concepto de naturaleza es de una gran amplitud y flexibilidad, como lo demuestra que haya sido acogido en planteamientos tan diversos como el aristotelismo, el estoicismo, las filosofías racionalistas e ilustradas, la teoría democrática de la sociedad y un ecologismo no radicalizado.

Resulta fascinante redescubrir que la convicción de que existe una ley moral común a las diversas culturas comparece en todas las grandes religiones de la humanidad. No sólo en el paganismo clásico y en las creencias monoteístas —el judaísmo, el cristianismo y el islam—, sino también en las religiones orientales de tradición hindú, budista, taoísta y confucionista. La antropología cultural contemporánea lo ha confirmado de manera palmaria, y últimamente ha encontrado una exposición brillante y profunda en la teoría mimética de René Girard. Los actuales rechazos y sospechas contra la doctrina de la ley natural tienen una base teórica muy endeble. Aunque no lo reconozcan, se inspiran en ideologías que han tenido que ser abandonadas o en la pura y simple propaganda de grupos de opinión tan poderosos como carentes de relevancia intelectual.

El caso español nos ofrece manifestaciones recientes de inmoralismo cuya tosquedad y carencia de argumentos resulta deplorable. El hecho de que el llamamiento a reconsiderar con calma la ley de ampliación del aborto haya obtenido en el congreso tantos votos en contra nos habla de la gran extensión entre nosotros del oportunismo y la superficialidad. El mal está muy hondo. No es sólo político o comunicativo. Es educativo y cultural. ¿Por qué no estudiar otra vez con visión renovada la ley natural, sin timideces ni planteamientos circunstanciales que son víctimas de una estrategia de corto alcance?





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