lunes, 28 de julio de 2008

"LAS BASES MORALES DEL ESTADO LIBERAL".(2ª)


2.- JOSEPH RATZINGER: POSICIONAMIENTO EN LA DISCUSIÓN SOBRE LAS BASES MORALES DEL ESTADO LIBERAL (Enero 2004)

[Ponencia leída por el Cardenal Joseph Ratzinger el 19 de enero de 2004 en la “Tarde de discusión” con Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, organizada por la Academia Católica de Baviera en Munich. El tema de esa “Tarde de discusión” fue “Las bases morales prepolíticas del Estado liberal”. Abrieron la discusión los dos invitados con sendas ponencias. Primero habló Habermas, después Ratzinger. Lo que sigue fue la ponencia o “posicionamiento” de Ratzinger. En los varios sitios de Internet en que se puede acceder a este texto, el documento tiene por título “PARTE II: posicionamiento del Cardenal Joseph Ratzinger”]

En la aceleración del tempo de las evoluciones históricas en la que nos encontramos, aparecen, a mi juicio, sobre todo dos factores como elementos característicos de una evolución que antes sólo parecía producirse lentamente. Se trata, por un lado, de la formación de una sociedad mundial en la que los poderes particulares políticos, económicos y culturales se ven cada vez más remitidos recíprocamente unos a otros y se tocan y se complementan mutuamente en sus respectivos ámbitos de vida. La otra característica es el desarrollo de posibilidades del hombre, de posibilidades de hacer y de destruir, que, más allá de lo que hasta ahora era habitual, plantean la cuestión del control jurídico y ético del poder. Y así se convierte en una cuestión de gran urgencia la de cómo las culturas que se encuentran, pueden hallar fundamentos éticos que puedan conducir su convivencia por el camino correcto y permitan construir una forma de domar y ordenar ese poder, de la que puedan responsabilizarse en común.

Que el proyecto presentado por Hans Küng de un “ethos universal”, se vea alentado desde tantos lados, demuestra, en todo caso, que la pregunta está planteada. Y ello es así aunque se acepten las agudas críticas que Robert Spaemann ha hecho a ese proyecto (1). Pues a los dos factores antes señalados se añade un tercero: en el proceso de encuentro y compenetración de las culturas se han quebrado y, por cierto, bastante profundamente, certezas éticas que hasta ahora se consideraban básicas. La pregunta acerca de qué sea el bien, sobre todo en el contexto dado, y por qué hay que hacer ese bien, aun en perjuicio propio, esta cuestión básica es una cuestión para la que en buena parte se carece de respuesta. Pues bien, a mí me parece evidente que la ciencia como tal no puede producir ningún ethos, y que, por tanto, una renovada conciencia ética no puede producirse como resultado de debates científicos. Por otra parte, es también indubitable que el cambio fundamental de visión del mundo y visión del hombre que se ha producido como resultado de los crecientes conocimientos científicos, está implicado muy esencialmente en la ruptura de viejas certezas morales. Por tanto, la ciencia tiene, ciertamente, una responsabilidad en lo que se refiere al hombre, y muy en particular la filosofía tiene la responsabilidad de acompañar el desenvolvimiento de las ciencias particulares, de iluminar críticamente las conclusiones apresuradas y las certezas aparentes acerca de qué sea el hombre, de dónde viene, y para qué existe, o, dicho de otra manera, de separar el elemento no científico en los resultados científicos con los que ese elemento no científico viene a veces mezclado, y mantener así abierta la mirada al todo, es decir, mantener abierta la mirada a ulteriores dimensiones de realidad del hombre, realidad de la que en las ciencias sólo pueden mostrarse aspectos parciales.

PODER Y DERECHO
Concretamente es tarea de la política el poner el poder bajo la medida del derecho y establecer así el orden de un empleo del poder que tenga sentido y sea aceptable. Lo que ha de prevalecer no es el derecho del más fuerte sino la fuerza del derecho. El poder atenido al orden del derecho y puesto al servicio del derecho es lo contrario de la violencia, y por violencia entendemos el poder exento de derecho y contrario al derecho. Por tanto, es importante para toda sociedad superar las sospechas bajo las que en este sentido puedan estar el derecho y los órdenes jurídicos, porque sólo así puede desterrarse la arbitrariedad y sólo así puede vivirse la libertad como libertad compartida, tenida en común. La libertad exenta de derecho es anarquía, y, por tanto, destrucción de la libertad. La sospecha contra el derecho, la revuelta contra el derecho, estallarán siempre que el derecho mismo no aparezca ya como expresión de una justicia que está al servicio de todos, sino como producto de la arbitrariedad, como derecho que se arrogan aquellos que tienen el poder de hacerlo.

La tarea de poner el poder bajo la medida del derecho, remite, por tanto, a una cuestión ulterior: a la de cómo surge el derecho, y cómo tiene que estar hecho el derecho para convertirse en vehículo de la justicia y no en privilegio de aquellos que tienen el poder de dictar el derecho. Se trata, pues, por una parte, de la cuestión de cómo se ha formado el derecho, pero, por otra parte, se trata también de la cuestión de su propia medida interna. El problema de que el derecho no debe ser instrumento de poder de unos pocos, sino que tiene que ser expresión de un interés común, este problema parece haber quedado resuelto, al menos por de pronto, con el instrumento que representa la formación democrática de la voluntad, porque en esa formación democrática de la voluntad todos cooperan en la producción de ese derecho, y, por tanto, ese derecho es un derecho de todos y puede y debe ser respetado por todos como tal. Y, efectivamente, es la garantía de una cooperación común en la producción y configuración del derecho y en la administración justa del poder, es esa garantía, digo, la razón más básica que habla a favor de la democracia como la forma más adecuada de orden político.

Sin embargo, queda, a mi juicio, todavía una cuestión. Como difícilmente puede haber unanimidad entre los hombres, a la formación democrática de la voluntad sólo le queda como instrumento imprescindible la delegación, por un lado, y, por otro, la decisión mayoritaria, exigiéndose mayorías de distinto tipo según sea la importancia de la cuestión de que se trate. Pero también las mayorías pueden ser ciegas y pueden ser injustas. La historia lo demuestra de forma más que clara. Y cuando una mayoría, por grande que sea, reprime a una minoría, por ejemplo a una minoría religiosa, a una minoría racial, mediante leyes opresivas, ¿puede seguirse hablando de justicia, puede seguirse hablando de derecho? Por tanto, el principio de la mayoría deja todavía abierta la cuestión acerca de los fundamentos éticos del derecho, la cuestión de si no hay lo que nunca puede ser derecho, es decir, de si no hay lo que siempre será en sí una injusticia, o a la inversa, de si no hay también lo que por su esencia ha de ser inamoviblemente derecho, algo que precede a toda decisión mayoritaria y que tiene que ser respetado por ella.

La Edad Moderna ha expresado un conjunto de tales elementos normativos en las diversas declaraciones de derechos y los ha sustraído al juego de las mayorías. Pues bien, es posible que la conciencia actual simplemente se dé por satisfecha con la interna evidencia de esos valores. Aunque la verdad es que tal autolimitación del preguntar tiene también un carácter filosófico. Hay, pues, valores que se sostienen por sí solos, que se siguen de la esencia del ser humano y que, por tanto, resultan intangibles para todos cuantos tienen esa esencia. Sobre el alcance de esta manera de ver las cosas, habremos de volver todavía más tarde, sobre todo porque esa evidencia (que no querría hacerse más preguntas) de ninguna manera es reconocida hoy en todas las culturas. El Islam ha definido su propio catálogo de derechos del hombre, que se desliga del catálogo occidental. China viene hoy determinada, ciertamente, por una forma de cultura surgida en Occidente, por el marxismo, pero, si no estoy mal informado, en China se plantea la cuestión de si los derechos del hombre, no son más bien un invento típicamente occidental, al que habría que investigarle la trastienda.



NUEVAS FORMAS DE PODER Y NUEVAS CUESTIONES RELATIVAS A SU CONTROL

Cuando se trata de la relación entre poder y derecho y de las fuentes del derecho, hay que examinar también más detenidamente el fenómeno del poder. No voy a tratar de definir la esencia del poder como tal, sino que voy a bosquejar los desafíos que resultan de las nuevas formas de poder que se han desarrollado en el último medio siglo. En el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial era dominante el terror ante el nuevo medio de destrucción que el hombre había adquirido con el invento de la bomba atómica. El hombre se vio de pronto en situación de poder destruirse a sí mismo y de poder destruir la Tierra. Y entonces hubo que preguntarse: ¿qué mecanismos políticos son menester para excluir tal destrucción?, ¿podemos encontrar tales mecanismos y hacerlos efectivos?, ¿pueden movilizarse fuerzas éticas que contribuyan a dar configuración a tales mecanismos políticos y a prestarles eficacia? Y de hecho durante un largo período fue la propia competencia entre los bloques de poder contrapuestos y el miedo a poner en marcha la propia destrucción mediante la destrucción del otro, lo que nos mantuvo a resguardo del espanto de la guerra atómica. La mutua limitación del poder y el temor por la propia supervivencia resultaron ser las fuerzas salvadoras.

Mientras tanto, lo que nos angustia no es el miedo a una gran guerra, sino más bien el terror omnipresente que puede golpear en cualquier sitio y puede operar en cualquier sitio. La humanidad, es lo que vemos ahora, no necesita en absoluto de la gran guerra para convertir el mundo en un mundo invivible. Los poderes anónimos del terror que pueden hacerse presentes en todas partes, son lo suficientemente fuertes como para perseguir a todos incluso en la propia existencia cotidiana de todos y cada uno, permaneciendo en pie el fantasma de que los elementos criminales puedan lograr acceder a los grandes potenciales de destrucción y así, de forma ajena al orden de la política, entregar el mundo al caos. Y de esta forma, la pregunta por el derecho y por el ethos se nos ha desplazado y se nos ha convertido en esta otra: ¿de qué fuente se alimenta el terror?, ¿cómo se puede exorcizar desde su propio interior, esta nueva dolencia de la humanidad? Y lo tremendo es que el terror, por lo menos en parte, trata de legitimarse moralmente. Los mensajes de Ben Laden presentaban el terror como respuesta de pueblos oprimidos e impotentes al orgullo de los poderosos como justo castigo por su arrogancia, por su sacrílega soberbia y por su crueldad. Y a hombres que se encuentran en determinadas situaciones políticas y sociales, tales motivaciones les resultan evidentemente convincentes. En parte, el comportamiento terrorista se presenta como defensa de la tradición religiosa frente a la impiedad y al ateismo de la sociedad occidental.

Y en este punto se plantea una cuestión sobre la que asimismo tendremos que volver: si el terrorismo está tan bien alimentado por el fanatismo religioso ­–y lo está­­­­-, ¿es la religión un poder que levanta y salva, o es más bien un poder arcaico y peligroso, que construye universalismos falsos y conduce así a la intolerancia y al terror? ¿No habrá entonces que poner a la religión bajo la tutela de la razón e imponerle cuidadosos y estrictos límites? Pero entonces no se puede evitar la pregunta: ¿y quién podrá hacer tal cosa?, ¿cómo se hace tal cosa? Pero sigue en pie la pregunta general: la supresión progresiva de la religión, su superación ¿no habrá que considerarla un necesario progreso de la humanidad si es que ésta ha de emprender el camino de la libertad y de la tolerancia universal?

Mientras tanto ha pasado a primer plano otra forma de poder, otra forma de capacidad, pero que en realidad puede convertirse en una nueva forma de amenaza para el hombre. El hombre está ahora en condiciones de poder hacer hombres, de producirlos, por así decir, en el tubo de ensayo. El hombre se convierte entonces en producto, y de este modo se muda de raíz la relación del hombre consigo mismo. Pues el hombre deja de ser entonces un don de la naturaleza o del Dios creador, el hombre se convierte entonces en su propio producto. El hombre ha logrado descender así a las cisternas del poder, a los lugares fontanales de su propia existencia. La tentación de ponerse a construir entonces al hombre adecuado (al hombre que hay que construir), la tentación de experimentar con el hombre, la tentación también de considerar quizá al hombre o a hombres como basura y de dejarlos de lado como basura, ya no es ninguna quimera de moralistas hostiles al progreso.

Si antes no podíamos eludir la cuestión de si las religiones propiamente no eran una fuerza moral positiva, ahora no tiene más remedio que surgirnos la duda acerca de la fiabilidad de la razón. Pues en definitiva también la bomba atómica es un producto de la razón; y en definitiva la cría y selección del hombre es algo que también ha sido la razón quien lo ha ideado. ¿No es, pues, ahora la razón lo que, a la inversa, hay que poner bajo vigilancia? Pero, ¿por quién o por medio de qué? ¿O no deberían quizá religión y razón limitarse mutuamente y señalarse en cada caso sus propios límites y traerse de esta forma la una a la otra al camino positivo? En este lugar se plantea de nuevo la cuestión de cómo en una sociedad mundial con sus mecanismos de poder y sus fuerzas desatadas, así como con sus muy distintas visiones acerca de qué es el derecho y la moral, podrá encontrarse una evidencia ética efectiva que tenga la suficiente fuerza de motivación y la suficiente capacidad de imponerse, como para poder responder a los desafíos señalados y ayuden a esa sociedad mundial a hacerles frente.

PRESUPUESTOS DEL DERECHO: DERECHO – NATURALEZA – RAZÓN

Por de pronto lo primero que parece que tenemos que hacer es volver la mirada a situaciones históricas que son comparables a la nuestra, en cuanto que puede haber tales cosas comparables. Y así, merece la pena que empecemos recordando, aunque sea muy brevemente, que Grecia también tuvo su Ilustración, que el derecho fundado en los dioses perdió su evidencia y que, a consecuencia de ello, hubo que preguntarse por un derecho de bases más profundas. Y así surgió la idea de que, frente al derecho establecido, que puede no ser más que injusticia o falta de derecho, tiene que haber un derecho que se siga de la naturaleza, que se siga del ser mismo del hombre. Y éste es el derecho que hay que encontrar para que pueda servir de correctivo al derecho positivo.

Pero incluso más natural y obvio que esta mirada sobre Grecia es que nos fijemos en la doble ruptura que se produce en la conciencia europea en la Edad Moderna y que obligó a sentar las bases de una nueva reflexión sobre el contenido y la fuente del derecho. Se trata, en primer lugar, del rompimiento de los límites de Europa, del verse llevado el mundo cristiano mucho más allá de sus propios límites, que se produjo con el descubrimiento de América. Ello dio lugar a un encuentro con pueblos que no pertenecían a la trama que formaban el derecho y aquella fe cristiana que hasta entonces había constituido para todos la fuente del derecho y había dado al derecho su forma. Jurídicamente no hay nada común con esos pueblos, no hay ninguna comunidad jurídica con ellos. Pero, ¿quiere decir eso que entonces esos pueblos carecen de derecho, como muchos afirmaron, siendo esto además lo que prevaleció en la práctica, o no será más bien que hay un derecho que transciende a todos los sistemas de derecho, y que obliga y gobierna a los hombres como hombres en todas sus formas de convivencia? Francisco de Vitoria desarrolla en esta situación su idea de “ius gentium” (derecho de gentes) a partir de la noción que desde Roma ya pertenecía a la herencia intelectual; en el término “gentes” de dicha expresión (la de “ius gentium”) resuena el significado de paganos, de no cristianos. Se está pensando (Francisco de Vitoria está pensando), por tanto, en un derecho que antecede a la forma cristiana del derecho y que tiene por fin articular una convivencia justa de todos los pueblos.

La segunda ruptura en el mundo cristiano se produjo dentro de la cristiandad misma a causa de la escisión de la fe, escisión por la que la comunidad de los cristianos se desglosó en comunidades que quedaron hostilmente unas frente a otras. De nuevo se convertía en tarea desarrollar un derecho común que antecediese al dogma, desarrollar por lo menos un mínimo jurídico cuyas bases no podían radicar ahora en la fe sino en la naturaleza, en la razón del hombre. Hugo Grocio, Samuel Pufendorf y otros desarrollaron la idea de un derecho natural entendido como un derecho racional que, más allá de los límites de la fe, hace valer la razón como órgano capaz de una formación y configuración compartidas del derecho.

Sobre todo en la Iglesia Católica, el derecho natural ha constituido siempre la figura de pensamiento con la que la Iglesia en su diálogo con la sociedad secular y con otras comunidades de fe ha apelado a la razón común y ha buscado las bases para un entendimiento acerca de principios éticos del derecho en una sociedad secular pluralista. Pero, por desgracia, este instrumento se ha embotado y, por tanto, en la discusión de hoy no me voy a apoyar en él. La idea de derecho natural presuponía un concepto de naturaleza en que naturaleza y razón se compenetran, en el que la naturaleza misma se vuelve racional. Y tal visión de la naturaleza se fue a pique con la victoria de la teoría de la evolución. La naturaleza como tal no sería racional, aun cuando haya comportamiento racional. Éste es el diagnóstico que desde la teoría científica se nos hace, y que hoy se nos antoja casi incontrovertible (2). Y así, de las distintas dimensiones del concepto de naturaleza que antaño subyacían en el concepto de derecho natural, sólo ha quedado en pie aquélla que (a principios del siglo tercero después de Cristo) Ulpiano articulaba en su famosa frase: “Ius naturae est, quod natura omnia animalia docet” (el derecho natural es aquél que la naturaleza enseña a todos los animales) (3). Pero, precisamente, esto no basta para nuestras preguntas, en las que precisamente se trata de lo que no concierne a todos los “animalia” (a todos los animales), sino que se trata de tareas específicamente humanas que la razón del hombre ha causado y planteado al hombre, y que no pueden resolverse sin la razón.

Como último elemento del derecho natural, que en lo más profundo quiso siempre ser un derecho racional, por lo menos en la Edad Moderna, han quedado los “derechos del hombre”. Esos derechos son difíciles de entender sin el presupuesto de que el hombre como hombre, simplemente por su pertenencia a la especie hombre, es sujeto de derechos, sin el presupuesto de que el ser mismo del hombre es portador de normas y valores que hay que buscar, pero que no es menester inventar. Quizá la doctrina de los derechos del hombre deba completarse con una doctrina de los deberes del hombre y de los límites del hombre, y esto podría quizá ayudar a replantear la cuestión de si no podría haber una razón de la naturaleza, y, por tanto, un derecho racional para el hombre y para el estar del hombre en el mundo. Tal diálogo debería interpretarse y plantearse interculturalmente. Para los cristianos ello tendría que ver con la creación y con el Creador. En el mundo hindú esos conceptos cristianos se corresponderían con el concepto de “dharma”, con el concepto de la interna legiformidad del ser, y en la tradición china a ello correspondería la idea de los ordenes del cielo.

LA INTERCULTURALIDAD Y SUS CONSECUENCIAS
Antes de intentar llegar a unas conclusiones, quisiera ampliar un poco más la indicación que acabo de hacer. La interculturalidad me parece una dimensión imprescindible de la discusión en torno a los fundamentos del ser humano, una discusión que hoy ni puede efectuarse de forma enteramente interna al cristianismo, ni tampoco puede desarrollarse sólo dentro de las tradiciones de la razón occidental moderna. En su propia autocomprensión, ambos (el Cristianismo y la razón moderna) se presuponen universales, y puede que de iure (de derecho) efectivamente lo sean. Pero de facto (de hecho) tienen que reconocer que sólo han sido aceptados en partes de la humanidad. El número de culturas en competición es, ciertamente, mucho más limitado de lo que podría parecer a primera vista. Y sobre todo es importante que dentro de los distintos ámbitos culturales tampoco hay unidad, sino que los espacios culturales se caracterizan por profundas tensiones dentro de sus propias tradiciones culturales. En Occidente esto es evidente. Aunque en Occidente la cultura secular de una estricta racionalidad (y de ello nos ha dado un impresionante ejemplo el señor Habermas), resulta ampliamente dominante y se considera lo vinculante, no cabe duda de que en Occidente la comprensión cristiana de la realidad sigue teniendo igual que antes una fuerza bien eficaz. Ambos polos guardan entre sí una cambiante relación de proximidad o de tensión, están uno frente al otro, o bien en una mutua disponibilidad a aprender el uno del otro, o bien en la forma de un rechazarse más o menos decididamente el uno al otro.

También el espacio cultural islámico viene determinado por tensiones similares; desde el absolutismo fanático de un Ben Laden hasta actitudes que están abiertas a una racionalidad tolerante, se da un amplio arco de posiciones, pues. Y el tercer gran ámbito cultural, el de la cultura india, o mejor los espacios culturales del hinduismo y del budismo, están asimismo determinados por tensiones similares, aun cuando, en todo caso desde nuestro punto de vista, esas tensiones ofrecen un aspecto mucho menos dramático. Y esas culturas también se ven expuestas tanto a las pretensiones de la racionalidad occidental como a las interpelaciones de la fe cristiana, pues ambas han hecho acto de presencia en esos ámbitos. De modos diversos, esas culturas asimilan tanto la una como la otra, tratando, sin embargo, a la vez de proteger también su propia identidad. Completan el cuadro las culturas locales de África y las culturas locales de América, despertadas éstas últimas por determinadas teologías cristianas. Todas esas culturas se presentan en buena medida como un cuestionamiento de la racionalidad occidental, pero también como un cuestionamiento de la pretensión universalista de la revelación cristiana.

¿Y qué se sigue de todo esto? Pues bien, lo primero que se sigue es, a mi entender, la no universalidad fáctica de ambas grandes culturas de Occidente, tanto de la cultura de la fe cristiana como de la cultura de la racionalidad secular, por más que ambas culturas, cada una a su manera, se hayan convertido en codeterminantes en todo el mundo y en todas las culturas. Y en este sentido, la pregunta del colega de Teheran, a la que el señor Habermas ha hecho referencia, me parece que es una pregunta de peso, la pregunta desde si desde el punto de vista de la comparación cultural y de la sociología de la religión, la secularización europea no representa quizá un camino especial que necesitaría de alguna corrección. Y ésta es una cuestión que yo no reduciría sin más, o por lo menos no creo que deba reducirse necesariamente, a ese estado de ánimo que representan un Carl Schmitt, un Martin Heidegger o un Levi Strauss, es decir, al estado de ánimo de una situación europea que, por así decir, se hubiese cansado de la racionalidad. Es un hecho, en todo caso, que nuestra racionalidad secular, por más que resulte trivial y evidente al tipo de ratio que se ha formado en Occidente, no es algo que resulte evidente y convincente sin más a toda ratio, es decir, que esa racionalidad secular, en su intento de hacerse evidente como racionalidad, choca con límites. Su evidencia está ligada de hecho a determinados contextos culturales y tiene que reconocer que, como tal, no se la puede entender en toda la humanidad, es decir, no puede encontrar comprensión en toda la humanidad, y que, por tanto, no puede ser operativa en el conjunto. Con otras palabras: no existe “fórmula del mundo”, racional, o ética, o religiosa, en la que todos pudieran ponerse de acuerdo y que entonces fuese capaz de sostener el todo. O en todo caso, tal fórmula es por el momento inalcanzable. Por eso, incluso los proyectos de un “ethos universal”, a los que hemos empezado haciendo referencia, se quedan en una abstracción.

CONCLUSIONES
¿Qué hacer, pues? En lo que respecta a las consecuencias prácticas estoy en profundo acuerdo con lo que el señor Habermas ha expuesto acerca de la sociedad postsecular, acerca de la disponibilidad a aprender y acerca de la autolimitación por ambos lados. Mi propio punto de vista voy a resumirlo en dos tesis, con las que voy a concluir.

1.- Habíamos visto que hay patologías en la religión que son altamente peligrosas y que hacen necesario considerar la luz divina que representa la razón, por así decir, como un órgano de control, desde el que y por el que la religión ha de dejarse purificar y ordenar una y otra vez, cosa que era por lo demás la idea de los Padres de la Iglesia (4). Pero en nuestras consideraciones hemos obtenido también que (aunque la humanidad no sea por lo general hoy consciente de ello) hay también patologías de la razón, hay una hybris de la razón que no es menos peligrosa, sino que representa una amenaza aún mayor a causa de su potencial eficiencia: la bomba atómica, el hombre como producto. Por tanto, y a la inversa, hay también que amonestar a la razón a reducirse a sus límites y a aprender y a disponerse a prestar oídos a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si la razón se emancipa por completo y se desprende de tal disponibilidad a aprender y se sacude tal correlacionalidad o se desdice de tal correlacionalidad, la razón se vuelve destructiva.

Kart Hübner planteaba no hace mucho una exigencia similar diciendo que en tal tesis no se trataba inmediatamente de un “retorno a la fe”, sino que de lo que se trataba era de que “nos liberásemos de esa obcecación de nuestra época, conforme a la que la fe no podría decir ya nada al hombre actual porque la fe contradiría a la idea humanista de razón, Ilustración y libertad que ese hombre tiene” (5). Yo hablaría, por tanto, de una necesaria correlacionalidad de razón y fe, de razón y religión, pues razón y fe están llamadas a limpiarse y purificarse mutuamente y se necesitan mutuamente, y ambas tienen que reconocerse mutuamente tal cosa.

2.- Esta regla fundamental debe hallar concreción en el contexto intercultural de nuestra actualidad. Sin duda dos importantes intervinientes en esa correlacionalidad son la fe cristiana y la cultura secular occidenal. Y esto puede decirse y debe decirse sin ninguna clase de eurocentrismo. Pues ambos (cultura secular occidental y fe cristiana) determinan la actual situación mundial en una proporción en que no la determinan ninguna de las demás fuerzas culturales. Pero esto no significa, ni mucho menos, que se pueda dejar de lado a las otras culturas como una especie de “quantité négligeable” (de magnitud despreciable). Para ambos grandes componentes de la cultura occidental es importante ponerse a escuchar a esas otras culturas, es decir, entablar una verdadera correlacionalidad con esas otras culturas. Es importante implicarlas en la tentativa de una correlación polifónica, en la que ellas se abran a sí mismas a la esencial complementariedad de razón y fe, de suerte que pueda ponerse en marcha un universal proceso de purificaciones en el que finalmente los valores y normas conocidos de alguna manera o barruntados por todos los hombres lleguen a recobrar una nueva capacidad de iluminación de modo que se conviertan en fuerza eficaz para una humanidad y de esa forma puedan contribuir a integrar el mundo.

(Traducción de Manuel Jiménez Redondo)

NOTAS

1) R. Spaemann, „Weltethos als “Projekt““, en: Merkur, Heft 570/571, 893-904.

2) La expresión más impresionante (pese a muchas correcciones de detalle) de esta filosofía de la evolución, hoy todavía dominante, la representa el libro de J. Monod, El Azar y la Necesidad, Barcelona 1989. En lo que respecta a la distinción entre lo que son los resultados efectivos de la ciencia y lo que es la filosofía que acompaña a esos resultados, cfr. R. Junker, S. Scherer (eds.), Evolution. Ein Kritischer Lehrbuch, Giessen 1998. Para algunas indicaciones concernientes a la discusión con la filosofía que acompaña a esa teoría de la evolución, véase J. Ratzinger, Glaube – Wahrheit – Toleranz , Friburgo 2003, 131-147.

3) Acerca de las tres dimensiones del derecho natural medieval (dinámica del ser en general, teleología de la naturaleza común a los hombres y a los animales [Ulpiano], y teología específica de la naturaleza racional del hombre) cfr. las referencias a ello en el artículo de Ph. Delhaye, Naturrecht, en: LThK2 VII 821-825. Digno de notarse es el concepto de derecho natural que aparece al principio del Decretum gratiani: Humanum genus duobus regitur, naturali videlicit iure, et moribus. Ius naturale est, quod in lege et Evangelio continetur, quo quisque iubetur, alii facere, quod sibi vult fieri, et prohibetur, alii inferre, quod sibi nolit fieri (el género humano se rige por dos cosas, a saber, el derecho natural y las costumbres. Derecho natural es el que se contiene en la ley y el Evangelio, por el que se manda a cada cual no hacer a otro sino lo que quiere que se le haga a él, y se le prohíbe infligir a otro aquello que no quiere que se le haga a él).

4) Es lo que he tratado de exponer en el libro mío que he mencionado en la nota 2: Glaube –Wahrheit –Toleranz; cfr. también M. Fiedrowicz, Apologie im frühen Christentum, seg. edición, Paderborn 2002.

5) K. Hübner, Das Christentum im Wettstreit der Religiones, Tubinga 2003, 148.

ENTREVISTA A MANUEL JIMÉNEZ REDONDO, SOBRE EL DEBATE HABERMAS-RATZINGER.


Debate Habermas-Ratzinger, por Manuel Jiménez Redondo*

Manuel Jiménez Redondo, Catedrático de Filosofía de la Universidad de Valencia
Fecha de publicación: 20/05/2005

Ofrecemos a continuación la entrevista íntegra a Manuel Jiménez Redondo, catedrático de Filosofía de la Universidad de Valencia, sobre el debate filosófico mantenido por Jürgen Habermas y el entonces cardenal Joseph Ratzinger en enero de 2004, organizado por la Academia Católica de Baviera, a propósito de las bases morales del Estado liberal.

-¿Por qué eligió para un curso de doctorado la discusión mantenida por el actual papa Benedicto XVI y Jürgen Habermas?

Manuel Jiménez: Quien discutía con Habermas no era, ciertamente, el Papa, sino un cardenal, del que yo tenía muy vagas referencias, a no ser una. Hace unos años (no sabría decir cuántos) en la emisora de televisión alemana Phoenix escuché casualmente una conferencia que Ratzinger pronunció en Munich sobre un tema muy próximo al del último capítulo del libro de McIntyre "Sobre la virtud", que lleva por título (no lo tengo ahora delante) algo así como "San Benito y Trotsky".

La finura conceptual del conferenciante me fascinó, tanto que mientras le oía me fui arrepintiendo de no haber grabado aquella conferencia como suelo hacer con algunas cosas de Phoenix. Cuando un compañero me envió los textos de la discusión Habermas-Ratzinger, yo ya tenía una idea de quien era Ratzinger. Y allí estaba desde luego el fino intelectual que yo había escuchado en Phoenix.

Mi conocimiento de Habermas data de hace mucho tiempo. El que yo hubiera dejado de traducir a Habermas por motivos de censura (que simplemente no acepto) y el que Ratzinger fuera prefecto de la Congregación del la doctrina de la Fe, daba al asunto su "salsa picante" y a mí una cierta distancia respecto a ambos interlocutores, pese a mi familiaridad con uno y mi momentánea admiración por el otro. Y la verdad es que quien me envió los textos lo hacía para "picarme".

El dossier lo preparé a mediados de febrero para las sesiones finales del curso, que son, digamos, de propina. Pero vino después el 11-M, y el horizonte cambió hasta el punto de que todo el contenido del dossier pasó sin pena ni gloria. Y había una buena razón.

En el curso habíamos tratado principalmente de Heidegger y de Carl Schmitt. A Habermas habíamos recurrido cuando en "El concepto de lo político" Carl Schmitt dice que la burguesía liberal, la "clase discutidora", ha querido siempre reducir la relación amigo-enemigo en que consiste lo político a la relación de competencia económica y a la relación de ponente-oponente en el proceso de discusión democrática. Y, ¿por qué no? No es mala reducción.

No era una mala forma de hacer viable la libertad moderna, la cual brota de la propia experiencia que hace el individuo moderno de verse remitido irreferencialmente, él solo, al más-allá de sí que representa su propia muerte, el verse remitido él solo a la radical posibilidad suya de también no ser, habiendo de asumirse desde ella. Desde ese más-allá de sí misma en el que la existencia humana también consiste, y desde el que sabe que ha de tomar absolutamente la responsabilidad de sí misma, pues mi vida es la mía y sólo la vivo una vez, la existencia humana sabe también que sólo se tiene en préstamo, que no es suya.

La libertad brota del lugar de lo santo, por así decir. Y la irreferencialidad de la libertad es también la que convierte al prójimo moderno en ser un absolutamente extraño, que puede irrumpir en mi existencia destructivamente. El 11-M era como la abisal confirmación de Carl Schmitt. El Estado liberal moderno es algo así como la libertad tratando de hacerse viable a sí misma, pero sobre ese abismo.

Pero a lo que vamos: en el curso se nos hizo patente el lado de teología negativa que tenía el nihilismo de Heidegger y de Carl Schmitt, es decir, cómo la libertad moderna implica un quedar desnudamente el hombre solo ante su propio enigma. Y eso es el lugar de la religión, que es imborrable.

Y si todo eso es así, la polémica Habermas-Ratzinger podía contribuir a aclararnos las relaciones de las "figuraciones religiosas" con la razón democrático-liberal moderna. Por frágil que ésta pueda mostrarse a veces, es la única forma de hacer políticamente viable la condición humana moderna, la libertad moderna.

Eso fue lo que me llevó a pensar que el debate podía venirnos muy bien para el curso. Aparte de que ese curso de doctorado ya nació con la intención de tener informados a los estudiantes de esta clase de debates centroeuropeos. Hemos tenido ya ocasión de repasar muchos. A lo largo de los años he ido acumulando muchos dossiers de este tipo.

Claro que a ninguno de los autores recogidos en estos dossiers, con la excepción de Ratzinger, le ha sucedido nunca que lo eligiesen Papa. Esto es lo único excepcional e imprevisto que ese dossier tiene.

-­Cómo catedrático de Filosofía ¿qué le resultó más llamativo en las posturas de cada uno de los interlocutores de ese debate?

Manuel Jiménez: En ambos me llama la atención la pulcritud conceptual con que sitúan el tema que se discute; por el lado de Habermas: una razón autónoma que es consciente de que puede descarrilar, de que puede no quedar a su altura, para evitar lo cual no tiene más remedio que entenderse también desde su lugar de nacimiento que es también el lugar en que está la religión; y por el lado de Ratzinger: un creyente que recuerda eso a la razón autónoma, pero sabiéndola autónoma.

Al final del dossier añado una nota de uno de los asistentes, conforme a la que fue admirable hasta qué punto la discusión (y la discusión no se redujo sólo a las ponencias) quedó marcada por el respeto y la pasión.

Yo añadiría que, más allá del respeto debido a todas las personas, ese respeto en la discusión misma nacía de lo maravillosamente bien articulada que estaba una misma visión compartida, que, sin embargo, venía acompañada a la vez de la tensión de la contraposición, de la tensión entre dos posiciones radicalmente opuestas. Habermas no es creyente, Ratzinger sí. Es una lástima que en España veamos muy poco de esto.

-­¿Comparte usted con Habermas la necesidad del diálogo razón-fe, entre otras razones para que no "descarrile" la secularización? ¿Qué quiere decir esto exactamente?

Manuel Jiménez: No solamente la considero necesaria, sino que de las confrontaciones entre la especulación filosófica y la especulación teológica han nacido algunos de los grandes momentos de la filosofía contemporánea.

Pienso en que no hubieran sido posibles Hegel y el Idealismo alemán sin la confrontación subyacente entre filosofía y teología; pienso también en la importancia que en la conformación de la obra de Heidegger tuvo la confrontación con la teología y con la tradición teológica en general. Heidegger no es comprensible sin Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel y Husserl, pero tampoco sin San Agustín, Lutero, Kierkegaard, y Bultmann.

Muchos de los principales temas de la Teoría Crítica contemporánea no hubieran sido posibles sin la confrontación entre discurso racional y todo un transfondo de especulación teológica cabalística. Ese diálogo entre razón y fe, que el discurso de Habermas de 2001 define muy bien, es necesario no sólo para que no descarrile la razón moderna, sino también para que las formas de fe cobren conciencia de su lugar.

Antes he dicho que la libertad moderna nace del lugar donde también imborrablemente está la religión. Pero la relación del hombre con lo que él entienda que ha de considerar el sentido de la vida y del mundo la decide sólo él. Y la razón política liberal habrá de consistir en darse a sí mismo estructura y viabilidad este irrebasable hecho.

Si usted me pregunta qué es lo que exactamente podría significar entre nosotros (en España, digo) ese diálogo, le voy a responder de forma muy precisa: ante todo y sobre todo ese diálogo habría de empezar por integrar a las Facultades de teología en el sistema universitario. Si eso no se hace, es que no se confía en el diálogo, y por tanto que no hay tal diálogo, todo queda en los buenos deseos de tenerlo.

Los responsables de que las Facultades de teología no pertenezcan a la Universidad están haciendo un flaco servicio a la cultura hispana; y si los responsables son eclesiásticos, están haciendo un muy flaco servicio a su propia fe.

Diálogos del calado de la discusión Habermas-Ratzinger sólo son posibles donde las Facultades de teología pertenecen al sistema universitario general. Es en ese contexto donde salen nombres como Schleiermacher o Feuerbach, o como Barth o Bultmann, o como Guardini, Rahner, von Balthasar o el propio Ratzinger. Y es en tal contexto donde esos nombres pueden ejercer sobre la cultura general la irradiación que merecen ejercer y que estarían llamados a ejercer.

-­Habermas sostiene que el Estado debe ser neutral en lo que se refiere a las cosmovisiones y por tanto abstenerse de cualquier intento de generalizar políticamente una visión secularista del mundo. ¿Cree que el Estado español está en esta línea?

Manuel Jiménez: La política tiene que quedar un peldaño por debajo de eso. El único derecho innato que asiste al hombre en virtud de su humanidad ­decía Kant- es la libertad. Y ser libre significa que sobre mi existencia en conjunto decido últimamente yo, sin más limitación que el reconocer ese mismo derecho a los demás.

También, como he dicho, en lo que se refiere a sentido de la vida y del mundo decide cada cual sin necesidad de pedir autorización ni permiso a nadie. Pues si el Creador me ha puesto a cargo de alguien, me ha puesto a cargo mío y de nadie más. Estas son ideas de Locke y de Kant, que me parecen básicas.

El Estado está para dar forma efectiva a ese derecho, para dar a ese principio por medio del derecho positivo una forma que convierta al ejercicio de ese derecho en efectivo y en viable para todos por igual. El Estado gestiona el efectivo ejercicio de la libertad. El sentido de la vida y del mundo pertenece a la libertad antes de su gestión por el Estado.

El Estado liberal, como decía Rawls, ni siquiera tiene por misión predicar una "cosmovisión liberal" como sentido de la vida y del mundo, y mucho menos el laicismo; el Estado no es para eso para lo que está. Está como medio de organizar su convivencia individuos que se han encontrado con que no comparten un mismo sentido de la vida y del mundo, y que para convivir tienen que arreglárselas con ese hecho. Y una vez que consiga eso, el Estado está para que eso pueda hacerse con holgura.

"Tuitio iurium et copia bonorum" (protección del derecho y abundancia de bienes), decían los escolásticos que era el fin de la organización política. Y yo creo que el Estado español está en esa línea. Tenemos una constitución liberal estándar, y que además funciona. Y aunque yo no tendría ningún inconveniente en confesarme socialdemócrata, una cosa es la relación entre conciencia moderna y religión, otra cosa es cómo ello queda plasmado en una constitución liberal como la nuestra, y otra muy distinta es la particular política de un gobierno que llegó al poder sin un programa claro y, sobre todo, sin una mayoría parlamentaria que le permitiese desarrollar un programa coherente, y que, en el comprensible juego de equilibrios de poder y de voluntad de permanencia, a mí me parece que viene más bien entreteniendo con una política de dilaciones, por un lado, y de mucho ruido y pocas nueces, por otro.

Poca fe tendrían los creyentes en la presencia teológica de sus propias creencias, en el brillo teológico y existencial de su propia visión de las cosas, si temen que esa presencia y ese brillo habrían de sufrir menoscabo por supuestas cosmovisiones laicistas que ni ellas mimas saben en qué consisten.

Porque a mí me gustaría saber en qué consiste la cosmovisión laicista de Rodríguez Zapatero. Si la visión socialdemócrata de una sociedad postsecular puede venir representada por el discurso de Habermas en 2001 en la Paulskirche, el nivel de la socialdemocracia española es bastante bajo; pero no seamos injustos, tampoco la conciencia teológica hispana ambiental está a la altura de un Guardini, de un Rahner o de un Urs von Baltasar, por limitarme sólo a nombres católicos.

-­¿Implica la secularización un trato discriminatorio hacia los "creyentes"?

Manuel Jiménez: Habermas entra en un terreno que es difícil y estoy de acuerdo con la forma en que lo hace. Por tanto, tengo poco que añadir. Es de derecho, decía Kant, toda acción conforme a cuya máxima mi libertad sea compatible con la de cualquiera conforme a una ley general. Y me hace injusticia quien, respondiendo mi acción a una máxima conforme a la que mi libertad sería compatible con la de cualquiera conforme a una ley general, me impide esa acción. Libertad, pues, conforme a leyes generales.

Pero la cuestión está en la "máxima", en el contenido de la ley, que convierte a lo que yo pueda querer en compatible con lo que el otro pueda querer en términos de una ley válida para ambos por igual y que pueda considerarse que plasma el mismo derecho de libertad de ambos en un asunto que no hay más remedio que regular.

El contenido que la ley acabe teniendo tiene que ser un contenido que ambos, conforme a la comprensión que tienen de su propia dignidad, puedan querer, puedan prestarle su asentimiento. El creyente podría verse en una situación de asimetría, que para que la ley fuese equitativa, habría de tenerse en cuenta y ponderarse en el proceso de discusión democrática, en lugar de hacerse abstracción de forma tajante y de antemano de toda autocomprensión religiosa. Ahora bien, ello no puede ser en menoscabo del básico derecho de libertad del no creyente.

­Algunas cuestiones de actualidad en España, como el "matrimonio" homosexual dan nuevo interés al tema de esta discusión entre Habermas y Ratzinger acerca de las bases morales del Estado liberal, especialmente en lo que concierne al derecho ¿Hay algo que precede al "legislador" como artífice de derecho?

Manuel Jiménez: Sí, hay algo que precede al legislador, algo que está por encima de él y de lo que el legislador no puede disponer, y de lo que tampoco pueden disponer los hombres y mujeres, que también, en lo que se refiere a su dignidad, preceden al legislador y se preceden a sí mismos.

Es lo que desde Kant para acá se viene llamando tener dignidad, en lugar de sólo tener precio. Y que antes de Kant se llamaba ser los hombres hijos de Dios, estar hechos los hombres a imagen de Dios. Y ambas caracterizaciones, como se subraya tan bien en la discusión Ratzinger-Habermas, provienen de una misma fuente, del no tenerse el hombre a sí mismo, sino desde un más-allá de sí mismo, desde el enigma de sí mismo, ante el que el hombre está en definitiva en soledad, y del que el hombre no dispone, sino que ese enigma dispone de él.

El Estado liberal, que fue una creación civilizatoria de primer orden, fue el intento de elaborar de forma políticamente productiva los efectos destructivos del brutal conflicto de interpretaciones que podía seguirse de ello. Fue la salida a las guerras de religión. Y el "artefacto" (Hobbes) que es el Estado liberal, por el que la condición humana moderna se hizo viable, creo que es irrenunciable.

Pero el Estado está para hacer viable esa condición, no está por encima de ella, está para lograr mediante solapamientos de consensos (a veces arduamente conseguidos) algo así como una concepción común de la justicia. Y eso tendrá que ser oyendo también a las religiones en el espacio público democrático. Y esa es la moral del Estado liberal y no puede ser otra.

Pero la pregunta de usted me lleva a un terreno muy concreto, que no voy a eludir. Yo pienso que era absolutamente necesaria una regulación jurídica de las parejas homosexuales y ello en estricta igualdad con las heterosexuales.

Dicho esto, el nombre que se diese a esas parejas, era, a mi juicio, precisamente eso, una cuestión de nombre y nada más. Ese nombre no hubiera podido ser otro que el de "matrimonio", si cualquier otro hubiese significado una diferencia en libertades, derechos y obligaciones. Pero yo no veo que ese nombre añada ni quite ningún derecho que esas parejas hubieran podido tener si jurídicamente se les hubiera puesto cualquier otro nombre.

El darles un nombre que para las creencias de parte de la población va indisolublemente ligado a la heterosexualidad y que está cargado de sentido religioso, me parece que son ganas de "montar jarana" donde no era menester, y que forma parte del tipo de política de gestos grandilocuentes y sin contenido a los que antes me he referido.

-­¿Cree que Benedicto XVI será un interlocutor adecuado para avanzar en el diálogo con la sociedad, sobre todo teniendo en cuenta su comprensión del fenómeno de la secularización? ¿En qué cuestiones considera usted que se podrá avanzar en el entendimiento?

Manuel Jiménez: A esto no puedo dar una respuesta muy articulada, pues tendría que conocer más el pensamiento de Ratzinger. Me voy a limitar a indicar dos cosas.

Recuerdo que en la introducción al dossier que yo preparé, señalaba que era Ratzinger quien subrayaba la idea de Weber del particularismo de la cultura occidental, y de que el racionalismo occidental moderno, si quería hacer buena su pretensión de universalidad (por ejemplo en asuntos de derechos humanos) tenía que mostrarse naciendo también del interior de las demás culturas, lo mismo que del cristianismo. Pero que, siendo imborrable su procedencia cristiana ello implica entendimiento entre las demás religiones y la religión cristiana.

A mí este planteamiento weberiano (asumible por tanto desde el punto de vista del agnosticismo) hecho desde el interior de una determinada fe, he de decir que me sorprendió. No sé qué forma se le puede dar a eso. Pero este hombre me parece que tiene capacidad para hacerlo.

Hay otra idea que me interesó de él cuando estaba preparando aquel modesto dossier. La expresa en un artículo sobre el bien y la belleza. Allí decía que el creyente no tiene en definitiva otra base en la que estribar que la belleza y lo horrendo de aquello en lo que consistimos, del enigma en que consistimos, que en el cristianismo se presenta como ofreciéndonos desde sí mismo figura, comprensión y reconciliación.

Ratzinger apelaba a la idea del Fedro de Platón, y a lo que entiendo, a ideas de Schiller. Otra base en la que el creyente tenía que estribar (pues el creyente no tenía otra) era en la ejemplaridad de aquellos comportamientos y aquellas vidas en las que trasparece cómo se alimentan de una fuente que, pese a que nos identifiquemos con esos comportamientos y esas vidas, nos excede por todos lados.

El cardenal estaba haciendo suyas la idea de "genialidad moral" de Kant y de Hegel. Como la cosa más natural del mundo, este Ratzinger, cuando hablaba de sus creencias, sabía recurrir a motivos bien centrales de la cultura europea contemporánea. No necesitaba ningún aggionarmento o puesta al día de sus creencias, a él le nacían de su propia actualidad intelectual. O si se quiere: sus creencias le nacían de su propia plena actualidad intelectual desde la que daba alcance a su propia tradición. Esa sensación me la ha producido también Rahner las pocas veces que me he acercado a escritos suyos.

____________________________

*Manuel Jiménez Redondo nació en 1947. Cursó estudios universitarios en Madrid y Francfort. Ha sido el traductor de buena parte de la obra de Habermas. Ha traducido también a Heidegger y a Hegel, entre otros. Perteneció en los años 80 al seminario de derecho dirigido por Habermas. Es catedrático de Filosofìa de la Universidad de Valencia. Ha sido profesor invitado en varias universidades extranjeras. Tiene numerosas publicaciones sobre idealismo alemán y corrientes filosóficas contemporáneas. Desde hace años dirige en la Universidad de Valencia el curso de Doctorado "El discurso filosófico de la modernidad".



VERITAS 37

NESTEA.



AMISTAD CÍVICA.



ADELA CORTINA

EL PAÍS - Opinión - 06-05-2008

Las sociedades para prosperar, según Aristóteles, necesitan leyes e instituciones justas, gobernantes prudentes y jueces honestos, pero también un ingrediente sin el que la vida pública no funciona con bien: la amistad cívica.

La amistad cívica no consiste en que los ciudadanos se vayan de tapas, porque éstas son cosas que se hacen con los amigos corrientes, con ésos a los que, según el diccionario, se tiene afecto personal desinteresado que se fortalece con el trato. La amistad cívica sería más bien la de los ciudadanos de un Estado que, por pertenecer a él, saben que han de perseguir metas comunes y por eso existe ya un vínculo que les une y les lleva a intentar alcanzar esos objetivos, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios comparativos.

Cuáles son esas metas comunes es fácil de aclarar. En el orden global, en que los Estados deberían estar comprometidos, erradicar el hambre y la pobreza extrema y los restantes Objetivos del Milenio son una orientación suficiente. En este sentido, es una buena noticia que España haya aumentado la ayuda al desarrollo, y no hay sino que progresar al máximo. En lo que se refiere al orden interno del Estado, bregar por la educación de calidad, la atención sanitaria eficiente y buena, el trabajo estable, y por hacer realidad que todos los ciudadanos puedan expresar sus ideas libremente, siempre que no atenten contra la libertad y la vida de otros, son metas suficientes para vincular a las personas en una tarea común.

Y, sin embargo, no parece que ese vínculo amistoso exista en nuestro país. Las últimas elecciones generales, endurecidas como pocas, han generado la sensación de una ciudadanía enfrentada en la solución de cada uno de los problemas comunes, como si para cada tema hubiera dos bandos: si unos dicen "blanco", los otros han de decir "negro". Las razones para cada posición parecen en principio irrelevantes, porque después ya vienen los "argumentadores" oficiales, que diseñan argumentarios para sostener hasta lo insostenible. Se divide entonces la ciudadanía en bandos, que parecen ser irreconciliables.

Cuando en realidad es mucho más lo que les une que lo que les separa. Cuando no se construye una vida pública justa desde la enemistad, porque entonces falta la argamasa que une los bloques de los edificios, falta la "mano intangible" de la amistad cívica. Junto a la mano visible del Estado y la presuntamente invisible del mercado, es necesaria la mano intangible de la amistad entre ciudadanos que se saben artesanos de una vida común.

Esto no significa abolir la diversidad y generar una sociedad de individuos homogéneos, porque existen diferencias de capacidades, de creencias religiosas, de sensibilidad política, de tendencia sexual, y tantas otras que componen una "ciudadanía compleja", y no la ciudadanía simple, sin atributos, sin carne ni sangre humanas, que no existe más que en las mentes totalitarias.

Los grupos que luchan por el reconocimiento de las diferencias son un factor de progreso y, si las sociedades quieren ser justas, han de articular esas diferencias, siempre que sean legítimas; una tarea de orfebrería, que no tiene éxito si no hay voluntad de respetarlas desde las distintas partes. Para eso se necesita la amistad cívica de quien no ve en el otro un enemigo a abatir, sino un igual con el que hay que resolver con justicia los problemas comunes.

Para muestra, un botón. Hace unos días en Zaragoza, en una conferencia, comenté a un público encantador cómo Zaragoza es la primera ciudad grande que visité en mi infancia y me dejó deslumbrada. Ahora parece, sin embargo, que hay temas tabú, como el del trasvase del Ebro, porque vengo de la "España seca". ¿No vamos a poder hablar de este asunto y otros, para ver cómo encontramos soluciones conjuntas desde la solidaridad y sin agravios comparativos? ¿Es que de pronto no puede haber amistad cívica entre aragoneses y valencianos por temas que hay que discutir con voluntad de llegar a la solución más justa y con espíritu solidario? Una señora que había pedido la palabra, empezó su pregunta con una frase magistral: "Ante todo -me dijo-, ¡bienvenida!". Como en aquellos tebeos de la infancia: "Sin palabras".

Por desgracia, hay gentes que ganan creando discordia. Otras, anestesiadas, a las que importan los problemas sólo cuando les afectan -"ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde"-. Otras, cuyas pretensiones legítimas no se ven reconocidas, y éstas son las excluidas. Otras empeñadas en hacer creer que sus pretensiones son las más importantes y que nunca se les hace justicia. Son las que utilizan el victimismo como herramienta para convertir sus deseos en prioridades frente a las necesidades de otros. Es lo que ocurre en esos lugares con bonanza económica y social, donde no hay ninguna razón para reprimir a quienes no piensan igual, mucho menos para matar por la independencia. A la hora de reclamar el derecho a la diferencia hay que ponerlo en sus justos términos.

La amistad -decía Aristóte-les- es lo más necesario para la vida; sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera todos los demás bienes. Y parece -añadía- que es la amistad cívica la que mantiene unidas a las ciudades.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.