jueves, 29 de enero de 2009

UNA CUESTIÓN DE LÍMITES


TRIBUNA / EDUCACION PARA LA CIUDADANIA

RAFAEL NAVARRO-VALLS

Una cuestión de límites
29.01.2009

Diario El Mundo



EL MUNDO me solicita amablemente una valoración de urgencia de la decisión del Tribunal Supremo hecha pública hace unas horas.Ciertamente, ha de ser de urgencia, dado lo escueto de la nota emitida por el TS, sin aclarar motivación alguna ni matices explicativos, salvo uno al que luego me referiré.

La cuestión fundamental que late en el debate político y jurídico que ha confluido en la sentencia del TS es la de los límites del Estado en la imposición obligatoria de contenidos educativos.En mi opinión -ya lo dije al inicio de estos tres años de debates-, el principio de intervención democrática autoriza al Estado a buscar un acuerdo constitucionalmente correcto acerca de los saberes mínimos que han de transmitirse a las nuevas generaciones.Pero cuando se da un desacuerdo razonable sobre cuál sea la mejor manera de preparar a los alumnos para participar en la vida política o asegurar su desarrollo moral. no puede el Estado decidir por sí mismo.

En estos supuestos -hace tiempo lo dijeron Charles Fried (Harvard) y Pablo da Silveira (Lovaina)-, no puede estipular, contra la voluntad de los padres, cuál sea la mejor manera de asegurar el desarrollo de las competencias morales, cívicas y políticas de las nuevas generaciones. El derecho a elegir el tipo de educación que queremos dar (o no dar) a nuestros hijos forma parte de nuestro propio derecho a elegir una concepción del bien y a ponerla en práctica, sin sufrir la interferencia de los poderes públicos.

Esta fue la contundente postura del Tribunal Supremo estadounidense en el caso Wisconsin versus Yoder: «El interés del Estado por la escolarización obligatoria debe ceder ante la libertad de los padres para marcar la orientación moral de sus hijos». Postura también presente en el subsconsciente jurídico de Europa, ya que la Carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea (artículo 14) garantiza «el derecho de los padres a asegurar la educación y enseñanza de sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas».

De ahí que, de entrada, sorprenda la decisión del TS español al obviar sólidos planteamientos jurídicos y de conciencia. Me da la impresión de que, en la delicada operación de ponderar conflictos de intereses entre aquellos dos segmentos de la Constitución en los que, respectivamente, se inserta un derecho fundamental (el de los padres de determinar la formación religiosa y moral de sus hijos) y un factor competencial (el del Estado de hacer una programación general de la enseñanza), se ha decantado por un principio organizativo sobre un derecho fundamental.

Consciente de ello -y este es el matiz que ha dejado entrever en la nota a la que antes me referí-, ha dejado la puerta abierta a que, en el futuro, se puedan suscitar de nuevo objeciones de conciencia, sustentadas en planteamientos jurídicos diferentes a los ahora examinados, lo cual es buena muestra de la indefinición que en la actualidad se detecta en los contenidos de la asignatura.

El desenfoque en que, en mi opinión, incide la sentencia es no haber analizado detenidamente la lesión que esta inseguridad jurídica provoca en el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones. Probablemente -habrá que comprobarlo en la redacción de la sentencia-, el TS se ha centrado en si existe en las normas examinadas un afán «indoctrinador» por parte del Estado. Al concluir, en la opinión de una mayoría de magistrados, que no es posible demostrarlo, ha entendido que no se conculca el artículo 27 de la Constitución ni el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Pero esto no es estrictamente exacto.El Convenio Europeo y la Constitución lo que exigen es que el Estado respete las convicciones de los padres, sin que haya la menor referencia a la finalidad perseguida por la organización pública del sistema de enseñanza.

En fin, creo que nos encontramos con lo que viene llamándose una «sentencia interpretativa», que, si abre la puerta a argumentaciones de cierta altura jurídica, no siempre deja definitivamente cerrado el asunto litigioso. Veremos lo que sucede en posteriores recursos o instancias.

Rafael Navarro-Valls es catedrático de la Universidad Complutense y coautor del libro Las objeciones de conciencia en el Derecho español y comparado.

INVESTIGACIÓN CON CÉLULAS MADRES EMBRIONARIAS Y ÉTICA




Investigación con células madres embrionarias y ética
Fernando Pascual
Profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum
Fuente: analisisdigital


Una de las primeras decisiones de la administración de Barack Obama, anunciada el 23 de enero de 2009, consistió en permitir experimentos con células madres embrionarias obtenidas a partir de la destrucción de embriones humanos, en orden a conocer sus posibilidades terapéuticas.

Se hace necesaria una reflexión ética sobre este horizonte que se abre a la ciencia.

Las células madres (también llamadas células estaminales o stem cells) tienen una notable capacidad de regeneración y podrían así curar patologías de diversa gravedad.

Existen diversos tipos de células madres, y pueden obtenerse de varios modos. Nos fijamos ahora en la investigación que trabaja con células madres obtenidas a partir de embriones. Son células muy manejables, menos diferenciadas y, por lo mismo, “interesantes” para el investigador. También, es cierto, pueden ser más problemáticas si se transplantan en adultos, especialmente en lo que se refiere a una posible multiplicación excesiva y descontrolada de las mismas, que conllevaría un elevado riesgo de cáncer.

En general, la obtención de estas células madres embrionarias implica la destrucción de los embriones que se “usan” con este fin. De aquí que sea necesario preguntarnos: ¿es ético, es justo, destruir un embrión para obtener estas células madres embrionarias?

Para responder hay que realizar antes otra pregunta: ¿qué es un embrión? Hay varias respuestas posibles. Una, decir que es un ser no-humano y, en cuanto tal, no merece respeto ni protección especial; a lo sumo, merecería el respeto debido a un “objeto” deseado o querido por algunos adultos.

Esta respuesta llevaría al absurdo de reconocer que cada uno de nosotros hemos nacido de un ser no humano (todos fuimos, hace más o menos tiempo, embriones). A la vez, tendríamos que pensar que nuestro valor, al menos en las fases iniciales, dependía de las decisiones de los otros, lo cual llevaría a distinguir dos tipos de embriones: unos amados y protegidos, otros “despreciados” y condenados a muerte segura para el “bien” de la investigación científica.

Otra respuesta sería decir que los embriones son seres humanos pero de categoría inferior a los demás seres humanos, por su pequeñez, por su desorganización aparente (todavía no tienen órganos desarrollados) y por su debilidad. Por lo mismo, podrían ser utilizados y destruidos en la investigación si así lo deciden los adultos que tienen algún “derecho” sobre ellos.

Esta respuesta es errónea e injusta, porque significa decir que una etapa de la vida del ser humano (también nosotros, adultos, pasamos por ella) merece menos protección que las demás; y porque otorga permiso para que otros puedan destruir a esos seres humanos que inician el camino de la vida.

Otra respuesta es reconocer que esos embriones (a veces se les llama, de un modo equivocado o engañoso, “preembriones”) son seres humanos a pleno derecho. Por lo tanto, nunca podemos destruirlos ni usarlos como material biológico, ni siquiera para la curación de otros seres humanos, pues merecen todo el respeto debido a cualquier individuo de la especie humana, sin discriminaciones de tipo racial, social, cultural, genético, de edad o de tamaño.

Esta tercera respuesta acoge los datos de la biología moderna, la cual ha mostrado la gran capacidad de coordinación y la identidad que adquiere un óvulo desde el momento de la fecundación, cuando empieza a actuar con un nuevo patrimonio genético que lo distingue tanto de la madre como del padre que lo originaron. Desde ese patrimonio y esa identidad, el embrión inicia un desarrollo que, si no hay obstáculos externos o errores internos (muchos embriones o fetos mueren por anomalías cromosómicas), llevará al día del nacimiento, al primer año de vida, al quinto, al décimo... hasta que llegue (nos llega a todos) el momento de la muerte.

Desde luego, podemos negarnos a aceptar la evidencia, pero entonces caemos en el peligro de declarar injustamente a algunos seres como subhumanos o como menos importantes. Cuando se ha hecho tanto en el mundo civilizado y democrático para combatir las discriminaciones, el que se tolere esta discriminación respecto de los embriones nos muestra hasta qué punto es posible retroceder a formas primitivas de prepotencia en las cuales algunos seres humanos se arrogaban el derecho salvaje de eliminar a los que eran declarados “inferiores”. Formas primitivas que no hemos de imaginar sólo en tribus del pasado (algunas más respetuosas de cada ser humano que nosotros), sino que han asumido uniformes brillantes con diversos tipos de emblemas en años no muy lejanos...

Por lo mismo, hay que evitar el “uso” de embriones en los laboratorios como si fuesen conejillos de indias. La investigación basada en el principio de justicia sabrá orientarse a otras alternativas que sí respeten a cada ser humano. Actualmente, por ejemplo, es posible obtener células madres del cordón umbilical o de la placenta (sin dañar al embrión o feto), o incluso de adultos, células que ofrecen grandes esperanzas para la curación de algunas enfermedades. ¿Por qué aventurarnos a la destrucción de embriones si tenemos otras opciones que pueden ser éticamente aceptables?

Pero esta opción en favor de otras alternativas no es suficiente. En Estados Unidos, en la Unión Europea y en otros lugares podemos encontrar parlamentarios y políticos que prefieren, justamente, no usar embriones, pues existen otras alternativas que conllevan menos problemas éticos. Pero esos mismos políticos reconocen que, si las células madres obtenidas de adultos no ofreciesen soluciones a algunas enfermedades, habría que dejar abierta la puerta para experimentar con embriones y obtener de ellos células madres embrionarias. Es decir, si fallase la investigación con células madres adultas, desearían abrir la puerta a la injusticia de destruir embriones para obtener células madres embrionarias más maleables...

La ética nos exige no fijarnos en los resultados que un experimento pueda alcanzar, sino en lo que se hace y en quién es “usado” por el científico. Si condenaríamos sin la menor vacilación el que se obtuviesen hipotéticamente células madres a través del asesinato de un adulto, aunque fuesen células madres capaces de curar a un gran personaje, también hemos de tener la coherencia ética para prohibir la obtención de células madres a partir de la destrucción de embriones, sea cual sea su origen o su situación (inclusive si están congelados y abandonados: ellos también merecen el máximo respeto).

Hay que seguir buscando alternativas para la investigación sobre células madres. Alternativas que respeten al máximo la dignidad de los científicos y de los políticos que están llamados a defender la vida de todos los seres humanos. Pero si no logramos alcanzar, a través de alternativas éticamente aceptables, los progresos que desearíamos para curar algunas enfermedades, no podemos por ello empezar a mirar con ojos amenazadores a los seres humanos más indefensos, los embriones.

La verdadera ciencia está llamada a servir al hombre, no a destruir a unos para salvar a otros. Si lo recordamos protegeremos y haremos todo lo posible para que los embriones humanos sean tratados con su dignidad intrínseca, según la regla de justicia que permite la convivencia y la solidaridad entre los seres humanos que ahora vivimos en el planeta tierra.

miércoles, 28 de enero de 2009

LA VIDA HUMANA DESDE SU ORIGEN

La vida humana desde su origen

Revista Ecclesia
Juan Moya
25/01/09


Parece que se avecinan momentos aún peores para el reconocimiento y la defensa de la vida humana del nasciturus, el que ha de nacer. Por eso se hace necesario reflexionar serenamente sobre el origen y el valor de toda vida humana, situando la reflexión en el ámbito que en primer lugar le corresponde, que es de la realidad biológica, el de la ciencia. También hay que considerar el ámbito de los derechos humanos y los deberes primarios de los Estados.

Progreso social y respeto a la vida humana

Parece evidente que un Estado de derecho que se precie de serlo tiene el deber de proteger toda vida humana, y en particular la de los más débiles e inocentes. Un Estado que quiera estar a la cabeza del progreso debe preocuparse de esta obligación fundamental. El verdadero progreso incluye necesariamente que ningún ser humano pueda ser privado de sus derechos fundamentales. Y entre estos, el primer lugar lo ocupa el derecho a la propia vida, el derecho a la propia existencia. No puede haber ningún otro derecho si éste es anulado, es negado, es supeditado a derechos de otras personas. ¿Una persona puede tener derecho a privar del derecho a la vida a otro si además es totalmente inocente, no culpable de nada? ¿Hay unas vidas que valgan más que otras, absolutamente hablando?; decir que sí ¿sería compatible con condenar el racismo, la xenofobia, la discriminación en razón del sexo, de la raza, de la lengua, de la cultura, del poder económico, etc? Una vida humana enferma o deficiente ¿es una vida humana de "segunda categoría", de la que pueda prescindirse por motivos eugenésicos? Nos jugamos dar un valor absoluto o sólo relativo a la vida, en función de la salud, la juventud, el sexo, la inteligencia, etc. Aceptar un valor sólo relativo nos llevaría a prescindir de innumerables vidas humanas en cualquier momento de la existencia: el hombre sería verdugo del hombre (y el verdugo posiblemente víctima a su vez al cabo de no mucho tiempo) ¿Ciencia ficción o posible realidad?

Recambio generacional y desarrollo

A la vez, en estos tiempos de envejecimiento casi global del mundo, la vida humana y en particular la vida joven, es de un valor primordial para el futuro y desarrollo de esos pueblos. Cualquier gobierno debe tener la preocupación de aumentar los nacimientos. Hoy, al menos en Occidente, no faltan medios para alimentar y educar a todos los niños que nazcan, y asegurar así la subsistencia de las generaciones futuras. Privar a la sociedad de innumerables vidas humanas que podrían nacer es también un error grave porque es privar a los pueblos de su primera riqueza, del "factor" esencial para su desarrollo.

Desde cuándo hay vida humana

Pero junto a estas consideraciones es necesario reflexionar sobre qué es la vida humana y desde cuándo se puede hablar ya de vida humana. La respuesta que demos es decisiva, para bien o para mal. Lo que en sí mismo debería ser sencillo, cuando se discute acaloradamente acaba por confundirse y confundir a muchos. No obstante, reflexionando sin prejuicios ideológicos, sin negar los hechos, la luz debe verse con claridad.

Siempre ha sido sencillo, para la inmensa mayoría de la gente, admitir que desde el momento en que comienza la concepción, el embarazo, hay una nueva vida humana, distinta a la del padre y a la de la madre. Esto, tanto en la especie humana como en la escala zoológica superior. Los conocimientos embriológicos no hacen más que confirmar lo que el simple sentido común advierte. Así, por ejemplo, ahora podemos hacer un estudio genético del óvulo fecundado -la nueva vida humana que se ha originado tras la concepción-, compararlo con los cromosomas del padre y de la madre y se comprobará que no coincide con ellos, que es una "mezcla" de ambos en la que encontramos rasgos o genes paternos y otros maternos, y que tiene vida propia: es un tercer ser, distinto al padre y a la madre.

Y en cuanto empieza a desarrollar los miembros y órganos a las pocas semanas de vida, vemos latir el corazón, podemos tomar sus huellas dactilares, las mismas que tendrá ya durante toda su existencia, podemos ver cómo se chupa el dedo (sic), y cómo reacciona a diversos estímulos, etc.

No sería cierto decir que como ahora se conoce mejor el desarrollo del embrión desde sus primeras fases de vida, se ha visto que la vida humana no se origina, no aparece hasta un cierto momento de ese desarrollo (por ejemplo, hasta su implantación en el útero hacia la primera semana; o hasta la aparición de la llamada notocorda en la segunda semana, a partir de la cual se irá configurando el cerebro y el sistema nervioso. Análogamente, por la misma razón, se podría decir que no se es persona hasta que no se tiene capacidad de reflexionar, o de valerse por sí mismo, etc).

El desarrollo "programado" del embrión

Es un hecho fácilmente observable que el embrión se desarrolla por sí solo, "automáticamente", sin intervención ni del padre ni de la madre, siguiendo unas leyes biológicas que no se ha inventado él mismo, ni tampoco las han programado sus progenitores, sino que le vienen dadas, están inscritas en esa nueva "célula" que es el cigoto, es decir el óvulo fecundado por el espermatozoide, fundidos ambos en sus núcleos y dando lugar a un núcleo distinto, nuevo, que ya no admite vuelta atrás, que está "programado" para ir desarrollándose, creciendo armónicamente, dando lugar a las distintas hojas blastodérmicas -ectodermo, mesodermo y endodermo- o tipos de células de las que se irán formando los huesos, vasos y nervios, órganos y sistemas, el sexo masculino o femenino, la epidermis, etc. Lo que la madre aporta es la sangre, que le nutre a través de la placenta, que se ha formado también "automáticamente" para alojar al embrión hasta su nacimiento. ¿Pero se puede decir razonablemente que ese "ser" que ha empezado a formarse sea el mismo cuerpo de la madre, un simple añadido? Los quistes o tumores sí son parte del propio cuerpo, aunque alterado en su división celular y dan lugar a una masa quística o tumoral que no tiene vida propia, y que además es un peligro para el cuerpo en el que se ha originado.

En el cigoto u óvulo fecundado, ya desde su fase inicial de mórula, ya a las pocas horas de la unión de los gametos masculino y femenino (espermatozoide y óvulo), hay una nueva vida. Y en la especie humana, vida humana. Si no hay vida ya entonces, no llegará a haberla nunca (puede haberla y después morir, por alguna alteración grave del embarazo, pero esta muerte no hace más que confirmar que antes había vida). Y si no es vida humana desde el inicio tampoco podría dar lugar a un ser humano. Y si las determinadas características de su individualidad no estuvieran ya inscritas en sus cromosomas -sexo, color de los ojos y del pelo, etc- tampoco llegaría a tenerlas nunca. Es por tanto el mismo ser humano, aunque no sea lo mismo porque sus células irán renovándose mientras viva.

Soluciones a problemas concretos. El aborto no es solución

Lo deseable, en definitiva, en una sociedad moderna y desarrollada, respetuosa con todas las personas, es que ningún ser humano sea privado del derecho a existir una vez que ha sido concebido. A partir de este principio fundamental, se pueden encontrar soluciones económicas, sociales, etc. para las personas que esperen un hijo y no deseen quedarse con él una vez nacido por unos motivos u otros; por supuesto, cabe adoptar medidas eficazmente preventivas, como una correcta educación afectiva y sexual que ayude a vivir gozosa y responsablemente la vida sexual. Unas y otras son soluciones mucho mejores que abortar: abortar en realidad no soluciona nada y lo complica todo: la persona que aborta se hace un gran daño a sí misma, sea consciente o no en ese momento: truncar la vida de un hijo ¿puede considerarse indiferente, sin repercusión psicológica y moral? No es difícil comprobarlo, para el que quiera verlo.

Todos tenemos una parte de responsabilidad en la solución de este problema; para muchos -y lo comparto- el más grave e importante de nuestros días, en prácticamente todo el mundo.

Juan Moya
Doctor en Medicina y en Derecho Canónico

martes, 27 de enero de 2009

LA RETÓRICA MILENARIA DE OBAMA


La retórica milenaria de Obama

El Mundo
Luis Arroyo
23/01/09


OBAMA ha revolucionado la comunicación con un uso formidable de la web. Tiene una lista de correo con 13 millones de personas y dos más en MyBarackObama, y ha sido el primero en colgar mensajes semanales destinados directamente a los estadounidenses. Sin embargo, la retórica desplegada por el presidente tiene el mejor sabor de los discursos clásicos y utiliza técnicas milenarias.Poco ha cambiado en el plano de la retórica en estos 2.500 años, desde que las antiguas Grecia y Roma fijaran sus cánones.

Vemos en el discurso inaugural de Obama la apelación a la responsabilidad, trufada de realismo («Reafirmando la grandeza de nuestra nación, sabemos que la grandeza nunca es dada. Debe ser ganada»). Ese mismo espíritu está en Pericles («Aquellos que tienen la almas más grandes, que son sensibles a las miserias de la guerra y la dulzura de la paz, son quienes no se desalientan al encarar el peligro»). Pero también en innumerables discursos de crisis y guerra: desde los clásicos «Lo único a lo que debemos tener miedo es al miedo mismo» (Rooselvelt) o el texto de Churchill: «Sólo puedo ofrecer sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» (la historia pulió luego redundancias y lo dejó en tres), que termina exhortando: «Vamos, pues, marchemos juntos con la fuerza de la unión». Cuando Obama habla de «mantener la promesa divina de que todos son iguales y libres», no hace sino evocar el espíritu de Lincoln en Gettysburg («Nuestros padres formaron en este continente una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales»), una referencia repetida miles de veces en la oratoria mundial.

También las tácticas retóricas aplicadas por Obama y sus logógrafos (con permiso de la Real Academia) son las mismas de siempre.Encontramos a cada paso tríadas, una técnica milenaria: «Fe, esperanza y caridad» se exhorta en la Biblia; y de nuevo Lincoln, que reclamaba «un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Obama se siente «humilde, agradecido y consciente» y dice que los desafíos contra los que llama son «reales, muchos, y no serán fáciles. El presidente, como tantos otros antes, recurre a la metáfora: habla de «nubes y furiosas tormentas», pide que «sorteemos las corrientes heladas», y que hagamos por «levantarnos y sacudirnos el polvo».

Antítesis hay varias en el texto de Obama («os juzgarán por lo que podáis construir, no por lo que destruís»; «los instrumentos pueden ser nuevos, pero los valores son antiguos»), pero ha destacado sin duda la que afirma «hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia». A Kennedy también le gustaba la antítesis: «Pregunta no lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país». Antítetis, metáforas, tríadas Podríamos encontrar también aliteraciones, preguntas sin respuesta Pero entre las técnicas de la retórica con más sabor, Obama recurre a una mágica que nace con el ser humano: la historia, la parábola, el relato.Como tantos oradores brillantes, Obama no usa ni un dato. Habla de historias de gente. Como su padre, que no habría sido servido en un restaurante hace 60 años, como los soldados luchando en la nieve en las batallas decisivas, y susurrando luego desde Arlington.

Quizá en la mesa del Despacho Oval encontremos pronto un ordenador por vez primera, pero la retórica mundial seguirá bebiendo de las fuentes de siempre para contarnos quiénes somos y hacia dónde vamos.

Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública.