miércoles, 28 de enero de 2009

LA VIDA HUMANA DESDE SU ORIGEN

La vida humana desde su origen

Revista Ecclesia
Juan Moya
25/01/09


Parece que se avecinan momentos aún peores para el reconocimiento y la defensa de la vida humana del nasciturus, el que ha de nacer. Por eso se hace necesario reflexionar serenamente sobre el origen y el valor de toda vida humana, situando la reflexión en el ámbito que en primer lugar le corresponde, que es de la realidad biológica, el de la ciencia. También hay que considerar el ámbito de los derechos humanos y los deberes primarios de los Estados.

Progreso social y respeto a la vida humana

Parece evidente que un Estado de derecho que se precie de serlo tiene el deber de proteger toda vida humana, y en particular la de los más débiles e inocentes. Un Estado que quiera estar a la cabeza del progreso debe preocuparse de esta obligación fundamental. El verdadero progreso incluye necesariamente que ningún ser humano pueda ser privado de sus derechos fundamentales. Y entre estos, el primer lugar lo ocupa el derecho a la propia vida, el derecho a la propia existencia. No puede haber ningún otro derecho si éste es anulado, es negado, es supeditado a derechos de otras personas. ¿Una persona puede tener derecho a privar del derecho a la vida a otro si además es totalmente inocente, no culpable de nada? ¿Hay unas vidas que valgan más que otras, absolutamente hablando?; decir que sí ¿sería compatible con condenar el racismo, la xenofobia, la discriminación en razón del sexo, de la raza, de la lengua, de la cultura, del poder económico, etc? Una vida humana enferma o deficiente ¿es una vida humana de "segunda categoría", de la que pueda prescindirse por motivos eugenésicos? Nos jugamos dar un valor absoluto o sólo relativo a la vida, en función de la salud, la juventud, el sexo, la inteligencia, etc. Aceptar un valor sólo relativo nos llevaría a prescindir de innumerables vidas humanas en cualquier momento de la existencia: el hombre sería verdugo del hombre (y el verdugo posiblemente víctima a su vez al cabo de no mucho tiempo) ¿Ciencia ficción o posible realidad?

Recambio generacional y desarrollo

A la vez, en estos tiempos de envejecimiento casi global del mundo, la vida humana y en particular la vida joven, es de un valor primordial para el futuro y desarrollo de esos pueblos. Cualquier gobierno debe tener la preocupación de aumentar los nacimientos. Hoy, al menos en Occidente, no faltan medios para alimentar y educar a todos los niños que nazcan, y asegurar así la subsistencia de las generaciones futuras. Privar a la sociedad de innumerables vidas humanas que podrían nacer es también un error grave porque es privar a los pueblos de su primera riqueza, del "factor" esencial para su desarrollo.

Desde cuándo hay vida humana

Pero junto a estas consideraciones es necesario reflexionar sobre qué es la vida humana y desde cuándo se puede hablar ya de vida humana. La respuesta que demos es decisiva, para bien o para mal. Lo que en sí mismo debería ser sencillo, cuando se discute acaloradamente acaba por confundirse y confundir a muchos. No obstante, reflexionando sin prejuicios ideológicos, sin negar los hechos, la luz debe verse con claridad.

Siempre ha sido sencillo, para la inmensa mayoría de la gente, admitir que desde el momento en que comienza la concepción, el embarazo, hay una nueva vida humana, distinta a la del padre y a la de la madre. Esto, tanto en la especie humana como en la escala zoológica superior. Los conocimientos embriológicos no hacen más que confirmar lo que el simple sentido común advierte. Así, por ejemplo, ahora podemos hacer un estudio genético del óvulo fecundado -la nueva vida humana que se ha originado tras la concepción-, compararlo con los cromosomas del padre y de la madre y se comprobará que no coincide con ellos, que es una "mezcla" de ambos en la que encontramos rasgos o genes paternos y otros maternos, y que tiene vida propia: es un tercer ser, distinto al padre y a la madre.

Y en cuanto empieza a desarrollar los miembros y órganos a las pocas semanas de vida, vemos latir el corazón, podemos tomar sus huellas dactilares, las mismas que tendrá ya durante toda su existencia, podemos ver cómo se chupa el dedo (sic), y cómo reacciona a diversos estímulos, etc.

No sería cierto decir que como ahora se conoce mejor el desarrollo del embrión desde sus primeras fases de vida, se ha visto que la vida humana no se origina, no aparece hasta un cierto momento de ese desarrollo (por ejemplo, hasta su implantación en el útero hacia la primera semana; o hasta la aparición de la llamada notocorda en la segunda semana, a partir de la cual se irá configurando el cerebro y el sistema nervioso. Análogamente, por la misma razón, se podría decir que no se es persona hasta que no se tiene capacidad de reflexionar, o de valerse por sí mismo, etc).

El desarrollo "programado" del embrión

Es un hecho fácilmente observable que el embrión se desarrolla por sí solo, "automáticamente", sin intervención ni del padre ni de la madre, siguiendo unas leyes biológicas que no se ha inventado él mismo, ni tampoco las han programado sus progenitores, sino que le vienen dadas, están inscritas en esa nueva "célula" que es el cigoto, es decir el óvulo fecundado por el espermatozoide, fundidos ambos en sus núcleos y dando lugar a un núcleo distinto, nuevo, que ya no admite vuelta atrás, que está "programado" para ir desarrollándose, creciendo armónicamente, dando lugar a las distintas hojas blastodérmicas -ectodermo, mesodermo y endodermo- o tipos de células de las que se irán formando los huesos, vasos y nervios, órganos y sistemas, el sexo masculino o femenino, la epidermis, etc. Lo que la madre aporta es la sangre, que le nutre a través de la placenta, que se ha formado también "automáticamente" para alojar al embrión hasta su nacimiento. ¿Pero se puede decir razonablemente que ese "ser" que ha empezado a formarse sea el mismo cuerpo de la madre, un simple añadido? Los quistes o tumores sí son parte del propio cuerpo, aunque alterado en su división celular y dan lugar a una masa quística o tumoral que no tiene vida propia, y que además es un peligro para el cuerpo en el que se ha originado.

En el cigoto u óvulo fecundado, ya desde su fase inicial de mórula, ya a las pocas horas de la unión de los gametos masculino y femenino (espermatozoide y óvulo), hay una nueva vida. Y en la especie humana, vida humana. Si no hay vida ya entonces, no llegará a haberla nunca (puede haberla y después morir, por alguna alteración grave del embarazo, pero esta muerte no hace más que confirmar que antes había vida). Y si no es vida humana desde el inicio tampoco podría dar lugar a un ser humano. Y si las determinadas características de su individualidad no estuvieran ya inscritas en sus cromosomas -sexo, color de los ojos y del pelo, etc- tampoco llegaría a tenerlas nunca. Es por tanto el mismo ser humano, aunque no sea lo mismo porque sus células irán renovándose mientras viva.

Soluciones a problemas concretos. El aborto no es solución

Lo deseable, en definitiva, en una sociedad moderna y desarrollada, respetuosa con todas las personas, es que ningún ser humano sea privado del derecho a existir una vez que ha sido concebido. A partir de este principio fundamental, se pueden encontrar soluciones económicas, sociales, etc. para las personas que esperen un hijo y no deseen quedarse con él una vez nacido por unos motivos u otros; por supuesto, cabe adoptar medidas eficazmente preventivas, como una correcta educación afectiva y sexual que ayude a vivir gozosa y responsablemente la vida sexual. Unas y otras son soluciones mucho mejores que abortar: abortar en realidad no soluciona nada y lo complica todo: la persona que aborta se hace un gran daño a sí misma, sea consciente o no en ese momento: truncar la vida de un hijo ¿puede considerarse indiferente, sin repercusión psicológica y moral? No es difícil comprobarlo, para el que quiera verlo.

Todos tenemos una parte de responsabilidad en la solución de este problema; para muchos -y lo comparto- el más grave e importante de nuestros días, en prácticamente todo el mundo.

Juan Moya
Doctor en Medicina y en Derecho Canónico

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