martes, 13 de enero de 2009

VIVIR EN LA PURA PROVISIONALIDAD


Francesc Torralba Roselló
Vivir en la pura provisionalidad

La provisionalidad parece ser la categoría clave para comprender la filosofía de la época


www.forumlibertas.com
09/01/2009


La postmodernidad, lejos de ejecutar un gesto de despedida de la modernidad, se limita más bien a expresar una crisis dentro de la misma. Toda crisis es una ocasión para crecer, para detectar las limitaciones y ahondar en las posibilidades. Como tal, no inaugura en sentido estricto una nueva era, sino que se trata, más bien, de un paréntesis que no sabemos que duración tendrá, pero que nada indica que llegue ya a su término.

La provisionalidad parece ser la categoría clave para comprender la filosofía de la época. Se parte de la idea que todo es provisional, no sólo los productos del mercado, también los compromisos personales, las relaciones de pareja, las militancias políticas y religiosas, el lugar de residencia y el ejercicio en un determinado campo laboral.

Todo es provisional, líquido, como le gusta decir a Zygmunt Bauman. Se vive en la provisionalidad sin sentido de culpabilidad, porque se parte de la idea que todo lo que sea un compromiso incondicional, o una opción fundamental es una limitación a la libertad personal.

La industria cultural postmoderna, por ejemplo, ha abandonado conscientemente toda aspiración a una vigencia ilimitada de sus productos, se ha despreocupado de la eternidad a la que veneraron los clásicos modernos. Todo lo que se produce tiene ya un sello de caducidad y se sabe de antemano que envejecerá rápidamente y que, al cabo de poco, será olvidado.

Este fenómeno es especialmente visible en la industria editorial. Se producen muchísimos títulos anualmente, pero con una suma velocidad se olvidan y pasan a engrosar los almacenes hasta que son convertidos en pasta para hacer nuevos libros que fácilmente tendrán el mismo destino. El sueño de inmortalizarse a través del libro es algo muy romántico, pero muy poco postmoderno. Si uno llega a estar presente en el mercado más allá de un mes o de dos meses está gozando ya de un gran un éxito editorial.

La cultura contemporánea postmoderna refleja la textura de la experiencia vital de una enorme mayoría de personas obligadas a sobrevivir en la pura provisionalidad material e ideológica debido a la hegemonía de procesos macroeconómicos de giros imprevisibles y a la aceleración de la comprensión espacio-temporal asociada a ellos por los medios tecnológicos. Como no hay tiempo material para asumir los cambios veloces de los estilos de vida y de pensamiento, se justifica esta indigencia fomentando un profundo escepticismo frente a cualquier enunciado que decida cómo deben concebirse, representarse o expresarse lo eterno y lo inmutable.

La cultura postmoderna hace de la necesidad virtud. Desde esa expresión de desconfianza hacia la capacidad de los hombres para formular verdades universales y eternas hasta la declaración de que realmente nunca la tuvimos sólo hay un paso muy corto y, de ahí, al abrazo a la contingencia como cualidad central de todo lo humano. Ésta es, por ejemplo, una de las categorías fundamentales que abraza Richard Rorty, uno de los apóstoles de la postmodernidad americana.

El panorama es inquietante. Vivimos en un mundo estrangulado por los procesos de acumulación flexible y por la comprensión espacio-temporal, cuya manifestación más llamativa en Occidente son las masas de consumidores comprando a crédito en lujosos centros comerciales. En el imaginario colectivo, subsiste la idea de que no existe otro destino para la cultura que el de empaquetar los modos de adquisición que han salido a nuestro paso para una adquisición y un olvido igualmente rápidos.

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