La vida humana desde su origen
Revista Ecclesia
Juan Moya
25/01/09
Parece que se avecinan momentos aún peores para el reconocimiento y la defensa de la vida humana del nasciturus, el que ha de nacer. Por eso se hace necesario reflexionar serenamente sobre el origen y el valor de toda vida humana, situando la reflexión en el ámbito que en primer lugar le corresponde, que es de la realidad biológica, el de la ciencia. También hay que considerar el ámbito de los derechos humanos y los deberes primarios de los Estados.
Progreso social y respeto a la vida humana
Parece evidente que un Estado de derecho que se precie de serlo tiene el deber de proteger toda vida humana, y en particular la de los más débiles e inocentes. Un Estado que quiera estar a la cabeza del progreso debe preocuparse de esta obligación fundamental. El verdadero progreso incluye necesariamente que ningún ser humano pueda ser privado de sus derechos fundamentales. Y entre estos, el primer lugar lo ocupa el derecho a la propia vida, el derecho a la propia existencia. No puede haber ningún otro derecho si éste es anulado, es negado, es supeditado a derechos de otras personas. ¿Una persona puede tener derecho a privar del derecho a la vida a otro si además es totalmente inocente, no culpable de nada? ¿Hay unas vidas que valgan más que otras, absolutamente hablando?; decir que sí ¿sería compatible con condenar el racismo, la xenofobia, la discriminación en razón del sexo, de la raza, de la lengua, de la cultura, del poder económico, etc? Una vida humana enferma o deficiente ¿es una vida humana de "segunda categoría", de la que pueda prescindirse por motivos eugenésicos? Nos jugamos dar un valor absoluto o sólo relativo a la vida, en función de la salud, la juventud, el sexo, la inteligencia, etc. Aceptar un valor sólo relativo nos llevaría a prescindir de innumerables vidas humanas en cualquier momento de la existencia: el hombre sería verdugo del hombre (y el verdugo posiblemente víctima a su vez al cabo de no mucho tiempo) ¿Ciencia ficción o posible realidad?
Recambio generacional y desarrollo
A la vez, en estos tiempos de envejecimiento casi global del mundo, la vida humana y en particular la vida joven, es de un valor primordial para el futuro y desarrollo de esos pueblos. Cualquier gobierno debe tener la preocupación de aumentar los nacimientos. Hoy, al menos en Occidente, no faltan medios para alimentar y educar a todos los niños que nazcan, y asegurar así la subsistencia de las generaciones futuras. Privar a la sociedad de innumerables vidas humanas que podrían nacer es también un error grave porque es privar a los pueblos de su primera riqueza, del "factor" esencial para su desarrollo.
Desde cuándo hay vida humana
Pero junto a estas consideraciones es necesario reflexionar sobre qué es la vida humana y desde cuándo se puede hablar ya de vida humana. La respuesta que demos es decisiva, para bien o para mal. Lo que en sí mismo debería ser sencillo, cuando se discute acaloradamente acaba por confundirse y confundir a muchos. No obstante, reflexionando sin prejuicios ideológicos, sin negar los hechos, la luz debe verse con claridad.
Siempre ha sido sencillo, para la inmensa mayoría de la gente, admitir que desde el momento en que comienza la concepción, el embarazo, hay una nueva vida humana, distinta a la del padre y a la de la madre. Esto, tanto en la especie humana como en la escala zoológica superior. Los conocimientos embriológicos no hacen más que confirmar lo que el simple sentido común advierte. Así, por ejemplo, ahora podemos hacer un estudio genético del óvulo fecundado -la nueva vida humana que se ha originado tras la concepción-, compararlo con los cromosomas del padre y de la madre y se comprobará que no coincide con ellos, que es una "mezcla" de ambos en la que encontramos rasgos o genes paternos y otros maternos, y que tiene vida propia: es un tercer ser, distinto al padre y a la madre.
Y en cuanto empieza a desarrollar los miembros y órganos a las pocas semanas de vida, vemos latir el corazón, podemos tomar sus huellas dactilares, las mismas que tendrá ya durante toda su existencia, podemos ver cómo se chupa el dedo (sic), y cómo reacciona a diversos estímulos, etc.
No sería cierto decir que como ahora se conoce mejor el desarrollo del embrión desde sus primeras fases de vida, se ha visto que la vida humana no se origina, no aparece hasta un cierto momento de ese desarrollo (por ejemplo, hasta su implantación en el útero hacia la primera semana; o hasta la aparición de la llamada notocorda en la segunda semana, a partir de la cual se irá configurando el cerebro y el sistema nervioso. Análogamente, por la misma razón, se podría decir que no se es persona hasta que no se tiene capacidad de reflexionar, o de valerse por sí mismo, etc).
El desarrollo "programado" del embrión
Es un hecho fácilmente observable que el embrión se desarrolla por sí solo, "automáticamente", sin intervención ni del padre ni de la madre, siguiendo unas leyes biológicas que no se ha inventado él mismo, ni tampoco las han programado sus progenitores, sino que le vienen dadas, están inscritas en esa nueva "célula" que es el cigoto, es decir el óvulo fecundado por el espermatozoide, fundidos ambos en sus núcleos y dando lugar a un núcleo distinto, nuevo, que ya no admite vuelta atrás, que está "programado" para ir desarrollándose, creciendo armónicamente, dando lugar a las distintas hojas blastodérmicas -ectodermo, mesodermo y endodermo- o tipos de células de las que se irán formando los huesos, vasos y nervios, órganos y sistemas, el sexo masculino o femenino, la epidermis, etc. Lo que la madre aporta es la sangre, que le nutre a través de la placenta, que se ha formado también "automáticamente" para alojar al embrión hasta su nacimiento. ¿Pero se puede decir razonablemente que ese "ser" que ha empezado a formarse sea el mismo cuerpo de la madre, un simple añadido? Los quistes o tumores sí son parte del propio cuerpo, aunque alterado en su división celular y dan lugar a una masa quística o tumoral que no tiene vida propia, y que además es un peligro para el cuerpo en el que se ha originado.
En el cigoto u óvulo fecundado, ya desde su fase inicial de mórula, ya a las pocas horas de la unión de los gametos masculino y femenino (espermatozoide y óvulo), hay una nueva vida. Y en la especie humana, vida humana. Si no hay vida ya entonces, no llegará a haberla nunca (puede haberla y después morir, por alguna alteración grave del embarazo, pero esta muerte no hace más que confirmar que antes había vida). Y si no es vida humana desde el inicio tampoco podría dar lugar a un ser humano. Y si las determinadas características de su individualidad no estuvieran ya inscritas en sus cromosomas -sexo, color de los ojos y del pelo, etc- tampoco llegaría a tenerlas nunca. Es por tanto el mismo ser humano, aunque no sea lo mismo porque sus células irán renovándose mientras viva.
Soluciones a problemas concretos. El aborto no es solución
Lo deseable, en definitiva, en una sociedad moderna y desarrollada, respetuosa con todas las personas, es que ningún ser humano sea privado del derecho a existir una vez que ha sido concebido. A partir de este principio fundamental, se pueden encontrar soluciones económicas, sociales, etc. para las personas que esperen un hijo y no deseen quedarse con él una vez nacido por unos motivos u otros; por supuesto, cabe adoptar medidas eficazmente preventivas, como una correcta educación afectiva y sexual que ayude a vivir gozosa y responsablemente la vida sexual. Unas y otras son soluciones mucho mejores que abortar: abortar en realidad no soluciona nada y lo complica todo: la persona que aborta se hace un gran daño a sí misma, sea consciente o no en ese momento: truncar la vida de un hijo ¿puede considerarse indiferente, sin repercusión psicológica y moral? No es difícil comprobarlo, para el que quiera verlo.
Todos tenemos una parte de responsabilidad en la solución de este problema; para muchos -y lo comparto- el más grave e importante de nuestros días, en prácticamente todo el mundo.
Juan Moya
Doctor en Medicina y en Derecho Canónico
miércoles, 28 de enero de 2009
martes, 27 de enero de 2009
LA RETÓRICA MILENARIA DE OBAMA

La retórica milenaria de Obama
El Mundo
Luis Arroyo
23/01/09
OBAMA ha revolucionado la comunicación con un uso formidable de la web. Tiene una lista de correo con 13 millones de personas y dos más en MyBarackObama, y ha sido el primero en colgar mensajes semanales destinados directamente a los estadounidenses. Sin embargo, la retórica desplegada por el presidente tiene el mejor sabor de los discursos clásicos y utiliza técnicas milenarias.Poco ha cambiado en el plano de la retórica en estos 2.500 años, desde que las antiguas Grecia y Roma fijaran sus cánones.
Vemos en el discurso inaugural de Obama la apelación a la responsabilidad, trufada de realismo («Reafirmando la grandeza de nuestra nación, sabemos que la grandeza nunca es dada. Debe ser ganada»). Ese mismo espíritu está en Pericles («Aquellos que tienen la almas más grandes, que son sensibles a las miserias de la guerra y la dulzura de la paz, son quienes no se desalientan al encarar el peligro»). Pero también en innumerables discursos de crisis y guerra: desde los clásicos «Lo único a lo que debemos tener miedo es al miedo mismo» (Rooselvelt) o el texto de Churchill: «Sólo puedo ofrecer sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» (la historia pulió luego redundancias y lo dejó en tres), que termina exhortando: «Vamos, pues, marchemos juntos con la fuerza de la unión». Cuando Obama habla de «mantener la promesa divina de que todos son iguales y libres», no hace sino evocar el espíritu de Lincoln en Gettysburg («Nuestros padres formaron en este continente una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales»), una referencia repetida miles de veces en la oratoria mundial.
También las tácticas retóricas aplicadas por Obama y sus logógrafos (con permiso de la Real Academia) son las mismas de siempre.Encontramos a cada paso tríadas, una técnica milenaria: «Fe, esperanza y caridad» se exhorta en la Biblia; y de nuevo Lincoln, que reclamaba «un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Obama se siente «humilde, agradecido y consciente» y dice que los desafíos contra los que llama son «reales, muchos, y no serán fáciles. El presidente, como tantos otros antes, recurre a la metáfora: habla de «nubes y furiosas tormentas», pide que «sorteemos las corrientes heladas», y que hagamos por «levantarnos y sacudirnos el polvo».
Antítesis hay varias en el texto de Obama («os juzgarán por lo que podáis construir, no por lo que destruís»; «los instrumentos pueden ser nuevos, pero los valores son antiguos»), pero ha destacado sin duda la que afirma «hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia». A Kennedy también le gustaba la antítesis: «Pregunta no lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país». Antítetis, metáforas, tríadas Podríamos encontrar también aliteraciones, preguntas sin respuesta Pero entre las técnicas de la retórica con más sabor, Obama recurre a una mágica que nace con el ser humano: la historia, la parábola, el relato.Como tantos oradores brillantes, Obama no usa ni un dato. Habla de historias de gente. Como su padre, que no habría sido servido en un restaurante hace 60 años, como los soldados luchando en la nieve en las batallas decisivas, y susurrando luego desde Arlington.
Quizá en la mesa del Despacho Oval encontremos pronto un ordenador por vez primera, pero la retórica mundial seguirá bebiendo de las fuentes de siempre para contarnos quiénes somos y hacia dónde vamos.
Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública.
CASI COMO UNA VACA

Casi como una vaca
La Gaceta de los Negocios
Alejandro Llano
24/01/09
Fuente: analisisdigital
La vida pública española padece un mal gravísimo: la ausencia de ideas.
Entre nieves y lluvias, las calles de Madrid han amanecido con la decoración de la Cow Parade, que es una especie de desfile de vacas de tamaño casi natural, decoradas por artistas españoles. Las hay de todos los tipos: una adopta la actitud del oso madrileño junto a su inseparable madroño, la otra intenta disfrazarse de Don Quijote, mientras que una tercera hace de café con leche vertido en una taza. A los tradicionales viandantes de la Villa y Corte les ha irritado este atentado contra el cariz urbano de la capital. Pero, he de confesarlo, a mí me gustan. Y me he enfadado cuando he visto que los frikis que pueblan la urbe han atentado con sus gamberradas contra las bonitas figuras vacunas.
No recordaba ninguna alusión a las vacas en un libro de filosofía, pero estos mismos días me la he encontrado en la introducción la Genealogía de la moral de Nietzsche. Dice allí el gran destructor de jerarquías y tradiciones que el hombre ha de aspirar a ser “casi como una vaca”, porque debe dedicarse a pensar con la misma asiduidad que una vaca rumia. Al pensar, reflexionamos, le damos vueltas a las cosas, en fin, rumiamos. Y añade Nietzsche que la actividad de rumiar es la que más necesita el hombre actual y la más rara de encontrar.
¿Qué habría dicho hoy aquel que se dedicaba a filosofar con el martillo? Ya en la España del siglo XIX, cierta universidad respondió a una encuesta de Fernando VII, que pretendía indagar qué instituciones docentes estaban contaminadas de liberalismo, con esta afirmación: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”. Finalmente, el rey optó por cerrar todas las universidades y sustituirlas por escuelas de tauromaquia. Es posible que no hayamos cambiado mucho desde entonces.
Hemos de reconocer que cavilar con rigor, y exponer libremente lo pensado, está francamente mal visto entre nosotros. Aquí es obligado moverse por el carril de lo consabido y de lo políticamente correcto. En algunas publicaciones parece que sólo se autorizan artículos que cumplan esta única condición: no decir nada; y, desde luego, que en ningún caso se aparten de la corriente principal. Salvo excepciones, los medios de comunicación son por estos pagos llamativamente superficiales y dóciles a la voz de mando. Tanto a la izquierda como a la derecha, casi nadie se atreve a caminar fuera de la trillada senda de los tópicos que van de boca en boca. Propongo un experimento crucial: examinar los comentarios de la toma de posesión de Obama, por si en algún caso se hubiera deslizado alguna idea original, cosa improbable.
La vida pública española padece un mal gravísimo: la ausencia de ideas. Todo tipo de teoría queda excluida como algo inútil, ridículo y, en el fondo, peligroso. Están muy interesados en ello quienes detentan el poder político y económico, porque se aseguran así que, en el fondo, nada va a cambiar. Ni siquiera la actual crisis constituye una excepción. Casi todos los portavoces y comentaristas han competido en celo por minimizar la importancia y la duración de tal emergencia, cuando la gran mayoría del público sabía desde hace tiempo que la cosa iba mucho más en serio de lo que estaba permitido reconocer.
Una situación de esta traza tiene una evidente ventaja: todos tranquilos, aquí no pasa nada. Pero el inconveniente no es de menor importancia. Si no se piensa de manera independiente y rigurosa, no hay modo de encontrar soluciones ni salidas. No es otro el gran agujero negro de la España actual: la casi total ausencia de teoría. Cuando la presencia de la teoría en la vida pública es la gran aportación de la modernidad y la condición necesaria del cambio continuo que requieren las sociedades avanzadas.
Como dice Leonardo Polo, pensar es pararse a pensar, rumiar las ideas y los acontecimientos: no dejarse llevar por los convencionalismos, sino enfrentarse a cuerpo limpio con la realidad pura y dura. Si se margina el peligroso vicio de discurrir, todas las cosas se quedan como están, y aquí paz y allá gloria. Pensamiento y libertad van siempre de la mano. Y resulta imprescindible perder el miedo al pensamiento que lleva consigo el temor a la libertad.
domingo, 25 de enero de 2009
GOZAR DE LA VIDA

Gozar de la vida
... En el enamoramientio insiste esa experiencia genesíaca de una creación todavía intacta, incontaminada, sin mancha. Esa experiencia de gracia santificante y hechicera, que es el amor primaveral, nos permite un vislumbre del pasaríso primigenio...
EUGENIO TRÍAS Domingo, 25-01-09
DIARIO ABC
EL sufrimiento puede ser teofánico: el modo de mostrarse Dios, un Dios que crea y destruye, Dios creador y Dios de las tormentas. La infirmitas puede tener el carácter de una prueba. Así en Job. O ser vía catártica, como en los salmos penitenciales.
Pero el amor primigenio parece desprenderse de la naturaleza primera: de una creación anterior a la caída y a la expulsión.
También en régimen de exilio se puede gozar de la experiencia paradisíaca: la comunión de alma y cuerpo en fusión amorosa; la persecución a la que urge un deseo apremiante sin mancha de culpa y de pecado. Sucede de forma breve, fugaz. Pero sucede.
El Cantar de los cantares está, según tradición religiosa judía, católica, protestante, ortodoxa, incluido en el canon: obra inspirada por el Espíritu Santo, según esas creencias religiosas, lo mismo que el Eclesiastés, el Libro de Job, los textos proféticos o el salterio.
Esa inspiración se advierte si se acoge el texto ad litteram. Si se asume en su significación literal, con todo el juego desplegado de metáforas, metonimias, elipsis, alusiones, insinuaciones, dobles sentidos. Toda una orografía erótica enmarca el Cantar de los cantares como escenario y contexto. Como en todas las lenguas del mundo, en la semántica de éros nada es lo que parece a primera vista; tampoco en hebreo.
El escenario del poema bíblico está muy poblado de accidentes geográficos, de riquezas hacendísticas, de órganos corporales, de animales: montes de mirra, viñedos, bodegas, huertos cerrados, fuentes selladas, manos activas, pies humedecidos, pájaros que revolotean, pájaros canoros, pequeñas raposas.
Nada es lo que a primera vista se dice. Por ello, la exigencia de la lectura ad literam es, más que nunca, obligada. Es preciso tener el oído atento a todo juego de revelaciones y de ocultaciones, de enmascaramientos y desnudamientos, de huidas y reencuentros en el que el rito amoroso-sexual se produce. «Descuidar la viña» -causa de la morenez de la muchacha enamorada- no significa lo que en primera audición puede sugerir.
El cuerpo femenino se esparce por viñedos, huertas, fuentes; el masculino apremia a través de formas animales o vegetales. Chica y chico se buscan, se encuentran, se pierden, se vuelven a encontrar. Entran en el interior de la bodega, donde el sabor de los besos es más sabroso que el vino.
Pier-Luigi Palestrina, en su versión del Canticum Canticorum, se atiene siempre a esa forma literal. La prueba de ese instinto certero se halla en la perfecta selección de 29 poemas a los que pone música, y en la sabia manera en que los distribuye.
Los grandes artistas, como sucede también con San Juan de la Cruz, al enfrentarse a este poderoso texto saben desplegar todo el caudal de erotismo que en su vuelo poético encierra, por mucho que luego quieran justificarlo al racionalizar en forma de auto-exégesis su plasmación poética o musical.
Precisamente por esa lectura ad litteram del poema (con todo su juego retórico espontáneo) acceden a la mística revelación que este texto inspirado atesora. Un texto que es tanto más verdadero en términos religiosos y espirituales cuanto más se comprende lo que dice de manera literal: una literalidad plasmada en la exuberancia que la poética erótica puede ofrecer, con todo su juego de figuras retóricas espontáneas.
Alfred Einstein tachó de hipócrita la dedicatoria de Palestrina al Pontífice Gregorio XIII, hacia 1583, de su versión del Canticum Canticorum. Como corrección de una tendencia que rechaza, dice Palestrina al Pontífice haber compuesto esos motetes basados en el Cantar de los cantares, «donde se expresa tan apasionadamente el divino amor de Cristo por su esposa elegida, la Iglesia».
La carta es de una rara astucia. Consiguió, como en los desenlaces de algunas novelas de Agatha Christie, que toda la atención contemporánea y postrera mirase hacia la parte irrelevante (una obra suya del pasado, de la que Palestrina confiesa sonrojarse) evitando así que se concentrara la atención en la obra presente.
No hubo desbordamiento de sensualidad y de hedonismo en aquellos primeros madrigales -ahora rechazados- sino aquí, aquí mismo, en esa versión del Cantar de los cantares escrito después de cancelar el duelo y la depresión que le ocasionó la muerte de su primera mujer y al experimentar la euforia vital que le produjo encontrarse con su segunda esposa en un ambiente de nuevas nupcias. Justo ese libro que con soberano descaro dedica al Pontífice de Roma.
Ese madrigal espiritual tiene por escenario un libro sagrado erótico. ¿Libro sagrado? ¿Libro sagrado erótico? Se lo han preguntado muchas generaciones de exegetas, desde la tradición rabínica hasta Orígenes, desde San Agustín hasta hoy día. Y casi siempre se ha huido, como del demonio, de la lectura ad litteram del hermoso poema.
El propio Palestrina, cuando racionaliza su obra en la carta al Papa Gregorio, da por supuesto que su percepción del texto es alegórica. ¡Los amores de Cristo con la Iglesia, Cristo y el paulino cuerpo místico de Cristo unidos, hermanados, buscados, añorados, reencontrados! ¡Cristo y la Iglesia, Cristo y el alma individual del creyente, o bien -tercera posibilidad- Cristo y la Virgen María!
Pero ese criterio, expuesto en la carta al Papa, no es, precisamente, el que se trasluce de la selección de los textos y, menos aún, en el carácter narcotizante de esa música generadora de continuas sinestesias.
Una música que, como muy bien señala Jessie Ann Owen, debió realizarse en un único impulso, a través de un solo trazo y recorrido. La unidad de estilo, de principio a fin, delata que la obra entera se hizo toda al mismo tiempo.
Palestrina dejó el arrepentimiento para la astuta carta al Pontífice, más falsa que hipócrita. Y, de este modo, preservó el carácter de una obra en la que de la manera más descarada se da cauce y voz al goce de la vivencia de un gran amor carnal, sexual, plenamente consumado. Se reservó ese gozo amoroso para la lectura ad litteram de los poemas seleccionados para su composición musical.
Las viñas, los viñedos, las bodegas, el vino, el monte de mirra, el huerto cerrado, la fuente sellada: es el necesario cortejo de un regressus al escenario primordial previo al exilio paradisíaco, anterior al destierro y a la maldición del trabajo y del parto con dolor. Antes de la infracción que obligó a huir de la mirada de Dios, tras probar el fruto del árbol del Bien y del Mal, sólo existía para Adán y Eva el frondoso Árbol de la Vida. No había una serpiente tentadora ni manzana prohibida que les intimidasen.
Él y Ella no tienen reparo alguno, en el poema sagrado, en burlar la vigilancia celosa a que los hermanos de la mujer le someten. Por eso ella está morena, casi negra: tostada por el sol del amor, expuesta a las altas fiebres de la enfermedad que reconoce. «Me hallo enferma de amor», afirma.
Hay en el poema un retorno a escenarios genesíacos no consignados en la historia sagrada. Se asiste a un renacimiento de ese ímpetu originario del que subsisten vestigios en todo ser humano. En el enamoramiento insiste esa experiencia genesíaca de una creación todavía intacta, incontaminada, sin mancha. Esa experiencia de gracia santificante y hechicera, que es el amor primaveral, nos permite un vislumbre del paraíso primigenio.
Hay huidas, persecuciones, ausencias, urgencias por el reencuentro, angustia y noche oscura por la desaparición de todo rastro del amado, pero también gozosa unión, exploración del cuerpo, sexualidad colmada. Ella lleva la iniciativa principal: otro aspecto asombroso del poema.
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